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Colombia: un futuro del color del café

Colombia: un futuro del color del café

por Nelson Gustavo Specchia

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Para la derecha colombiana, el futuro pinta negro. Y esto es una sorpresa en un escenario que auguraba, con los altos índices de aceptación de las postrimerías del gobierno de Álvaro Uribe, una continuidad sin mayores tropiezos. Pero la línea continuista ha recibido diversos golpes, y los analistas ya descartan una victoria clara en la primera vuelta, el 30 de mayo. Cuanto menos, habrá que esperar al ballotage del 20 de junio, y tampoco para entonces se vislumbra ninguna ficha segura.

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El ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos, largó montado en el caballo del comisario. Pero entre la reaparición de algunos cabecillas de las fuerzas paramilitares; la divulgación de la utilización de los grupos paramilitares por parte del gobierno; las pruebas de la connivencia entre militares, fuerzas de seguridad, y paramilitares en una red mafiosa orientada hacia objetivos políticos; y el hecho de que informes internacionales muy confiables afirmen que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) siguen activas y hasta hayan incrementado su poder en los últimos años, ha colmado el vaso. La sumatoria de escándalos ha descabalgado al candidato elegido por Uribe para sucederlo, y ha hecho ascender a otros personajes, como Antanas Mockus, que de golpe aparece como favorito en las encuestas. Una patada al tablero del poder conservador en Colombia, y la apertura de una campaña con final incierto.

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La construcción del “uribismo”

La transformación de un futuro promisorio en un frente negro para la derecha comenzó cuando el propio presidente Álvaro Uribe Vélez fue derrotado por los jueces. Uribe pretendía utilizar la alta tasa de aceptación popular para forzar un tercer mandato; había llegado incluso a apelaciones místicas, se refería a la posibilidad de presentarse nuevamente como candidato como la “encrucijada de su alma”, que confiaba Dios le ayudaría a resolver. Si Dios lo ayudó, fue negándole tal posibilidad, a través de un dictamen judicial. Por 7 votos contra 2, la Corte Constitucional cerró el último viernes de febrero un año de incertidumbre y medias tintas. Uribe no podría llamar a una consulta popular para presentarse a un tercer mandato. La derrota impuesta por los tribunales obligó al uribismo a definir rápidamente un candidato de sucesión.

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Álvaro Uribe, hijo de un dirigente conservador presuntamente asesinado por las FARC, concentrado en un discurso fuerte en la seguridad ciudadana y contra la insurgencia revolucionaria, se convirtió en presidente de Colombia en 2002. No era un improvisado en la vida política nacional: desde la municipalidad de Medellín, a comienzos de los años ochenta, hizo un largo cursus honorum (dos veces alcalde, concejal, senador y gobernador de Antioquía) hasta llegar a Bogotá. Y uno de sus primeros actos de gobierno fue reformar la Constitución, en 2004, para abrir las puertas a la reelección. Pero en aquel momento se conformó con una.

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Así, Uribe obtuvo un segundo período en 2006, ganando en primera vuelta, e incluso aumentando su caudal de apoyo al 62 por ciento. Los colombianos estaban hartos de violencia e inseguridad, y el presidente les aseguró que terminaría con las FARC, como había terminado con los paramilitares de extrema derecha de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

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Mantuvo ese alto nivel de aceptación, e incluso por momentos se superó a sí mismo, como cuando las FARC liberaron a Ingrid Betancourt, hace dos años. Los colombianos parecían aceptar su estrategia de mano dura, denominada “seguridad democrática”. Apoyado en esos altos índices de popularidad, Uribe confió hasta último momento que la encrucijada del alma terminaría, naturalmente, decantándose por el camino corto de una nueva reelección. El fallo del Tribunal Constitucional le cerró esa alternativa. Y, además, comenzaron los escándalos.

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Una historia poco clara

En el convencimiento de que la lucha contra las FARC justificaba los métodos, inclusive los arriesgados, Uribe ordenó a su entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, el bombardeo de un campamento guerrillero ubicado en suelo ecuatoriano. La violación de la soberanía enardeció al gobierno –nada amigable con Uribe, por otra parte- de Rafael Correa, y el venezolano Hugo Chávez vio la posibilidad de alimentar con hechos justificados su discurso belicista contra el colombiano. En su programa televisivo “Aló, presidente”, Chávez ordenó en cámara la movilización de tanques a la frontera con Colombia. Para completar el distanciamiento con sus pares latinoamericanos, Uribe puso a disposición del ejército norteamericano la utilización de bases en territorio colombiano. Además, dejó de ir a las cumbres regionales; concurrió a Bariloche –por la solicitud expresa de la presidenta argentina Cristina Fernández- sólo para escenificar en directo, por la televisión, su fría relación con los demás jefes de Estado.

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Al enfrentamiento internacional con los vecinos, que puso a la región peligrosamente cerca de un nuevo conflicto armado, comenzaron a sumársele noticias de un derrotero poco claro en el ámbito interno. Escandalizó la publicación de las relaciones entre funcionarios gubernamentales con los paramilitares supuestamente desmovilizados, conocida como la “parapolítica”, que mostraban un lado para nada transparente de la totalidad de la gestión de Álvaro Uribe.

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Y en los últimos días, ya nominado Juan Manuel Santos como el hombre designado por el presidente para sucederlo en el Palacio de Nariño, esta espiral de escándalos no ha hecho sino extenderse en todos los sentidos. Los espías del servicio secreto dependiente de la presidencia (el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS) fueron descubiertos pinchando teléfono (“chuzando”, dicen en Bogotá) de políticos opositores, de periodistas y hasta de jueces. Las escuchas telefónicas, que hoy investiga la Fiscalía, habrían servido para filtrar datos hacia los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, que, según parece, permanecen en activo y al servicio del poder. El vínculo estrecho entre fuerzas de seguridad y paramilitares irregulares fue confirmado por el ex dirigente de las AUC Salvatore Mancuso, desde una cárcel norteamericana. Mancuso, además de lanzar una nueva bomba contra el candidato de Uribe (dijo que Santos le había propuesto encabezar un golpe de Estado contra el ex presidente Ernesto Samper), afirmó que la alianza entre las AUC, el ejército y los espías del DAS es estrecha y continua.

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Las palabras de Mancuso tienen, lamentablemente, asidero: el gobierno de Uribe afirma que ha desmovilizado a las AUC a través de las negociaciones de paz, sin embargo la OEA sostiene que de los 31.000 paramilitares desmovilizados, más de 7.000 han regresado a las armas, al narcotráfico, a la extorsión, y otras buenas ocupaciones relacionadas. El Comité Internacional de la Cruz Roja, por su parte, acaba de publicar que la guerrilla insurgente de las FARC tampoco ha sido desactivada, como repite Uribe en cada tribuna, sino que sigue siendo un polo activo orientado a la lucha política, e inclusive que se habría fortalecido en el último año.

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Y llega Mockus

Y cuando esta confluencia de escándalos arrincona al gobierno y a su principal candidato, aparece Antanas Mockus y se convierte en personaje y en suceso. Un “tsunami verde”, dice la prensa. Académico, profesor, pensador, filósofo y matemático, con sus lentes de estudiar mucho, su pelo blanco y su andar descuidado, Mockus aparece como la antítesis de los envarados y conservadores dirigentes de la derecha gubernamental. Esta semana, tras los primeros debates televisivos, el cruce entre los escándalos del oficialismo y la novedad de su imagen lo han catapultado al primer lugar en las encuestas de preferencia de voto, un sitial de donde nadie esperaba que fuera a moverse Juan Manuel Santos.

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Ex rector de la Universidad de Colombia, Antanas Mockus, descendiente de lituanos, acumuló experiencia política en sus dos períodos como intendente de Bogotá. Su discurso, sin embargo, no es el del político tradicional, sino una mezcla de profesor que explica todo y activista de organizaciones de base. Y no tiene demasiados complejos, ya es una anécdota recurrida su respuesta a una protesta estudiantil que no le permitía dictar una conferencia: se bajó los pantalones y les mostró su retaguardia. Logró callarlos, aunque le costó el puesto de rector.

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Más allá de estas notas de exotismo, Mockus parece haber sido un buen gobernante en la ciudad capital de Colombia. Su postura es la del respeto por las reglas de juego, la transparencia, y el fin de la mano dura. Con el Partido Verde por fuera de las tradicionales divisiones del escenario político colombiano, su propuesta de un gobierno de legalidad democrática, con fuerza ética y diálogo, podría ser el bálsamo que Colombia, uno de los países históricamente más violentos de toda América latina, esté necesitando.

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Campaña sucia en la presidenciales colombianas (23 04 10)

COLOMBIA VIVE UNA CAMPAÑA SUCIA POR LA SUCESIÓN DE ÁLVARO URIBE

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Los líderes de agrupaciones paramilitares vuelven a la escena política

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Las elecciones presidenciales colombianas, cuya primera vuelta se celebrará el próximo 30 de mayo, han entrado en una espiral de acusaciones y denuncias que presagian una campaña caliente, que además se seguirá con mucha atención desde los países vecinos, Venezuela y Ecuador, ideológica y discursivamente enfrentados al presidente Álvaro Uribe y al principal candidato a sucederlo, el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos.

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Esta misma semana Uribe tuvo que salir a negar categóricamente su implicación en las pinchaduras de teléfonos (popularmente conocidas como “chuzadas”) hacia opositores y periodistas, por parte de los espías del servicio secreto colombiano. Uribe negó bajo juramento tener nada que ver, y afirmó ayer en Cali que “si el gobierno ordenara el espionaje ilegal tendría que ir a la cárcel, empezando por el presidente de la República”. Las escuchas telefónicas, que hoy investiga la Fiscalía, habrían servido para recolectar datos y filtrarlos a los grupos paramilitares de ultraderecha, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), lo que revela la connivencia entre mandos militares, servicios de inteligencia y agrupaciones paramilitares en la vida política nacional.

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Juan Manuel Santos, candidato del gubernamental Partido Social de Unión Nacional (La U), que agrupa al sector mayoritario de los uribistas, encabeza todas las encuestas para las presidenciales, y es conocida su postura de “mano dura” en la estrategia de lucha contra la insurgencia de las FARC. En un debate televisivo, Santos dijo que perseguiría a las FARC “donde quiera que se encuentren”, lo que provocó la respuesta airada de los presidentes de Venezuela y Ecuador.

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Ecuador sufrió un bombardeo colombiano sobre un campamento de las FARC instalado en su territorio, en marzo de 2008, cuando el ahora candidato presidencial comandaba el ministerio de Defensa. El ataque llevó a la ruptura de relaciones diplomáticas, que se mantienen hasta hoy. Santos matizó luego su postura, aunque sigue sosteniendo que “para nadie ha sido un secreto que los jefes guerrilleros están en Venezuela”.

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También complicó a Juan Manuel Santos el ex dirigente paramilitar de las AUC Salvatore Mancuso, preso en una cárcel estadounidense. Mancuso afirmó este miércoles que Santos le había propuesto encabezar un golpe de Estado contra el ex presidente Ernesto Samper, y que la alianza entre las AUC, el ejército y los espías del DAS era estrecha y continua.

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El gobierno de Uribe afirma que ha desmovilizado a las AUC a través de las negociaciones de paz, sin embargo la Organización de Estados Americanos (OEA) sostiene que de los 31.000 paramilitares desmovilizados, más de 7.000 han regresado a la lucha armada. El candidato presidencial tildó las declaraciones de Mancuso de recursos sucios de campaña, pero no se explayó sobre su contenido.

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Cumbre del ALBA y roces con Colombia (21 04 10)

LAS PRESIDENCIALES COLOMBIANAS PROVOCAN ROCES CON VENEZUELA

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El ALBA reacciona ante declaraciones del candidato Juan Manuel Santos

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La campaña para las próximas elecciones presidenciales en Colombia ya ha generado el primer roce con Venezuela y Ecuador, tras las declaraciones del candidato oficialista Juan Manuel Santos, quien afirmó que perseguiría a las FARC “estén donde estén”, lo que fue de inmediato contestado desde Caracas.

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Hugo Chávez recibió en la capital venezolana a los mandatarios de los países integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), que celebraron su IX Cumbre conjunta en el marco de los festejos por el Bicentenario de la Independencia de Venezuela.

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Con motivo de estos festejos, la presidenta argentina Cristina Kirchner fue convocada como oradora de honor frente al pleno de la Asamblea Nacional, con un discurso que su par venezolano calificó de “memorable”. La señora Kirchner y Hugo Chávez firmaron luego 27 acuerdos bilaterales de cooperación entre ambos países.

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Luego, el presidente Chávez dio inicio a la Cumbre del ALBA, con mensajes de fuerte contenido ideológico, y con propuestas de largo plazo. El ALBA reúne a los mandatarios de Venezuela; Ecuador; Cuba; Bolivia; Nicaragua; y de los pequeños Estados antillanos de Antigua y Barbuda; Dominica; y San Vicente y las Granadinas, quienes llamaron a “dar la batalla por el socialismo y la lucha contra el capitalismo”, y a reforzar la unidad de la región.

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Los jefes de Estado abordaron, además, el cambio climático, el combate al analfabetismo, la formación de recursos en salud, educación, ciencia y tecnología, y la necesidad de consolidar la independencia definitiva de los pueblos de América latina. “Debemos continuar los esfuerzos por lograr una patria grande, libre, soberana, equitativa y justa”, remarcó el ecuatoriano Rafael Correa.

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Hugo Chávez enfatizó, al clausurar la Cumbre, que el próximo paso en el proceso de acercamiento e integración entre los países miembros debe pasar por la unidad económica.

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En este contexto, los líderes del ALBA se refirieron a las declaraciones del colombiano Juan Manuel Santos, el candidato del presidente Álvaro Uribe para las próximas elecciones presidenciales, que encabeza todos los sondeos.

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Santos, en un debate convocado para debatir la política externa de lucha contra la guerrilla de las FARC, afirmó que “a los terroristas hay que perseguirlos donde estén”, lo que para Chávez constituye una virtual amenaza a Venezuela. Rafael Correa, en referencia al ataque contra el campamento de las FARC en Ecuador, donde murió el dirigente guerrillero Raúl Reyes, apuntó que “si volvemos a recibir una agresión tan traicionera y a mansalva, sabremos responder.”

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Los caminos comunes de la América hispana (26 02 10)

LOS CAMINOS COMUNES DE LA AMÉRICA HISPANA

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por Nelson-Gustavo Specchia

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Esta semana, los líderes de América latina, el Caribe, y México, se reunieron en las soleadas playas de la Riviera Maya, en una cumbre convocada bajo la bandera y el nombre de la “unidad”. Lejos de ser un reclamo novedoso en la política hispanoamericana, las convocatorias, llamamientos y exhortaciones a la unidad han sido constantes desde el desmembramiento de los virreinatos coloniales. Ningún tema ha tenido más espacio en los discursos que la integración de los Estados al sur del Río Bravo, apelaciones que han traspasado inclusive los bordes ideológicos, desde la derecha a la izquierda revolucionaria. En ningún tema, al mismo y doloroso tiempo, se han registrado menos avances concretos en el terreno de las realizaciones políticas. Venimos hablando de la unidad latinoamericana desde la primera década del siglo XIX, nos aprestamos ahora a celebrar los polémicos bicentenarios, y esas intenciones siguen ancladas en el plano del discurso.

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Junto a la verbalización del liderazgo sobre intenciones, imperativos históricos y destinos comunes, el otro camino que se ha ensayado en la región pasa por la creación de instituciones. Desde la vieja Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, de 1889, que terminó generando la Organización de Estados Americanos: la OEA presume de ser el organismo regional más antiguo del mundo. Además, se han creado muy diversas instituciones subregionales, generalmente abocadas a la integración económica vía las zonas de libre comercio. Entre éstas, el MERCOSUR ha sido una de las más exitosas, a pesar de su errático derrotero. En 2008 asistíamos a la creación de la Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR), con la fuerza de la iniciativa de Lula da Silva. Poco tiempo antes, el venezolano Hugo Chávez había lanzado, desde Isla Margarita en 2001, su propia versión de la integración, que denominó ALBA,  Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América. El listado de siglas y de nombres es tan largo como las cuentas de un rosario, y casi tan circular como él. Porque, a diferencia de otras iniciativas de asociación regional (como la Unión Europea, a cuyo ejemplo se recurre tan habitualmente) el énfasis no se ha puesto aquí en el reforzamiento y transformación de las instituciones existentes, en orden a aumentar su operatividad y eficacia, sino en la fundación de nuevas y superpuestas estructuras en cada etapa política, que solapan uno sobre otro los órganos y los fines, para debilitarse más o menos rápidamente cuando cambia el tiempo histórico.

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Ahora, Cancún

En la actual confluencia de voluntades gubernamentales, y apelando una vez más a los antiguos conceptos de la unidad cultural y lingüística, del pasado común, y del imperativo de contar con una voz homogénea de la región en los foros multilaterales, la cumbre de Cancún ha decidido fundar una nueva organización regional.

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Junto al decisivo y unánime respaldo de los líderes a la posición de la Argentina en su protesta por la explotación petrolera británica en las Islas Malvinas, la creación de la nueva entidad regional concentró el temario de la reunión. El nuevo bloque de países reunirá a los Estados de América del Sur, Central, y al norteño México, o sea, a todos menos a los Estados Unidos y a Canadá. Concretamente, la exclusión de los estadounidenses de un foro americano, es el objetivo de fondo de la nueva estructura, que por ello viene a presentarse como una alternativa a la OEA, donde el predominio de la potencia norteamericana condiciona todas las iniciativas.

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Es tan vasto el listado de denominaciones y siglas, que aún no hay consenso sobre el nombre que tendrá esta entidad; se barajan designaciones como “unión”, “comunidad”, o la tradicional “organización”. De momento, le han dejado el provisional de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, pero las intenciones se presentan ambiciosas. La canciller mexicana Patricia Espinosa, anfitriona de la cumbre, dejó claro que el planteo es “la conformación de una instancia comunitaria como la que dio origen a la Unión Europea.” Lo que la canciller no dice, y que está en la base de diferenciación de ese modelo tan recurrido, es que los europeos lograron un proceso de integración exitoso una vez que decidieron renunciar a porciones de soberanía nacional de cada Estado en favor de la organización supranacional, ¿estaría hoy algún país latinoamericano dispuesto a ceder una porción de su sacrosanta soberanía en pos de una integración política efectiva? Yo no encuentro, en las señales de este momento histórico, tendencias en esa dirección.

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En todo caso, la reunión de México tuvo algunas notas diferenciadoras respecto de cumbres anteriores. La asistencia de mandatarios fue la más alta de los últimos tiempos, 32 jefes de gobierno, con la sola ausencia del presidente hondureño Porfirio Lobo, ya que Honduras se encuentra suspendida en sus derechos desde el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya, (el buen clima de la cumbre se logró, precisamente, porque no se incluyó el tema de Honduras en el orden del día, sobre ésto no hay consenso, y nadie sabe bien cómo volver a incorporar al país centroamericano, cuando la mayoría no ha aceptado el golpe y el proceso eleccionario que le sucedió). La asistencia calificada de líderes le otorgó a la cumbre una alta legitimidad, y las dos grandes resoluciones –el respaldo a la Argentina en la cuestión Malvinas, y la creación de la nueva comunidad- fueron tomadas por unanimidad y aclamación.

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¿Qué hacer con la OEA?

Así, la “OEA sin los yanquis”, como pedía reiteradamente Fidel Castro, comenzará su andadura en Caracas, el año que viene. Si como ha anunciado el presidente mexicano Felipe Calderón, este organismo llega a ser el “mecanismo único” y la “voz homogénea” de la región en el concierto internacional, la vieja OEA, que acumula reproches a diestra y siniestra, pasaría a un segundo plano. Los republicanos, en el Congreso norteamericano, le piden a Obama que deje de aportar los dólares que permiten funcionar a la organización, porque ésta “ha fracasado” en el propósito de defender y consolidar la democracia en el continente. Y desde el sur también se la critica; Chávez, en su proverbial verborragia creativa, se dirige al secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, con el apelativo de “insulso”, y son muchos los que opinan que el organismo no ha sido capaz de frenar una sola crisis política en la región. Si la iniciativa de Cancún prospera, y los caminos comunes de América latina se enderezan, la vieja OEA quizá quede limitada a un inocuo y mediocre foro de diálogo entre el sur y los Estados Unidos.

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Ahmadinejad, el inestable (12 02 10)

Ahmadinejad, el inestable

por Nelson-Gustavo Specchia

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En su búsqueda de respaldos internacionales que lo defiendan del aislamiento al que quieren empujarlo, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad ha recalado en las costas sudamericanas. Invitado por su amigo (su “hermano”, como se califica a sí mismo) Hugo Chávez, estuvo en Venezuela y en los países del ALBA. Y dando una de las últimas sorpresas del año pasado, Ahmadinejad fue recibido por Lula da Silva en Brasilia, la misma semana que Hillary Clinton expresaba los reparos de la Administración estadounidense al curso del programa nuclear iraní.

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De sus nuevas relaciones en Sudamérica, Ahmadineyad parece haber asumido algo más que una vía de escape al encierro del aislamiento de Occidente. También puede que haya adquirido algunos modos, muy impactantes y mediáticos, de ejercer el poder. Chávez, en una conferencia de prensa llena de invitados y de cámaras de televisión, se dirigió al comandante en jefe del ejército, y como quien manda al cadete a por un vaso de agua le ordenó: “y ahora, general, me manda los tanques a la frontera con Colombia”. Tomando el ejemplo de su hermano sudamericano, esta semana el presidente iraní, en un acto político cuyas consecuencias internacionales no podía ignorar, mirando a Alí Akbar Salehi, jefe de la oficina nuclear de la República Islámica, le ordenó: “y ahora, doctor Salehi, me empieza a producir uranio enriquecido al 20 por ciento en nuestras centrifugadoras.” Menos la belleza, todo se pega.

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Frente a la estrategia de encierro de Europa y los Estados Unidos, los iraníes han decidido redoblar la apuesta. El largo tira y afloje con los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) sigue en un impasse: Irán sostiene que el enriquecimiento de uranio que actualmente desarrolla (entre el 3 y el 5 por ciento) está destinado a usos energéticos civiles, sólo admite que está construyendo nuevas centrales cuando éstas son detectadas por los servicios de inteligencia occidentales, y cuando se lanza a enriquecer el material radioactivo por sobre esos niveles lo justifica por razones de investigación y servicios (como la utilización de radioisótopos en aplicaciones médicas). Las Naciones Unidas van condenando en cinco resoluciones este proceso, y desde el OIEA se insiste en las dificultades y obstáculos que el régimen de Ahmadinejad pone permanentemente a sus inspectores, en lo turbio y gris de toda la información relativa a los verdaderos fines del plan atómico, y en que la tecnología necesaria para un enriquecimiento al 20 por ciento es la misma que para alcanzar el 80 ó 90 por ciento, cuando el uranio 235 se convierte en insumo de armas nucleares.

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Planteado en estos términos, la cuestión avanza rápidamente a estancarse en un diálogo entre sordos. Una espiral de tensión creciente que es alimentada, además, por otros condimentos. En primer lugar, con las necesidades energéticas del mundo desarrollado en una curva fuertemente alcista, cada día es más difícil seguir sosteniendo que sólo los seis Estados que componen el club atómico internacional (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) puedan seguir detentando el monopolio de los desarrollos nucleares. En segundo término, las varas con que estos países regulan la no proliferación atómica son de muy diversos largores: Argentina tuvo que disminuir sus investigaciones y aplicaciones en el campo nuclear hasta mínimos casi ridículos, pero a Pakistán no se le exigió lo mismo; la India ha crecido en conocimientos y productos exponencialmente, al mismo tiempo que por esas intenciones Corea del Norte ingresaba al “eje del mal”; a Irán se lo cerca y se lo acosa por el potencial peligro de que llegue a tener la bomba atómica, pero se permite que Israel disponga de un arsenal calculado en una doscientas ojivas nucleares. Frente a estos desequilibrios en la consideración de países amigos y no tan amigos, la reconsideración de un pacto global y en otros términos es cada vez más acuciante.

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Además de estos ítems de política internacional, también hay elementos internos que ayudan a tensar la cuerda en la sociedad iraní. Desde el muy oscuro triunfo en su reelección presidencial, y las protestas de la “revolución verde” que le siguió, Mahmud Ahmadinejad no se siente cómodo en el poder, y debe apelar casi cotidianamente a la Guardia Revolucionaria de los pasdarán y a la milicia paramilitar de los basiyís para reprimir las movilizaciones urbanas. Ayer, jueves 11 de febrero (22 de bahman del calendario iraní), se celebró el 31 aniversario del derrocamiento del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y el triunfo del movimiento encabezado por el ayatola Ruholla Khomeini que instauró la República Islámica de Irán, con un carácter teocrático y republicano al mismo tiempo.

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Los basiyís, con la obvia anuencia de la presidencia de la república, a la que responden, atacaron violentamente las embajadas de Francia y de Italia en Teherán el martes de esta semana. Los embajadores de la mayoría de los países europeos decidieron no asistir a los actos conmemorativos, y ante el desaire diplomático el gobierno iraní retiró las invitaciones. Para dejar afuera, además, a los numerosos colectivos críticos con el régimen, Ahmadinejad ha movilizado a fondo los recursos de propaganda, y los cordones de seguridad prácticamente sitian la capital. Ningún medio de prensa extranjero estuvo autorizado para cubrir los actos del aniversario, y el gobierno anunció la “suspensión permanente” del acceso de todos los iraníes a los servicios de correo electrónico de Google, el G-mail que tan importante papel –junto a las redes sociales en internet de Facebook y Twitter- jugó en la difusión internacional de la represión que siguió a las elecciones presidenciales de junio del año pasado. A pesar de todas estas medidas, en tan flagrante contradicción con los principios republicanos y democráticos que el régimen iraní asegura sostener, por la red se han filtrado imágenes de las movilizaciones opositoras, y de las reacciones de las fuerzas de seguridad, en un aniversario que ha tenido poco de festejo.

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Uno de los temas de fondo, en la lectura de la conducta de Mahmud Ahmadinejad, el inestable líder conservador del régimen de los ayatolas, es que lo que aquí se está jugando es el destino de la experiencia política puesta en marcha hace 31 años, y el rol que ese grande y antiquísimo país está llamado a jugar en los equilibrios y en las hegemonías regionales del Oriente próximo.

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El grupo de musulmanes religiosos, políticamente nacionalistas y socialmente conservadores que la figura de Ahmadinejad nuclea, reivindica para ese colectivo la auténtica herencia de la revolución islámica y la capacidad para liderar el rumbo político regional. Frente a ellos, el movimiento popular difuso y heterogéneo de la oposición acusa a este establishment de haber traicionado los ideales de libertad y justicia social por los que fue derrochado el Sha, y haber cooptado la revolución para sus propios intereses de grupo. Y desde la óptica externa, los Estados Unidos –con el acompañamiento de la Unión Europea- prefieren mantener la preponderancia regional de un Israel fuerte y pro occidental, a los movimientos de autonomía de Mahmud Ahmadinejad, siempre tan inestable y tan poco previsible.

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Estas son las cuatro aristas por las que seguirá girando la espiral del cercano oriente, en un escenario de paz controlada. De momento.

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Honduras sin rumbo (03 12 09)

Honduras sin rumbo

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por Nelson-Gustavo Specchia

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“Bipolares”, 3 de diciembre de 2009

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Como era de esperarse, el Congreso de Honduras votó ayer en contra de la restitución en el poder del depuesto presidente Manuel Zelaya, fuera del poder tras el golpe de Estado del pasado 28 de junio, y que ya lleva 74 días cercado por el ejército en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa.

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Las delegaciones representantes de Zelaya y del gobierno golpista de Roberto Micheletti habían acordado en octubre, en Costa Rica, que sería el Congreso quien habría de decidir sobre el regreso de Zelaya a la presidencia hasta el 27 de enero, fecha en que teóricamente culminaría su mandato constitucional.

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Zelaya, viendo cómo venía la mano, dio por concluido el acuerdo de Costa Rica el 8 de noviembre, pero Micheletti se aferró a él, y tras las elecciones presidenciales del domingo pasado, en las que ganó Porfirio “Pepe” Lobo, el Congreso le daba el carpetazo final a la vuelta de Zelaya.

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Honduras, así, sigue estirando la cuerda, tanto al interior del país como a nivel internacional. Como se vio en la Cumbre Iberoamericana de Estoril, en Portugal, que acaba de concluir, los países latinoamericanos están polarizados, y las posiciones no tienen visos de acercarse. Todos esperaban una declaración de consenso en Portugal, pero los esfuerzos no dieron ningún fruto, y apenas se emitió una declaración en la que se condena el golpe de Estado y se vuelva apoyar la restitución del depuesto presidente constitucional, sin entrar a considerar el resultado de las elecciones, y el reconocimiento –o no- del nuevo gobierno surgido de ellas.

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Además de los Estados Unidos del presidente Obama, en América latina Colombia, Costa Rica, Panamá y Perú defienden la legitimidad de las elecciones, mientras que Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Guatemala, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y Venezuela las consideran ilegítimas, porque vendrían a avalar una interrupción autoritaria de un proceso democrático. (Zelaya, por cierto, fue el único presidente ausente en la Cumbre Iberoamericana, por haber sido víctima de un golpe de Estado; fue representado por la canciller de su gobierno destituido, Patricia Rodas). Fuera de América latina, España –y la Unión Europea- hasta ahora no han reconocido el proceso eleccionario ni los candidatos triunfadores.

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Zelaya ha declarado nulas las elecciones, con el apoyo –además de Chávez y los líderes del ALBA- de Lula de Silva, y aquí viene el nuevo elemento de atención: la cuña entre la posición de Brasil y la de los Estados Unidos.

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La brecha entre Brasil y Estados Unidos no puede agrandarse más, y Honduras será el pato de la boda.

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Brasil no ha resuelto una postura definitiva sobre el tema de las bases colombianas para el uso del ejército norteamericano, y recibió con bombos y platillos la visita en Brasilia del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, precisamente cuando crece las tensiones entre los norteamericanos y los iraníes porque estos últimos se niegan a poner bajo supervisión internacional (o sea, de Occidente) sus desarrollos nucleares. No puede, por eso, jugarse la relación con Obama por Honduras.

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La pequeña Honduras, sin rumbo en su errático destino, en las simpatías y rechazos que ha despertado pone en evidencia el desencuentro internacional de toda la región latinoamericana, un desorden que tuvo su máxima expresión en Portugal, donde ni haciendo equilibrios con las palabras pudo redactarse un comunicado conjunto.

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Honduras ha destapado el tablero real de la política internacional latinoamericana, pero el realismo político terminará jugándole en contra, porque, realizadas las elecciones y habiendo votado el Congreso la no restitución de Zelaya, tras la aceptación del gobierno norteamericano de esta manera de resolver la crisis, la oposición a Micheletti tiene los días contados, como también las posibilidades reales de recomposición de la administración de Zelaya.

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Más temprano que tarde, se acabará aceptando la situación, Honduras tendrá un nuevo gobierno conservador que perpetuará el statu quo, y la democracia latinoamericana habrá perdido una batalla. Cuán importante habrá sido esta batalla perdida para la salud política del futuro de la región, nadie puedo decirlo en estos momentos.

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Honduras en punto muerto (22 10 09)

HONDURAS EN PUNTO MUERTO

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por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping, jueves 22 de octubre de 2009

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Nelson G. Specchia - Zelaya - cartel

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Buen día, Daniel.

Hemos estado las últimas semanas recorriendo, desde esta tribuna de análisis internacional, distintas y distantes latitudes, donde la realidad mundial de repente saca a la superficie una punta de iceberg, una muestra –a veces violenta, a veces sorpresivamente feliz, siempre frágil y fugaz para los titulares de los diarios y de los periódicos del mundo-, una pequeña muestra, digo, de esas inmensas realidades enterradas que son las características culturales y sociales específicas de cada pueblo.

Y en este recorrido semanal de los jueves, no habíamos vuelto a poner los ojos en Honduras, en ese pequeño país hermano de centroamérica, de una importancia relativa tan marginal, tan asilada en el concierto internacional, y que se ha colocado en los últimos tiempos en el centro del candelero.

Recuerdo, hace algunos años, cuando estuve trabajando en Tegucigalpa, en Honduras, para unas misiones de consultoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, y en aquellos días uno de nuestros temas recurrentes, sobre los que volvíamos una y otra vez con los colegas, discurrían sobre las estrategias para colocar a Honduras, de alguna manera, en la atención de las agencias internacionales. Quién me iba a decir que algunos años más tarde los hondureños encontrarían la manera, lamentablemente tan costosa, de estar en el centro de las noticias.

Y ¿cómo analizar este momento, este impasse hondureño que, como coinciden tantos analistas, tendrá efectos que no se limitarán a quedar encerrados dentro de las fronteras del pequeño país centroamericano, sino que de una manera o de otra impactarán en la marcha democrática del resto de la región?

Ayer, 21 de octubre, se cumplió un mes de la sorpresiva vuelta de “Mel” Zelaya y de su atrincheramiento en la embajada brasileña en Tegucigalpa. Dentro de un mes más, por su parte, están previstas las elecciones que supuestamente vendrían a destrabar el conflicto político, pero que toda la comunidad internacional ya ha advertido que no reconocerá si no está el presidente democrático sentado en su sitial al momento de realizarse el acto electoral.

El gobierno de facto de Roberto Micheletti, sacudido del statu quo en que había decidido esperar las elecciones, ha perdido la iniciativa política. A pesar de ello y de estar cada día más aislado internacionalmente, ha aceptado las formas del diálogo con los representantes de Zelaya. Pero sólo las formas, porque en las maratónicas reuniones entre ambas partes, que comenzaron el 7 de octubre, el gobierno de facto no se ha movido un ápice. Micheletti juega al gato y al ratón, mientras gana tiempo: aceptó derogar el estado de sitio que decretó cuando Zelaya volvió y lo tomó por sorpresa, pero aún no lo ha hecho; afirmó que castigaría al responsable militar de haber sacado al presidente constitucional en pijama y a punta de fusiles, pero el general Romeo Vásquez sigue siendo el comandante del Ejército; afirma que sus negociadores tienen plenos poderes para pactar con los de Zelaya, pero los desautoriza al final de cada reunión. Micheletti parece decidido a resistir, en soledad, hasta el 29 de noviembre y la instalación de un nuevo gobierno.

En este juego donde se muestran unas cartas pero las intenciones y los objetivos reales permanecen bien cubiertos y alejados de la mesa de negociaciones, hay que analizar dos elementos de fondo: la posibilidad cierta de una guerra civil, y la legalidad incierta de unas elecciones presidenciales.

En el primer caso, es evidente que un fracaso rotundo de la mesa de diálogo entre ambas partes podría conducir, sin demasiadas dilaciones, a que el conflicto político se asuma como un enfrentamiento civil violento, en las calles, con consecuencias desgarradoras. Y hay que evitar un derramamiento de sangre. Así como el liderazgo latinoamericano está poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya y su reinstalación en el poder, debe hacerse hincapié en evitar la posibilidad de revertir el golpe de Estado mediante la movilización violenta de los partidarios del presidente depuesto. En un movimiento en ese sentido, y dada la práctica ocupación militar del país, las mayores bajas estarán del lado del pueblo desarmado.

Por eso declaraciones como las de Daniel Ortega y Hugo Chávez, reunidos en la cumbre del ALBA en Cochabamba el 17 de octubre pasado, no aportan ninguna tranquilidad. Ortega anunció que la resistencia hondureña está buscando armas y campos de entrenamiento en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y Chávez apoyó esta tesis: “que nadie se sorprenda –dijo- si surge un movimiento armado en Honduras.” Estas posturas deben ser descalificadas, por insensatas y alarmistas.

En segundo término, creo que hay que considerar más a fondo el tema de la legalidad política de las elecciones del mes que viene. La comunidad internacional se niega a reconocer de plano el resultado de estas elecciones, si el presidente Zelaya no ha sido repuesto en su cargo con anterioridad. Esta es la postura más lógica desde la legitimidad constitucional y democrática, pero puede que sea también el punto de negociación, si –abandonando las posturas maximalistas- todos estuvieran dispuestos a ceder algo.

En estos días, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda recordaba que en los últimos tiempos todos los conflictos políticos que han encontrado una vía de salida democrática lo han hecho desde procesos electorales organizados por un gobierno de facto. Por definición, dice Castañeda, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. Y cita a la España posfranquista de 1977, la Argentina de 1983, el Chile de 1988, o la larga lista de países ex comunistas de Europa del Este, donde las elecciones que llevarían a las transiciones democráticas se organizaron gobernando los regímenes autoritarios salientes. Y este podría ser ahora el caso de Honduras.

Sería deseable, creo, que la comunidad internacional, y muy especialmente los líderes latinoamericanos, se avinieran a negociar un llamado a elecciones organizadas por el gobierno de facto pero fiscalizadas por veedores de la ONU, luego de las cuales el presidente Manuel Zelaya debería recuperar el ejercicio del Poder Ejecutivo, y traspasar el poder a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que ponga paños fríos y reconduzca el proceso político. De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.

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nelson.specchia@gmail.com

Voces de muerte en Honduras (24 09 09)

VOCES DE MUERTE EN HONDURAS

Por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping,  24 09 2009

Nelson G. Specchia - Zelaya en Honduras

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En días como estos, Daniel, necesitaríamos quizá más de una columna internacional para dar cuenta del mundo. Quizá porque las distancias entre política externa y política, así, sin adjetivos, se va haciendo cada vez más corta, más pequeña.

La gran cita internacional está en Nueva York, en la 64º Asamblea General de las Naciones Unidas, ese foro donde todos tienen un lugar y unos minutos de micrófono. También estuvo nuestra Presidenta, y usó de ellos. A pesar del extremo aislamiento internacional que vive la Argentina en estos días, Cristina Fernández logró ratificar los puntos más fuertes de la agenda externa del Gobierno: volvió sobre Malvinas, dejó sentada su protesta contra Irán por el tema de los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel, y se unió a la larga seguidilla de líderes latinoamericanos que han vuelto a condenar al gobierno golpista de Honduras y reclaman el cumplimiento del Acuerdo de San José, redactado en hace tres meses por el presidente costarricense Oscar Arias, y que implica la reubicación de Manuel Zelaya en el sillón presidencial.

Y esta, la Asamblea General de las Naciones Unidas hubiera sido el titular internacional de la semana, si el imprevisible Mel Zelaya no hubiera dado la sorpresa, cumpliendo su palabra, y volviendo a Tegucigalpa entre gallos y medianoche.

Con este golpe de mano, Zelaya ha atrapado para sí algunos reflectores del globo, en un momento propicio (con los líderes reunidos en la ONU), y quitándole la iniciativa al régimen golpista, que ya había apostado a que la relativamente larga ausencia de Zelaya era –día a día- un paso hacia la consolidación de un statu quo, y con ello llegar a las elecciones presidenciales de fines de noviembre.

Ahora, el golpe de mano de Zelaya no sólo le ha quitado la iniciativa, sino que, a raíz de los disturbios provocados por la presencia física del presidente legítimo en la capital hondureña, hasta la ONU ha quitado a sus observadores, lo que hará prácticamente inviable mantener la convocatoria a las elecciones generales.

Mientras tanto, una Honduras sellada a cal y canto, por tierra, mar y aire, tomado por la policía y el ejército, con los aeropuertos cerrados y cientos de controles en las fronteras terrestres, es prácticamente un país tomado, donde el toque de queda se renueva cada seis horas paralizando toda actividad, hasta los intercambios comerciales más elementales, y la posibilidad cierta de un baño de sangre crece a cada minuto.

Con la prolongación del toque de queda, Honduras presentaba un aspecto fantasmal, propio de una mala novela de realismo mágico, cerrada y a oscuras. En la Embajada de Brasil, sin luz eléctrica y sin agua corriente (cosa que también pasa, según denunció la presidenta, en la Embajada de Argentina) Zelaya resiste –hoy ya por tercer día consecutivo- con un grupo de allegados, y asediado tras los muros diplomáticos por un fuerte contingente militar. Además de vigilar estrechamente la embajada brasilera, el régimen de facto desplegó fuerzas militares en cada rincón de los accesos de entrada a la ciudad, en las avenidas y en los principales edificios gubernamentales. No quedó ni un cadete dentro de los cuarteles, todo el Ejército parece estar en las calles.

Con este panorama, sólo queda esperar un gesto de último momento, para que la mecha no se prenda. Los resultados de una confrontación, dada esta disposición de fuerzas, tendrían un costo humano terrible.

Junto a Cristina Fernández, un conjunto importante de líderes regionales abogaron en la ONU por la restitución de Manuel Zelaya. El primero de ellos fue Lula da Silva, que brinda asilo político a Zelaya, y que reafirma con ello su vocación de poder regional. Lula llegó a proyectar una sombra hacia adelante: “A menos de que exista voluntad política, vamos a presenciar otros golpes como este”, advirtió el brasilero. Y en esa línea siguieron Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, y –profundizándola en adjetivos, según su costumbre- el venezolano Hugo Chávez a su llegada a Nueva York.

De lo que se trata en esta hora, creemos, es de evitar el derramamiento de sangre. Así como los líderes latinoamericanos están poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya, y la legalidad de su reinstalación en el poder, deben, en este mismo momento, condenar y evitar por todos los medios que se revierta el golpe de Estado de Micheletti con la violencia civil de los partidarios del presidente depuesto, porque allí las muertes y las mayores bajas no estarán del lado del Ejército sino, precisamente, del lado del pueblo desarmado.

En Honduras no hay alternativa realista a la vuelta, por los canales que sean, a las negociaciones y a la mediación internacional. La coincidencia de posturas de los presidentes en la ONU podría dar ese marco. Micheletti debe dejar el gobierno, Zelaya debe recuperarlo, llamar a elecciones fiscalizadas por veedores de la ONU, no presentarse en ellas como candidato, y habilitar a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que vuelva a poner paños fríos y reconduzca el proceso político en el castigado país centroamericano.

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nelson.specchia@gmail.com

Lula y el amigo francés (12 09 09)

Lula y el amigo francés

Con la tecnología francesa, será la industria de defensa brasileña, y los numerosos círculos industriales subsidiarios, la que sentirá el salto modernizador y multiplicador de desarrollo. Por Nelson Gustavo Specchia.

Nelson G. Specchia - Sarkozy y Lula

Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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A menos de un año y medio de dejar la presidencia de Brasil, Lula da Silva ha pegado un golpe de timón que obligará a reformular la arquitectura estratégica sudamericana. En un escenario de alta carga simbólica, en el día de la independencia, con el imponente desfile militar cruzando Brasilia, Lula develó uno de los secretos mejor guardados del Palacio del Planalto.

El presidente reequipará militarmente al Brasil, y lo hará obviando la provisión –y la anuencia– norteamericana, invirtiendo montos superiores a los de cualquier Estado latinoamericano (mayores que los del Plan Colombi o que las compras militares a Rusia proyectadas por Chávez), y sellando un acuerdo estratégico con Francia que traerá cola.

En los últimos tiempos, tres hechos sin aparente relación han trastocado la geopolítica regional. Brasil hizo públicos los descubrimientos de yacimientos petrolíferos, con unos 50 mil millones de barriles de crudo enterrados a lo largo del litoral atlántico; el año pasado Estados Unidos tomó la decisión de reactivar la IV Flota, para patrullar precisamente ese litoral; y hace pocos días Álvaro Uribe anunció que habilitará siete bases en territorio colombiano para el uso de tropas norteamericanas.

Tras el anuncio de Uribe, Lula consiguió que en 48 horas el Congreso le autorizase una inversión en equipamiento militar cercana a los ocho mil millones de dólares; pero los acuerdos de compra negociados con Nicolas Sarkozy, el amigo francés invitado de honor a las fiestas patrias brasileñas, terminarán duplicando aquel gasto autorizado. Será la mayor inversión militar de la historia reciente. Para buscar antecedentes de un gasto semejante hay que remontarse a la segunda guerra mundial, cuando Brasil se sumó al conflicto y el presidente Getulio Vargas equipó al ejército para la guerra.

Sin embargo, a pesar de la magnitud del gasto, no se ha levantado en contra ni una sola voz en todo el arco opositor. Hay consenso en la clase política en que este reordenamiento estratégico ubicará a Brasil en un incontestable lugar de preeminencia regional.

Poder de fuego disuasivo. La negociación de las armas es impresionante. Incluye 36 aviones cazabombarderos (los franceses Rafale parecen ser los favoritos, sofisticados cazas equipados con diversos misiles, radares infrarrojos y telémetros láser); cuatro submarinos Scorpène; el desarrollo de un submarino nuclear y 50 helicópteros de transporte militar. Con esta capacidad de fuego, especialmente a nivel naval, necesariamente se modificará la ecuación militar en América latina. No será igualada por ninguno de sus vecinos, y los intentos de equiparación podrían desencadenar una carrera armamentística.

Pero la clave del golpe de timón de Lula da Silva, sin embargo, no está en la cantidad de armas que adquiera sino en la carga de conocimiento, tecnología y desarrollo que con ellas venga. Con esta cooperación, Brasil se convertirá en el séptimo país del mundo capaz de construir y navegar submarinos convencionales y nucleares. Con la tecnología francesa, será la industria de defensa brasileña, y los numerosos círculos industriales subsidiarios, la que sentirá el salto modernizador y multiplicador de desarrollo.

Las señales exteriores del presidente Lula, en todo caso, apuntan a tranquilizar a sus vecinos. Ha dicho en varias oportunidades que el aumento de las fuerzas de defensa busca un objetivo disuasorio, y que no hay ninguna hipótesis de confrontación vigente. Pero, aunque Lula no lo diga, las intenciones de liderazgo regional deben ser respaldadas por una capacidad bélica coherente con ellas, lo enseña cualquier manual de teoría realista de política internacional.

El rol del amigo francés. Frente a Uribe, en Bariloche, Lula se mostró disconforme y de mal humor, le exigió transparencia en varias oportunidades. Y a los demás colegas de la Unasur les recordó que había propuesto que el Consejo de Defensa Sudamericano asumiera un papel activo en el tema de las bases colombianas, así como en las adquisiciones de armamentos. Y es que no sólo Colombia y Venezuela se están rearmando, también las compras presupuestadas por Chile y Perú son considerables. De momento, sólo Argentina ha quedado al margen de la tendencia regional.

En Bariloche, además, Lula volvió a sugerir que el presidente Barack Obama participase en una reunión de la Unasur y explicara los alcances de la presencia norteamericana en Colombia. Pero Obama no contestó. Brasil ha insistido reiteradamente ante Washington en su intención de sumarse al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero Obama no le contesta.

Brasil quiso negociar la venta de aviones a Venezuela, y Washington vetó el acuerdo, porque transferiría tecnología norteamericana a Caracas. Lula espera que la Casa Blanca comience a dar un giro de prioridad hacia América latina, pero Obama no contesta, está demasiado ocupado en desatar los nudos de Irak y Afganistán.

En ese aparente vacío, aparece Nicolas Sarkozy, ofrece un acuerdo de transferencia de conocimientos industriales de última generación; impulsa junto al gigante sudamericano un nuevo orden mundial más solidario, en línea con el discurso internacional de Lula; y una alianza estratégica que vaya más allá de un acuerdo comercial de armamentos. Concretamente, ofrece enviar equipos y conocimiento, y apoyar a Brasil para que sea un miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU.

A cambio, quizá Sarkozy logre quedarse con el petróleo brasileño.
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© La Voz del Interior

La noticia del día: Brasil y Francia, nueva alianza (08 08 09)

LA NOTICIA DEL DÍA

martes, 8 de septiembre de 2009

Folha Online

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Brasil e França querem formar

indústria aeronáutica conjunta

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Lula y Sarkozy

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Brasil e França divulgaram nesta segunda-feira um comunicado em conjunto para confirmar um acordo de cooperação militar entre os dois países que fornecerá tecnologia à indústria brasileira e tem como foco o mercado na América Latina.

Pelo acordo, o Brasil comprará da França 36 aviões de combate Rafale e 50 helicópteros. Já a França, vai adquirir dez aviões de transporte militar KC-390, que serão fabricados pela Embraer.

O acordo firmado hoje abre caminho também para que os dois países desenvolvam uma indústria aeronáutica em parceria.

Apesar de demonstrar a preferência pelos caças Rafale, o governo brasileiro sinalizou que quer uma redução do preço cobrado pelos franceses.

“Queremos desenvolver uma grande indústria aeronáutica, construir aviões em conjunto, vender aviões em conjunto”, disse o presidente francês, Nicolas Sarkozy, a jornalistas em Brasília, após ter participado das comemorações do 7 de Setembro.

O presidente Luiz Inácio Lula da Silva comemorou o acordo, que permitirá ao Brasil fabricar e vender as aeronaves a outros países da América Latina.

“A visita do presidente Sarkozy é mais que uma visita, é a consolidação de uma parceria estratégica entre dois povos que têm muita coisa em comum”, disse Lula.

Lula justificou a decisão de renovar as aeronaves da FAB (Força Aérea Brasileira) citando a necessidade de o país proteger a Amazônia e as reservas de petróleo encontradas na camada pré-sal.

Helicópteros e submarinos

Os acordos assinados hoje também estipulam as bases para a construção de cinco submarinos, um deles de propulsão nuclear, e 50 helicópteros do modelo EC-725, da empresa Eurocopter, filial do grupo europeu EADS, que serão adquiridos em sua totalidade pelo Brasil.

Segundo os convênios, os navios e helicópteros serão construídos no Brasil —que obterá toda a tecnologia, exceto a nuclear– e as fábricas que serão erguidas com esse fim serão responsáveis pelas possíveis e futuras vendas a outros países latino-americanos.

Toda essa operação, que será cumprida em várias etapas até 2021, custará ao Brasil US$ 12,317 bilhões, dos quais cerca de US$ 9 bilhões serão destinados à compra dos equipamentos militares.

Caças

Em entrevista coletiva conjunta com Sarkozy, Lula anunciou o interesse em adquirir 36 aviões de combate Rafale, mas não informou se isso significa o anúncio final de uma licitação na qual também concorrem a sueca Saab, com os caças Gripen, e a americana Boeing, com o F-18 Super Hornet.

“É somente uma decisão de iniciar negociações”, disse Lula, que, no entanto, deu sinais mais claros depois ao apontar que Brasil e França não estão negociando uma simples associação comercial, mas pretendem ‘criar, construir e vender muito juntos’.

O ministro das Relações Exteriores Celso Amorim disse que as negociações com a Dassault não se referem a “uma mera compra”, porque a França ofereceu “a possibilidade de que os caças sejam fabricados no Brasil”, para vendê-los inclusive a outros países da América Latina.

Também indicou que “o principal atrativo da oferta francesa é a transferência real de tecnologia”, o que não representa somente “o acesso ao conhecimento, mas também o acesso livre a este tipo de operação comercial”.

Sarkozy afirmou que o Brasil ‘é um parceiro obrigatório’, e ressaltou que a França está convencida de que, em conjunto, os dois países podem ‘construir uma grande indústria aeronáutica comprometida com a segurança mundial’.

Essa convicção ficou evidente no comunicado no qual os dois governantes anunciaram sua “decisão” de transformar seus países em “parceiros estratégicos também no domínio aeronáutico”, área na qual “possuem vantagens importantes”.

Sarkozy, que chegou ao Brasil na noite de ontem, assistiu hoje junto com Lula ao desfile Dia da Independência, que pela primeira vez contou com a participação de soldados e aviões de acrobacia franceses.

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