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“Dicen que en el reino del revés” (08 11 11)

Del revés

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por Pedro I. de Quesada

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El primer ministro griego, Giorgios Papandreu, ha terminado por sucumbir bajo la montaña de basura de la crisis, y con él uno de los últimos gobiernos socialdemócratas europeos (el de España, otro de esa rara clase en extinción, será barrido por la derecha del Partido Popular en las elecciones del mes que viene).

Decíamos hace un par de semanas, en esta columna de los martes, que la clase dirigente europea estaba desorientada, y la caída de Papandreu viene a mostrar la profundidad de esa desorientación, que varios dirigentes del mundo –la Presidenta argentina entre ellos- volvieron a enrostrar a sus pares del Viejo Continente en la reciente cumbre del G-20.

Porque es una lógica del Reino del Revés, como aquella que cantaba –con una crítica mordaz que no abandonaba la ternura- María Elena Walsh: Un reino donde “un ladrón es vigilante y otro es juez, y donde dos y dos son tres”.

Aquí también: Papandreu se termina yendo porque tuvo la desfachatez de plantear una consulta popular, para preguntar a los griegos sobre el plan de “salvataje” económico diseñado por los tecnócratas de Bruselas y del FMI, que acarrea un sinfín de costos que esa misma ciudadanía debe pagar, tanto con sus impuestos como con la renuncia a los derechos sociales que disfrutaba.

Y más allá de que haya sido un “manotazo de ahogado” de Papandreu, es innegable el principio democrático que sostenía al referéndum.

Sin embargo, la señora Merkel, quién no toma una sola decisión importante sin consultar antes al Bundestag alemán, puso el grito en el cielo; y rápidamente le hizo coro el presidente Nicolas Sarkozy, líder de la República donde se fundó la democracia moderna.

En el reino del revés, los demócratas censuraron una medida democrática, e impulsaron un golpe que tiró abajo a un gobierno: El Banco Central Europeo anunció que si había referéndum no habría crédito, y congeló la partida de 8.000 millones de euros que estaba lista para salir hacia Atenas.

El voluminoso ministro de economía, Evangelos Venizelos, del Pasok como Papandreu, salió a pedir su cabeza. Entonces ahí apareció el ubicuo Antonis Samaras, líder de la derecha de Nueva Democracia, como salvador de la patria.

Y otra vez el reino del revés: porque la crisis griega estalla con las cuentas fraudulentas con que los gobiernos de Nea Dimokratía –por entonces al mando de Kostas Karamanlis- mintieron a Europa sobre el déficit real; cuentas que, precisamente, sincera Papandreu y se propone rectificar.

El que transparentó la mentira cae, y los que dilapidaron y armaron la farsa vuelven al gobierno de Atenas.

Y otro ladrón es juez: esos mismos líderes acaban de nombrar presidente del Banco Central Europeo (BCE) al italiano Mario Draghi. Este banquero era uno de los jefes en Europa de Goldman Sachs en 2002, ese banco norteamericano que le ayudó a Karamanlis a fraguar las cuentas públicas para ocultar el déficit real.

Ah, “nada el pájaro y vuela el pez.”

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 8 de noviembre de 2011 ]
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Twitter:  @nspecchia

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Un regalo griego (17 06 11)

Un regalo griego

por Nelson Gustavo Specchia

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El Pacto de Estabilidad que Papandreu consiguió en Europa, según Latuff y Drokos

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Giorgios Papandreu es un hombre valiente, también es un político con poca suerte. Esa era, al menos, la imagen que el primer ministro griego ofrecía esta semana, capeando en Atenas al toro bravo de la tercera huelga general que su gobierno soporta en el breve período de medio año, desde comienzos de 2011. El miércoles, las dos centrales sindicales mayoritarias (Adedy, de los empleados públicos, y el GSSE, de los trabajadores de empresas privadas) volvieron a salir a las calles de la capital, inundándola de columnas –cerca de 200.000 personas según los diarios locales- y paralizando toda actividad, desde los transportes a las comunicaciones, sin dejar de lado ni siquiera los servicios hospitalarios de emergencias.

Papandreu, un hombre valiente, ofreció su renuncia, con la disolución de su Ejecutivo del Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok), y propuso conformar un gobierno de concertación y unidad nacional para evitar la bancarrota acelerada hacia la que se dirige el país entero. Pero la derecha opositora del partido Nueva Democracia se ha negado a integrar una administración conjunta. Antonis Samarás, el jefe de la oposición, prefiere que Papandreu aguante en soledad el cimbronazo social de la crisis interna, y el abandono y la soledad al que lo está marginando Europa. Cuando los ajustes se hayan realizado, practicando la cirugía mayor en las cuentas públicas que se presenta como inexcusable, ya aparecerá él, Samarás, para tomar el relevo de un gobierno saneado. Una jugada mayor, porque la actual crisis fue el “regalo griego” que la derecha le dejó a Papandreu. Un político, como digo, de poca suerte.

CABALLITO DE TROYA

              Después de un largo período de los socialdemócratas fuera del poder, Giogios Andreas Papandreu al frente del Partido Socialista que fundara su abuelo en 1935, logró derrotar a la derecha en 2009. Sucedió a Kostas Karamanlis, y llevaba apenas un mes ocupando el palacio de Megaro Maximu cuando decidió hacer público el real estado de las cuentas gubernamentales. Las administraciones conservadoras de Nueva Democracia (con la asistencia y la validación internacional de la banca norteamericana Goldman Sachs) habían fraguado sistemáticamente las estadísticas oficiales, para mantener el déficit griego dentro de los márgenes admitidos por la política monetaria común de la Unión Europea. Así, durante años el gobierno de Atenas había informado a sus socios comunitarios que la deuda pública alcanzaba a un 3,7 por ciento del producto. Y este fue el presente que, como el mitológico caballo de madera con que los griegos lograron penetrar las murallas de Troya, recibió Papandreu.

La Administración socialista decidió transparentar la grave situación de financiamiento del gobierno, y admitió el año pasado que el déficit ascendía en realidad al 12,7 por ciento del producto interior bruto, casi cuatro veces más del reconocido hasta entonces. Sectores enteros de la economía habían vivido una auténtica fiesta de derroche, y quedaba claro que no había posibilidades reales de financiamiento con recursos propios, por lo que Papandreu apeló a sus socios comunitarios europeos, para que desde las instituciones financieras (principalmente desde el Banco Central Europeo) le enviasen con urgencia una línea de créditos y de asistencia que le permitiera tapar los agujeros y equilibrar la caja.

Pero el primer ministro, en su desesperada solicitud de auxilio, dejó sueltos algunos cabos: en primer lugar, dio por descontado que los líderes europeos aceptarían generosamente y de buen grado ayudar a las islas mediterráneas, unas primas pobres –aunque tan cultas- y llegadas al proceso de integración europeo en tiempos relativamente recientes. Y esto, para desengaño del político de poca suerte, no fue así, ni mucho menos. En segundo lugar, no tuvo en cuenta que desde 2008 el contexto crítico había alcanzado a todos los rincones de Europa, no sólo a sus bordes, y para entonces ya muy pocos seguían privilegiando una estrategia común, sino que cada quien miraba hacia su propia casa. Y por último, se le escapó también de las manos la variable interna: parar el derroche del gasto y volver a equilibrar las cuentas exigiría un sacrificio social mayúsculo, con quitas de derechos y recortes de beneficios históricamente adquiridos. Un camino que llevaría directo a la protesta social, las tres huelgas generales en lo que va del año lo prueban. En el medio de todos estos elementos, además, la sinceridad sobre el estado de las cuentas públicas llevaría a una pérdida de confianza generalizada sobre la capacidad de pagar las deudas, por lo que todo el mundo intentaría desprenderse de los bonos y de los títulos públicos helenos. Papandreu se vio en la disyuntiva de tener que emitir más de 53.000 millones de euros para afrontar las necesidades corrientes de sólo un año, pero no tener ningún interesado en adquirirlos (o, quizá peor aún, tener que vendérselos a los “fondos buitres” a precios de liquidación o menos).    

LA LEJANA EUROPA

Las sorpresas y decepciones de Giorgos Papandreu con sus colegas europeos fueron en aumento. El poco consenso en el continente para salir al rescate de uno de sus Estados-miembros fue la primera alarma. Las posiciones era muy críticas y duras, y los líderes conservadores –con la inefable Ángela Merkel siempre a la cabeza- sostenían que Grecia debía acudir al Fondo Monetario Internacional, lo que en otro momento del proceso de integración hubiera constituido casi un insulto para la pretendida autonomía financiera. También se habló de sacar a Atenas de la zona euro, los 17 países de la Unión Europea que comparten la moneda, antes de que las corridas financieras terminaran debilitando al propio euro. Hubo incluso quien opinó que Grecia podía ser expulsada de la organización continental, antes de que su crisis de financiamiento contagiara a otras economías débiles, como la española y la portuguesa.

Sarkozy finalmente gestionó un encuentro de máximo nivel, e intercedió ante Merkel. Sostuvo, en la acostumbrada grandilocuencia de su discurso, que Europa jamás dejará librado a uno de los suyos a la voracidad de los grandes grupos y fondos de inversión globales. Los resultados fueron menos grandilocuentes, y con el FMI en el medio, tal como había decidido Merkel. La UE aportaría, pero el precio para Grecia sería altísimo. El Banco Central Europeo controlará la política fiscal helena, y Papandreu debió comprometerse a reducir el déficit fiscal en cuatro puntos anuales (en 2010, del 12,7 al 8,7 por ciento; en 2011 hasta el 5 por ciento). Un draconiano ajuste soportado por recortes al gasto social, especialmente en la planta de funcionarios (echarán a 150.000 de los 700.000 empleados públicos) y en los beneficios de los jubilados. El IVA, además, aumentaría hasta el 23 por ciento.

El rescate, finalmente, alcanzó los 110.000 millones de euros. Pero ahora los técnicos afirman que aquel giro, que en su momento se presentó como colosal, no alcanzará para tapar apenas la mitad del agujero negro de las cuentas griegas. Se necesitarán, dicen, al menos 105.000 millones más, el denominado “segundo rescate”. Como ha admitido estos días el comisario europeo de Asuntos Económicos, Olli Rehn, Alemania, en una nueva vuelta de tuerca de su actitud remisa de girar fondos de los impuestos pagados por los contribuyentes germanos hacia aquellos que no hicieron las cosas bien, insiste ahora en que deben participar de las ayudas también los bancos privados.

Antes de que se pierda todo y haya que declarar a Grecia en quiebra, Papandreu pide que al menos le terminen de enviar la última remesa de los fondos de 2010, que aún no le han llegado, y sin los cuales se verá obligado a declarar la quiebra por impago de los vencimientos. Los títulos públicos griegos ya son auténticos “bonos basura”, y el FMI –duro y ortodoxo- sostiene que sólo mantendrá el auxilio a condición de que los ajustes estructurales en el gasto público griego se profundicen. Sin importar cuántos muertos queden en las calles de Atenas en cada jornada de huelga. Europa, mientras tanto, sigue mirando hacia otro lado.

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Publicado en:

Hoy Día Córdoba  – Magazine – viernes, 16 de junio de 2011 

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nelson.specchia@gmail.com

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Grecia en crisis: ¿conclusión o prólogo? (19 02 10)

Grecia en crisis: ¿conclusión o prólogo?

por Nelson-Gustavo Specchia

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Grecia vive una crisis económica profunda, definida por la salida a la luz de unas cuentas públicas fraudulentas, y la reacción de los mercados de capitales frente a este sinceramiento. Pero la crisis griega, en sí misma un episodio puntual y relativamente menor, al tener elementos muy cercanos a las situaciones internas de otras economías europeas, enfrenta la posibilidad de transformarse en una gran crisis sistémica, contagiando a los países más débiles de la Unión Europea, poniendo en riesgo la propia integración del proceso comunitario, y uno de sus logros más preciados: el euro, la moneda común. La pregunta que ha originado los ríos de tinta en veintisiete idiomas durante esta semana es si la economía de Grecia en terapia intensiva es el último coletazo que la debacle económica internacional pega en las costas del viejo continente, o es, en rigor de verdad, el comienzo del nuevo y doloroso camino de ajustar las cuentas públicas –achicando los salarios y los beneficios sociales de la población, principalmente- que deberán transitar los demás socios europeos. Grecia como conclusión de una etapa, o esto recién empieza.

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La disyuntiva del primer ministro griego Giorgos Papandreu es, cuanto menos, paradógica. Lleva apenas seis semanas en el poder, luego de que su partido, el socialista Pasok, derrotara claramente en las últimas presidenciales al gobierno de derecha de Kostas Karamanlis (2004-2009) y a su partido Nueva Democracia. Una vez en el poder, y al tomar conocimiento de la verdadera situación de las cuentas públicas, y del ocultamiento y la manipulación de que éstas habían sido objeto bajo la anterior administración conservadora –con la invalorable asistencia de la banca norteamericana Goldman Sachs-, decidió hacer público los números reales: la deuda griega implica una porción del producto muy significativo; el déficit público no era del 3,7 por ciento, sino del 12,7 por ciento; hay sectores del presupuesto que han vivido una auténtica fiesta de derroche oculto; el gasto público está por arriba de las posibilidades de financiamiento real; y Grecia necesita con urgencia la inyección de dinero fresco para volver a equilibrar la caja: deberá emitir más 53.000 millones de euros de deuda para afrontar las necesidades de este año. Frente a este golpe de realidad, y a la volátil huída de los mercados financieros como consecuencia de ella, Papandreu tendrá ahora que aplicar las impopulares medidas de ajuste para evitar el colapso. Se ve a sí mismo como el capitán del Titanic, y no es para menos.

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La primera reacción de Giorgos Papandreu fue acudir a Europa, y se encontró con que, contra todo pronóstico, en el continente no había consenso para salir al rescate de uno de sus miembros. Por el contrario, había posiciones muy críticas y duras, algunos analistas recomendaban que el primer ministro se dirigiera al Fondo Monetario Internacional (lo que constituye casi un insulto para la autonomía financiera que Europa pretende para sí; se hablaba incluso de que Grecia podía salir de la “zona euro” (los 16 países de la Unión Europea que comparten la moneda) o, llegados al extremo, había quien opinaba que Grecia podía ser expulsada de la propia UE, para que en su caída no arrastrase a otras economías débiles, que comparten muchas de las características que han llevado a la griega al colapso, comenzando por la española y la portuguesa.

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Papandreu acudió a Ángela Merkel, y la actitud de la líder alemana le pareció muy tibia. Los alemanes tienen presente en su conciencia histórica lo que significó para ellos, en un pasado relativamente reciente, un proceso inflacionario desbocado, el “huevo de la serpiente” donde se incubó el nacionalsocialismo y el verbo inflamado de Adolf Hitler. Ayudar con sus impuestos a aquellos que no han hecho los deberes fiscales durante años (los “avivados”, como los llama la señora Merkel), no solamente es una medida impopular, sino que tiene inclusive limitaciones legales en la jurisprudencia del Tribunal Constitucional alemán.

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Papandreu se dirigió, entonces, a París, la otra rueda de la vieja locomotora europea. Nicolas Sarkozy lo recibió en el Elíseo, y se comprometió a gestionar un encuentro de máximo nivel en Europa. No pesó tanto en el presidente francés la solidaridad con el heleno, sino que, a once años de su puesta en circulación, esta es la primera crisis de envergadura que enfrenta el euro, y la forma en que la Unión Europea lo enfrente, sentará los precedentes suficientes como para enviar señales fuertes a los demás miembros respecto de sus disciplinas fiscales internas, como a los mercados financieros, en el sentido de que el proceso de integración continental no dejará librado a uno de los suyos a la voracidad de los grandes grupos y fondos de inversión globales.

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El protagonismo al que el presidente francés es tan afecto tuvo resultados inmediatos. Se reunió una cumbre donde, además de Sarkozy y Papandreu, asistieron Ángela Merkel, el presidente permanente de la UE, Herman Van Rumpuy, el presidente de la Comisión Europea, José Duráo Barroso, y el presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet. Y decidieron no dejar caer a Grecia. Pero el precio será altísimo: la política fiscal griega será controlada por los organismos de la UE, lo que constituye –como lo remarcan todos los días las crecientes movilizaciones callejeras en Atenas- un menoscabo de la soberanía nacional griega. Papandreu, además, se ha comprometido con sus pares europeos a reducir el déficit fiscal griego en cuatro puntos durante 2010 (del 12,7 por ciento al 8,7 por ciento), y ese achique implicará un ajuste extraordinario, que deberá estar soportado en recortes al gasto social, y –fundamentalmente- en la disminución abrupta de los sueldos de los empleados públicos. Con estas medidas, sólo es esperable que las repulsas populares que ya han empezado a tomar fuerza en Atenas, vayan a mayores. Los sindicatos, cercanos al partido socialista Pasok del primer ministro, ya han anunciado que no apoyarán sus medidas, y se movilizarán contra ellas.

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En esta coyuntura tan crítica, además, hay proyecciones que plantean la crisis griega como una antesala de los escenarios económicos que se avecinan. El profesor Paul Krugman, que enseña economía en Princeton y obtuvo el premio Nobel en 2008, acaba de publicar un análisis (“La creación de un eurocaos” 16/02/2010) donde sostiene que la renuncia a la capacidad de emitir moneda nacional, esto es, la pérdida de la soberanía monetaria por parte de los países europeos, y por ello la incapacidad para devaluar como medida correctiva frente a la crisis, hace esperable que situaciones como la griega se repitan en otros socios. El profesor Santiago Niño Becerra, que enseña estructura económica en Barcelona, sostiene que es un error pensar que ya ha pasado lo peor y que ahora vendrá el crecimiento nuevamente, en realidad lo sucedido es sólo la antesala de lo que está por llegar, Grecia estaría mostrando el inicio de una crisis sistémica que estallaría a mediados del año en curso, cuando se combinara la reducción del crédito, la disminución del consumo, el achicamiento del gasto público, y el aumento del desempleo. Su libro se llama, claro, “El crash del 2010”.

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Lejos de estas tendencias catastrofistas, tampoco coincido en el diagnóstico del profesor Krugman. El problema no ha sido la precipitación en la instalación del euro como moneda común, sino la debilidad y la tibieza en seguir adelante con la integración política. Sólo así, con “más” Europa política (no solamente con la Europa de libre comercio, como siempre quisieron los británicos), con gobierno económico común, con un Tesoro, con un presupuesto europeo, con una política fiscal consensuada entre los miembros del eurogrupo, con un fondo de emergencia que modere las crisis anticíclicas, Europa –y, como ella, otras regiones del planeta que están embarcadas en procesos de integración- conjurarán los “crash” al que pueden empujarlas los grandes grupos financieros y los fondos buitres de este estadio de la globalización internacional.

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nelson.specchia@gmail.com

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