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El “renacimiento” árabe y el modelo turco (05 03 11)

El “renacimiento” árabe y el modelo turco

Por Nelson Gustavo Specchia

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Con los primeros días de este año 2.011 comenzó un proceso político que –a estas alturas ya parece claro- viene a transformar todo el mapa geopolítico mundial en una nueva dirección. La caída de la autocracia tunecina de Zine el Abidine ben Ali, el pequeño gran disparador de toda la revuelta, y la velocísima desestructura del régimen egipcio de Hosni Mubarak, sentaron las bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita y un alcance largo, ha comenzado a mover todas las fichas del tablero árabe, esa larga línea de 8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, cruzando todo el norte de África y englobando el Oriente Medio asiático.

La insurrección de Libia contra Muhammar el Khaddafi, una revuelta que asciende en espiral en estos días, es el último coletazo de este sismo regional, que a cada paso demuestra su buena salud y su ímpetu: lejos de agotarse en Trípoli, es capaz de extenderse, con la velocidad y la profundidad manifestada en los primeros días de enero, hacia las sociedades vecinas, diferentes todas en su especificidad, pero también emparentadas todas por la lengua y la obediencia al Profeta.

Pienso que, con propiedad, podemos hablar ya de un “renacimiento” árabe, asemejándolo con aquel proceso vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años largos en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la iglesia católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.

Las distancias a salvar entre ambos procesos son tan grandes que, claro está, mi afirmación sólo intenta ser referencial. Pero remarco que uno de los elementos que habilitaban hasta ahora el apoyo estratégico de los países occidentales (concretamente, de la Unión Europea y los Estados Unidos de Norteamérica) a regímenes fuertes en el mundo árabe, haciendo caso omiso de los déficit democráticos vergonzantes y de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, era la argumentación que estos gobiernos pseudo dictatoriales eran la única garantía ante la posibilidad del avance del radicalismo islámico y el yihadismo. Con un tono menos enfático, también se admitía que los autócratas eran los mejores socios al momento de asegurar la provisión de petróleo.

Pero, sin embargo, en las plazas tunecinas como en los históricos 18 días de la plaza Tahrir de El Cairo, se coreaban consignas en pro de la libertad política, de la dignidad, de la participación y la democracia, de apertura y de transparencia. En definitiva, mutatis mutandis, de algo muy parecido a aquello que llevó a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.

Y tanto en Túnez y Egipto ayer; como en la insurrección en Libia hoy; y quizá en Bahrein, Yemen, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Siria o Palestina mañana, la experiencia política que se mira con más atención es la de Turquía.

El fantasma de los ayatollahs

Acostumbrados al discurso de la contención del islamismo, dominante en la política internacional hacia la región durante el siglo XX, los primeros análisis sobre la revuelta en Túnez y Egipto miraron hacia Irán. La revolución de 1979 que derrocó a los Pahlevi también tuvo unos orígenes heterogéneos, donde los diferentes colectivos marchaban juntos, aunque los objetivos de unos tuvieran poco que ver con los de los otros. En esa efervescencia, los grupos laicos llegaron a tomar la conducción de Teherán. Pero entre las diferencias que separan el proceso persa del que hoy vive el mundo árabe, resalta que en aquel había una figura que concentraba el pulso revolucionario, el ayatollah Ruhollah Khomeini. Astuto y dueño de una fina inteligencia política, Khomeini se percató del espíritu laicista que predominaba en el alzamiento popular, y en lugar de ocupar él u otro clérigo el centro del proceso, promovió a un laico para encabezar el gobierno de transición. Pero sólo le permitió una corta estancia, a los siete meses el Comité Revolucionario, bajo su férula personal, establecía la República Islámica, teocrática y conservadora.

Hoy, no sólo que ninguna figura comparable a un Khomeini asoma entre los partidos islamistas que lentamente comienzan a asomar la cabeza a la superficie, luego de décadas de censura y proscripción. Sino que el énfasis no es teocrático, ni pasa por la defensa de la ley religiosa, la sharia, en la regulación de la vida social. El modelo es otro, el camino es el que siguieron los turcos.

La vía turca

Aunque sí es cierto que, en los tiempos de la descolonización, con los movimientos nacionalistas, socialistas y panarabistas campeando a sus anchas, el sentimiento religioso buscó sus propios causes. Los Hermanos Musulmanes, fundados por Hassan al Banna en Egipto, se convirtieron en un primer momento, junto al wahabismo saudí, en el útero desde el cual nacieron los movimientos yihadistas radicales. De hecho, el lugarteniente de Osama ben Laden, Aymman al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, proviene del núcleo originario de los Hermanos Musulmanes egipcios.

Sin embargo, además de esta línea que optó por las reivindicaciones violentas, otra corriente, en vez de mirar hacia el wahabismo de Arabia Saudita, se siente mucho más cómoda con la Turquía actual. Allí, donde después de un proceso de desgarro con el califato imperial otomano (que, como en la edad media europea, acercaba peligrosamente la fe y la política) y de una secularización a rajatabla impuesta por Mustafá Kemal, Atatürk, hoy se está logrando un nuevo equilibrio. Una combinación original entre principios republicanos y democráticos, y práctica religiosa musulmana, de la mano del partido islamista moderado que conduce el premier Recep Tayyip Erdogan: la modernidad, las libertades políticas, y el respeto cultural a la especificidad religiosa musulmana, todo junto,

Además de la profundidad del cambio cultural que implicará en el futuro próximo el reordenamiento de todo el mapa geopolítico árabe, si llega a primar la vía turca en la salida de las revueltas de este nuevo “renacimiento” árabe, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia representativa, la libertad y la organización institucional republicana no es patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y secularizadas, de Occidente.

Y este mensaje general, para la Unión Europea tendrá también una posdata particular: no fue una buena idea poner tantos palos en la rueda del ingreso de Turquía a la organización continental. Ahora quizá ya ni quiera entrar, ocupada como estará en gestionar su ascendencia en la marcha de un proceso regional extensísimo y multitudinario, que podría llegar a abarcar una superficie de trece millones de kilómetros cuadrados (más grande que los Estados Unidos, que Europa, y aún que la gigante China), asentada sobre un mar de petróleo, y habitada por unos doscientos millones de almas. Así de importante.

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en Twitter:  @nspecchia

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Hasta Fidel lo critica (08 09 10)

EL RÉGIMEN IRANÍ SUMA CRÍTICAS TRAS LA DECLARACIÓN DE LA ONU

El apoyo de Brasil comienza a quedar aislado en el panorama global

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El gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad sigue cosechando críticas desde diversas latitudes –ayer recibió la censura del líder cubano Fidel Castro- tras la declaración de la oficina técnica nuclear de las Naciones Unidas (ONU), de principios de esta semana, en el sentido de que Irán sigue acumulando uranio poco enriquecido.

El lunes pasado, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) emitió un comunicado afirmando que el régimen iraní ha almacenado desde mayo cerca de tres toneladas más de uranio enriquecido al 3,5 por ciento; con esta cantidad en stock, y tras un enriquecimiento posterior, Teherán podría disponer del material suficiente para fabricar entre dos y tres bombas nucleares, aseguran los analistas.

El informe de la ONU, en el que expresaba su “preocupación” por el avance en el desarrollo del programa, motivó declaraciones críticas con el gobierno de Ahmadinejad tanto de Rusia como de China, dos potencias que han tenido habitualmente una consideración benévola en el trato multilateral con el régimen de los ayatollahs iraníes, especialmente frente a los embates del departamento de Estado norteamericano en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Un vocero del presidente Madvédev hizo referencia a que Irán debería dejar de poner obstáculos al ingreso de técnicos del OIEA a la inspección de sus plantas nucleares, uno de los principales reclamos de la oficina encargada de velar por la utilización pacífica del material nuclear.

Las restricciones al ingreso de los expertos del OIEA violan las propias resoluciones internacionales que ha firmado la República Islámica. A estas condenas y advertencias se sumaron ayer las declaraciones de Fidel Castro, divulgadas por la revista estadounidense The Atlantic, donde el ex presidente cubano critica a Ahmadinejad por negarse a reconocer el Holocausto judío, y lo insta normalizar las relaciones diplomáticas con el Estado de Israel.

Las declaraciones de Castro se enmarcan en su actual cruzada por el desarme nuclear mundial, tema al que dedicó su primer discurso público, el 3 de septiembre pasado, tras una larga ausencia del escenario político desde su enfermedad en 2006.

Sin embargo, el presidente brasileño Luiz Inácio da Silva, Lula, ha decidido hacer caso omiso de las advertencias de las organizaciones multilaterales, y obviar también los embargos aprobados en el seno del Consejo de Seguridad contra Teherán, y ayer anunció que seguirá adelante con su intención de ampliar el comercio bilateral.

Lula interpreta que la ONU sólo prohibió “transacciones sospechosas”, pero que éstas no pueden aplicarse a los alimentos, por ejemplo, así que seguirá adelante con los convenios de intercambio comercial con el gobierno de Ahmadinejad.

A estas alturas, el respaldo de Lula comienza a quedar en solitario en los apoyos con los que el presidente iraní puede contar.

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nelson.specchia@gmail.com

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Mujer, género y lapidaciones (20 08 10)

Mujer, género y lapidaciones

por Nelson Gustavo Specchia

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La globalización es un fenómeno de múltiples dimensiones. Si el realismo político veía al mundo como una mesa de billar, donde las bolas (los Estados) eran pocas y los bordes de la mesa estaban claros y definidos, la posmodernidad cambió todo eso. La imagen del mundo de nuestros días es la de una red neuronal, con múltiples centros interconectados por diversos canales. Lo que circula por ese sinfín de canales es información. Casi no quedan rincones del mundo –de pronto abierto y cercano- adonde no llegue esa impresionante red que crece a cada momento.

Así, aquellos ámbitos que los Estados se reservaban a su arbitrio soberano ahora son traspasados constantemente. La guerra es un fenómeno trasmitido en directo por CNN, los secretos –hasta los del primer ejército del mundo- son develados por la web y las tradiciones son puestas ante la escrutadora mirada de la globósfera, que por la misma red se moviliza, y logra –en algunos casos- torcer el duro brazo de los prejuicios y los tabúes. De momento, sólo en algunos casos.

SER MUJER EN IRÁN

Este cambio es el que ha enmarcado el caso de la mujer iraní Shakine Mohammadí Ahstiani, y ha logrado –aunque sólo sea de momento- detener su muerte, por la vía de golpearla con piedras hasta que se desangre, en una sádica agonía que busca defender principios culturales, pero que sólo es la manifestación de resabios de salvajismo e intolerancia machista. Le ejecución de Shakine por lapidación ha sido postergada por el régimen iraní, presionado por la inédita y masiva reacción mundial expresada en la red. Sólo postergada. Quizá las instancias judiciales sólo cambien la lapidación por la ejecución ordinaria: el ahorcamiento con soga desde el cuello del condenado.

Tomar el caso de Shakine como uno de los indicios de la nueva política internacional, también implica asumirlo desde una mirada puesta en el género, porque todo el proceso contra ella está teñido de elementos que sólo pueden explicarse desde allí, desde una perspectiva analítica que asuma las inequidades de género como criterio explicativo. Los análisis desde el género no se limitan a las discusiones sobre el uso del pañuelo en los edificios públicos por las mujeres turcas, la prohibición del “shador” a las niñas musulmanas en las escuelas españolas, o la prohibición del “burkha” en toda Francia. Mirar la realidad internacional desde la perspectiva de género va mucho más allá de las disposiciones políticas sobre la vestimenta. Porque Shakine está en vilo de ser muerta a pedradas (o colgada) por varias razones, pero por sobre todas las cosas, por el hecho de ser mujer.

Shakine Mohammadí Ahstiani tiene hoy 43 años, dos hijos, y está viuda. Forma parte de una minoría étnica en Irán, los azeríes, que habitan en zonas rurales poco desarrolladas y hablan un dialecto turcófono que tiene pocas similitudes con el persa oficial y mayoritario. En 2006 entró en prisión acusada de haber mantenido relaciones sexuales con el hombre que había matado a su marido. No se presentaron testigos, pero igual la mujer fue condenada a recibir 99 latigazos, que ya entonces estuvieron a punto de matarla. Aunque el juicio concluyó y la condena se cumplió, otro juez aún más riguroso decidió reabrir su caso, y consideró que aquella “relación ilícita” con el supuesto asesino de su marido se había dado ya en vida de éste, por lo cual el delito de Shakine era mucho más grave que el de complicidad en un asesinato: ahora se la acusaba de adúltera. Desde 2006 no deja la cárcel.

No importó que tampoco en este segundo juicio (sobre cosa juzgada) hubiera testigos, y que la mujer dijera que la confesión le había sido arrancada bajo tortura y negara todos los cargos. Tampoco importó que implorara clemencia. Los estrictos jueces apelaron a la “sharia” –las normativas judiciales islámicas de base religiosa- y la condenaron a morir a pedradas.

LEY E INTERESES

Cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini regresó desde su exilio francés y encabezó la revolución islámica que derrocó al sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, entre las novedades del nuevo régimen figuró el reemplazo del moderno código penal persa por un conjunto de normas directamente vinculas a la tradición jurídica musulmana. Una tradición inspirada –aunque este sea uno de los puntos más conflictivos- en el Corán. Toda una corriente interpretativa dentro del Islam niega que castigos como los impuestos a Shakine puedan tener asidero en ninguna de las “azoras” del libro sagrado, y achacan esa lectura rigorista del texto divino revelado a Mahoma al carácter conservador de la versión chiíta del régimen iraní.

Más allá de estos debates, objetivamente el código penal vigente en la República Islámica de Irán desde 1979 regula, como castigo del delito de adulterio, la muerte por lapidación. Aunque toma algunas precauciones, tales como que el adulterio debe probarse por el testimonio de cuatro testigos (hombres que tendrían que haber presenciado el acto, viendo el coito “hasta el punto de que no se pudiese pasar un hilo” entre los presuntos adúlteros), el código penal avanza en detalle sobre las maneras en que la adúltera debe morir. Entre los artículos 98 al 107, indica que se debe enterrar a la condenada en un pozo cavado en el suelo, cubriendo su cuerpo con tierra hasta por encima de los senos; y en el artículo 104 se regula el tamaño de los proyectiles: las piedras deben ser medianas, ni tan grandes como para que la maten rápido, ni tan pequeñas como para que no le causen heridas.

Y aquella imagen de “que quien esté libre de culpa arroje la primera piedra” no tiene lugar aquí. El código penal es preciso hasta en ese sentido: los testigos que presenciaron el adulterio deben arrojar las primeras piedras, el juez que dictó la condena a muerte, las segundas. Tras ellos, los demás varones del público presente (el código establece que, como mínimo, debe haber tres apedreadores entre los espectadores). Los sucesivos y lentos golpes en el pecho, cuello y cabeza de la mujer causarán una lerda agonía, hasta que la hemorragia de las heridas provoque su muerte.

LA TRADICIÓN Y LA RED

Cuando ya se le habían acabado todas las instancias de apelación, Mohammad Mostafaeí, el abogado de Shakine, subió el caso a la red. Y esta nueva herramienta planetaria respondió masivamente. Las organizaciones defensoras de derechos humanos generaron campañas, pero además de ellas, múltiples organizaciones no gubernamentales y particulares integraron espontáneamente un movimiento de presión que llegó a las máximas instancias políticas, diplomáticas y religiosas.

El abogado tuvo que huir y pedir asilo en Europa. Al mismo tiempo, la televisión pública iraní organizó una poco sutil auto acusación de Shakine, donde la mujer dijo frente a las cámaras desconocer a su abogado, reconoció su culpa en todos los delitos por los que se la acusa, y criticó la “injerencia occidental” en su causa. Pero tan grotesca puesta en escena no frenó la avalancha. Al contrario, sacó a la luz mayores precisiones, como la existencia de un “corredor de la muerte”, donde al menos otras ocho mujeres esperan su turno para ser lapidadas; o que los jueces más conservadores sigan ejecutando este tipo de condenas, a pesar del compromiso en sentido contrario del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad con sus socios occidentales. Este mismo año, en enero, una mujer habría muerto lapidada en la ciudad de Mashhad.

El presidente brasileño Lula da Silva sufrió en carne propia la presión de la red global. Los internaturas le pedían que, dada su relación de especial cercanía con Ahmadinejad y su gobierno, intercediera por Shakine. En un primer momento Lula se negó, dijo que no podía solicitar a otros líderes que ignoren las leyes de sus países. Pero luego, cuando la avalancha ya era imparable en todo el mundo, utilizó unas declaraciones a una radio en Curitiba para “apelar a su amigo” Ahmadinejad, y le solicitó que le permitiera que Brasil le concediese asilo político a la mujer. La cancillería brasileña entera, con Celso Amorín a la cabeza, se puso en movimiento en ese sentido. En cambio, el presidente de Irán cortó por lo sano, le respondió a Lula por televisión: Shakine no irá a Brasil, ni a ningún lado.

El gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad y todo el régimen de los ayatollahs iraníes se asienta en la tradición. El caso de Shakine Mohammadí Ahstiani pone en evidencia la puja entre aquellos principios tradicionales asegurados por la antigua soberanía de los Estados, y el control y la capacidad de influencia de la sociedad civil mundial en un escenario de alta interconectividad. La manera en que el caso se resuelva también mostrará las tendencias de este nuevo tiempo internacional.

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nelson.specchia@gmail.com

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