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Libia en la primavera árabe

Libia en la primavera árabe

por Nelson Gustavo Specchia

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Muhammar el Khaddafi ha sido destronado. Pero no ha caído. En alguna penumbra tribal, en algún túnel alfombrado, se oculta y espera, manteniendo el vilo que durante casi medio siglo convirtió en política. Pero la historia y las generaciones no pasan, indiferentes, sin dejar rastro en la memoria colectiva, y Khaddafi no podrá volver a usufructuar la satrapía petrolera en que convirtió a Libia. Afortunadamente.

Y escribo este “afortunadamente” después de la primera afirmación, con toda intencionalidad. Porque desde que comenzó el alzamiento popular, en febrero de este año, he venido defendiendo la posición de que la sociedad internacional debía involucrarse activamente en el apoyo a los insurgentes, y hacer cuanto estuviera al alcance de los medios de poder y de derecho que hemos llegado a darnos en nuestra generación, para colaborar en la caída del tirano. También lo dije –desde temprano, antes de que la guerra estuviera definida- desde esta columna; (ver “Un león en apuros”, del 18-02-11, donde anticipábamos: “La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.”) Esa postura me ha acarreado múltiples críticas, de colegas, de amigos, de lectores. Y ahora que el khaddafismo está terminado, creo que merece la pena remarcar algunos fundamentos de ese análisis que me llevó a apoyar la intervención en Libia, en contra de la opinión de un sector importante de intelectuales.

LECTURAS ANTI IMPERIALISTAS

Los argumentos de las posiciones que denuncian el rol de terceros Estados en apoyo de los insurgentes rebeldes y contra Muhammar el Khaddafi, reconocen un tronco común: el sentir anti imperialista. Es una lectura lineal y casi maniquea: si está la OTAN, es porque está el capitalismo occidental. Las Naciones Unidas serían sólo la justificación diplomática de la política exterior de la potencia hegemónica, y la OTAN el ropaje adecentado de los marines norteamericanos; en conjunto, serían la nueva expresión del viejo imperialismo. Y por otro lado: Khaddafi fue un joven militar que derribó a una monarquía colonial, que abrazó el panarabismo y el socialismo; su “Libro Verde” fue una de las biblias laicas del tercer mundo; fundó la Revolución Jamahiriya (de masas, informal y anti institucional); le plantó cara a Occidente y a las multinacionales; apoyó los movimientos de liberación; y ni siquiera los bombardeos de Ronald Reagan lograron moverle el pulso. Palabras más, palabras menos, y aunque aquí –por motivos didácticos- las presente en bruto y sin matices, esas son las consideraciones que llevan a buena parte de los pensadores, de aquí y de afuera, a censurar la participación internacional en el conflicto social libio. Un razonamiento, claro está, que termina empujándolos a tomar postura por el régimen recientemente desplazado y, en última instancia, por la persona del propio coronel.

Aún agregándole todos los matices del caso, esta forma de razonar ya es hoy indefendible, tanto desde la teoría política, de la historia contemporánea, como desde los resultados objetivos de los programas de Khaddafi. Nadie discutiría que la OTAN, en el contexto de un escenario bipolar, fue el brazo armado con que uno de los polos enfrentó –en táctica y en estrategia- al Pacto de Varsovia. Pero el Muro de Berlín cayó hace más de dos décadas; los condicionantes de la guerra fría han desaparecido; y el mundo, en su conjunto, se ha complejizado sobremanera. Seguir aplicando las categorías de análisis que tuvieron vigencia desde la segunda Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética, deja en la boca un regusto a cosa rancia, a no haber advertido que la creciente complejidad también hizo posible que los colectivos sociales tomaran contacto con esas “otredades”, esas realidades diferentes y lejanas, que antes quedaban enclaustradas dentro del dibujo artificial de las fronteras, y ahora se acercan –a la velocidad de los megabytes de la sociedad de la información- al comedor de cualquier casa. Y que decidan tomar partido por ellas.

Cambio de paradigmas interpretativos que también distorsionan la mirada de los afectos y de las lealtades. Porque muchos de los que reniegan de la intervención de las fuerzas occidentales en el conflicto libio, sienten que el viejo coronel –más allá de sus excentricidades en la ropa, los uniformes entorchados, los lentes de colores y las guardaespaldas vírgenes- es uno de los últimos luchadores que siguen resistiendo el ímpetu homogeneizante e invasor del capitalismo occidental. Incluso esta mirada de antigua progresía, si no fuera porque induce a errores garrafales, sería querible y tierna en su visión naïf de la política internacional.

Pero el león de Libia no tiene un pelo de su abundante cabellera de naïf, revolucionario romántico o ferviente anticapitalista. Khaddafi ha sido un sanguinario tirano que utilizó el poder para sojuzgar a siete millones de personas durante cuatro décadas, convirtió un Estado (Libia nunca fue una nación) en una satrapía personal y familiar, y con los dividendos de la exportación de hidrocarburos generó una pequeña élite, vinculada directamente a su persona, que abusó de esos recursos de una manera patrimonialista, sin ningún tipo de límites sobre vidas y haciendas de sus congéneres.

“ES EL PETRÓLEO, ESTÚPIDO”

Así, desde estas lecturas se ha intentado explicar toda la operación internacional en Libia con el argumento del petróleo. La OTAN sería la avanzada de los países occidentales, que van a quedarse con el petróleo del subsuelo de los desiertos de la Tripolitania y la Cirenaica. He argumentado, contra eso, que el petróleo –su búsqueda, extracción, almacenamiento, transporte y exportación- ya estaba en manos de compañías extranjeras antes del levantamiento insurgente. Compañías a las que Khaddafi les aseguraba, con contratos que sólo se aprobaban por su mano, previsibilidad y máxima seguridad. Como sólo una tiranía puede ofrecer a sus socios selectos, y como jamás podrá ofrecer ningún sistema político democrático, cualquiera sea, que surja de la actual revolución libia.

¿Por qué, en todo caso, obviar burdamente otros elementos y razones, que impactan con fuerza en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, y que las sociedades civiles toman para presionar a sus respectivos gobiernos? Khaddafi no terminó siendo el heredero de Gamal Abdel Nasser y su socialismo panarabista como pretendía, más que en sus discursos. En la práctica, fue el banquero de más de medio centenar de grupúsculos terroristas en todo el mundo; cuando se le dio por pagar atentados aeronáuticos, tiró un avión cargado de pasajeros sobre Lockerbie, y otro –el vuelo UTA 772- en el Sahara; jugó a la guerra invadiendo Chad, adquiriendo armas de destrucción masiva (ADM), fabricando gas mostaza y atentando contra Faisal en Arabia Saudita, Hassan en Marruecos, y hasta contra Anwar el Sadat en Egipto, “culpable” de la paz con los israelíes; violó cualquier soberanía nacional para asesinar disidentes en el extranjero; puso precio (llegó a pagar hasta un millón de dólares) a las cabezas de sus enemigos huidos de Libia, mientras recibía en sus palacios a los terroristas más renombrados, como Abu Nidal. Y un currículum político tan frondoso y tan impropio de un líder libertario, es aún más vergonzante cuando se intentan reseñar los atropellos contra su propio pueblo. Desde la limpieza étnica de los bereberes; al estado paranoico establecido cuando convirtió a uno de cada cinco libios en informantes del gobierno; al morbo de la sangre cuando dirigía personalmente las ejecuciones de opositores (retrasmitidas en directo por la televisión oficial), la amputación de extremidades, las mil y una forma de persecución y acoso a cualquier minoría o disidencia.

“RESPONSABILIDAD DE PROTEGER”

Y de pronto, cuando una porción de esa sociedad sojuzgada, jugándose la piel se alza contra el tirano, ¿qué debía hacer la comunidad internacional? ¿Quedarse de brazos cruzados mientras observaba cómo el régimen reprimía a los civiles, amparado en los principios de soberanía nacional y de no injerencia de terceros en los asuntos internos de un país? No. Debía intervenir. Y es deber de un demócrata apoyar esa intervención. El derecho internacional humanitario ha avanzado, junto con los tiempos y las nuevas formas que adopta la estructura política mundial, tanto a nivel institucional como en el plano de la sociedad civil. El principio “responsabilidad de proteger”, uno de los basamentos de la decisión multilateral que dio pie a los bombardeos de la OTAN contra Khaddafi, es un avance en los deberes hacia los más débiles, sin importar dónde vivan.

Los más de cuarenta años de tiranía también vaciaron de instituciones y de instrumentos republicanos a Libia. Por eso la sociedad internacional, a través de las organizaciones multilaterales que ha logrado darse hasta nuestro tiempo, debe permanecer allí, ayudando a la reconstrucción del país. Los libios se merecen una oportunidad de construir una sociedad en libertad; asegurar esa oportunidad no está en sus manos, sino en las nuestras.

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Líbano: gana el Hezbollah (26 01 11)

Tensión en Líbano por el acceso de un gobierno cercano a Irán

La milicia chiíta de Hezbollah impone su candidato al frente del Ejecutivo

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La complejísima vida institucional libanesa vuelve a tensarse con el acceso de Najib Mikati a la conducción del gobierno.

La elección de Mikati debería cerrar la crisis de gobernabilidad abierta el pasado 12 de enero, cuando renunciaron todos los ministros del bloque opositor, que responden al partido-milicia chiíta Hezbollah, de fuertes nexos con el gobierno iraní de Mahmmoud Ahmadinejad.

La retirada opositora obedeció, según las declaraciones del máximo jefe de la milicia, el jeque Hassan Nasrallah, al rechazo al Tribunal Especial de Naciones Unidas que investiga la muerte de Rafik Hariri, padre del hasta ahora cabeza del Ejecutivo.

Nasrallah y el Hezbollah aducen que el ya ex primer ministro sunnita Saad Hariri ha armado el proceso judicial en connivencia con los servicios secretos israelíes y la anuencia del gobierno norteamericano, para culpar a los chiítas del asesinato en 2005 de su padre, Rafik, un sunnita amigo de Estados Unidos, que empujó a las tropas sirias a que abandonen el suelo libanés.

Ante la crisis de gabinete forzada por el retiro de los ministros de la oposición, el presidente del Líbano, el cristiano maronita Michel Suleiman nombró a Najib Mikati y le encargó que forme gobierno.

Mikati también es sunnita –como los Hariri- pero llega al poder con el apoyo del Hezbollah, lo que implica un éxito para la facción más dura de la sociedad política libanesa, que enfrenta con mayor fuerza la vecindad con Israel (a quien ha vencido en la última contienda bélica) y acerca más al inestable país de Oriente Medio a las políticas regionales de Teherán.

Najib Mikati, un millonario dueño de empresas de telecomunicaciones que afirma querer “mediar entre los enemistados bandos políticos libaneses”, apenas recibió el nombramiento de parte del presidente Suleiman afirmó que su mano “está tendida a todo el mundo”, en una clara referencia a los sunnitas, que habían comenzado ayer con marchas de repudio al nuevo gobierno en Beirut y en Trípoli.

La reacción del gobierno estadounidense fue cauta, pero refleja el aumento de tensión; la secretaria de Estado, Hillary Clinton, admitió que el cambio afectará a las relaciones con Líbano. El gobierno de Obama mantiene al Hezbollah en la lista de organizaciones calificadas como “terroristas”.

La inestabilidad libanesa viene a sumarse a un estado conflictivo a nivel regional, donde la revuelta tunecina no amaina, y el contagio de las protestas hacia Egipto ya se hace sentir con fuerza.

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nelson.specchia@gmail.com

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Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental

por Nelson Gustavo Specchia

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Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.

Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.

El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.

UNA LUCHA OLVIDADA

La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.

En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.

Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.

Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.

COLONIALISMO TARDÍO

Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.

En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española

El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.

Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.

Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”

MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER

En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.

Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.

A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.

Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.

Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.

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