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La vuelta al nacionalismo en Cataluña (03 12 10)

La vuelta al nacionalismo en Cataluña

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por Nelson Gustavo Specchia

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Hace algunas semanas, dedicábamos esta página del “Periscopio” a analizar la tendencia negativa en las preferencias de los electorados que viene soportando la socialdemocracia europea, como uno de los lastres de la crisis económica que golpea con fuerza las estructuras políticas del otrora vigoroso “Estado de bienestar” en el Viejo Continente.

Esta tendencia, el giro paulatino pero constante hacia la derecha del arco político, la ejemplificábamos con algunos de los más importantes procesos de los últimos años. Las políticas conservadoras del gobierno alemán de Ángela Merkel, por caso, donde al primer período de “gran coalición” entre demócrata cristianos y social demócratas (tras el gobierno en soledad de la centroizquierda con Gerhard Schroder) le sucedió una coalición entre el partido de Merkel con los Liberales, desplazando a los socialdemócratas del poder.

Se evidencia también, decimos, en el giro italiano hacia el populismo de Silvio Berlusconi, e inclusive al interior del ejecutivo berlusconiano, con la política de acercamiento que “Il Cavaliere” traza con sus socios para retener el poder: dejando en el camino a la centro derecha de Gianfranco Fini, para lograr una mayor cercanía con los xenófobos y separatistas de la Liga Norte de Umberto Bossi). También el descrédito de Tony Blair, con la consecuente caída del Laborismo británico, y la recuperación del gobierno por parte de los “tories” con David Cameron.

La lista podría seguir, desde el Mediterráneo al Báltico, con un denominador común: la carencia en las fuerzas socialdemócratas, que hace una década constituían prácticamente las dos terceras partes de los gobiernos de la Unión Europea, de estrategias para conservar el poder y hacer frente a los descalabros de la crisis económica. Ante esta debilidad, el evidente avance de las fuerzas nacionalistas o conservadoras (o una mezcla de ambas), con la uniformidad de recetas neoliberales –recortes de derechos sociales, control de los déficits públicos, achicamiento del gasto del Estado- en todas las dimensiones.

CATALUNYA COMO SÍNTOMA

En este escenario, Cataluña puede funcionar como un adelanto de aquella tendencia continental llegando a tierras españolas. Las cuatro regiones catalanas –Barcelona, Terragona, Girona y Lleida- siempre han sido la parte más “europea” de la península, donde antes que a ningún lado han arribado las tendencias del continente, y que por eso también puede funcionar como un termómetro para medir el estado de ánimo de la sociedad política española.

Si esta imagen es correcta, entonces “pintan bastos” para el gobierno de centroizquierda de José Luís Rodríguez Zapatero. El domingo pasado, el gobierno autonómico catalán, la Generalitat, volvió a ser conquistado por las fuerzas de centroderecha. Convergència i Unió (CiU), la coalición de liberales, demócrata cristianos y filo-independentistas, lograron en las elecciones al Parlament retornar con una fuerza inusitada, y, al mismo tiempo, enterrar de un golpe los siete años de la experiencia de un gobierno de alianza de izquierda, entre socialistas, ecologistas y republicanos.

Después del liderazgo histórico de Jordi Pujol, que encabezó la federación nacionalista de CiU desde la transición española y gobernó la Generalitat durante 23 años (1980-2003), la reunión de ambos partidos de la centroderecha se alinean detrás de la figura de Artur Mas. Mas quedó fuera del gobierno en las dos últimas elecciones, merced al pacto de gobernabilidad de las fuerzas progresistas, unidas en un gobierno “tripartito”. Ahora, Mas y CiU ganaron fuerte (lograron 62 escaños en el Parlament, quedando a sólo seis de la mayoría absoluta). La victoria conservadora dejó a los socialistas arrinconados con un mínimo porcentaje (28 escaños), tras los peores resultados del Partido de los Socialistas de Cataluña (Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC, marca en la región del PSOE estatal) en una elección regional en toda la historia democrática.

El abandono del discurso de izquierda por parte de los electores también tiene su impacto en los relativamente buenos resultados cosechados por el Partido Popular (PP). La agrupación presidida por Mariano Rajoy, que en el contexto de fuerte reivindicación nacionalista catalana nunca tuvo demasiada inserción, el domingo pasado logró situarse como tercera fuerza política, inmediatamente detrás del PSC. El PP, con ello, alcanzaría a sentar a 18 diputados en el Parlament, lo que constituye los mejores resultados de los procesos electorales recientes en las provincias catalanas. Los hasta ahora socios de los socialistas en el gobierno “tripartito”, Iniciativa por Cataluña-Verdes (IC-V), y los independentistas de Izquierda Republicana (ERC), sólo pudieron juntar 10 escaños cada uno.

Con esta formación del Parlament, está claro el mensaje de los votantes catalanes: los partidos que han formado el “tripartito” han sido fuertemente castigados. En este castigo sobresale la caída del principal partido independentista, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que –siguiendo la tradicional fragmentación de las fuerzas de izquierda- sufre también el desgrane de votos “anti-españoles” hacia las otras dos formaciones separatistas recién aparecidas, la de Joan Carretero (Reagrupament) y la del ex presidente del Barcelona Fútbol Club, Joan Laporta (Solidaritat Catalana per la Independència).

La fuerza del avance conservador, en estos territorios tan significativos para lo que termine luego pasando en el resto de España, ha sido incontestable. El triunfo de CiU ha sido total, un auténtico grito de censura al paso de los socialistas por el poder, no sólo en la capital sino en el interior. Han arrasado en todo, en número de votos, por circunscripciones, por comarcas, y en las principales ciudades. Los nacionalistas casi doblan en escaños a los socialistas en la provincia de Barcelona, obtienen más del doble en Tarragona y triplican la representación del PSC en las demarcaciones de Lleida y Girona.

EL GOLPE CATALÁN EN MADRID

Los socialistas españoles han salido, desde la misma medianoche del domingo, a intentar separar la tragedia de las elecciones catalanas del destino del gobierno nacional, esa caída libre en que vive el ejecutivo de José Luís Rodríguez Zapatero.

Desde La Moncloa, el jefe del gobierno español sufre a diario, asaeteado desde la izquierda de su partido por las medidas neoliberales que está adoptando para enfrentar la crisis, y desde la derecha de la oposición del Partido Popular para que adelante las elecciones y le deje paso a Mariano Rajoy, que de ajustes sabe más que él.

Los voceros del PSOE salieron rápidamente a decir que este descrédito del presidente del gobierno no había tenido nada que ver con la debacle de sus correligionarios en tierras catalanas. Y, a renglón seguido, afirman que tampoco habrá una relación en el otro sentido: que la izquierda del PSC haya caído con estrépito no es un adelanto de lo que vaya a pasar con el PSOE en las próximas elecciones generales.

No sería justo decir que el fuerte desgaste que el oficialismo está sufriendo en la mal barajada gestión de la crisis económica –que no despega a Madrid de Grecia, ni de la bancarrota reciente de Irlanda- ha sido la única causa del fracaso socialista catalán, pero es obvio que ha sido, al menos, una de ellas. Porque el gobierno “tripartito” de José Montilla al frente de la Generalitat también participó del desconcierto ideológico de los socios madrileños sobre cómo enfrentar el fantasma de la crisis y el “acoso de los mercados”, y terminaron finalmente sumándose al discurso de Merkel, Sarkozy, y con ello a la fuerte tendencia de la derechización general de Europa.

Los resultados de las elecciones para reemplazar a los socialistas del Palau de la Generalitat supondrán un vuelco en el mapa político catalán, pero también, de una manera significativa, constituyen la primera señal de que la decepción hacia Zapatero, y las tendencias que llegan desde Europa, bien pueden cambiar el mapa político de toda España.

 

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nelson.specchia@gmail.com

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Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair

por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.

La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.

PAX ET BONUN

El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.

Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.

En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).

NADA NUEVO BAJO EL SOL

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.

El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.

RECUPERAR LA MÍSTICA

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?

Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.

Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.

Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.

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nelson.specchia@gmail.com

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