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Ajustar las cuentas de Baltasar

AJUSTAS LAS CUENTAS DE BALTASAR

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por Nelson Gustavo Specchia

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Baltasar Garzón Real es abogado, español y socialista. Nació en 1955 en Jaén, Andalucía. De hogar humilde, trabajó de albañil, de mozo de restaurant y de empleado en una estación de servicio, con lo que se costeó sus estudios. Luego, se decidió por la carrera judicial. Una biografía interesante, pero que en sí misma se asemeja a muchas otras entre los hombres de su generación. Sin embargo, hoy Baltasar Garzón se ha convertido en un símbolo: su nombre concentra un punto de quiebre, de ruptura, que mueve a toda la clase política española, inclusive más allá de España. Y, de una forma inédita, a la sociedad civil, que parece haber entendido que con el “caso Garzón” se libra una batalla que excede un debate meramente jurídico, y mediante la enorme y horizontal difusión de los foros sociales de internet, se ha lanzado a tomar partido.

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En definitiva, lo que a través de la figura del juez Baltasar Garzón se discute es la índole de la guerra civil que partió en dos a España, la índole de la dictadura que surgió de ella y gobernó la península durante 40 años, y la índole de la transición ideada para salir de ella sin condenarla y tendiendo un gran manto de olvido sobre todo ese largo siglo y esas ciento cincuenta mil muertes, cuyos cadáveres siguen hoy desparramados por cunetas y hondonadas. Todo el “caso Garzón” podría resumirse en la pregunta de si los españoles de hoy están dispuestos a mirar de frente y a los ojos a su pasado, u optarán por pasar página, apostar al olvido y esperar que el bienestar europeo y las mieles del euro y del consumo terminen diluyendo en el imaginario colectivo las fosas comunes, las cunetas y las hondonadas donde se amontonan los huesos masacrados de miles, de cientos de miles de hombres y mujeres de una generación borrada.

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Las cuentas del juez

Baltasar Garzón hizo méritos para estar hoy en el centro de la picota. Desde temprano entendió que su carrera en la judicatura estaba llamada a tomar el toro por las astas, sin importar cuán ominoso fuera el peligro, los intereses políticos (propios y extraños) en juego, o las consecuencias para la alteración del statu quo judicial que conllevaran sus resoluciones.

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Ya a principios de los años noventa, se metió a investigar el tráfico de drogas que entraba a la península por las costas gallegas. Desde entonces data su enfrentamiento con un sistema de investigación judicial que consideraba débil, y que le ocasionó más de un tironeo, con colegas de la judicatura e inclusive con el presidente del gobierno, Felipe González. Nunca ocultó su preferencia por las ideas de izquierda ni su afiliación al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero no le tembló la mano para iniciar una exhaustiva investigación sobre los grupos ilegales de represión a la insurgencia de ETA, los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), afines al gobierno de Felipe. Los llevó a los tribunales y enjuició con ellos a la “guerra sucia” contra el terrorismo vasco. El juicio a los GAL llevó a que el PSOE perdiera las elecciones de 1996; Garzón era por entonces un ídolo de la derecha del Partido Popular, que llegó inclusive a mocionarlo para el premio Nobel.

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Hacia fines de los ’90 se concentró en los aparatos políticos que respondían, en el País Vasco, a la banda separatista de la Euskadi Ta Askatasuna (ETA), y llevó a la cárcel a más de 1.000 etarras y pro-etarras. Siguió sumando enemigos, y aplausos de la derecha nacionalista. Para la primera década del siglo XXI, interpretando desde su sillón de la Audiencia Nacional española la jurisdicción universal en delitos de genocidio, ordenó el arresto del general Augusto Pinochet, que se encontraba en ese momento en Gran Bretaña. La justicia inglesa finalmente decidió no extraditar a Pinochet, que terminó volviendo a Chile tras un período de arresto domiciliario en Londres, donde era asiduamente visitado por Margaret Thatcher. Pinochet logró esquivar el banquillo del juzgado de Garzón, pero desde esa orden del juez, los dictadores del mundo lo piensan dos veces antes de abandonar la protección de la soberanía de sus sufridos países.

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Con el mismo criterio, Garzón abrió juicio a los personeros de la dictadura argentina, y logró que algunos de sus cómplices y verdugos, que habían recalado en España tras el retorno a la democracia, fuesen apresados y juzgados (como fue el caso del ex funcionario del Proceso Adolfo Scilingo, que en 2005 fue sentenciado en Madrid a 640 años de cárcel).

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Pero en casa no

Con el curso de estas últimas investigaciones, la derecha española ya no estaba tan a gusto con el juez “estrella”. Pero, en todo caso, esas cuestiones de la jurisdicción universal y los delitos de genocidio pegaban fuera de las fronteras de España, en las remotas y subdesarrolladas pampas australes. Pero Baltasar Garzón decidió ser consecuente en sus disposiciones judiciales, y abrió la causa contra el franquismo y la guerra civil española, por genocidio. En definitiva, durante los cuarenta años de la dictadura comandada por el general Francisco Franco desaparecieron 113.000 personas, y se fusiló a otras 55.000, un número cinco veces más alto que la suma de los asesinados por las dictaduras chilena y argentina juntas. Y a diferencia de aquellas lejanas pampas sudamericanas, en España no hay un sólo responsable enjuiciado ni condenado.

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En 2008, con documentos provenientes de las parroquias rurales y de los archivos municipales, Garzón comenzó a confeccionar un censo de fusilados en masa y enterrados en las hondonadas comunes, a partir del golpe de Estado del general Franco y el derrocamiento de la República. A pesar de las leyes de amnistía decretadas durante la transición, el juez decidió declararse competente, y comenzó a ordenar la apertura de fosas. Para la derecha española fue demasiado; que lo hiciera con los de fuera, vaya y pase, pero en casa no. Como si esto fuera poco, Garzón abrió una investigación sobre la financiación ilegal al Partido Popular, la denominada “red Gürtel”, con innumerables cargos políticos implicados, desde presidentes autonómicos a senadores nacionales. Fue la gota que desbordó el vaso, y comenzó la operación derribo

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Una justicia feudal

Nadie, ni la prensa, ni los más eminentes juristas del mundo, ni las asociaciones de la sociedad civil, ni los ciudadanos de a pie pueden comprender cómo esos mismos tribunales que admitieron la jurisdicción universal y dieron señales de un nuevo tiempo en la persecución de delitos de lesa humanidad, ahora consientan en sentar en el banquillo de los acusados al juez que mejor y más claramente simboliza esa nueva dimensión de la justicia.

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La máxima instancia judicial española ha admitido a trámite tres causas contra Garzón. Una sobre la “red Gürtel”, precisamente. Otra sobre unos honorarios que habría percibido por dar clases en Estados Unidos. Pero la que de verdad cuenta es su investigación sobre el genocidio franquista. El novelista Javier Marías (autor de una obra monumental sobre la guerra civil, e hijo de uno de los mayores pensadores del siglo XX), en un artículo del domingo 2 de mayo sostiene que el hecho de que sea hoy Garzón el acusado, muestra cómo en España nunca se condenó al franquismo, y cómo el pensamiento ultraconservador enquistado en organizaciones como los tribunales de justicia –que constituyen un claustro cerrado- no permitirán que una condena de esas características prospere.

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Al juez lo acusan las asociaciones de abogados conservadores y una agrupación de ultraderecha llamada “Falange Española”, como se denominaba el movimiento fascista que sostuvo la dictadura de Franco. Y lo acusan de prevaricar, o sea, de dictar sentencias sabiendo que lo hace contrariando las leyes (no podría haberse abocado a investigar el franquismo, dicen, cuando la ley de amnistía de 1977 había cerrado esa vía). No es tan grave quién lo acuse, lo insólito es que el Tribunal Supremo admita las acusaciones y acepte juzgarlo.

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Pero todos saben –jueces, abogados, políticos, analistas, ciudadanos- todos sabemos que lo que se juzga en Garzón es otra cosa. “Una buena porción de España continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo”, concluye Marías. A más de 70 años de aquella brecha que partió a un pueblo por la mitad, los españoles deben elegir si enfrentan su pasado mediante una reparación ética a las víctimas, o permiten que con argucias burocráticas y consensos leguleyos, ajustándole las cuentas al juez Garzón se les escamotee ese derecho.

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En todo caso la vida –y la memoria es parte de la vida- siempre se abre paso. Esperemos.

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nelson.specchia@gmail.com

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Honduras en punto muerto (22 10 09)

HONDURAS EN PUNTO MUERTO

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por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping, jueves 22 de octubre de 2009

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Nelson G. Specchia - Zelaya - cartel

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Buen día, Daniel.

Hemos estado las últimas semanas recorriendo, desde esta tribuna de análisis internacional, distintas y distantes latitudes, donde la realidad mundial de repente saca a la superficie una punta de iceberg, una muestra –a veces violenta, a veces sorpresivamente feliz, siempre frágil y fugaz para los titulares de los diarios y de los periódicos del mundo-, una pequeña muestra, digo, de esas inmensas realidades enterradas que son las características culturales y sociales específicas de cada pueblo.

Y en este recorrido semanal de los jueves, no habíamos vuelto a poner los ojos en Honduras, en ese pequeño país hermano de centroamérica, de una importancia relativa tan marginal, tan asilada en el concierto internacional, y que se ha colocado en los últimos tiempos en el centro del candelero.

Recuerdo, hace algunos años, cuando estuve trabajando en Tegucigalpa, en Honduras, para unas misiones de consultoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, y en aquellos días uno de nuestros temas recurrentes, sobre los que volvíamos una y otra vez con los colegas, discurrían sobre las estrategias para colocar a Honduras, de alguna manera, en la atención de las agencias internacionales. Quién me iba a decir que algunos años más tarde los hondureños encontrarían la manera, lamentablemente tan costosa, de estar en el centro de las noticias.

Y ¿cómo analizar este momento, este impasse hondureño que, como coinciden tantos analistas, tendrá efectos que no se limitarán a quedar encerrados dentro de las fronteras del pequeño país centroamericano, sino que de una manera o de otra impactarán en la marcha democrática del resto de la región?

Ayer, 21 de octubre, se cumplió un mes de la sorpresiva vuelta de “Mel” Zelaya y de su atrincheramiento en la embajada brasileña en Tegucigalpa. Dentro de un mes más, por su parte, están previstas las elecciones que supuestamente vendrían a destrabar el conflicto político, pero que toda la comunidad internacional ya ha advertido que no reconocerá si no está el presidente democrático sentado en su sitial al momento de realizarse el acto electoral.

El gobierno de facto de Roberto Micheletti, sacudido del statu quo en que había decidido esperar las elecciones, ha perdido la iniciativa política. A pesar de ello y de estar cada día más aislado internacionalmente, ha aceptado las formas del diálogo con los representantes de Zelaya. Pero sólo las formas, porque en las maratónicas reuniones entre ambas partes, que comenzaron el 7 de octubre, el gobierno de facto no se ha movido un ápice. Micheletti juega al gato y al ratón, mientras gana tiempo: aceptó derogar el estado de sitio que decretó cuando Zelaya volvió y lo tomó por sorpresa, pero aún no lo ha hecho; afirmó que castigaría al responsable militar de haber sacado al presidente constitucional en pijama y a punta de fusiles, pero el general Romeo Vásquez sigue siendo el comandante del Ejército; afirma que sus negociadores tienen plenos poderes para pactar con los de Zelaya, pero los desautoriza al final de cada reunión. Micheletti parece decidido a resistir, en soledad, hasta el 29 de noviembre y la instalación de un nuevo gobierno.

En este juego donde se muestran unas cartas pero las intenciones y los objetivos reales permanecen bien cubiertos y alejados de la mesa de negociaciones, hay que analizar dos elementos de fondo: la posibilidad cierta de una guerra civil, y la legalidad incierta de unas elecciones presidenciales.

En el primer caso, es evidente que un fracaso rotundo de la mesa de diálogo entre ambas partes podría conducir, sin demasiadas dilaciones, a que el conflicto político se asuma como un enfrentamiento civil violento, en las calles, con consecuencias desgarradoras. Y hay que evitar un derramamiento de sangre. Así como el liderazgo latinoamericano está poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya y su reinstalación en el poder, debe hacerse hincapié en evitar la posibilidad de revertir el golpe de Estado mediante la movilización violenta de los partidarios del presidente depuesto. En un movimiento en ese sentido, y dada la práctica ocupación militar del país, las mayores bajas estarán del lado del pueblo desarmado.

Por eso declaraciones como las de Daniel Ortega y Hugo Chávez, reunidos en la cumbre del ALBA en Cochabamba el 17 de octubre pasado, no aportan ninguna tranquilidad. Ortega anunció que la resistencia hondureña está buscando armas y campos de entrenamiento en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y Chávez apoyó esta tesis: “que nadie se sorprenda –dijo- si surge un movimiento armado en Honduras.” Estas posturas deben ser descalificadas, por insensatas y alarmistas.

En segundo término, creo que hay que considerar más a fondo el tema de la legalidad política de las elecciones del mes que viene. La comunidad internacional se niega a reconocer de plano el resultado de estas elecciones, si el presidente Zelaya no ha sido repuesto en su cargo con anterioridad. Esta es la postura más lógica desde la legitimidad constitucional y democrática, pero puede que sea también el punto de negociación, si –abandonando las posturas maximalistas- todos estuvieran dispuestos a ceder algo.

En estos días, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda recordaba que en los últimos tiempos todos los conflictos políticos que han encontrado una vía de salida democrática lo han hecho desde procesos electorales organizados por un gobierno de facto. Por definición, dice Castañeda, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. Y cita a la España posfranquista de 1977, la Argentina de 1983, el Chile de 1988, o la larga lista de países ex comunistas de Europa del Este, donde las elecciones que llevarían a las transiciones democráticas se organizaron gobernando los regímenes autoritarios salientes. Y este podría ser ahora el caso de Honduras.

Sería deseable, creo, que la comunidad internacional, y muy especialmente los líderes latinoamericanos, se avinieran a negociar un llamado a elecciones organizadas por el gobierno de facto pero fiscalizadas por veedores de la ONU, luego de las cuales el presidente Manuel Zelaya debería recuperar el ejercicio del Poder Ejecutivo, y traspasar el poder a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que ponga paños fríos y reconduzca el proceso político. De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.

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nelson.specchia@gmail.com

Voces de muerte en Honduras (24 09 09)

VOCES DE MUERTE EN HONDURAS

Por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping,  24 09 2009

Nelson G. Specchia - Zelaya en Honduras

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En días como estos, Daniel, necesitaríamos quizá más de una columna internacional para dar cuenta del mundo. Quizá porque las distancias entre política externa y política, así, sin adjetivos, se va haciendo cada vez más corta, más pequeña.

La gran cita internacional está en Nueva York, en la 64º Asamblea General de las Naciones Unidas, ese foro donde todos tienen un lugar y unos minutos de micrófono. También estuvo nuestra Presidenta, y usó de ellos. A pesar del extremo aislamiento internacional que vive la Argentina en estos días, Cristina Fernández logró ratificar los puntos más fuertes de la agenda externa del Gobierno: volvió sobre Malvinas, dejó sentada su protesta contra Irán por el tema de los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel, y se unió a la larga seguidilla de líderes latinoamericanos que han vuelto a condenar al gobierno golpista de Honduras y reclaman el cumplimiento del Acuerdo de San José, redactado en hace tres meses por el presidente costarricense Oscar Arias, y que implica la reubicación de Manuel Zelaya en el sillón presidencial.

Y esta, la Asamblea General de las Naciones Unidas hubiera sido el titular internacional de la semana, si el imprevisible Mel Zelaya no hubiera dado la sorpresa, cumpliendo su palabra, y volviendo a Tegucigalpa entre gallos y medianoche.

Con este golpe de mano, Zelaya ha atrapado para sí algunos reflectores del globo, en un momento propicio (con los líderes reunidos en la ONU), y quitándole la iniciativa al régimen golpista, que ya había apostado a que la relativamente larga ausencia de Zelaya era –día a día- un paso hacia la consolidación de un statu quo, y con ello llegar a las elecciones presidenciales de fines de noviembre.

Ahora, el golpe de mano de Zelaya no sólo le ha quitado la iniciativa, sino que, a raíz de los disturbios provocados por la presencia física del presidente legítimo en la capital hondureña, hasta la ONU ha quitado a sus observadores, lo que hará prácticamente inviable mantener la convocatoria a las elecciones generales.

Mientras tanto, una Honduras sellada a cal y canto, por tierra, mar y aire, tomado por la policía y el ejército, con los aeropuertos cerrados y cientos de controles en las fronteras terrestres, es prácticamente un país tomado, donde el toque de queda se renueva cada seis horas paralizando toda actividad, hasta los intercambios comerciales más elementales, y la posibilidad cierta de un baño de sangre crece a cada minuto.

Con la prolongación del toque de queda, Honduras presentaba un aspecto fantasmal, propio de una mala novela de realismo mágico, cerrada y a oscuras. En la Embajada de Brasil, sin luz eléctrica y sin agua corriente (cosa que también pasa, según denunció la presidenta, en la Embajada de Argentina) Zelaya resiste –hoy ya por tercer día consecutivo- con un grupo de allegados, y asediado tras los muros diplomáticos por un fuerte contingente militar. Además de vigilar estrechamente la embajada brasilera, el régimen de facto desplegó fuerzas militares en cada rincón de los accesos de entrada a la ciudad, en las avenidas y en los principales edificios gubernamentales. No quedó ni un cadete dentro de los cuarteles, todo el Ejército parece estar en las calles.

Con este panorama, sólo queda esperar un gesto de último momento, para que la mecha no se prenda. Los resultados de una confrontación, dada esta disposición de fuerzas, tendrían un costo humano terrible.

Junto a Cristina Fernández, un conjunto importante de líderes regionales abogaron en la ONU por la restitución de Manuel Zelaya. El primero de ellos fue Lula da Silva, que brinda asilo político a Zelaya, y que reafirma con ello su vocación de poder regional. Lula llegó a proyectar una sombra hacia adelante: “A menos de que exista voluntad política, vamos a presenciar otros golpes como este”, advirtió el brasilero. Y en esa línea siguieron Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, y –profundizándola en adjetivos, según su costumbre- el venezolano Hugo Chávez a su llegada a Nueva York.

De lo que se trata en esta hora, creemos, es de evitar el derramamiento de sangre. Así como los líderes latinoamericanos están poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya, y la legalidad de su reinstalación en el poder, deben, en este mismo momento, condenar y evitar por todos los medios que se revierta el golpe de Estado de Micheletti con la violencia civil de los partidarios del presidente depuesto, porque allí las muertes y las mayores bajas no estarán del lado del Ejército sino, precisamente, del lado del pueblo desarmado.

En Honduras no hay alternativa realista a la vuelta, por los canales que sean, a las negociaciones y a la mediación internacional. La coincidencia de posturas de los presidentes en la ONU podría dar ese marco. Micheletti debe dejar el gobierno, Zelaya debe recuperarlo, llamar a elecciones fiscalizadas por veedores de la ONU, no presentarse en ellas como candidato, y habilitar a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que vuelva a poner paños fríos y reconduzca el proceso político en el castigado país centroamericano.

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nelson.specchia@gmail.com

La noticia del día: Zelaya: “Patria, muerte o restitución” (22 09 09)

EL HERALDO – HONDURAS

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“Patria, muerte o restitución”, dice “Mel”

Su arribo fue intempestivo, supuestamente en horas de la madrugada. Sus simpatizantes se lanzaron a las calles en su apoyo. Zelaya se encuentra refugiado en la embajada de Brasil
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21.09.09 . Tegucigalpa.
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Nelson G. Specchia - Zelaya regresa a Honduras

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El ex presidente Manuel Zelaya afirmó ayer que regresó al país para “buscar el diálogo” para que “regrese la paz a Honduras”. El ex mandatario manifestó a la cadena CNN que está listo para someterse “a cualquier juicio de la historia o juicio que quieran con supuestas acusaciones”, no sin antes sostener que regresó “con la frente en alto”. Consideró que solo con el diálogo que lo restituya en el poder podrá dejar atrás “el mal recuerdo, nada más, en nuestra historia del golpe de estado”.

Por las múltiples violaciones a la Constitución de la República, Zelaya fue depuesto de su cargo el pasado 28 de junio. Quería perpetuarse en el poder con la conformación de una Asamblea Constituyente. Su puesto lo ocupó el presidente del Congreso Nacional Roberto Micheletti, por la falta de un vicepresidente.

Zelaya ingresó, según sus informaciones, en horas de la madrugada de ayer.

“Tuve que viajar por más de 15 horas… por diferentes tipos de transportes, diferentes regiones, viajando con obstáculos porque habían retenes policiales”, amplió sin precisar qué medios usó.

Confesó que recibió ayuda para lograr su propósito de entrar a territorio hondureño. “Tuve colaboración, que no puedo mencionarla porque temo que le puedan hacer un daño… en Honduras hay mucha persecución, hay mucho temor en nuestro país”, apuntó. Destacó el apoyo que ha recibido de la comunidad internacional, que ha presionado al gobierno de Micheletti para que restituya a Zelaya. Se le preguntó qué papel había jugado Estados Unidos en su regreso a Honduras, pero prefirió no referirse sobre quiénes le ayudaron a entrar al territorio.

Luego reiteró que su regreso responde “a una estrategia pacífica para buscar un arreglo de frente”. El mandatario permanece en la embajada que Brasil tiene acreditada en el país, hasta donde llegaron cientos de manifestantes a expresarle su apoyo, lo que obligó a cerrar las calles cercanas a esa oficina. Zelaya agradeció al presidente de Brasil, Ignacio Lula da Silva, por ofrecerle protección en su embajada acreditada en Honduras, desde donde “vamos a iniciar nuestras actividades”. Pidió a las Fuerzas Armadas que no intervengan en la crisis.

Un desafiante Zelaya

“A partir de ahora nadie nos vuelve a sacar de aquí, por eso nuestra posición es patria, restitución o muerte”, dijo un desafiante Zelaya ante sus seguidores subido en la terraza de la embajada de Brasil. Aunque dice que viene en son de diálogo y de paz, el depuesto presidente pidió a sus simpatizantes que levantaran las manos “los que quieren que se vaya la dictadura de Casa Presidencial”. Y luego dijo: Quiero decirles que estoy comprometido con el pueblo hondureño y que no voy a descansar ni un día, ni un minuto, hasta bajar a la dictadura del poder, que no les corresponde”.

Además expresó: No nos vamos de aquí, del bulevar Morazán, en estas calles hasta que caiga la dictadura. Fuera los tiranos. Fuera los tiranos. Voy a visitar a cada uno de los dirigentes y de los líderes que han mantenido la resistencia 86 días. Si ustedes quieren irse a vivir a mi casa, a Olancho, se van todos conmigo. No hay problema. Por eso yo tengo muchas manzanas de tierra en Olancho, así es que los que quieran irse a Olancho conmigo, aceiten su máquina y nos vamos”.

Manifestó que “espero que en las próximas horas podamos comunicarnos también con los miembros del régimen golpista… espero que el diálogo sea de frente, en mi propia tierra y en mi propio pueblo”.

Cuando el mediador Óscar Arias, presidente de Costa Rica, convocó a Zelaya y a Micheletti para que se encontraran por primera vez en San José. El ex presidente Zelaya aceptó, pero por instrucciones de Hugo Chávez, presidente de Venezuela, abandonó la capital tica porque alegó una trampa de Estados Unidos.

Zelaya amplió que también planea reunirse con “prominentes ciudadanos de Honduras”, que no identificó. Con estos diálogos espera que los planteamientos hechos por la comunidad internacional logren concretarse. Dijo que procederá a integrar comisiones de diálogo, con sus cercanos colaboradores. El presidente de Costa Rica, apoyado por Estados Unidos y otras naciones del mundo, propuso un plan denominado Acuerdo de San José que contiene 12 puntos, entre ellos la restitución de Zelaya y amnistía para sus funcionarios.

El ex canciller de la república y actual asesor de la Cancillería, Mario Fortín, es de la opinión que el Acuerdo de San José debe replantearse para darle de nuevo vigencia. Zelaya dijo que hoy llegaba al país el secretario de la OEA, José Insulza.

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nelson.specchia@gmail.com

Juan Goytisolo y la crítica hacedora (26 nov 08)

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JUAN GOYTISOLO Y LA CRÍTICA HACEDORA

Por Nelson Gustavo Specchia

Córdoba, 26 de noviembre de 2008

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Estos días, entre el bombardeo de titulares financieros, de derrumbes y de salvatajes in extremis, entre las urgencias de importación y las incertidumbres de fin de época, un ramalazo de felicidad reorienta el sentido de las cosas: Juan Goytisolo, el hereje pacífico, el crítico despiadado de las beaterías en las letras y en las poses hispánicas, el heterodoxo consecuente, ha recibido el Premio Nacional de las Letras Españolas el lunes 24 de noviembre.

A los 77 años, a la vuelta de los días, tras una treintena de obras –alguna ya clásica, varias indispensables, todas rabiosamente hermanadas con los perdedores de la tierra- le llega su primer reconocimiento institucional, el primer premio público, por el conjunto de esa obra que nunca se ha callado ante el poder y los poderosos. Muy por el contrario, que se ha puesto siempre en la vereda de enfrente, pero con una delicadeza en los modos y una hondura en el argumento que logra arrastrarte con él, colocarte a su lado, y adoptar –así sea por unos instantes- su perspectiva, mirar con sus ojos prestados. No se sale inocente de sus libros.

Los Goytisolo son en España casi una marca literaria. De los tres hermanos (José Agustín, Juan, y Luis), Juan, el del medio, fue siempre el más rebelde. Y tratándose de los Goytisolo, eso ya es mucho decir. Su primer libro es de 1954, Juegos de manos, con el que se abre también la Obra completa, en siete volúmenes, que Galaxia Gutemberg – Círculo de Lectores, de Barcelona, está preparando. Y este año, en septiembre, apareció El exiliado de aquí y allá. Entre ambas fechas, veinticinco títulos donde se alternan el relato en prosa, los libros de viajes, las memorias poetizadas –con las que se analiza, se presenta, se asume y se refunda constantemente-, y el ensayo crítico, ese instrumento de mordaz destrucción de las pacaterías sociales y, al mismo tiempo, de disección profunda, hasta el hueso, hasta donde duele.

Lo conocí en Barcelona, hacia finales de los noventa. Hacía poco (en 1996) que había fallecido su compañera, la escritora Monique Lange, y Goytisolo había dejado París –su casa de tantos años, desde aquellos míticos sesenta- para mudarse a Marruecos. Estaba cansado y triste, y dijo sentirse viejo. Un par de años después, cuando leí las crónicas de Paisajes de guerra: Sarajevo, Argelia, Palestina, Chechenia (2001) comprobé que conservaba intactas tanto la lucidez de la mirada, como la ironía desencantada e interrogante, siempre interpelando desde el lugar del más pobre, del que sufre, de las minorías, de los excluidos.

Juan Goytisolo ha sido un escritor valiente, tanto en lo personal como en la acción colectiva, social. La manera honesta y abierta con que habla de su homosexualidad en Coto vedado (1985), o de sus posiciones políticas e ideológicas (como En los reinos de Taifa, 1986), enlazan con su cosmovisión de la estructura cultural española.

Juan Goytisolo encuentra en la identificación histórica que el proyecto nacional español estableció con los sectores más ultramontanos del catolicismo peninsular la clave de bóveda, el sostén sobre el cual se han ido estructurando los diversos discursos antimodernos, desde el preciso momento en que la modernidad se abría al espacio intelectual europeo. Aquella expulsión de los moros y de los judíos con que España conforma su Estado nacional, permanece en el modo de concebir la polis, y así se rechaza la ilustración, se vuelve al absolutismo frente al liberalismo republicano, o se lanza una cruzada de medio siglo por la España “una, grande y libre” frente a la República “roja y atea”. En definitiva, un continuum de exclusión, de puertas adentro, parroquial y cerrado, expulsivo y miope.

Una construcción ideológica que repudia las diferencias, y que termina sacrificando a sus espíritus grandes –los Lorca, los Machado, los Hernández- para mantener la pureza, cada vez más forzada, del “ser nacional”. La isla (1961), la enorme Fin de fiesta (1962), Señas de identidad (1966), Disidencias (1977), o El lucernario, la pasión crítica de Manuel Azaña (2004), van dando cuenta, con una prosa afilada como sus ojos, de ese conjunto de intersecciones culturales.

En momentos como éstos, cuando la sociedad española en pleno vuelve a embarcarse en el debate de la “memoria histórica”, cuando los jueces ordenan la apertura de tumbas comunes en cunetas y acantilados, cuando la jerarquía eclesial de la península ha canonizado ya a 977 víctimas católicas de la guerra civil (y se apresta a presentar otros 500 procesos), la vuelta a Juan Goytisolo, la relectura de algunas estaciones de este largo monólogo crítico de más de medio siglo, profundo, hasta el hueso, hasta donde duele, se torna cada vez más urgente.

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(Publicado en el suplemento MAGAZINE, del diario Hoy Día Córdoba, el martes 2 de diciembre de 2008)

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