Archivo de la etiqueta: Mercosur

La larga sombra de Lula (16 10 11)

La larga sombra de Lula

El libro “Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula” analiza la influencia del ex presidente como transformador de la realidad política y social de su país.

Por Nelson Gustavo Specchia

.

Brasil ha logrado una posición relativa de incidencia internacional que no deja de sorprender en el análisis global. La apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por primera vez en la historia del máximo órga­no multilateral a cargo de una mujer, 
con el discurso de la presidenta Dil­ma Rousseff, viene a expresar esa posi­ción de preeminencia en el concierto mundial.

Ese nuevo estatus del gigante suda­mericano tiene una marca de fábrica: las transformaciones diseñadas por Luiz Inácio Lula da Silva.

La experiencia política de Lula, y su impronta personal en la transformación brasilera, constituyen un evento sui generis para la historia y los modos políticos de América latina. Desde la revolucionaria llegada al poder de un obrero metalúrgico apenas alfabetizado; pasando por la reconversión del movimiento gremial del Partido de los Trabajadores en oficialismo de masas; hasta las reformas estructurales que consiguieron sacar de la miseria a 28 millones de personas, ampliar la clase media con 36 millones de nuevos miembros, y extender el mercado de trabajo con la creación de más de 15 millones de nuevos puestos laborales, fueron elementos constitutivos de una metodología novedosa, arriesgada y tremendamente eficaz.

Presencia global. En simultáneo, esa acción desarrollista y distributiva en el ámbito interno, se acompañaba con una presencia cada vez más importante en el ámbito internacional.

El protagonismo del Bric (con Rusia, India y China); el Ibsa (con India y Sudáfrica); el relanzamiento del Mercosur a partir de una nueva relación con Néstor Kirchner, con quien también ideó la Unasur; la incidencia en el G-20; el nuevo marco de las relaciones Sur-Sur; o las intenciones mediadoras junto al turco Recep Tayyip Erdogan ante al contencioso nuclear iraní de Mahmud Ahmadinejad, mostraron las intenciones de Lula de colocar a Brasil entre quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de intervenir activamente en las nuevas concepciones del regionalismo abierto y del derecho internacional humanitario de nuestra generación.

Estas dimensiones, en un conjunto variado de temas, integran el libro Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula , que la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba (Educc) acaba de sacar a las librerías de la ciudad esta semana.

En los ensayos que integran el volumen, producto de las investigaciones del Observatorio de la Sociedad Internacional (Ovasi) que dirigimos en la facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, intentamos dar cuenta de los condicionantes que hubieron de modificarse para permitir la llegada de Lula a la cúspide del poder en Brasilia; de las maneras en que fue armando –y ensayando– una estrategia de cambio que mantuviera los consensos, provocaran auténticas modificaciones en la arquitectura social, pero no desequilibrara el juego institucional y representativo.

Árbitro regional. Asimismo, intentamos alguna proyección de esa experiencia tanto en el ámbito regional latinoamericano como 
en el propio futuro del líder brasileño. Porque la relevancia de Brasil no estará limitada, en América latina, al papel de locomotora económica del Mercosur, como muchos suponen.

Como quedó evidenciado en la reu­nión cumbre de Bariloche, convocada por Cristina Fernández para poner paños fríos a la cuestionada iniciativa colombiana de facilitar el uso exclusivo de sus bases militares a Estados Unidos; o en la intervención ante las regiones separatistas del Beni boliviano, Brasil asume progresivamente el rol de árbitro regional.

Un árbitro pacífico, claro. Pero no por ello Lula dejó de adquirir el mayor poder de armamento provisto a sus fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Armas, helicópteros, aviones de última generación y hasta submarinos nucleares, porque una potencia política y económica está obligada a respaldar con capacidad disuasoria sus intenciones de liderazgo y de arbitraje regional.

Dedicamos también algunos capítulos de nuestro libro a la proyección de la persona del propio Lula, porque el ex presidente ha tenido demasiado cuidado al elegir la ubicación desde la que vive este nuevo período: ni en el primer plano, que obstaculizaría el normal desempeño del ejecutivo de “Dilminha”, su discípula y heredera; pero tampoco en el ostracismo.

Está ahí. Lula está ahí, rondando. No aparecen fotos suyas en las portadas de los diarios, pero es consultado tanto por los funcionarios superiores del gobierno como por los líderes del Partido de los Trabajadores.

A Dilma Rousseff no le tiembla el pulso para echar a “lulistas” importantes de su gobierno, como los ya ex ministros Antonio Palocci, por pre­sunto enriquecimiento ilícito; Alfredo Nascimento, por corrupción; y hasta al mismísimo Nelson Jobin, por contradecirla en público. Los tres, dirigentes del riñón de Lula.

Pero la independencia de criterio de la presidenta respecto de su mentor no parece ser un obstáculo para que la presencia de Lula siga allí, plenamente vigente, mostrando su capacidad y predisposición para volver al centro de la escena en cualquier momento.

No creo que falte mucho tiempo antes de que volvamos a escuchar análisis sobre una eventual nueva candidatura presidencial de Luiz Inácio da Silva, ese Midas que logró convertir en popularidad casi todo lo que tocaba.

.

* Profesor Titular de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

El libro

Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después
de Lula.

Nelson Gustavo Specchia (Ed.), et. al.
278 páginas.
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba – Educc
Córdoba
2011.

.

.

en Twitter:   @nspecchia

.

 

Anuncios

Dilma, un paso más lejos de Lula (10 06 11)

Dilma, un paso más lejos de Lula

Por Nelson Gustavo Specchia

.

.

Las implicancias de la expulsión del jefe de Gabinete del gobierno brasilero, Antonio Palocci, a mediados de esta semana, son múltiples y se irán haciendo evidentes en el mediano plazo. Porque la salida del defenestrado ministro de la principal cartera del Ejecutivo de Dilma Rousseff, implica un golpe a la recién instalada administración de la primera presidenta mujer del Brasil, pero también es un síntoma de que la mandataria ha decidido privilegiar su propio plan, aunque este rumbo la aleje algunos pasos del camino trazado por su antecesor, Luíz Inácio da Silva, Lula.

La imagen de Dilma como la continuidad “pura” de Lula, o como un interregno temporal de preparación para la vuelta del carismático líder metalúrgico a la primera magistratura, queda cuestionada –aunque de momento sólo sea en matices- por la decisión de Dilma de apartar a Palocci, acusado de tráfico de influencias y de enriquecimiento ilícito. Era Palocci, precisamente, la figura impuesta por Lula a su sucesora, y la principal garantía de una continuidad sin fisuras.

La señora Rousseff se vio arrinconada esta semana por diversas líneas críticas, provenientes de distintos ángulos, pero todas con una terminación nerviosa en el Palacio del Planalto de Brasilia. En toda América latina se habla ya del “modelo Lula”, para referirse a esa estrategia política que conjuga estabilidad, crecimiento, democracia e inclusión social. Fue la buena sintonía entre Lula y Néstor Kirchner la que posibilitó establecer estos parámetros comunes entre los dos socios mayoritarios del Mercosur, y desde allí se ha irradiado hacia diversas latitudes, proponiéndose como una manera alternativa al crecimiento capitalista ortodoxo, así como a las tentaciones de transformación radical de las estructuras de desarrollo económico.

Como acaba de verse en el final de la campaña por el ballotage en las presidenciales peruanas, el “modelo Lula” también opera como un colchón amortiguador de las posturas más beligerantes de la izquierda nacionalista, tan resistidas por una parte cuantitativamente importante de las burguesías locales. Poner a Lula como inspirador, y a su política como ejemplo a seguir, le valió a Ollanta Humala acceder a una porción del electorado –principalmente de los colectivos urbanos de Lima y Callao-, que finalmente terminaron haciendo la diferencia con que derrotó a la candidata populista de derecha, Keiko Fujimori, y a su discurso neoliberal. Para ratificar sus dichos con actos, Humala no ha esperado apenas unas horas tras la victoria del domingo pasado, y ayer viajaba a Brasilia y era recibido por Dilma en el Planalto, su primer destino como presidente electo del Perú.

Además, en otras realidades latinoamericanas también embarcadas en un movimiento de cambio social progresista, el camino trazado por Lula se presenta como una alternativa real al impulso personalista del modelo planteado por el venezolano Hugo Chávez.

Pero para mantener esa estrategia que tanto atrae a la región, la Administración Rousseff debe demostrar que puede sostener el ritmo de la que es ya la séptima economía del globo. Su meta anunciada es lograr una tasa de crecimiento del producto del orden del 5,5 por ciento para este año, y una no inferior al 4,3 por ciento para el año que viene. Debe además controlar la inflación (actualmente en el 6,5 por ciento, dos puntos por arriba de lo previsto). Y, aún más difícil, utilizar más eficientemente el gasto público (y achicarlo), en un país que a pesar de la espectacularidad de su crecimiento, no ha logrado saldar la deuda de la equidad: son muchos millones de personas las que siguen viviendo por debajo de la línea de extrema pobreza; la sanidad pública tiene huecos de prestaciones que son insalvables; las políticas de calidad del sector educativo –especialmente en los niveles iniciales y medios- siguen sin dar resultados; y la carencia de infraestructuras a todo nivel puede convertirse a corto plazo en un obstáculo serio para la consecución de los planes de desarrollo.

Dilma es consciente de que la continuidad del “modelo Lula” pasa por atender a esta agenda de pendientes. Era de dominio público, hasta esta semana, que aquella continuidad también dependía de algunos personajes vinculados directamente a la persona del ex presidente. Como el jefe de Gabinete, Antonio Palocci.

Lula dejó instalados algunas figuras que garantizaran la permanencia de su imagen como defensor de los sectores más pobres, mientras se convertía, al mismo tiempo, en el gestor del desarrollo brasilero. La presencia de Palocci en la primera cartera ministerial del Ejecutivo era uno de esos enclaves de garantía. Pero Dilma, al parecer, tiene otra opinión, y ha decidido que puede sostener la línea política, en sus grandes trazos, sin necesidad de estar atada a todos los amigos que su mentor repartió por el nuevo gobierno antes de soltar las riendas. Siempre se dijo que la ex guerrillera era una mujer de carácter, esta semana vino a demostrarlo.

SOLTAR LASTRE

Porque la remoción de Palocci no era la única alternativa. En definitiva, a pesar de la contundencia de las denuncias, no hubo una acusación oficial, y la Fiscalía General de la República declaró que no había indicios suficientes para abrir una causa contra el ministro. Dilma podría haber cedido a las presiones del entorno más cercano a Lula, y mantener al cuestionado médico paulista al frente del Gabinete. Pero prefirió quitarlo del medio, soltar lastre, aunque eso la alejase unos pasos del ex mandatario, su padrino y mentor.

Y había también, en todo caso, motivos muy fuertes para mantenerlo en el cargo de Ministro de la Casa Civil (a todos los efectos el jefe de Gabinete de la presidencia de la República). Antonio Palocci es reconocido como uno de los cerebros del “modelo Lula”, y el gerente que ha logrado colocar a Brasil entre las primeras economías del mundo, con un crecimiento que tocó el 7,5 por ciento del Producto Bruto Interno, y un índice de desocupación controlado en el 7 por ciento.

Pero al exitoso gestor y al interlocutor privilegiado de los embajadores y los grandes empresarios, lo perdió el afán de riqueza. Ya sus manejos turbios de las cuentas personales lo habían obligado a dejar el ministerio de Hacienda, en 2006. Y a mediados del mes pasado, el diario O Globo lanzó la primicia del mágico salto en los ingresos del jefe de la Casa Civil. El matutino aportó pruebas de la velocidad en que Palocci ha amasado una fortuna millonaria, pasando de una declaración de rentas de unos 220 mil dólares en 2006, a más de 5,5 millones en 2010. Ese año, cuando Lula lo colocó como jefe de campaña de Dilma para las presidenciales, el médico –convertido entonces en carísimo consultor de empresas- facturó la escandalosa suma de 13 millones de dólares, y compró inmuebles por otros seis millones. Aunque la Fiscalía no tenga todavía pruebas documentales de un desfalco a las cuentas oficiales, la opinión pública ha concluido en que semejante aumento patrimonial es inexplicable si no se perciben giros voluminosos de grandes empresas, precisamente aquellas que esperan obtener contratos con el Estado durante la nueva administración gubernamental. Eso se llama tráfico de influencias, y constituye delito.

Palocci, al no poder justificar semejantes ingresos, miró hacia el Congreso, y pidió a sus correligionarios del Partido de los Trabajadores que le dieran un voto de confianza que le permitiese mantenerse al frente de la Casa Civil. Y los diputados del PT, en lugar de mirar hacia Lula, miraron hacia Dilma. Y dijeron que no. Y Palocci presentó su renuncia.

Recién van seis meses de su presidencia, pero Dilma Rousseff sabe que con estas movidas se juega no sólo la partida de este mandato (de un mandato suyo, autónomo, sin la tutela de Lula), sino también su posible reelección.

El año 2014 está a la vuelta de la esquina, y Lula ya hizo saber que él tiene apuntada esa cita.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

 

Brasil sin Lula (31 12 10)

Brasil sin Lula

por Nelson Gustavo Specchia

.

.

Mañana, con el primer día del nuevo año, el presidente de Brasil, Luiz Inácio da Silva –ya para siempre conocido con la familiar designación de “Lula”- entregará el bastón de mando a la señora Dilma Rousseff, su discípula y amiga, a quién él eligió para sucederlo. Con el traspaso de la banda verde y amarilla comenzará a cerrarse uno de los períodos más interesantes de la contemporaneidad de América latina: estos ocho años de la presidencia de un obrero metalúrgico, apenas alfabetizado, procedente de una de las regiones históricamente más pauperizadas –la zona rural de Caetés, en el Nordeste- y de los estratos sociales más bajos de su país, acreditando experiencia laboral en un torno fabril y en las luchas gremiales de la izquierda clasista, que se formó a sí mismo como una figura política, se escolarizó en el aprendizaje de múltiples y sucesivas derrotas electorales, logró amoldar y atemperar el discurso ideológico radical hasta hacerlo atractivo no sólo a la militancia activa sino a los grandes colectivos, y puso sobre el escenario su encanto de orador llano que habla al pueblo en su mismo lenguaje.

Lula deja el Palacio del Planalto, se va el hombre que transformó esa biografía suya, tan alejada de las tradicionales figuras que han ocupado los primeros lugares del poder en nuestras tierras, en un carisma a prueba de balas, que le permitió conectar permanentemente con el electorado y afrontar las iniciativas políticas más osadas sabiendo que el respaldo popular lo sostenía.

MANEJAR EL CARISMA

En estos ocho años Lula utilizó todo el capital político acumulado durante esa transformación personal, en volcarlo en la transformación de Brasil. Y lo logró. Un sólo dato, entra la maraña de cifras que en estos días se utilizarán para evaluar su gestión: en el lapso de sus dos períodos presidenciales logró sacar de la pobreza a unos cuarenta millones de hombres y mujeres, que vivían por debajo de esa línea imaginaria que marca el borde de la vida digna en una sociedad. Cuarenta millones, una cantidad equivalente a toda la población argentina. Una tarea inmensa lograda merced a iniciativas arriesgadas, de las que el presidente ha salido, una y otra vez, fortalecido. Al punto tal que deja el poder con un índice de aprobación popular que supera el ochenta por ciento, una aceptación multitudinaria que, si hubiese estado en su ánimo, le hubiera permitido permanecer en el poder.

Pero aquí aflora otro rasgo personal del líder, producto de aquel aprendizaje hecho en la calle: Lula nunca ha utilizado su inmensa cuota de poder en provecho propio. Parece increíble, mirando alrededor los ejemplos en sentido contrario. Pero en la actual relación de fuerzas, al presidente le hubiera sido relativamente simple proponer una reforma constitucional que lo habilitara para un tercer mandato consecutivo, una re-reelección, como las que estuvieron (y están aún) de moda en Latinoamérica. Sin embargo, Da Silva cortó ese rumor desde el primer momento, y fue consecuente con su palabra. Terminados los dos períodos, se volvería a su casa, no forzaría la legalidad constitucional y permitiría la normal renovación de la conducción gubernamental.

En estos días de despedidas, saludando a los periodistas acreditados en Brasilia, inclusive reveló algunas intimidades que permiten comprobar la honestidad de su decisión de abandonar (aunque sea momentáneamente) el poder. Tampoco es que me interesen los beneficios personales del cargo, vino a decirles Lula a los periodistas, ni el avión presidencial ni la piscina del palacio: a la pileta casi no me metí nunca, y el avión me marea. Y otro detalle que completa esta postal: en todos estos años, reveló Lula, no me he reunido con mis amigos, ni los he invitado a comer a la residencia oficial, porque no quería alentar celos y envidias; volver al llano será también recuperar las cervezas y las cenas compartidas con los amigos de siempre, por las noches, hasta que nos den las tantas…

ORDENAR LA CASA

El éxito de Lula en la gestión gubernamental ha tenido dos grandes capítulos: la reubicación de la presencia y de la palabra brasilera en el plano exterior y las políticas públicas de justicia distributiva, equidad e inclusión social en el orden interno.

En el plano global, Da Silva logró capitalizar el peso específico de su país para encabezar las iniciativas regionales, especialmente la Unasur, y para proyectar el protagonismo de Brasilia en algunas zonas calientes –Irán, Turquía, Medio Oriente, Siria, África-; en los acuerdos de grupo con los otros emergentes (como el BRIC, con Rusia, India y China, y el IBSA, con India y Sudáfrica); y un rol creciente en las instancias multilaterales, como el Grupo de los Veinte (G-20) y la recurrente aspiración de ingreso permanente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero este crecimiento en el rol de jugador de las primeras ligas mundiales estuvo asentado, permanentemente, en la estrategia de alcanzar una ordenación en la política interna que justificara aquel mayor protagonismo global. Y la misma línea de pensamiento estuvo aplicada a los grandes temas de la defensa (como la adquisición de armamento nuclear con tecnología francesa); como a los más domésticos de afianzar la imagen de Brasil en el concierto de naciones (como esos grandes escaparates que son los juegos olímpicos, a celebrarse en Río de Janeiro en 2016, o los mundiales de fútbol, en 2014).

Por estas razones –que podríamos llamar “de Estado”- como por auténtica vocación popular, democrática y progresista, Luiz Inácio da Silva orientó las direcciones de su gobierno a la aplicación novedosa de políticas inclusivas y de ampliación agresiva del mercado interior, con el complemento de una permanente evaluación y monitoreo, que ha transformado la experiencia brasileña en una referencia mundial de estudio en las facultades de ciencias políticas y sociales.

No es caprichoso caracterizar de osadas las iniciativas de transformación implementadas durante los dos períodos presidenciales de Lula, si se tienen en cuenta las condiciones estructurales del país al momento de su acceso al poder, y el tamaño de la sociedad brasilera. Según el censo general de 2010, la población del país vecino alcanza a 190,7 millones de personas. Este gigante demográfico y geográfico fue fortalecido durante estos ocho años en su modelo federativo y descentralizado, con diferentes niveles de gestión autónoma en los estados federados (provincias) y municipios. Por ello deben ser osadas, necesariamente, las políticas que intenten lograr transformaciones sustanciales en un país con una de las mayores estructuras de gestión pública del mundo.

Lula se imaginó una estrategia centrada en la fuerte presencia del Estado Federal, y ordenó la planificación de la prestación de los servicios públicos, que tendrían la función de incluir en el sistema a los grandes colectivos pauperizados, desde la esfera pública nacional. Así, hoy todos los niveles gubernamentales (federal, estadual y municipal) están comprometidos en la prestación de servicios sociales, con un cercano monitoreo sobre su efectividad, alcance y calidad.

Junto a la extensión en la prestación de servicios hasta las regiones y los colectivos más lejanos, el rol del Estado también ha sido muy fuente en el impulso a las políticas de soporte a la industria básica y a las manufacturas. Esta promoción industrial y productiva estuvo, además, cruzada con las diferentes herramientas para apuntalar el aliciente al consumo interno.

La conjunción de estrategias de asistencia primaria a las necesidades crónicas de los estratos más pauperizados, que progresivamente van dejando lugar a planes de incorporación al mercado productivo formal, y una participación activa del sector público en el crecimiento del producto interno, han sido acompañadas con el monitoreo permanente y transparente de resultados, de forma de contar en todo momento con indicadores fiables para ajustar esas mismas políticas y acciones públicas.

A PARTIR DE MAÑANA

Lo que acabo de reseñar, y que quizá se denomine “modelo brasilero” dentro de algún tiempo, constituye el legado político de Luiz Inácio da Silva: rol activo del sector público en la esfera económica (productiva y financiera); prioridad en la atención social; transparencia y honestidad gubernamental; apoyo oficial al crecimiento del mercado interno; búsqueda de la equidad y de la inclusión de los más pobres; liderazgo en la integración regional; protagonismo heterodoxo en el plano global.

En Foz do Iguazú, a mediados de este mes de diciembre, en la 40º cumbre del Mercosur, Luiz Inácio da Silva se despidió de sus colegas presidentes del Cono Sur de América, en lo que era también su despedida de los escenarios internacionales. En Foz traspasó la conducción pro témpore de la organización regional (cuyo resurgimiento tanto le debe a él y al ex presidente argentino Néstor Kirchner) al presidente paraguayo Fernando Lugo. Todos tuvieron palabras de elogio y agradecimiento para Lula, a quien el uruguayo Pepe Mujica consideró nuestro “embajador plenipotenciario en el concierto del mundo”.

Este tipo de adjetivos se repetirán en estos días. Mientras tanto, la pregunta que flota en el aire es cómo tomará la sociedad política la ausencia de Lula en el palacio del Planalto a partir de mañana, una ausencia gigante, “o mais grande do mundo”, como casi todo en Brasil.

.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

.

 

Mercosur, nuevo capítulo (06 08 10)

Mercosur, nuevo capítulo

por Nelson Gustavo Specchia

Como en una novela del realismo mágico –la gran corriente literaria que cruzó América latina a mediados del siglo pasado- el Mercosur ha renacido tantas veces como tantas se ha anunciado su estancamiento y hasta su agonía terminal. Esta semana, en San Juan, ha vuelto a renacer una vez más, con nuevos bríos y fuerzas, y con algunas señales de políticas de largo plazo que podrían estar indicando una nueva fase, más consolidada y estructural. Quizá, un nuevo capítulo, serio y grande, en la construcción de la integración regional en el cono Sur americano.

La historia de encuentros y desencuentros del Mercado Común del Sur, que comenzó su andadura con el Tratado de Asunción el 26 de marzo de 1991, ha debido ese camino un tanto errático a la extrema dependencia que tiene su estructura de la voluntad política de los gobiernos de turno, especialmente de la figura que ocupe el Poder Ejecutivo en Brasil y en la República Argentina.

A diferencia del proceso de integración europeo, que tan habitualmente se menciona como ejemplo inspirador, el Mercosur no ha consolidado fuertes vías comunitarias, sino que ha hecho depender la marcha del proceso de acercamiento internacional a instancias y acuerdos intergubernamentales, casi con exclusividad.

TIEMPOS POLÍTICOS

Así, en algunos períodos de alta coincidencia entre Buenos Aires y Brasilia, con dirigencias consustanciadas con la filosofía de la integración americana (como Ricardo Alfonsín y José Sarney en su día), el Mercosur avanzó en herramientas y mecanismos específicos para la solución de controversias comerciales, e inclusive por momentos logró tomar envión en iniciativas que superaban el plano económico, como las agendas legislativas, educativas y culturales.

En otros períodos ni siquiera el plano de mero intercambio de bienes y servicios en régimen de aranceles especiales tuvo demasiados incentivos para prosperar. En los años noventa, tanto la presidencia argentina como la brasileña –en manos de Carlos Menem y de Fernando Collor de Mello, respectivamente- apostaron fuertemente por el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), capitaneado por los Estados Unidos, lo que implicó que el organismo subregional se viera relegado nuevamente. Luego de otros períodos de transición más o menos silenciosa, la coincidencia de Lula da Silva en Brasilia y Néstor Kirchner en Buenos Aires supuso el último relanzamiento del proceso.

Entre marchas y contramarchas, el Mercosur se estabilizó medianamente en torno a una unión aduanera con dos socios mayoritarios, otros dos minoritarios (Uruguay y Paraguay), dos en proceso de incorporación (Bolivia y Venezuela) y cuatro países en régimen de asociación (Chile, Perú, Colombia y Ecuador); estos diez Estados latinoamericanos han manifestado sus intenciones de profundizar en el armado de un organismo regional que impulse la libre circulación de bienes y factores de la producción entre ellos; sirva de oficina de coordinación de políticas macroeconómicas que eviten saltos y desequilibrios abruptos entre las decisiones nacionales de cada uno; armonice las legislaciones y las jurisprudencias nacionales para converger en una dirección estratégica común; y, por último, acuerde el establecimiento de un arancel externo común que haga viable una política comercial conjunta de los mercados de la región con el resto del mundo.

Precisamente el tema del arancel externo común se había constituido, en una coyuntura políticamente favorable, dada la buena sintonía entre los primeros mandatarios, en la piedra de toque que ralentizaba el avance en los últimos tiempos.

Finalmente, tras un semestre de presidencia rotatoria de la Argentina, esta semana en la ciudad de San Juan se reunió la 39º Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur, y se dio en ella uno de los pasos más importantes en sus casi dos décadas de existencia, al alcanzarse el acuerdo entre los países miembros para establecer el Código Aduanero Común. La implantación de un arancel homogéneo para comerciar con los mercados extra bloque consolida por fin la unión aduanera, paso imprescindible para comenzar a plantear un mercado común.

El proceso de negociación para llegar al arancel externo común duró seis largos años, y su resolución esta semana en San Juan sólo puede entenderse en un contexto de amplias coincidencias en los poderes ejecutivos de los cuatro miembros titulares, y en el marco de negociaciones, intereses e intenciones políticas que exceden los bordes del organismo subregional. Con el visto bueno de los equipos legales y técnicos de cada país miembro, que se da por descontado, y tras la aprobación de los cuatro recintos legislativos, el nuevo Código Aduanero Común del Mercosur comenzará a regular el intercambio de bienes y servicios con el resto del mundo.

COMERCIO Y MÁS ALLÁ

Por ello no son excesivos los elogios con que los primeros mandatarios saludaron, en la provincia argentina de San Juan, haber llegado al establecimiento de este Código. Para Cristina Fernández constituye una victoria diplomática de primer orden, ya que han sido los técnicos y especialistas del Palacio San Martín los que durante el semestre de su presidencia pro tempore negociaron los términos de la nueva herramienta, que contiene más de 200 artículos, y con la que se espera que el Mercosur, que en conjunto supone la mayor zona productora de alimentos del globo, se relaciones con otros mercados y bloques comerciales. El Mercosur, auguró la presidenta argentina, “será el gran protagonista de este siglo.”

Luiz Inácio da Silva, Lula, por su parte, tampoco se excede al calificar de “histórico” el avance en la integración regional alcanzado en San Juan. No se debería pasar por alto la historia relativamente reciente de las relaciones bilaterales del gigante sudamericano con la Argentina. En los años setenta, cuando ambos países estaban regidos por autocracias dictatoriales, Brasil era la principal hipótesis de conflicto para los militares argentinos, que sospechaban que los cariocas se aprestaban a fabricar la bomba atómica en cualquier momento, para avanzar hacia Buenos Aires cruzando el “Estado tapón” uruguayo. Desde esos delirios relativamente recientes, a la buena sintonía actual entre ambas Cancillerías, hay un océano de por medio.

Además de destacar la real importancia de la reunión sanjuanina, y de llenar a su par argentina de elogios, Lula recibió la presidencia pro tempore (cuando ya tiene un pie en el estribo para dejar Brasilia, al menos de momento) y aprovechó la Cumbre para firmar tres documentos bilaterales. El primero, precisamente, trata de desarrollo nuclear. Ya nadie sospecha, afortunadamente, que Brasil persigue la bomba atómica para atacar Buenos Aires, pero la agenda nuclear brasilera sigue siendo un tema espinoso, especialmente teniendo en cuenta la adquisición reciente de tecnología atómica a Francia por parte de Lula, o el claro apoyo de su servicio exterior al plan de desarrollo nuclear iraní, un país vinculado por las investigaciones judiciales con el atentado a la AMIA porteña en 1994. Pero Cristina Fernández lo respaldó sin fisuras. Lula, por su parte, le entregó un explícito respaldo al reclamo nacional por la soberanía sobre las Islas Malvinas. Y poniendo negro sobre blanco, Lula expresó las diferencias en las nuevas relaciones bilaterales: “Cristina –le dijo en público a la presidenta, en el cierre de la Cumbre- en estos años, primero con Néstor Kirchner y después contigo, vamos a dejar en nuestro paso algo de valor inconmensurable: que nosotros ya no nos vemos más como adversarios ni enemigos, como hace un tiempo.”

El paso ha sido contundente, aunque el camino sigue siendo largo y escabroso. Las economías emergentes tienen cada vez un rol más determinante en el crecimiento del producto a nivel global, el Mercosur concentra la mayor cuota de producción alimentaria del mundo en estos momentos, y futuros tratado de libre comercio (TLC), tanto con la Unión Europea, con los países de Asia-Pacífico, o con el NAFTA norteamericano, aportarían dosis de complementación tecnológica y productiva por demás interesantes.

Es de esperar que sigan soplando los buenos vientos de coincidencias en las primeras líneas, y que este nuevo capítulo sea en realidad serio, y grande.
.
.
nelson.specchia@gmail.com
.
.

Bookmark and Share

Pepe Mujica asumió el ejecutivo (02 03 10)

Uruguay

PEPE MUJICA ASUMIÓ EL EJECUTIVO DE LA REPÚBLICA ORIENTAL

Convocó a la unidad de los uruguayos y a afianzar el Mercosur

.

.

En una jornada histórica, José Mujica asumió ayer la presidencia del Uruguay, continuando el tiempo político habilitado en 2004 por la alianza de izquierdas del Frente Amplio. Al suceder a Tabaré Vázquez, afirma el cambio en la conducción uruguaya, luego de 175 años de los partidos tradicionales Colorado y Nacional, ahora relegados a la minoría en ambas cámaras legislativas. En el cambio de mando estuvieron presentes los presidentes de Argentina, Brasil, Paraguay, Venezuela, Bolivia, Colombia y Ecuador. También el rey Juan Carlos de España, y el príncipe de Asturias, Felipe. La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, asistió en representación del presidente Barack Obama (ver aparte).

.

El nuevo presidente, de 75 años, continuará viviendo en su chacra, donde cultiva verduras y flores; esta austeridad la trasladará a la administración, ya que donará la mayor parte de su salario como Jefe de Estado. Desde su triunfo en las urnas, Mujica se ha abocado a seducir a inversores, asegurándoles que Uruguay es un destino seguro. Ayer, en el conciliador y convocante discurso de investidura, volvió sobre este punto al marcar las que serán sus políticas de Estado, entre las que destacó la educación, energía y seguridad. Pretende, anunció, una fuerte inversión privada en la construcción, para impactar en la reactivación laboral y en la reducción de los niveles de pobreza (estos son bajos para el promedio regional, la indigencia en Uruguay mide por debajo de los 2 puntos porcentuales). Respecto de la integración regional, dijo que “desde el Río Bravo a las Malvinas vive una sola nación, la nación latinoamericana”, y reafirmó el compromiso de su país con el Mercosur, con una imagen matrimonial: “Es hasta que la muerte nos separe y esperamos una actitud recíproca.”

.

Mujica hereda un gobierno en orden y una economía que ha crecido durante los años de Tabaré Vázquez. El presidente dispondrá, además, de mayoría en las dos cámaras legislativas, y de un gabinete que integra a los diversos sectores que componen el Frente Amplio. Ha asegurado, asimismo, que convocará a representantes de la oposición para incorporarlos en los directorios de empresas públicas. Cerró su discurso con una imagen del país que quiere dirigir. Uruguay, dijo, es un lugar “admirable para vivir, pequeño, sin multitudes, sin megalópolis, con ministros que caminan por las calles sin escolta, descuidados, somos un país que ama los fines de semana largos tanto como la libertad.”

.

MUJICA RECIBIÓ A CLINTON

.

Comenzando una ronda de visitas por América latina, la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, llegó a la capital uruguaya para asistir a la toma de posesión del presidente Pepe Mujica. Momentos antes del acto de investidura, Mujica se reunió con la ex primera dama por espacio de una hora, en una reunión que la embajada estadounidense calificó como “buena y amena”.

.

El nuevo presidente oriental planteó allí, tal como había anunciado, la necesidad de la capitalización del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que le interesa especialmente, entre una variedad de temas bilaterales. Tras reunirse con Mujica, Hillary Clinton también se entrevistó con los principales dirigentes de los partidos opositores, y tenía en agenda recibir a la presidenta argentina, Cristina Fernández, a la finalización del acto de asunción presidencial.

.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

Los caminos comunes de la América hispana (26 02 10)

LOS CAMINOS COMUNES DE LA AMÉRICA HISPANA

.

por Nelson-Gustavo Specchia

.

.

Esta semana, los líderes de América latina, el Caribe, y México, se reunieron en las soleadas playas de la Riviera Maya, en una cumbre convocada bajo la bandera y el nombre de la “unidad”. Lejos de ser un reclamo novedoso en la política hispanoamericana, las convocatorias, llamamientos y exhortaciones a la unidad han sido constantes desde el desmembramiento de los virreinatos coloniales. Ningún tema ha tenido más espacio en los discursos que la integración de los Estados al sur del Río Bravo, apelaciones que han traspasado inclusive los bordes ideológicos, desde la derecha a la izquierda revolucionaria. En ningún tema, al mismo y doloroso tiempo, se han registrado menos avances concretos en el terreno de las realizaciones políticas. Venimos hablando de la unidad latinoamericana desde la primera década del siglo XIX, nos aprestamos ahora a celebrar los polémicos bicentenarios, y esas intenciones siguen ancladas en el plano del discurso.

.

Junto a la verbalización del liderazgo sobre intenciones, imperativos históricos y destinos comunes, el otro camino que se ha ensayado en la región pasa por la creación de instituciones. Desde la vieja Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, de 1889, que terminó generando la Organización de Estados Americanos: la OEA presume de ser el organismo regional más antiguo del mundo. Además, se han creado muy diversas instituciones subregionales, generalmente abocadas a la integración económica vía las zonas de libre comercio. Entre éstas, el MERCOSUR ha sido una de las más exitosas, a pesar de su errático derrotero. En 2008 asistíamos a la creación de la Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR), con la fuerza de la iniciativa de Lula da Silva. Poco tiempo antes, el venezolano Hugo Chávez había lanzado, desde Isla Margarita en 2001, su propia versión de la integración, que denominó ALBA,  Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América. El listado de siglas y de nombres es tan largo como las cuentas de un rosario, y casi tan circular como él. Porque, a diferencia de otras iniciativas de asociación regional (como la Unión Europea, a cuyo ejemplo se recurre tan habitualmente) el énfasis no se ha puesto aquí en el reforzamiento y transformación de las instituciones existentes, en orden a aumentar su operatividad y eficacia, sino en la fundación de nuevas y superpuestas estructuras en cada etapa política, que solapan uno sobre otro los órganos y los fines, para debilitarse más o menos rápidamente cuando cambia el tiempo histórico.

.

Ahora, Cancún

En la actual confluencia de voluntades gubernamentales, y apelando una vez más a los antiguos conceptos de la unidad cultural y lingüística, del pasado común, y del imperativo de contar con una voz homogénea de la región en los foros multilaterales, la cumbre de Cancún ha decidido fundar una nueva organización regional.

.

Junto al decisivo y unánime respaldo de los líderes a la posición de la Argentina en su protesta por la explotación petrolera británica en las Islas Malvinas, la creación de la nueva entidad regional concentró el temario de la reunión. El nuevo bloque de países reunirá a los Estados de América del Sur, Central, y al norteño México, o sea, a todos menos a los Estados Unidos y a Canadá. Concretamente, la exclusión de los estadounidenses de un foro americano, es el objetivo de fondo de la nueva estructura, que por ello viene a presentarse como una alternativa a la OEA, donde el predominio de la potencia norteamericana condiciona todas las iniciativas.

.

Es tan vasto el listado de denominaciones y siglas, que aún no hay consenso sobre el nombre que tendrá esta entidad; se barajan designaciones como “unión”, “comunidad”, o la tradicional “organización”. De momento, le han dejado el provisional de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, pero las intenciones se presentan ambiciosas. La canciller mexicana Patricia Espinosa, anfitriona de la cumbre, dejó claro que el planteo es “la conformación de una instancia comunitaria como la que dio origen a la Unión Europea.” Lo que la canciller no dice, y que está en la base de diferenciación de ese modelo tan recurrido, es que los europeos lograron un proceso de integración exitoso una vez que decidieron renunciar a porciones de soberanía nacional de cada Estado en favor de la organización supranacional, ¿estaría hoy algún país latinoamericano dispuesto a ceder una porción de su sacrosanta soberanía en pos de una integración política efectiva? Yo no encuentro, en las señales de este momento histórico, tendencias en esa dirección.

.

En todo caso, la reunión de México tuvo algunas notas diferenciadoras respecto de cumbres anteriores. La asistencia de mandatarios fue la más alta de los últimos tiempos, 32 jefes de gobierno, con la sola ausencia del presidente hondureño Porfirio Lobo, ya que Honduras se encuentra suspendida en sus derechos desde el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya, (el buen clima de la cumbre se logró, precisamente, porque no se incluyó el tema de Honduras en el orden del día, sobre ésto no hay consenso, y nadie sabe bien cómo volver a incorporar al país centroamericano, cuando la mayoría no ha aceptado el golpe y el proceso eleccionario que le sucedió). La asistencia calificada de líderes le otorgó a la cumbre una alta legitimidad, y las dos grandes resoluciones –el respaldo a la Argentina en la cuestión Malvinas, y la creación de la nueva comunidad- fueron tomadas por unanimidad y aclamación.

.

¿Qué hacer con la OEA?

Así, la “OEA sin los yanquis”, como pedía reiteradamente Fidel Castro, comenzará su andadura en Caracas, el año que viene. Si como ha anunciado el presidente mexicano Felipe Calderón, este organismo llega a ser el “mecanismo único” y la “voz homogénea” de la región en el concierto internacional, la vieja OEA, que acumula reproches a diestra y siniestra, pasaría a un segundo plano. Los republicanos, en el Congreso norteamericano, le piden a Obama que deje de aportar los dólares que permiten funcionar a la organización, porque ésta “ha fracasado” en el propósito de defender y consolidar la democracia en el continente. Y desde el sur también se la critica; Chávez, en su proverbial verborragia creativa, se dirige al secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, con el apelativo de “insulso”, y son muchos los que opinan que el organismo no ha sido capaz de frenar una sola crisis política en la región. Si la iniciativa de Cancún prospera, y los caminos comunes de América latina se enderezan, la vieja OEA quizá quede limitada a un inocuo y mediocre foro de diálogo entre el sur y los Estados Unidos.

.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

Cuestiones duras y respuestas audaces (14 08 09)

uno de bastos

.

CUESTIONES DURAS Y RESPUESTAS AUDACES

Escenarios internacionales de una crisis global

.

Nelson Gustavo Specchia

.

Conferencia en el Colegio de Abogados de Córdoba

Viernes 14 de agosto de 2009

.

.

Muy buenas tardes.

Es un placer para mí estar esta tarde aquí, en esta tan importante institución para la vida profesional, pero también para el auténtico crecimiento social y cultural. Como queda demostrado esta tarde, un fértil punto de encuentro también para colegas y amigos de otras latitudes. Mi agradecimiento a las autoridades, recientemente “reestrenadas” autoridades de este Magno Colegio por ofrecerme este espacio esta tarde, para conversar con ustedes sobre algunos de los factores más importantes que cruzan en nuestros álgidos y movedizos días la escena internacional, y ensayar, con una metodología ojalá dialogal, algunas claves interpretativas de esta realidad de cambio acelerado: claves para mejor entenderla y, por ello, mejor poder interactuar con ella. También la oportunidad de encontrarme personalmente con algunos colegas con quienes hemos, en otros momentos, mantenido fructíferos intercambios de colaboración, como el doctor Daniel Andrade, de quien hemos publicado un interesante ensayo (“La solución de diferencias en comercio internacional en el ámbito de la OMC y del Mercosur”), allá por el 2005, en la revista que dirijo, la Studia Politicae, en la Universidad. Y de una manera personal, un agradecimiento especial a la doctora Mabel Solano, que ha sido mi interlocutora en este tiempo de preparación de esta reunión, por su gentileza de trato y por su paciencia y perseverancia de ir siguiendo durante meses mi disponibilidad de agenda, a veces tan difícil de encontrar, para que pudiéramos coincidir esta noche. Muchas gracias por todo ello.

He titulado mi exposición “Cuestiones duras y respuestas audaces” porque me parece que esta relación entre cosas muy nuevas, inéditas en su gran mayoría, y por ende poco teorizadas en la ciencia política, en la sociología de las organizaciones, en la psicología social, y en la política internacional, son las que han motivado, empujado, traccionado la búsqueda de respuestas novedosas para enfrentarlas –también inéditas algunas de ellas- por parte del liderazgo político; pienso que esta relación entre dureza y audacia, digo, puede dar una idea, funcionar como metáfora de la manera de mirar, del approach, que nos exige hoy una realidad internacional in-segura, donde una parte importante de las columnas densas, de las verdades sólidas que daban garantías y previsibilidad a la acción internacional (la política, la diplomática, y –fundamentalmente- la económica) se han ablandado, gelatinizado, o directamente desaparecido. Decía yo hace pocos días en Lima, Perú, en un encuentro muy similar al de esta noche, que el título de aquel libro de Daniel Bell donde se intentaba dar cuenta filosóficamente de un tiempo nuevo, donde los parámetros más tradicionalmente confiables de la modernidad desaparecían uno tras otro, era un título muy “profético”, ya que podría definir ajustadamente la sensación de los analistas internacionales de nuestros días: All that is solid melts into air tituló Bell a su libro sobre la “postmodernidad”. Y esa es, precisamente, la sensación que uno tiene cuando encara el estudio, el análisis, de esta coyuntura internacional tan poco aprehensible, tan cambiante sin respetar patrones de cambio, y, por eso, tan poco previsible en su direccionalidad. Fente a ella, sólo caben respuestas audaces, fórmulas imaginativas e inéditas, como los hechos a los que se intenta responder, y tan valientes, en definitiva, como lo exige la urgencia de la hora.

Entonces yo marcaría, desde el primer momento de mi disertación, desde el propio título, que esa es, para mí, la característica principal del estudio de la realidad internacional hoy: interrogantes “duros” porque cuestionan lo que sabemos y las maneras en que obtenemos ese conocimiento sobre la situación global; y la estructuración, frente a estos interrogantes, de respuestas nuevas, imaginativas, fuera del “guión” y de la teorización de las relaciones internacional, en definitiva: audaces.

Un mundo “seguro”

Erick Hobsbawm, el historiador marxista inglés, autor de una de las obras más sólidas de la historiografía económica actual, tiene un libro exquisito, de esos que están siempre al alcance de la mano en la mesilla de noche: The Short Twentieth Century, (que en castellano ha aparecido como Historia del siglo XX). En este libro, Hobsbawm funda la idea de que el siglo XX, el siglo que todos nosotros hemos vivido, no empezó en realidad en 1901, ni terminó en el año 2000, sino que, en rigor de verdad, comenzó en 1914, con la patada al tablero del antiguo orden mundial, y terminó en 1989, con el derrocamiento de un muro. Ese siglo XX “corto”, y la imagen de ese muro levantado como una vena estriada frente a la Puerta de Brandemburgo, seccionando Berlín y todo el globo, era, en su brutal división y dicotomía, la imagen de un mundo equilibrado, de un mundo previsible, asentado sobre columnas sólidas e infranqueables como los bloques de cemento de ese mismo muro. Un mundo sobre el que pendía de una manera infame (porque aquí la evaluación moral es otro capítulo, no vaya a entenderse que estoy realizando un panegírico de la irracionalidad de la guerra fría), que pendía, digo, la espada de Damocles de la disuasión nuclear y de la “destrucción mutua asegurada”, pero que precisamente por ese equilibrio, esa lógica (perversa, pero lógica al fin) del aniquilamiento balanceado, la realidad internacional era previsible. Se podía teorizar en base a esa previsibilidad (ahí está toda la Escuela Realista de la política internacional para probarlo, desde Hans Morgenthau, pasando por Raymond Aron, y llegando hasta Henry Kissinger).

En definitiva, la paz internacional –en el nivel macro- se mantuvo. La lógica del conflicto fue “localizado”, sólo de focos puntuales, y en los márgenes, no en la línea de los países centrales, que hubiera afectado el equilibrio. La “Tercera Guerra Mundial”, a pesar de tener todas las posibilidades y las herramientas ideológicas, tácticas, y tecnológicas a mano, y más de un general entusiasta deseoso de comandarla, tanto a un lado como a otro del Muro, finalmente no estalló.

El nacimiento de la in-seguridad

Cuando termina el siglo XX “corto”, termina también esta previsibilidad en los relacionamientos mundiales. Y se perciben aquí algunos fenómenos que es importante reseñar, aunque más no sea al pasar, porque a mi criterio constituyen las claves que han ido jalonando el camino que nos ha traído hasta aquí, hasta esta gelatinosa, huidiza y cambiante cotidianidad. Seleccionemos tres de ellos.

A estos tres fenómenos podríamos denominarlos: 1) “la emergencia de las otredades”, 2) “el exitismo de los vencedores”, y 3) “el errático idealismo europeo”. Dos palabras sobre el primero: luego de haberles quitado las losas pesadas de la doble hegemonía, tanto en la órbita capitalista como en el antiguo “mundo comunista” comenzaron a emerger, con mayor o menor fuerza, diferentes sentimientos y realidades que habían permanecido subterráneas: nacionales, subnacionales, étnicas, regionales, lingüísticas, tribales, religiosas… que durante los años del equilibrio bipolar habían permanecido ocultas, soterradas, tributarias en definitiva del gran conflicto táctico y callado que enfrentaba a las metrópolis titulares de ambas mitades del mundo. Esta emergencia de realidades “nuevas” y “otras”, que aparecen con fuerza y clara intención de ocupar un lugar reivindicativo en el concierto internacional, va acompañada, en muchos casos, con dosis considerables de sentimientos negativos hacia quienes se considera responsables de sus años de sujeción, aislamiento, invisibilidad, sometimiento y vida subterránea.

Esta emergencia de realidades “otras”, se imbrica con el salto que da el proceso de estatalización del planeta. Los Estados, y los Estados-Nación, son los sujetos tradicionalmente más antiguos de la atención política, pero hasta mediados del siglo XX habían permanecido en un número relativamente estable, limitado, y bajo. El proceso de descolonización impulsado por las Naciones Unidas, junto al status de soberanía de nuevas unidades antes subsumidas en formaciones supraestatales (como la Unión Soviética), provocaron que la cantidad de Estados soberanos prácticamente se quintuplicara en un siglo: Cuando se reunió en Congreso de la Haya, en 1907, a la asamblea la integraron 42 Estados; en 1926, cuando se conformó la Sociedad de las Naciones, los Estados eran 56 (por primera vez hubo presencia de Estados africanos: 3 en total); en la segunda posguerra, en 1945, los Estados fundadores de las Naciones Unidas fueron menos aún, 51, pero 30 años después, cuando el proceso de descolonización está terminando, ya son 145. Y cuando Timor Oriental, en 2002, solicitó su ingreso a la ONU, le fue concedido el escaño número 192.

De 42 a 192 Estados en menos de cien años, ese es el salto estatalizador del siglo XX. Es claro que esta nueva composición numérica, aunada a la emergencia de realidades culturales históricamente sumergidas, perfila un mundo sustantivamente más complejo.

En cuanto al segundo fenómeno, que hemos denominado “exitismo de los vencedores”, hace referencia a la actitud del Departamento de Estado norteamericano tras la caída del Muro, que fue absorbida por un sentimiento exagerado de victoria y de celebración en Washington. Y este ánimo político fue modelando, con cierto grado de superficialidad en la asunción de la nueva realidad internacional, una mirada distendida y con niveles cada vez menores de inserción efectiva y de control sobre las variables intervinientes que, como dijimos arriba, seguían precisamente en ese momento la dirección contraria, y se complejizaban cada vez más. Hace algunos días, en un programa de radio y a propósito del establecimiento de una mesa permanente de relaciones al máximo nivel ejecutivo entre China y los Estados Unidos de América, recordé una anécdota de aquellos victoriosos y festivos inicios de los años ’90, cuando una parte de la intelectualidad norteamericana percibía a su país como incontestable potencia hegemónica, y los entusiastas del antiguo “mundo libre” anunciaban con bombos y platillos el nacimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), y una nueva concentración no confrontativa de poder político, que venía a quedarse por muchos años. En ese ambiente exitista, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, encontré un libro de divulgación política, y lo compré básicamente por la página con que su autor abría el volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan –escribía el politólogo-, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Esa frase, creo, refleja un clima de época.

Y un tercer fenómeno que está en la base de la conformación de los actuales escenarios internacionales está dado, pienso, por cierta indefinición en la intencionalidad y en la direccionalidad del proceso de integración europeo. La Europa unida, después del largo período que insumió su institucionalización (digamos: desde la posguerra hasta la caída del Muro), estaba llamada a jugar un rol central en el realineamiento de las piezas de un mundo multipolar, donde el “poder blando” de su experiencia y de su proyecto de convivencia entre unidades no solo diferentes, sino que habían  sido tradicionalmente antagónicas y enemigas, era un producto de exportación que la realidad mundial que nacía de los escombros del Muro habría asimilado con mucho provecho.

Pero Europa no se termina de decidir sobre el modelo terminado, y sigue fluctuando entre el sólo mercado común –el viejo proyecto inglés- y la Europa política, federada o confederada, que fue alimentada principalmente por el pensamiento francés. Este transcurso un tanto errático se ha sumado a una seguidilla de ampliaciones extensa y veloz, más extensa y más veloz, quizás, de lo que la misma organización y las múltiples ciudadanías europeas estaban preparadas para aceptar. Esto ha llevado a que el “euroescepticismo” no deje de crecer en la Unión, y que la traslación del soft power asociado estrechamente a su modelo, pierda fuerza en el contexto global.

Teniendo presentes estos tres fenómenos (en realidad, en un análisis más exhaustivo, no podríamos limitarnos sólo a ellos: en una elaboración más compleja, que hemos desarrollado en la Cátedra Jean Monnet, que tengo a mi cargo en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba, hemos construido una tabla de siete factores intervinientes globales, pero hoy y aquí, con las limitaciones que me impone una conversación de estas características, para marcar los bordes de los escenarios internacionales donde la crisis global termina manifestándose podemos limitarnos a utilizar estos tres); teniéndolos presentes, digo, podemos contextualizar, en un modelo analítico alimentado por ellas, la aparición en la escena internacional de los principales acontecimientos que antecedieron al descalabro que venimos soportando desde hace veinticuatro meses.

El camino hacia la crisis

1)      La administración norteamericana de George W. Bush implicó la vuelta de los neoconservadores al centro del poder norteamericano, que impulsaron la rebaja de controles a los movimientos de capitales como motor impulsor del crecimiento;

2)      la emergencia y revalorización de estratos culturales históricamente desplazados está en la base de los ataques del 11 de septiembre de 2001;

3)      los dos elementos anteriores impactan, a su vez, en la reubicación de nuevos objetivos estratégicos en la defensa norteamericana: la declaración de la “guerra al terrorismo”, la definición del “eje del mal”, el ataque y la nueva invasión a Irak;

4)      la percepción de aislamiento del Departamento de Estado desde la disolución soviética lleva al reflote de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y su utilización como estrategia “aliada”  para intervenir en Afganistán;

5)      las vinculaciones estratégicas entre George W. Bush, José María Aznar, y Tony Blair, y aquella emergencia de las realidades “otras”, están asociadas a los atentados de los subterráneos de Londres y de Madrid, que llevan por primera vez el terrorismo de base fundamentalista islámica a territorio europeo;

6)      la indefinición y el vaivén en las posiciones de la Unión Europea queda en evidencia al no lograr una postura común de sus Estados miembros en la resolución de adhesión a la aventura bélica norteamericana, con lo que resquebraja su Política Exterior y de Seguridad Común (PESC);

7)      poco tiempo después, el voto negativo en los referéndum de Francia y de Holanda (dos países fundadores de la original Comunidad Europea) al proyecto de una Constitución para Europa, implica un retroceso determinante en la dimensión política de la integración;

8)      sin herramientas de gobierno continental, la Unión Europea no puede consensuar estrategias comunes frente una manifestación más de las emergencias de realidades “otras”: la inmigración, especialmente la africana subsahariana. Los dos bordes del Mediterráneo representan una de las diferencias de PBI per capita más altas del mundo, y frente a ella y a las “pateras” colmadas de africanos que no dejan de llegar a sus costas, la Unión Europea vuelve a ensayar acciones erráticas, más policiales que de política exterior;

9)      luego de un largo invierno lamiéndose las heridas de un proyecto fracasado, Rusia, con el liderazgo de Vladimir Putin, manifiesta su voluntad de volver a ocupar un lugar de primacía en el concierto internacional;

10)  China, manteniendo un modelo sui generis de control político y expansión económica, se instala como la tercera economía mundial, y la principal financiadora del déficit norteamericano;

11)  la emergencia de realidades “otras” también alcanza al territorio latinoamericano, con planteos de reformulaciones políticas de contenido étnico, al mismo tiempo que una parte del subcontinente gira políticamente hacia la izquierda, luego de un período extremadamente corto de afianzamiento institucional democrático;

12)  introduciendo una cuña cultural y un quiebre sociológico generacional en la política occidental, Barack Obama, afroamericano, accede a la Presidencia de los Estados Unidos.

No podríamos aquí detenernos en cada una de estas dimensiones que, en su interrelación, conforman los actuales escenarios de la política internacional. Permítaseme, al menos, comentar algunas notas centrales de este último punto que he incluido en el modelo analítico de la situación mundial.

El “factor Obama”

Cuando comenzó la última campaña presidencial norteamericana, me decía en México el colega Erick Lobo que Barack Obama tendría muy pocas chances de llegar a las primeras líneas de la competencia electoral, y no solamente por ser negro, sino también porque su nombre tiene connotaciones negativas para el imaginario colectivo norteamericano de nuestros días: “Barack” suena demasiado parecido a “Irak”, el gran lastre de la política internacional de la administración Bush. Y “Obama”, me explicaba Erick, se escucha casi igual que “Osama”: ese nombre que se ha convertido en el primer enemigo de los Estados Unidos, desde que consiguiera atacar su suelo por sorpresa, y burlar durante años los rastreos de sus servicios de inteligencia. Sin embargo, y a pesar del estigma político que pudieron implicar sus nombres (por lo demás, tan africanos), a pesar de su juventud (46 años), y a pesar de ser un negro aspirante a la Presidencia de un país definido sociológica y culturalmente como “WASP” (white, anglo-saxon, and protestant), Obama comenzó dando sorpresas en la campana de largada de la carrera por la nominación de la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Una candidatura, además, que iba a tener que competir en una campaña electoral que se presentaba como la más apretada de la historia política reciente en los Estados Unidos. Las sorpresas siguieron cuando el entonces candidato comenzó a hablar: hasta esa simbólica primera victoria, en Iowa, el discurso de Obama era calificado de “bucólico”, la mayoría de las consultoras afirmaban que su énfasis en el relevo generacional y en el programa de cambio no tendría auditorio fértil. Frente al magnicidio de Benazir Bhutto, que obligó a ajustar las estrategias políticas en todas las latitudes, un estudio de The Wall Street Journal de enero de 2008 hacía constar que un 40 por ciento de los norteamericanos preferiría ver a una mujer como comandante en jefe de su ejército, mientras que sólo un 29 por ciento aceptaría a un afroamericano en esa responsabilidad que conlleva la Presidencia.

Y contra estos condicionantes sociológicos estructurales, Obama transitó ese largo y apasionante año electoral, desde la primera victoria en Iowa hasta el martes 4 de noviembre de 2008, cuando entró en la recta final. La “cuña cultural” que mencionábamos arriba, uno de los elementos más novedosos en estos nuevos escenarios mundiales, fue el hecho prácticamente increíble de que, en una sociedad tan conservadora como la americana, tuviera posibilidades reales de acceder a la Presidencia, al lugar del poder por antonomasia, un miembro de la minoría más característica –pero también más problemática- de esa sociedad conservadora. Esa posibilidad se hizo real apenas unos días antes de las elecciones generales, cuando un cambio en el interior del sistema político hizo que el escenario girara, y se ubicara para la recta final con la posibilidad cierta de que Barack Hussein Obama terminara obteniendo el triunfo final de las urnas. El giro estuvo dado por el movimiento de una parte importante de los grupos de opinión del Partido Republicano hacia el apoyo explícito al candidato Demócrata. Una explicitación que eligió la vía de presentación en horario de máxima audiencia de una cadena nacional, del general Colin Powell, afirmando que Obama sería un “presidente excepcional”. Con ese giro, los sectores más centristas del Partido Republicano apostaron a la construcción de una nueva mayoría, para tomar una distancia clara de los elementos provenientes de la derecha extrema norteamericana, especialmente de los grupos afines al fundamentalismo cristiano, que habían impulsado que toda la Administración se moviese sensiblemente hacia la derecha del arco político en las dos legislaturas de George W. Bush. Y estos sectores, que se expresaron en ese penúltimo momento por boca del Powell, vieron el riesgo cierto de que el fundamentalismo religioso terminase cooptando al viejo partido nacional y laico de Lincoln y Roosevelt. Ese giro dejó a Obama en inmejorables condiciones en los instantes finales de la campaña, ya que estos grupos de poder del Partido Republicano asumieron que el riesgo de deriva hacia la derecha se mantenía con el candidato John McCain, y terminaron por decantarse hacia el demócrata.

Y pasó lo que, antes de que el mundo cambiara y se complejizara acelerada y profundamente en las cortas dos décadas desde la caída del Muro, hubiera sido imposible: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, se convirtió en el Presidente de los Estados Unidos.

Y con el entusiasmo por la “cuña cultural” que se introducía en el sistema político, también apareció el riesgo: que la enorme simpatía que aupó a Obama a la Presidencia de la primera potencia mundial terminara generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción del Presidente dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades y limitaciones son los que, puestas en perspectiva, terminarían por definir la agenda internacional del nuevo Presidente norteamericano. En otras palabras, el hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario, pero Obama no es un revolucionario.

La agenda que Barack Obama ha venido desarrollando desde su asunción está muy en línea con las características de los escenarios internacionales que hemos delineado más arriba, una agenda marcada, antes que nada, por la complejidad de “cuestionamientos duros”

En primer lugar, y frente a la gravedad de la crisis financiera, decidió afrontar de lleno y al mismo tiempo la economía doméstica y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95 por ciento de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura, y reformará la sanidad pública. Algunas de estas metas permanecen en estado de proyecto, pero no han sido abandonadas. En el frente externo, en el que decidió permanecer muy activo y recuperar la iniciativa internacional, comenzó revalorizando el rol del G-20 ampliado.

Así, en el lapso de tres meses, de enero a marzo de este año, Obama lanzó cuatro planes de rescate financiero para empresas y bancos. A juzgar por los resultados que estamos conociendo estos días, puede que haya acertado, pero los grandes popes del análisis político y económico –incluyendo varios premios Nobel- siguen afirmando que sus planes no son más que refritos de los manotazos de los últimos días de Bush, y que, en definitiva, no terminarán resolviendo la crisis global en el largo plazo.

Para abril de este año, cuando se reunió el G-20, los organismos multilaterales seguían difundiendo unos diagnósticos de la crisis cada vez más duros. Inmediatamente antes de que comenzaran las sesiones del G-20 en Londres, el 2 de abril, una de las voceras del Banco Mundial, la nigeriana Ngozi Okonjo-Isweala, advirtió a los países ricos sobre una oleada de disturbios sociales y crisis políticas que podría desencadenarse en los países pobres del mundo, si los líderes del G-20 no acuden directa y prontamente en su ayuda. Según la señora Okonjo-Isweala, cientos de miles de trabajadores están perdiendo sus empleos en los países en desarrollo, y las redes de protección social no responden, por lo que es preciso aportar más recursos financieros al “fondo de vulnerabilidad” del Banco Mundial, habida cuenta de que la crisis podría causar 90 millones de muertes, y elevar a casi 1.000 millones las personas que pasan hambre en el mundo. Cuando este tipo de advertencias vienen de una directora gerente del Banco Mundial, encienden una alarma más que notoria.

Al parecer, la postura que están adoptando los organismos multilaterales pasa por advertir a los países grandes reunidos en la mesa del G-20 que la estrategia ya no puede ser –o al menos no puede ser exclusivamente- poner dinero en efectivo en los paquetes de medidas fiscales, y en planes dirigidos a la banca y a las grandes empresas, sino que debería haber una parte de esa masa de dinero orientada hacia la asistencia directa a los pobres, a ese enorme conjunto de países del globo que no tienen un escaño reservado en la mesa del G-20.

Y asumiendo su primer punto de agenda, el propio Barack Obama se dirigió esa primera semana de abril de 2009 a los líderes del G-20. De una manera bastante insólita para un presidente norteamericano, mediante una nota periodística publicada en el International Herald Tribune, urgió a los países más desarrollados a acordar una estrategia para reflotar la economía mundial. Y su columna periodística coincidió con las primeras reacciones a su cuarto programa para salir de la crisis, que se asienta en la persuasión a inversionistas privados para que compren hasta un billón de dólares en “activos tóxicos”, esos bonos que, en gran medida, han sido los responsables del colapso financiero que vivimos.

Por lo demás, y para completar la presentación de la cuña que implica el “factor Obama” en la constitución del escenario internacional, los ítems que completan esa agenda externa serían:

1)      ONU. La Organización de las Naciones Unidas pasa por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario General, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;

2)      La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia;

3)      Rusia, efectivamente, permanecerá como tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, y Obama deberá hacer equilibrios para mantener el canal de diálogo abierto con Dimitri Medvédev y Vladimir Putin, y no dejar huérfanos a los nuevos aliados del antiguo cinturón de soviético, como la Georgia de Saakashvili, la República Checa, Ucrania, y Polonia;

4)      La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – Unión Europea, tal como las dejó la Administración Bush, eran pésimas. Obama las ha comenzado a mejorar, pero nuevamente aquí, pienso que la estrategia será más país a país, ya que la Unión Europea en tanto actor unificado a nivel internacional, como dijimos arriba, tiene severos déficit; y en el mejor de los casos –o sea, si éstos alguna vez logran ser superados por la organización- entonces su rol como competidora en la escena internacional quedará más claro. Por ambas razones, es esperable que se intensifiquen las relaciones, pero a nivel bilateral;

5)      Afganistán. Obama sigue manteniendo que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá negociaciones concretas para tomar compromisos en la guerra contra los talibanes, que transitan por esporádicos períodos de recuperación;

6)      Islam. Obama ha dejado claro que la guerra contra los talibanes, o la disputa nuclear con Irán, no significan en ninguna medida un enfrentamiento con el “mundo árabe”, con el que se comprometió y solidarizó como nunca antes un líder occidental, tras su discurso de El Cairo;

7)      Irak. Ha reconocido los errores de la intervención militar, y ha puesto fecha de retirada de las tropas estadounidenses.

8)      China. Obama afirmó el mes pasado que las relaciones entre los Estados Unidos y China “determinarán” el siglo XXI. El gigante asiático se ha convertido en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia Estados Unidos productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada. Hoy China es la tercera economía del planeta, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar, lo que no deja de poner en jaque el discurso democratizante del presidente Obama;

9)      Oriente Medio. Barack Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena;

10)  América latina. Por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Colombia y Brasil, como interlocutores privilegiados. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero la estrategia del presidente colombiano Álvaro Uribe, el permitir que las tropas de “marines” norteamericanos puedan disponer de siete bases en territorio colombiano, y las reacciones de los países del grupo del ALBA frente a ello (inclusive con la advertencia del presidente venezolano Hugo Chávez de que las bases instalarían una hipótesis de conflicto militar en suelo sudamericano), seguramente modificarán el nivel de relevancia de la región en la agenda externa del presidente Obama.

Brotes verdes

Cuando escribí una versión anterior de esta conferencia, hace algún tiempo, los párrafos finales eran bastante lúgubres. Me alegra que la fecha de realización de esta reunión se haya desplazado, así puedo terminar mis palabras con unas líneas más esperanzadoras.

Ahora sí tengo la oportunidad, ya que algunos “brotes verdes” –como le gusta designar a los buenos síntomas de recuperación económica el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero- algunos “brotes verdes” parecen avizorarse en el horizonte, dos años después de la crisis de las “hipotecas subprimes”, luego de más de tres billones de dólares inyectados al sistema económico, y de quince meses consecutivos de destrucción de empleo en los países centrales, tanto para Barack Obama como para la OCDE, e inclusive para el Banco Central Europeo, lo peor de la crisis económica mundial puede haber pasado. El optimismo, en todo caso, es medido: lo que se ha frenado es la curva de aumento del desempleo, pero éste en Estados Unidos permanece –y seguramente permanecerá todavía un tiempo- en el orden del 10 por ciento. Otros indicadores, como la mejoría en las Bolsas, o la vuelta a los beneficios en la banca de inversión (una de las principales responsables del descalabro), son menos contundentes, y pueden llegar a ser más efímeros.

En todo caso, si ese fondo que no parecía llegar nunca se ha tocado, y los “brotes verdes” realmente están marcando una lenta recuperación, pera estas fechas del año próximo podremos, supuestamente, anunciar que hemos sorteado la amenaza de una nueva Gran Depresión.

Y entonces deberemos volver a revisar los escenarios internacionales, tal como hoy lo hemos hecho.

Muchas gracias.

.

.

(c) Colegio de Abogados de la Provincia de Córdoba, 2009.

.

Cuba, ¿una tansición “silenciosa”? (06 09 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (6 de septiembre, 2007)

.

.

.

.

CUBA: ¿UNA TRANSICIÓN “SILENCIOSA”?

.

.

.

.

.

.

por Nelson Gustavo Specchia

.

Profesor Titular de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba

.

.

En abril pasado, me decía en La Habana una respetable y estimada poeta, símbolo de la cultura cubana contemporánea, en la minúscula habitación atiborrada que le sirve de domicilio: “No es tan importante que Fidel no aparezca en público para su cumpleaños. Pero para el aniversario de la revolución sí, ahí lo veremos. Si no aparece, no tengas duda: la transición habrá comenzado.”

.

.

El 26 de julio se cumplieron cincuenta y cuatro años del asalto al Cuartel Moncada, cuando el propio Fidel y un grupo de jóvenes iniciaron la lucha armada que terminaría derrocando a la dictadura de Fulgencio Batista, e instalando la revolución socialista en la isla. El 26 de julio es un símbolo de la vida política cubana, el más importante, donde se expresa la capacidad de autonomía y la capacidad de resistencia del sistema, esos dos pilares de su independencia.

.

.

Independencia no solamente de la antigua dictadura de los años ´50, sino, de manera especial, de la amenaza potencial y permanente de la intervención norteamericana. Por eso la liturgia política del régimen renueva su compromiso de mantener la revolución, cada 26 de julio, con la figura de Fidel presidiendo la escena y despachando esas andanadas verborrágicas de varias horas frente a un auditorio adoctrinado y militante. Hasta este año.

.

.

Para estas fechas, en 2006, al terminar su discurso ritual de conmemoración del asalto al Cuartel Moncada, Fidel se sintió mal. Acababa de regresar a Cuba desde Argentina, donde había asistido a la Cumbre del Mercosur, con discursos maratónicos (uno en Córdoba) y visitas a la casa del Che Guevara, en Alta Gracia, entre un sinnúmero de actos de una agenda demasiado ajetreada para un hombre de ochenta años. Esa misma noche sufrió una hemorragia intestinal, fue trasladado en helicóptero desde Holguín –donde había presidido la liturgia del aniversario revolucionario- hasta La Habana, y operado de urgencia el día 27. No ha vuelto a aparecer en público hasta hoy. Tres días más tarde delegaba, con carácter “provisional”, el gobierno y el poder en el Jefe de las Fuerzas Armadas, su hermano Raúl.

.

.

En los primeros tiempos, se remarcaban las características de provisionalidad de esta delegación de facultades, que sigue la línea de sucesión prevista en la constitución cubana, pero a medida que los períodos de tiempo se han ido estirando, aunque el carácter “provisional” no ha sido revocado, va quedando paulatinamente desplazado por la misma mecánica de los acontecimientos históricos. A pesar del hermético secretismo que rodea la enfermedad del Comandante, se ha sabido que las primeras intervenciones no tuvieron éxito, que durante meses fue alimentado por vía intravenosa, que hubo que realizar nuevas operaciones, un especialista español de renombre mundial fue llamado a la isla para que emitiera opinión, y hasta el propio Castro admitió que el proceso de su recuperación estaba resultando complejo.

.

.

A pesar de las declaraciones optimistas del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que durante algún tiempo pareció asumir el rol de vocero oficioso del líder cubano, fue extendiéndose la sensación general de que Fidel no volvería a asumir las funciones de gobierno. Quedaba saber si, a nivel simbólico, se mantendría como la figura tutelar de la revolución, permaneciendo como guía, como orientador, de la administración. En este caso, las posibilidades de acometer algún tipo de reformas estructurales hubieran sido minúsculas. Pero su ausencia en los actos de aniversario de la revolución, así como las palabras del presidente interino en esa fecha cargada de simbolismo, parecen confirmar aquellas palabras de mi apreciada poeta en su piso del barrio de Habana Centro: alguna transición ha comenzado. Lo que habría que analizar, entonces, es la profundidad y los alcances de esta transición sin ruido.

.

.

El mensaje de Raúl Castro ese día podría dar material para varias investigaciones en ciencia política. Ratificó la revolución, esto es, la continuidad del Partido Comunista de Cuba como administrador excluyente de la vida política de la isla, para advertir, inmediatamente después, que esa ratificación del rumbo implicará asumir con valentía y creatividad los cambios económicos que sean necesarios.

.

.

Seguramente con un ojo puesto en las transformaciones llevadas adelante por el Partido Comunista Chino, dijo que introducirá “cambios estructurales y de concepto” en la planificación nacional, especialmente en el sector industrial. Pero con otro ojo puesto en las penurias cotidianas de la escasez y del racionamiento, de las carencias en alimentación, en vivienda, en oportunidades laborales, en transporte y en elementales niveles de bienestar de la sociedad cubana, afirmó que los cambios en la producción de bienes, especialmente del sector agropecuario, serán profundos: se estimulará la productividad de los campesinos, muchos de los cuales trabajan las fincas de su propiedad. Estos cambios deberían conducir a aumentar la cantidad de productos destinados al mercado interno. Aunque Raúl Castro espera transformaciones integrales, también anuncia que serán graduales, “sin soluciones espectaculares.”

.

.

Adoptando una postura realista, que ya se menciona como uno de sus rasgos de conducción diferenciadores, el presidente interino esbozó un plan de gobierno que se aleja de la ruptura con la conducción de su hermano Fidel (que algunos esperaban en los primeros momentos de alejamiento del líder histórico), pero que también reacomoda las modalidades del proceso, abriendo la perspectiva del cambio: “tenemos el deber –dijo- de transformar concepciones y métodos que fueron los apropiados en su momento, pero que han sido ya superados por la vida.”

.

.

Estas transformaciones serán acompañadas de nuevos modos de relacionarse a nivel internacional. En este campo, Raúl Castro admitió que el gobierno planea incrementar la inversión extranjera en la isla, para terminar ofreciendo un “ramo de olivo” a la administración norteamericana. No a la actual, claro, que lo desecharía sin miramientos, sino a la que surja de las elecciones del año próximo, en que los demócratas se muestran tan confiados de volver a ocupar la Casa Blanca.

.

.

Una transformación económica, de aumento de producción y mejora en la distribución, gradual y escalonada, con mayores márgenes de participación privada y de inversión extranjera. Pero manteniendo el timón estatal, el partido único, y el control. De apertura política y juego democrático, nada todavía. Una transición silenciosa, demasiado silenciosa.

.

.

.

.

.

.

.


Universidad Católica de Córdoba.