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“Dicen que en el reino del revés” (08 11 11)

Del revés

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por Pedro I. de Quesada

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El primer ministro griego, Giorgios Papandreu, ha terminado por sucumbir bajo la montaña de basura de la crisis, y con él uno de los últimos gobiernos socialdemócratas europeos (el de España, otro de esa rara clase en extinción, será barrido por la derecha del Partido Popular en las elecciones del mes que viene).

Decíamos hace un par de semanas, en esta columna de los martes, que la clase dirigente europea estaba desorientada, y la caída de Papandreu viene a mostrar la profundidad de esa desorientación, que varios dirigentes del mundo –la Presidenta argentina entre ellos- volvieron a enrostrar a sus pares del Viejo Continente en la reciente cumbre del G-20.

Porque es una lógica del Reino del Revés, como aquella que cantaba –con una crítica mordaz que no abandonaba la ternura- María Elena Walsh: Un reino donde “un ladrón es vigilante y otro es juez, y donde dos y dos son tres”.

Aquí también: Papandreu se termina yendo porque tuvo la desfachatez de plantear una consulta popular, para preguntar a los griegos sobre el plan de “salvataje” económico diseñado por los tecnócratas de Bruselas y del FMI, que acarrea un sinfín de costos que esa misma ciudadanía debe pagar, tanto con sus impuestos como con la renuncia a los derechos sociales que disfrutaba.

Y más allá de que haya sido un “manotazo de ahogado” de Papandreu, es innegable el principio democrático que sostenía al referéndum.

Sin embargo, la señora Merkel, quién no toma una sola decisión importante sin consultar antes al Bundestag alemán, puso el grito en el cielo; y rápidamente le hizo coro el presidente Nicolas Sarkozy, líder de la República donde se fundó la democracia moderna.

En el reino del revés, los demócratas censuraron una medida democrática, e impulsaron un golpe que tiró abajo a un gobierno: El Banco Central Europeo anunció que si había referéndum no habría crédito, y congeló la partida de 8.000 millones de euros que estaba lista para salir hacia Atenas.

El voluminoso ministro de economía, Evangelos Venizelos, del Pasok como Papandreu, salió a pedir su cabeza. Entonces ahí apareció el ubicuo Antonis Samaras, líder de la derecha de Nueva Democracia, como salvador de la patria.

Y otra vez el reino del revés: porque la crisis griega estalla con las cuentas fraudulentas con que los gobiernos de Nea Dimokratía –por entonces al mando de Kostas Karamanlis- mintieron a Europa sobre el déficit real; cuentas que, precisamente, sincera Papandreu y se propone rectificar.

El que transparentó la mentira cae, y los que dilapidaron y armaron la farsa vuelven al gobierno de Atenas.

Y otro ladrón es juez: esos mismos líderes acaban de nombrar presidente del Banco Central Europeo (BCE) al italiano Mario Draghi. Este banquero era uno de los jefes en Europa de Goldman Sachs en 2002, ese banco norteamericano que le ayudó a Karamanlis a fraguar las cuentas públicas para ocultar el déficit real.

Ah, “nada el pájaro y vuela el pez.”

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 8 de noviembre de 2011 ]
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Twitter:  @nspecchia

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“Yo voté a Cristina” – La Voz del Interior – 24 de octubre 2011

Yo voté a Cristina

El contundente respaldo otorgado a la persona y a la gestión de Cristina Fernández perfila la emergencia de una nueva gran mayoría, un acuerdo amplio entre los más diversos sectores y colectivos sociales argentinos sobre un proyecto concreto de país. Nelson Specchia.
  • 24/10/2011 00:01 | Nelson Specchia*

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El contundente respaldo otorgado a la persona y a la gestión de Cristina Fernández perfila la emergencia de una nueva gran mayoría, un acuerdo amplio entre los más diversos sectores y colectivos sociales argentinos sobre un proyecto concreto de país.

Sostener que la victoria de CFK responde a la benéfica coyuntura económica es un error y un reduccionismo; la afirmación de que “la gente vota con el bolsillo” sólo disimula una despectiva concepción antidemocrática.

En realidad, y como ocurriera en otras oportunidades históricas (en 1916 y en 1945), el proceso iniciado por Néstor Kirchner y ratificado y ampliado por Cristina Fernández ha conducido a un reencantamiento de la política, a un cambio en el imaginario colectivo nacional.

Especialmente en los jóvenes, que habían sido expulsados por unas gestiones mediocres, viciadas y vacías de sentido, cuyo cenit se tocó con aquel “que se vayan todos”, que implicaba la negación de la vida política y de una cultura democrática.

CFK mostró otro camino: el de la recuperación de la utopía, las convicciones y la firmeza del discurso, a través de un programa progresista que combina pragmatismo institucionalista con populismo de izquierdas.

Y una nueva gran mayoría nacional se está reu­niendo en torno de ella.

No pertenezco a ninguna agrupación del “universo K”; soy sólo un intelectual que considera su deber hacer la crítica del poder cuando cabe, y apoyarlo, cuando amerita. Por eso, ayer voté a Cristina.

*Profesor Titular de Política Internacional UCC.

 

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[ publicado en La Voz del Interior, lunes 24 de octrubre de 2011 ]

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La larga sombra de Lula (16 10 11)

La larga sombra de Lula

El libro “Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula” analiza la influencia del ex presidente como transformador de la realidad política y social de su país.

Por Nelson Gustavo Specchia

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Brasil ha logrado una posición relativa de incidencia internacional que no deja de sorprender en el análisis global. La apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por primera vez en la historia del máximo órga­no multilateral a cargo de una mujer, 
con el discurso de la presidenta Dil­ma Rousseff, viene a expresar esa posi­ción de preeminencia en el concierto mundial.

Ese nuevo estatus del gigante suda­mericano tiene una marca de fábrica: las transformaciones diseñadas por Luiz Inácio Lula da Silva.

La experiencia política de Lula, y su impronta personal en la transformación brasilera, constituyen un evento sui generis para la historia y los modos políticos de América latina. Desde la revolucionaria llegada al poder de un obrero metalúrgico apenas alfabetizado; pasando por la reconversión del movimiento gremial del Partido de los Trabajadores en oficialismo de masas; hasta las reformas estructurales que consiguieron sacar de la miseria a 28 millones de personas, ampliar la clase media con 36 millones de nuevos miembros, y extender el mercado de trabajo con la creación de más de 15 millones de nuevos puestos laborales, fueron elementos constitutivos de una metodología novedosa, arriesgada y tremendamente eficaz.

Presencia global. En simultáneo, esa acción desarrollista y distributiva en el ámbito interno, se acompañaba con una presencia cada vez más importante en el ámbito internacional.

El protagonismo del Bric (con Rusia, India y China); el Ibsa (con India y Sudáfrica); el relanzamiento del Mercosur a partir de una nueva relación con Néstor Kirchner, con quien también ideó la Unasur; la incidencia en el G-20; el nuevo marco de las relaciones Sur-Sur; o las intenciones mediadoras junto al turco Recep Tayyip Erdogan ante al contencioso nuclear iraní de Mahmud Ahmadinejad, mostraron las intenciones de Lula de colocar a Brasil entre quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de intervenir activamente en las nuevas concepciones del regionalismo abierto y del derecho internacional humanitario de nuestra generación.

Estas dimensiones, en un conjunto variado de temas, integran el libro Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula , que la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba (Educc) acaba de sacar a las librerías de la ciudad esta semana.

En los ensayos que integran el volumen, producto de las investigaciones del Observatorio de la Sociedad Internacional (Ovasi) que dirigimos en la facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, intentamos dar cuenta de los condicionantes que hubieron de modificarse para permitir la llegada de Lula a la cúspide del poder en Brasilia; de las maneras en que fue armando –y ensayando– una estrategia de cambio que mantuviera los consensos, provocaran auténticas modificaciones en la arquitectura social, pero no desequilibrara el juego institucional y representativo.

Árbitro regional. Asimismo, intentamos alguna proyección de esa experiencia tanto en el ámbito regional latinoamericano como 
en el propio futuro del líder brasileño. Porque la relevancia de Brasil no estará limitada, en América latina, al papel de locomotora económica del Mercosur, como muchos suponen.

Como quedó evidenciado en la reu­nión cumbre de Bariloche, convocada por Cristina Fernández para poner paños fríos a la cuestionada iniciativa colombiana de facilitar el uso exclusivo de sus bases militares a Estados Unidos; o en la intervención ante las regiones separatistas del Beni boliviano, Brasil asume progresivamente el rol de árbitro regional.

Un árbitro pacífico, claro. Pero no por ello Lula dejó de adquirir el mayor poder de armamento provisto a sus fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Armas, helicópteros, aviones de última generación y hasta submarinos nucleares, porque una potencia política y económica está obligada a respaldar con capacidad disuasoria sus intenciones de liderazgo y de arbitraje regional.

Dedicamos también algunos capítulos de nuestro libro a la proyección de la persona del propio Lula, porque el ex presidente ha tenido demasiado cuidado al elegir la ubicación desde la que vive este nuevo período: ni en el primer plano, que obstaculizaría el normal desempeño del ejecutivo de “Dilminha”, su discípula y heredera; pero tampoco en el ostracismo.

Está ahí. Lula está ahí, rondando. No aparecen fotos suyas en las portadas de los diarios, pero es consultado tanto por los funcionarios superiores del gobierno como por los líderes del Partido de los Trabajadores.

A Dilma Rousseff no le tiembla el pulso para echar a “lulistas” importantes de su gobierno, como los ya ex ministros Antonio Palocci, por pre­sunto enriquecimiento ilícito; Alfredo Nascimento, por corrupción; y hasta al mismísimo Nelson Jobin, por contradecirla en público. Los tres, dirigentes del riñón de Lula.

Pero la independencia de criterio de la presidenta respecto de su mentor no parece ser un obstáculo para que la presencia de Lula siga allí, plenamente vigente, mostrando su capacidad y predisposición para volver al centro de la escena en cualquier momento.

No creo que falte mucho tiempo antes de que volvamos a escuchar análisis sobre una eventual nueva candidatura presidencial de Luiz Inácio da Silva, ese Midas que logró convertir en popularidad casi todo lo que tocaba.

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* Profesor Titular de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

El libro

Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después
de Lula.

Nelson Gustavo Specchia (Ed.), et. al.
278 páginas.
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba – Educc
Córdoba
2011.

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en Twitter:   @nspecchia

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Dilma, un paso más lejos de Lula (10 06 11)

Dilma, un paso más lejos de Lula

Por Nelson Gustavo Specchia

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Las implicancias de la expulsión del jefe de Gabinete del gobierno brasilero, Antonio Palocci, a mediados de esta semana, son múltiples y se irán haciendo evidentes en el mediano plazo. Porque la salida del defenestrado ministro de la principal cartera del Ejecutivo de Dilma Rousseff, implica un golpe a la recién instalada administración de la primera presidenta mujer del Brasil, pero también es un síntoma de que la mandataria ha decidido privilegiar su propio plan, aunque este rumbo la aleje algunos pasos del camino trazado por su antecesor, Luíz Inácio da Silva, Lula.

La imagen de Dilma como la continuidad “pura” de Lula, o como un interregno temporal de preparación para la vuelta del carismático líder metalúrgico a la primera magistratura, queda cuestionada –aunque de momento sólo sea en matices- por la decisión de Dilma de apartar a Palocci, acusado de tráfico de influencias y de enriquecimiento ilícito. Era Palocci, precisamente, la figura impuesta por Lula a su sucesora, y la principal garantía de una continuidad sin fisuras.

La señora Rousseff se vio arrinconada esta semana por diversas líneas críticas, provenientes de distintos ángulos, pero todas con una terminación nerviosa en el Palacio del Planalto de Brasilia. En toda América latina se habla ya del “modelo Lula”, para referirse a esa estrategia política que conjuga estabilidad, crecimiento, democracia e inclusión social. Fue la buena sintonía entre Lula y Néstor Kirchner la que posibilitó establecer estos parámetros comunes entre los dos socios mayoritarios del Mercosur, y desde allí se ha irradiado hacia diversas latitudes, proponiéndose como una manera alternativa al crecimiento capitalista ortodoxo, así como a las tentaciones de transformación radical de las estructuras de desarrollo económico.

Como acaba de verse en el final de la campaña por el ballotage en las presidenciales peruanas, el “modelo Lula” también opera como un colchón amortiguador de las posturas más beligerantes de la izquierda nacionalista, tan resistidas por una parte cuantitativamente importante de las burguesías locales. Poner a Lula como inspirador, y a su política como ejemplo a seguir, le valió a Ollanta Humala acceder a una porción del electorado –principalmente de los colectivos urbanos de Lima y Callao-, que finalmente terminaron haciendo la diferencia con que derrotó a la candidata populista de derecha, Keiko Fujimori, y a su discurso neoliberal. Para ratificar sus dichos con actos, Humala no ha esperado apenas unas horas tras la victoria del domingo pasado, y ayer viajaba a Brasilia y era recibido por Dilma en el Planalto, su primer destino como presidente electo del Perú.

Además, en otras realidades latinoamericanas también embarcadas en un movimiento de cambio social progresista, el camino trazado por Lula se presenta como una alternativa real al impulso personalista del modelo planteado por el venezolano Hugo Chávez.

Pero para mantener esa estrategia que tanto atrae a la región, la Administración Rousseff debe demostrar que puede sostener el ritmo de la que es ya la séptima economía del globo. Su meta anunciada es lograr una tasa de crecimiento del producto del orden del 5,5 por ciento para este año, y una no inferior al 4,3 por ciento para el año que viene. Debe además controlar la inflación (actualmente en el 6,5 por ciento, dos puntos por arriba de lo previsto). Y, aún más difícil, utilizar más eficientemente el gasto público (y achicarlo), en un país que a pesar de la espectacularidad de su crecimiento, no ha logrado saldar la deuda de la equidad: son muchos millones de personas las que siguen viviendo por debajo de la línea de extrema pobreza; la sanidad pública tiene huecos de prestaciones que son insalvables; las políticas de calidad del sector educativo –especialmente en los niveles iniciales y medios- siguen sin dar resultados; y la carencia de infraestructuras a todo nivel puede convertirse a corto plazo en un obstáculo serio para la consecución de los planes de desarrollo.

Dilma es consciente de que la continuidad del “modelo Lula” pasa por atender a esta agenda de pendientes. Era de dominio público, hasta esta semana, que aquella continuidad también dependía de algunos personajes vinculados directamente a la persona del ex presidente. Como el jefe de Gabinete, Antonio Palocci.

Lula dejó instalados algunas figuras que garantizaran la permanencia de su imagen como defensor de los sectores más pobres, mientras se convertía, al mismo tiempo, en el gestor del desarrollo brasilero. La presencia de Palocci en la primera cartera ministerial del Ejecutivo era uno de esos enclaves de garantía. Pero Dilma, al parecer, tiene otra opinión, y ha decidido que puede sostener la línea política, en sus grandes trazos, sin necesidad de estar atada a todos los amigos que su mentor repartió por el nuevo gobierno antes de soltar las riendas. Siempre se dijo que la ex guerrillera era una mujer de carácter, esta semana vino a demostrarlo.

SOLTAR LASTRE

Porque la remoción de Palocci no era la única alternativa. En definitiva, a pesar de la contundencia de las denuncias, no hubo una acusación oficial, y la Fiscalía General de la República declaró que no había indicios suficientes para abrir una causa contra el ministro. Dilma podría haber cedido a las presiones del entorno más cercano a Lula, y mantener al cuestionado médico paulista al frente del Gabinete. Pero prefirió quitarlo del medio, soltar lastre, aunque eso la alejase unos pasos del ex mandatario, su padrino y mentor.

Y había también, en todo caso, motivos muy fuertes para mantenerlo en el cargo de Ministro de la Casa Civil (a todos los efectos el jefe de Gabinete de la presidencia de la República). Antonio Palocci es reconocido como uno de los cerebros del “modelo Lula”, y el gerente que ha logrado colocar a Brasil entre las primeras economías del mundo, con un crecimiento que tocó el 7,5 por ciento del Producto Bruto Interno, y un índice de desocupación controlado en el 7 por ciento.

Pero al exitoso gestor y al interlocutor privilegiado de los embajadores y los grandes empresarios, lo perdió el afán de riqueza. Ya sus manejos turbios de las cuentas personales lo habían obligado a dejar el ministerio de Hacienda, en 2006. Y a mediados del mes pasado, el diario O Globo lanzó la primicia del mágico salto en los ingresos del jefe de la Casa Civil. El matutino aportó pruebas de la velocidad en que Palocci ha amasado una fortuna millonaria, pasando de una declaración de rentas de unos 220 mil dólares en 2006, a más de 5,5 millones en 2010. Ese año, cuando Lula lo colocó como jefe de campaña de Dilma para las presidenciales, el médico –convertido entonces en carísimo consultor de empresas- facturó la escandalosa suma de 13 millones de dólares, y compró inmuebles por otros seis millones. Aunque la Fiscalía no tenga todavía pruebas documentales de un desfalco a las cuentas oficiales, la opinión pública ha concluido en que semejante aumento patrimonial es inexplicable si no se perciben giros voluminosos de grandes empresas, precisamente aquellas que esperan obtener contratos con el Estado durante la nueva administración gubernamental. Eso se llama tráfico de influencias, y constituye delito.

Palocci, al no poder justificar semejantes ingresos, miró hacia el Congreso, y pidió a sus correligionarios del Partido de los Trabajadores que le dieran un voto de confianza que le permitiese mantenerse al frente de la Casa Civil. Y los diputados del PT, en lugar de mirar hacia Lula, miraron hacia Dilma. Y dijeron que no. Y Palocci presentó su renuncia.

Recién van seis meses de su presidencia, pero Dilma Rousseff sabe que con estas movidas se juega no sólo la partida de este mandato (de un mandato suyo, autónomo, sin la tutela de Lula), sino también su posible reelección.

El año 2014 está a la vuelta de la esquina, y Lula ya hizo saber que él tiene apuntada esa cita.

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nelson.specchia@gmail.com

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Brasil sin Lula (31 12 10)

Brasil sin Lula

por Nelson Gustavo Specchia

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Mañana, con el primer día del nuevo año, el presidente de Brasil, Luiz Inácio da Silva –ya para siempre conocido con la familiar designación de “Lula”- entregará el bastón de mando a la señora Dilma Rousseff, su discípula y amiga, a quién él eligió para sucederlo. Con el traspaso de la banda verde y amarilla comenzará a cerrarse uno de los períodos más interesantes de la contemporaneidad de América latina: estos ocho años de la presidencia de un obrero metalúrgico, apenas alfabetizado, procedente de una de las regiones históricamente más pauperizadas –la zona rural de Caetés, en el Nordeste- y de los estratos sociales más bajos de su país, acreditando experiencia laboral en un torno fabril y en las luchas gremiales de la izquierda clasista, que se formó a sí mismo como una figura política, se escolarizó en el aprendizaje de múltiples y sucesivas derrotas electorales, logró amoldar y atemperar el discurso ideológico radical hasta hacerlo atractivo no sólo a la militancia activa sino a los grandes colectivos, y puso sobre el escenario su encanto de orador llano que habla al pueblo en su mismo lenguaje.

Lula deja el Palacio del Planalto, se va el hombre que transformó esa biografía suya, tan alejada de las tradicionales figuras que han ocupado los primeros lugares del poder en nuestras tierras, en un carisma a prueba de balas, que le permitió conectar permanentemente con el electorado y afrontar las iniciativas políticas más osadas sabiendo que el respaldo popular lo sostenía.

MANEJAR EL CARISMA

En estos ocho años Lula utilizó todo el capital político acumulado durante esa transformación personal, en volcarlo en la transformación de Brasil. Y lo logró. Un sólo dato, entra la maraña de cifras que en estos días se utilizarán para evaluar su gestión: en el lapso de sus dos períodos presidenciales logró sacar de la pobreza a unos cuarenta millones de hombres y mujeres, que vivían por debajo de esa línea imaginaria que marca el borde de la vida digna en una sociedad. Cuarenta millones, una cantidad equivalente a toda la población argentina. Una tarea inmensa lograda merced a iniciativas arriesgadas, de las que el presidente ha salido, una y otra vez, fortalecido. Al punto tal que deja el poder con un índice de aprobación popular que supera el ochenta por ciento, una aceptación multitudinaria que, si hubiese estado en su ánimo, le hubiera permitido permanecer en el poder.

Pero aquí aflora otro rasgo personal del líder, producto de aquel aprendizaje hecho en la calle: Lula nunca ha utilizado su inmensa cuota de poder en provecho propio. Parece increíble, mirando alrededor los ejemplos en sentido contrario. Pero en la actual relación de fuerzas, al presidente le hubiera sido relativamente simple proponer una reforma constitucional que lo habilitara para un tercer mandato consecutivo, una re-reelección, como las que estuvieron (y están aún) de moda en Latinoamérica. Sin embargo, Da Silva cortó ese rumor desde el primer momento, y fue consecuente con su palabra. Terminados los dos períodos, se volvería a su casa, no forzaría la legalidad constitucional y permitiría la normal renovación de la conducción gubernamental.

En estos días de despedidas, saludando a los periodistas acreditados en Brasilia, inclusive reveló algunas intimidades que permiten comprobar la honestidad de su decisión de abandonar (aunque sea momentáneamente) el poder. Tampoco es que me interesen los beneficios personales del cargo, vino a decirles Lula a los periodistas, ni el avión presidencial ni la piscina del palacio: a la pileta casi no me metí nunca, y el avión me marea. Y otro detalle que completa esta postal: en todos estos años, reveló Lula, no me he reunido con mis amigos, ni los he invitado a comer a la residencia oficial, porque no quería alentar celos y envidias; volver al llano será también recuperar las cervezas y las cenas compartidas con los amigos de siempre, por las noches, hasta que nos den las tantas…

ORDENAR LA CASA

El éxito de Lula en la gestión gubernamental ha tenido dos grandes capítulos: la reubicación de la presencia y de la palabra brasilera en el plano exterior y las políticas públicas de justicia distributiva, equidad e inclusión social en el orden interno.

En el plano global, Da Silva logró capitalizar el peso específico de su país para encabezar las iniciativas regionales, especialmente la Unasur, y para proyectar el protagonismo de Brasilia en algunas zonas calientes –Irán, Turquía, Medio Oriente, Siria, África-; en los acuerdos de grupo con los otros emergentes (como el BRIC, con Rusia, India y China, y el IBSA, con India y Sudáfrica); y un rol creciente en las instancias multilaterales, como el Grupo de los Veinte (G-20) y la recurrente aspiración de ingreso permanente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero este crecimiento en el rol de jugador de las primeras ligas mundiales estuvo asentado, permanentemente, en la estrategia de alcanzar una ordenación en la política interna que justificara aquel mayor protagonismo global. Y la misma línea de pensamiento estuvo aplicada a los grandes temas de la defensa (como la adquisición de armamento nuclear con tecnología francesa); como a los más domésticos de afianzar la imagen de Brasil en el concierto de naciones (como esos grandes escaparates que son los juegos olímpicos, a celebrarse en Río de Janeiro en 2016, o los mundiales de fútbol, en 2014).

Por estas razones –que podríamos llamar “de Estado”- como por auténtica vocación popular, democrática y progresista, Luiz Inácio da Silva orientó las direcciones de su gobierno a la aplicación novedosa de políticas inclusivas y de ampliación agresiva del mercado interior, con el complemento de una permanente evaluación y monitoreo, que ha transformado la experiencia brasileña en una referencia mundial de estudio en las facultades de ciencias políticas y sociales.

No es caprichoso caracterizar de osadas las iniciativas de transformación implementadas durante los dos períodos presidenciales de Lula, si se tienen en cuenta las condiciones estructurales del país al momento de su acceso al poder, y el tamaño de la sociedad brasilera. Según el censo general de 2010, la población del país vecino alcanza a 190,7 millones de personas. Este gigante demográfico y geográfico fue fortalecido durante estos ocho años en su modelo federativo y descentralizado, con diferentes niveles de gestión autónoma en los estados federados (provincias) y municipios. Por ello deben ser osadas, necesariamente, las políticas que intenten lograr transformaciones sustanciales en un país con una de las mayores estructuras de gestión pública del mundo.

Lula se imaginó una estrategia centrada en la fuerte presencia del Estado Federal, y ordenó la planificación de la prestación de los servicios públicos, que tendrían la función de incluir en el sistema a los grandes colectivos pauperizados, desde la esfera pública nacional. Así, hoy todos los niveles gubernamentales (federal, estadual y municipal) están comprometidos en la prestación de servicios sociales, con un cercano monitoreo sobre su efectividad, alcance y calidad.

Junto a la extensión en la prestación de servicios hasta las regiones y los colectivos más lejanos, el rol del Estado también ha sido muy fuente en el impulso a las políticas de soporte a la industria básica y a las manufacturas. Esta promoción industrial y productiva estuvo, además, cruzada con las diferentes herramientas para apuntalar el aliciente al consumo interno.

La conjunción de estrategias de asistencia primaria a las necesidades crónicas de los estratos más pauperizados, que progresivamente van dejando lugar a planes de incorporación al mercado productivo formal, y una participación activa del sector público en el crecimiento del producto interno, han sido acompañadas con el monitoreo permanente y transparente de resultados, de forma de contar en todo momento con indicadores fiables para ajustar esas mismas políticas y acciones públicas.

A PARTIR DE MAÑANA

Lo que acabo de reseñar, y que quizá se denomine “modelo brasilero” dentro de algún tiempo, constituye el legado político de Luiz Inácio da Silva: rol activo del sector público en la esfera económica (productiva y financiera); prioridad en la atención social; transparencia y honestidad gubernamental; apoyo oficial al crecimiento del mercado interno; búsqueda de la equidad y de la inclusión de los más pobres; liderazgo en la integración regional; protagonismo heterodoxo en el plano global.

En Foz do Iguazú, a mediados de este mes de diciembre, en la 40º cumbre del Mercosur, Luiz Inácio da Silva se despidió de sus colegas presidentes del Cono Sur de América, en lo que era también su despedida de los escenarios internacionales. En Foz traspasó la conducción pro témpore de la organización regional (cuyo resurgimiento tanto le debe a él y al ex presidente argentino Néstor Kirchner) al presidente paraguayo Fernando Lugo. Todos tuvieron palabras de elogio y agradecimiento para Lula, a quien el uruguayo Pepe Mujica consideró nuestro “embajador plenipotenciario en el concierto del mundo”.

Este tipo de adjetivos se repetirán en estos días. Mientras tanto, la pregunta que flota en el aire es cómo tomará la sociedad política la ausencia de Lula en el palacio del Planalto a partir de mañana, una ausencia gigante, “o mais grande do mundo”, como casi todo en Brasil.

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nelson.specchia@gmail.com

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Adios, Morente (17 12 10)

Adios, Morente

por Nelson Gustavo Specchia

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Cada diciembre, cuando cruzamos la curva de la quincena y apuntamos hacia el fin del año, se me da por los balances, a tono con el tiempo. Además, bajo las estrellas de Sagitario, los 17 de diciembre cumplo años, y la oportunidad alienta el ánimo de las cuentas y los balances. Estaba esta semana en esos menesteres, pensando en que más allá del luctuoso cálculo de las vidas perdidas en los conflictos, las guerras, los desastres naturales y la desidia humana, tan habituales en la agenda de los que estudiamos y analizamos la política internacional que a veces las identificamos con la propia agenda; este año, digo, además de esa triste habitualidad, tengo la sensación de que ha sido un período en el que han desaparecido algunas figuras notables, tanto de la política como de la vida cultural.

Había sentido con especial significación la muerte reciente del ex presidente Néstor Kirchner, un hombre polémico y complejo, que ocupó la primera magistratura del país en unos momentos dificilísimos, y con apenas una quinta parte de los votos, y a fuerza de política –en su sentido más amplio- y de sagacidad fue afianzándose en el espacio público nacional, hasta lograr la continuidad de su gobierno en la presidencia de la señora Cristina Fernández. Y el luctuoso listado había comenzado temprano, con el individualísimo Sandro, entre un conjunto de personalidades del mundo de la cultura que nos dejaron, como Dennis Hopper, Jean Simmons, Tony Curtis, Manuel Alexandre, Leslie Nilsen o el gran director español Luís García Berlanga. También la literatura perdió algunos pesos grandes este año 2010, como el oculto J. D. Salinger, el castellano Miguel Delibes, y el más universal de los escritores portugueses, José Saramago.

Había terminado de recapitular la lista fúnebre, haciendo votos para que este año que se acerca, con esa prontitud de los comienzos de década, nos fuera más propicio, cuando llegó la noticia de la muerte de Enrique Morente, el “cantaor” granadino de flamenco, el último de los gitanos de la vieja escuela y, al mismo tiempo, el primero en revolucionar el cante, en universalizarlo, en convertirlo en la enseña heterodoxa y universal más preciada que Andalucía le regala al mundo. Qué largo que se hace este diciembre.

QUEBRADA VOZ DEL “CANTE JONDO”

El poeta –también granadino- Federico García Lorca, en sus recopilaciones de antiguos versos andaluces, compuso y rescató las voces del “cante jondo” (el canto hondo) de esa tierra de aluvión, donde quinientos años después de las expulsiones de moros y judíos, las pieles de los andaluces  siguen siendo de un cobrizo árabe y africano; la música enhebra tradiciones de los judíos sefardíes; y la sangre de los supuestos cristianos viejos se amalgama con las generaciones de esos músicos y cantores trashumantes que, una y otra vez a lo largo de los siglos, recuperan desde lo más hondo los temas de las alegrías, los dolores, el olor del aire y del agua y de las flores del sur, para volver a fundar su tiempo y su cultura: la ciudad de los gitanos. “¡Oh ciudad de los gitanos! / ¿Quién te vio y no te recuerda? / Ciudad de dolor y almizcle, / con las torres de canela”, escribía Federico.

A esa ciudad de tránsito de generaciones y de culturas le dedicó su arte Enrique Morente, durante 46 años de carrera artística, desde que descubrió que su voz era un instrumento que lo distinguía de los demás gitanitos que, como él, se ganaban el pan como peones de zapatero o ayudantes de los talleres de los plateros de Granada. Fue, como digo, el último de una estirpe y también el primero: un continuador y un fundador. Durante sus primeros años se dedicó a estudiar concienzudamente a los flamencos históricos. Se formó con los guitarristas más clásicos y ortodoxos. Fue adquiriendo una a una todas las piezas grabadas, hasta que logró acumular la totalidad de la discografía producida y registrada del cante andaluz, desde los discos de pasta a 78 revoluciones por minuto, pasando por los vinilos, hasta los discos compactos de lectura laser.

Pero una vez que lo supo todo, que manejó todos los “palos” flamencos con la maestría de su voz, entonces dejó todo de lado y pegó el salto. Entendiendo que el cante andaluz es una herramienta también para dialogar entre culturas, incursionó en el rock, en el tango y en el blues, en el folclor y en ritmos étnicos, interpretó a Ástor Piazolla, grabó con Leonard Cohen, con bandas de rock, con Chick Corea, con Pat Metheny y con Sonic Youth. El viejo gitano se abría a la heterodoxia de los nuevos tiempos, y la audacia de su salto no tuvo más límites que seguir emocionando, con la hondura del cante, en cada “quejío”.

DE LA NADA A LA LEYENDA

Enrique Morente entró a un sanatorio por una dolencia menor, una molestia intestinal que se salvaría con una cirugía rápida. Pero la cirugía reveló un cáncer, y una segunda cirugía se complicó con hemorragias, y Enrique ya no salió de la clínica.

Había nacido en el barrio granadino del Albaicín, el de calles estrechitas y casas blancas, en una familia muy pobre y “paya” (no gitana). Después de los zapateros y los plateros, cuando la voz comenzó a destacarlo, lo llevaron al coro de la Catedral de Granada, donde pudo soltar la fuerza de su cante. A los 17 años se fue a Madrid, y comenzó su aprendizaje con los maestros flamencos. El gaditano Aurelio Sellés; luego Pepe el de la Matrona, de Triana; para finalmente recalar en la escuela del maestro Antonio Chacón. Desde allí bebió en las más fuertes tradiciones del flamenco ortodoxo, Valderrama, Pepe Marchena y el maestro Porrinas.

Pero cuando tuvo todos los instrumentos en la mano (y la impresionante colección de discos de todas las épocas), se volvió a Granada, a una casita blanca como la que había nacido. Instaló allí el estudio de grabación por el que han pasado algunos de los más grandes músicos de este tiempo. Una casa con  un patio, donde hay una fuente y una higuera viejísima; allí mezcló la vida familiar (que también estuvo siempre inundada de música: su hija mayor, Estrella Morente, es una de las artistas más destacadas de la canción española contemporánea), la experimentación con nuevas formas y melodías, y la preparación de los conciertos en colaboración. De la casa del Albaicín salieron veinte discos, auténticas joyas, que vuelven a fundar, una vez más, esa tradición centenaria del cante andaluz.

Como hombre de arte en un momento bisagra de la cultura, Enrique Morente dedicaba su tiempo a profundizar el surco grande de la música flamenca, y al día siguiente a traicionarla con la innovación y la experimentación más osada. Hoy volvía a las viejas melodías de la Niña de los Peines, a las hermanas Utrera, o a la copla; y mañana ponía “quejíos” andaluces a la música del canadiense Leonard Cohen, al bandoneón de Piazzola, o al rock de Lagartija Nick. Incorporó a los cantes la gran poesía española anterior a la Guerra Civil, especialmente a Miguel Hernández, Alberti, Luís Cernuda, los Machado y al propio Federico García Lorca; pero ya que estaba siguió con san Juan de la Cruz, Lope de Vega, fray Luis de León y llegó hasta el mismo Miguel de Cervantes.

Fui a escucharlo tantas veces como pude, en Barcelona, en Madrid, en Córdoba, en el Festival de Jazz de Vitoria; siempre sus conciertos me parecían cortos, y sólo me ilusionaba saber que también lo vería en el próximo. Hasta ahora. El 25 de diciembre Enrique Morente hubiera cumplido 68 años. Ha muerto un “cantaor”, nace una leyenda. Lo despido con los versos de Joaquín Sabina: “Ese compás que se juega la vida, / esa agujeta pinchando el vacío, / esas falsetas hurgando en la herida, / esa liturgia del escalofrío. / Esa arrogancia que pide disculpa, / ese sentarse para estar erguido, / ese balido ancestral de la pulpa / del corazón de un melón desnutrido. / Esa revolución de la amargura, / ese carámbano de pez espada, / ese tratado de la desmesura. / Esa estrellita malacostumbrada, / ese Morente sin dique ni hartura, / ese palique entre Enrique y Granada.”

La cólera haitiana (19 11 10)

La cólera haitiana

por Nelson Gustavo Specchia

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En el último informe sobre desarrollo humano, difundido este año tras la exhaustiva investigación del Banco Mundial, se confirmó un dato que los analistas políticos y económicos internacionales venían sosteniendo como hipótesis hace algún tiempo: América latina es la región más desigual del planeta. Hay países y regiones más pobres que la nuestra en la larga y pormenorizada lista de la organización multilateral, pero ninguna donde las desigualdades entre los sectores que detentan la riqueza y los estratos que tienen poco o nada, la distancia entre los mayores y los menos ingresos, sea tan grande como en América latina. Y de esa vergonzante injusticia política y social, la herida más profunda y más notoria es, recurrentemente, Haití.

En estos días, una imparable epidemia de cólera se extiende por las tierras haitianas, las víctimas mortales ya superaron el listón de los mil cadáveres; los hospitalizados se acercan a los veinte mil; y las organizaciones sanitarias advierten que, si no media una acción regional conjunta para detener la pandemia, ésta no parará hasta infringir unas diez mil muertes.

Además, a pesar del relativo aislamiento insular de Haití, como una venganza de los humillados y de los olvidados, la isla ha comenzado a exportar el cólera, y esta semana se detectaron los primeros casos en República Dominicana. Inclusive, para dar todavía una vuelta de rosca más a la ironía, desde las costas del país ubicado en el vagón de cola de las listas de las organizaciones internacionales, la enfermedad ha logrado cruzar las aguas del Caribe, y la cólera haitiana ha llegado hasta los Estados Unidos.

EL PECADO DE LA RIQUEZA

Hace algunos años me encontraba trabajando en República Dominicana, en unas misiones de cooperación internacional, y aproveché la oportunidad para cruzar la frontera con Haití en varias oportunidades, para relacionarme con colegas, profesores e investigadores universitarios especialmente dedicados a estudiar el caso haitiano, uno de los extremos más sui generis de nuestros tan particulares desarrollos sociopolíticos latinoamericanos. En Santo Domingo, un querido colega me explicaba su versión sobre el drama de la otra mitad de la isla: para él, el “pecado original” de Haití fue su riqueza y su osadía, y la soledad a la que lo abandonaron sus vecinos. Sobre las dos primeras se cebó el poder de los grandes, la tercera sigue siendo un lastre que la región arrastra.

Porque Haití se rebeló temprano y fuerte. Era en las tierras americanas una de las colonias más ricas, la joya de la corona francesa en el nuevo mundo. Contra el rey de Francia se alzó en 1804, y quebró las cadenas coloniales. Fue el primer país de América latina en cortar esas cadenas –y el segundo en todo el continente, tras la emancipación de las colonias norteamericanas del trono británico-. Pero, además, la revolución haitiana fue una novedad mundial, porque se alimentó de una filosofía igualitarista y una lucha abolicionista que venía fraguando desde la última década del siglo XVIII, y que tras la independencia convirtió a la vieja Isla La Española en una república independiente, rica económicamente –tanto en recursos naturales como en valor agregado-, y con una nueva ciudadanía proveniente, con apenas matices, de una situación de esclavitud.

Más del 90 por ciento de la población haitiana al momento de la independencia provenía del África subsahariana. Aquella revolución, por eso, pasó a las páginas de los libros de historia y de ciencia política como la primera experiencia social en que la rebelión de esclavos produce la emancipación, la independencia política, la creación de un nuevo Estado, y la abolición de un sistema de explotación humana. En América latina, fue en Haití donde nació la libertad política y la igualdad social. Era un símbolo demasiado importante para que los poderes fácticos no tomaran nota de ello.

Y tomaron nota. Una burguesía acriollada fue paulatinamente haciéndose cargo de los resortes económicos del país, y antes de que éste cumpliera su primer siglo, el ejército de los Estados Unidos invadía formalmente el territorio, y se hacía cargo de los resortes políticos en forma directa. Washington sólo dejó la administración del país caribeño cuando estuvo seguro de que la gestión de su gobierno recaería en manos seguras. En plena guerra fría, y con el ejército norteamericano ocupando los cuarteles haitianos, comenzó la dictadura de los Duvalier, Francois –“Papá Doc”- y su hijo Jean-Claude –“Bebé Doc”-. Cuando un golpe militar terminó con la dictadura, a fines de los años ochenta, ya no quedaban ni rastros de aquel ímpetu revolucionario e igualitarista. Tampoco quedaba nada, o casi nada, de aquella riqueza que hacía brillar a la isla en la corte de París. Haití ya era un sumidero social, cultural y político.

Y mientras era expoliado por una oligarquía criolla y por la fuerza de una potencia extranjera, descendiendo año a año en los indicadores de las listas de desarrollo y calidad institucional de todos los organismos internacionales, los países de la región miraron hacia otro lado. Hubo que esperar hasta que la degradación tocara fondo. En 2004, cuando la mezcla de pobreza, hambre, miseria, violencia, todos los tipos posibles de escases y el vacío de poder ubicaran al país al borde del abismo, para que los Cascos Azules de las Naciones Unidas se hicieran cargo de la situación.

LAS PLAGAS DE EGIPTO

Pero frente a una sociedad desarticulada metódica y sistemáticamente durante doscientos años, la misión de la ONU podía hacer poco, inclusive con la voluntad del Brasil de Lula da Silva, involucrándose y tomando la responsabilidad de la conducción de la misión; o del envío de contingentes y recursos importantes, como los dispuestos por la Argentina durante la presidencia de Néstor Kirchner.

Y como en una maldición bíblica, sobre ese golpeado y sufrido pueblo se han encarnizado también los elementos naturales. En enero de este año un terremoto de magnitud 7.0 en la escala de Richter desarticuló los pocos servicios públicos que aún quedaban en pié, barrió con las chabolas de frágil construcción y enterró bajo su furia a unas 250.000 personas (aunque dada la debilidad estadística, es probable que fueran muchas más). Unos tres millones de haitianos quedaron más desamparados de lo que estaban, y hasta el Palacio Presidencial, una de las pocas construcciones en material de los años de gloria, se partió en mil pedazos.

A principios de este mes de noviembre, el huracán Thomas volvió a agravar la situación sanitaria, devastando los campamentos de tiendas, donde los desplazados por el sismo de enero buscaban algún tipo de cobijo. Los vientos, provenientes de la vecina isla de Santa Lucía, castigaron Haití con torrentes de agua y ráfagas de 130 kilómetros por hora durante todo un fin de semana. El huracán provocó inundaciones, aisló diferentes zonas del país adonde ninguna ayuda pudo llegar, desplazamientos y deslaves de tierra, y crecidas de ríos. Unos ríos que se usan al mismo tiempo para proveerse de agua de consumo, y de depósito de detritos. La epidemia de cólera tenía, así, todos los elementos para prosperar.

El brote de cólera, aparecido a mediados de octubre tras más de un siglo sin tener presencia en Haití, vuelve a traer la atención internacional sobre la isla.  Hasta ahora, el último balance de las oficinas sanitarias registran 1.110 muertos, más de 18.000 enfermos hospitalizados, y la propia Organización Panamericana de la Salud (OPS) estima que, de no intervenir de forma efectiva la ayuda internacional, esas cifras se multiplicarán indefectiblemente. El cólera podría afectar a unas 200.000 personas y provocar miles de muertos en los próximos seis meses. La actual tasa de mortalidad se ubica entre el 4 y el 5 por ciento, de mantenerse ese indicador, la OPS admite que causaría, cuando menos, unos 10.000 muertos.

Si con estas perspectivas la región vuelve a repetir el error histórico de abandonar a Haití a su suerte, será muy difícil hacer creíble, a futuro, cualquier discurso sobre la importancia de la integración política de América latina.

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Colombia suspende las bases yanquis (19 08 10)

COLOMBIA: EL MÁXIMO TRIBUNAL SUSPENDE LAS BASES NORTEAMERICANAS

La decisión judicial obliga al gobierno a girar el trámite al Parlamento

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Dando un importante giro político, la máxima instancia judicial colombiana ha fallado en contra del acuerdo firmado por el ex presidente Álvaro Uribe en octubre del año pasado, por el cual ponía a disposición del ejército norteamericano siete bases militares.

El anuncio de los términos del acuerdo generó en su momento un malestar general en los gobiernos latinoamericanos, y la presidenta argentina, Cristina Fernández, hubo de impulsar una Cumbre regional en Bariloche para descomprimir la tensión.

Sin embargo, la Corte Constitucional, el más alto órgano jurisdiccional colombiano, decidió en la víspera dejar sin vigencia el acuerdo, fundamentando su fallo en cuestiones de procedimiento, ya que Uribe procedió por propia iniciativa del Poder Ejecutivo en un tema cuya competencia corresponde al Poder Legislativo.

Así, el Tribunal indica que el acuerdo de cooperación militar con los EE.UU. queda en suspenso hasta tanto sea aprobado por el Congreso de Colombia.

Según los jueces, el acuerdo involucra compromisos críticos, tales como la autorización para “acceder y utilizar instalaciones militares por personal militar y civil extranjero, libre circulación de buques, naves, aeronaves y vehículos tácticos extranjeros por el territorio nacional, sin posibilidad de inspección o control por las autoridades nacionales”, y el Ejecutivo no puede disponer de estos extremos sin acuerdo del Congreso.

Inclusive si el presidente Juan Manuel Santos decidiera  seguir las indicaciones del tribunal y enviar el acuerdo para que tenga tratamiento parlamentario, en caso de ser aprobado debería volver a la Corte para que ésta evalúe nuevamente los controles constitucionales.

Pero lo que está ahora en duda es si Santos efectivamente enviará el tratado en los mismos términos que los negoció Uribe, o aprovechará la decisión judicial para reformularlo y abrir nuevamente un espacio de discusión sobre el alcance de la cooperación militar.

Esta última alternativa contribuiría sustantivamente a mejorar las relaciones con los demás gobiernos latinoamericanos, una vía que Santos ha anunciado que pretende seguir, y que ha dado pruebas de su decisión al reunirse, apenas unas horas después de asumir, con el presidente venezolano Hugo Chávez en la estancia de Santa Marta.

De momento, desde el Palacio Nariño el gobierno declaró que “acata” el fallo judicial, y que “estudiará detalladamente” la decisión, con lo que se entiende que no habrá decisiones en breve y que Santos se tomará su tiempo para decidir el curso de acción.

En todo caso, y como lo dejó claro el nuevo ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, la cooperación militar entre Colombia y los Estados Unidos es de larga data y se basa en múltiples acuerdos, firmados por los diferentes gobiernos desde 1952 y ratificados por el “Plan Colombia” de 1999, por lo que, en la práctica, la decisión de los jueves cambian muy poco el fondo de las relaciones militares entre ambos.

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Distención en América del Sur (12 08 10)

CAMBIO DE CLIMA POLÍTICO EN LA REGIÓN SUDAMERICANA TRAS LA CUMBRE

Venezuela y Colombia abren un tiempo de distención tras cinco años de litigios

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La reunión entre los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y de Venezuela, Hugo Chávez, concertada por el secretario de la Unión Sudamericana de Nacionales (Unasur), Néstor Kirchner, en la estancia de Santa Marta, ha resultado un éxito celebrado en todo el mundo.

Con un retrato de Simón Bolívar como testigo del encuentro, los primeros mandatarios se reunieron a solas, apenas unas horas después de que Santos asumiera la jefatura de la Administración colombiana, y en uno de sus primeros actos de gobierno.

Hacia el final de la tarde de ayer, luego de la reunión personal de los presidentes, y de otros encuentros con participación de Kircher y de los ministros de Exteriores de ambos países, los mandatarios ofrecieron una conferencia de prensa en la que presentaron el documento que prevé los pasos a seguir en el acercamiento bilateral “sobre la base de un diálogo transparente”.

Sin esquivarle al espinoso tema de la guerrilla, que fue determinante para la ruptura final de las relaciones entre ambos países, Santos anunció el compromiso de Chávez de no permitir la presencia de grupos armados en su territorio, compromiso ratificado públicamente por el venezolano: “Hemos patrullado y no hemos conseguido ningún campamento guerrillero, pero ni uno”, dijo; y también recordó que el ejército de Venezuela se ha enfrentado en el pasado a la guerrilla, a los paramilitares y a los narcotraficantes colombianos.

Sobre los principales temas de la agenda bilateral, los mandatarios consensuaron el establecimiento de cinco comisiones de trabajo, que van desde las maneras de saldar la deuda externa venezolana con los empresarios colombianos, acordar la competitividad económica, el manejo de inversión social, las infraestructuras a lo largo de la frontera, y una comisión general para la seguridad binacional.

Desde Brasil a Francia, desde Washington a México, prácticamente todo el arco político internacional saludó la reunión, en tono de satisfacción y tranquilidad. Ecuador, que espera también restablecer pronto sus relaciones con Colombia, expresó su “complacencia”; y la jefa de la diplomacia estadounidense, Hillary Clinton, se pronunció a favor de una “solución positiva” para el largo diferendo entre los países vecinos.

Clinton también felicitó el papel desempeñado por Argentina y por el ex presidente Kirchner a la hora de “alentar una solución pacífica”, y aseguro que su país continuará apoyando estos esfuerzos. El Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, cuyo organismo fue un tanto desplazado por la iniciativa diplomática de la Unasur, expresó su confianza en que se “mantenga y expanda” el espíritu de cooperación surgido en la cumbre de Santa Marta.

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Finalmente juntos: Chávez y Santos en Santa Marta (11 08 10)

NUEVA DIPLOMACIA REGIONAL

LA CUMBRE DE SANTA MARTA CONCENTRÓ TODAS LAS MIRADAS

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Colombia y Venezuela se reencuentran en un escenario de alta carga simbólica

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SANTA MARTA, COLOMBIA.- Finalmente, el conflicto bilateral entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, que ha tenido en vilo a la región latinoamericana en el último tiempo, comenzó ayer a cambiar de rumbo con el encuentro de los primeros mandatarios de ambos países en la estancia histórica de Santa Marta, en el caribe colombiano.

El recientemente asumido presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el líder venezolano Hugo Chávez, con la mediación y la presencia del secretario de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur), el ex presidente argentino Néstor Kirchner, se encontraron en el mediodía de ayer para recomponer unas relaciones que se han venido desmejorando progresivamente en la última década, y que en un par de oportunidades estuvieron a punto de decantar hacia un enfrentamiento más allá de las diatribas verbales a ambos lados de la frontera.

El ex presidente Álvaro Uribe, en sus últimas horas al frente del ejecutivo en Bogotá, realizó un último intento por desacreditar a su homólogo venezolano, al demandar a Chávez y a su gobierno ante la Corte Penal Internacional (CPI) y ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), insistiendo en la acusación –ya desplegada antes en la Organización de los Estados Americanos (OEA)- de proteger a las FARC en su suelo.

Santos, en cambio, y siguiendo con las señales que venía dando en los últimos días antes de asumir el ejecutivo, agradeció las gestiones mediadoras de Kirchner y aclaró, a renglón seguido, que se ocuparía personalmente de buscar el diálogo con Venezuela “lo más pronto posible”.

Chávez, al escuchar el discurso de Santos por televisión, instruyó a su canciller, Nicolás Maduro –a quien había enviado al acto de asunción- que gestionara una reunión. Al parecer, Chávez también sugirió el escenario, tan simbólicamente bolivariano: a la estancia Santa Marta llegó en 1830 el libertador Simón Bolivar, en sus últimos días, y en esas habitaciones murió el 17 de diciembre de ese año. Las gestiones para el encuentro se debieron a la diplomacia discreta del secretario de la Unasur, Kirchner, que ya venía manteniendo conversaciones con ambas partes y que había aterrizado en Caracas antes de llegar a Colombia.

Kichner se encontró el lunes con Santos en el Palacio Nariño, en uno de los primeros actos de gobierno del nuevo presidente, para ultimar los detalles de esta reunión, que ya se menciona con un éxito diplomático de la joven organización regional.

Chávez, vestido con una campera con la bandera venezolana, aterrizó exultante y antes de dirigirse a Santa Marta expresó sus buenos augurios, “llegamos a tierra sagrada para nosotros. Santa Marta, sin duda la primera buena decisión, venir a encontrarnos acá con el padre Bolívar”, y en vena poética saludó a Colombia: “vengo a ratificarte mi amor, a pesar de todas las cosas, de todos los avatares. La paz debe construirse cueste lo que cueste… Qué viva Colombia, que viva la paz.”

Si bien no es esperable contar con cambios drásticos en el corto plazo, la cumbre de Santa Marta marca el inicio de un nuevo tiempo político en las relaciones regionales de América latina.

INTERESES EMPRESARIOS

Además de la carga simbólica y los gestos políticos, la Cumbre de Santa Marta era esperada con ansiedad por los industriales colombianos, que soportan la carga de la disminución de los intercambios con el país vecino desde el pasado 22 de julio, cuando el presidente Hugo Chávez decidió la ruptura de las relaciones bilaterales.

El intercambio comercial entre ambos países siempre ha sido voluminoso y de una importancia central para Bogotá; llegó a ser de 7.000 millones de dólares en 2008, a pesar del desmejoramiento de las relaciones con el gobierno de Uribe.

Pero luego de que Caracas decidiera el “congelamiento” de las relaciones, en 2010 cayó a 1.000 millones de dólares. Solo en junio pasado las exportaciones colombianas a Venezuela cayeron en 74 por ciento.

En el sector del cuero y calzado, por ejemplo, entre enero y mayo de este año las ventas a Venezuela no llegaron ni a 10 millones de dólares, un 91 por ciento menos que en el mismo periodo de 2009.

TAMBIÉN CON ECUADOR

Tal como lo aseguró en su discurso de asunción, el presidente Juan Manuel Santos ha dispuesto que la recomposición de relaciones diplomáticas con Ecuador se agilicen y tengan prioridad en la agenda de los primeros actos de su gobierno.

Así, le aseguró en Bogotá al presidente Rafael Correa que accedería a las reclamaciones ecuatorianas, pendientes desde el ataque del ejército colombiano a un campamento de las FARC instalado en las inmediaciones de la frontera pero en suelo y soberanía ecuatoriana, en marzo de 2008.

Cumpliendo se compromiso, Santos entregó a la Fiscalía ecuatoriana un maletín sellado y un conjunto de documentos con la información secuestrada tras el ataque, en el que murió el comandante de las FARC “Raúl Reyes”, de los discos duros de sus computadoras.

La entrega de esta documentación era una de las condiciones de Ecuador para recomponer las relaciones bilaterales.

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