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Una nueva relación atómica mundial (09 04 10)

OBAMA Y MEDVEDEV ACUERDAN UNA NUEVA RELACIÓN ATÓMICA MUNDIAL

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El nuevo START se erige como certificado de defunción de la guerra fría

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En el simbólico entorno de la capital checa, los presidentes de Estados Unidos, Barack Obama, y Rusia, Dmitri Medvédev, firmaron ayer los documentos del nuevo acuerdo START (Tratado de Reducción de Armas Nucleares Estratégicas, por sus siglas en inglés), que supone el comienzo de un capítulo superador de la era nuclear.

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En Praga, donde se diera en plena guerra fría uno de los más importantes levantamientos contra la dominación soviética, y donde el presidente George W. Bush proponía instalar un sistema de misiles a escasos kilómetros de la frontera rusa –una iniciativa que amenazó con retrotraer la confrontación entre ambas potencias a los peligrosos tiempos de la disuasión nuclear-, ayer los líderes de ambos países manifestaron la decisión política conjunta de avanzar hacia la reducción drástica de la cantidad de bombas atómicas en el mundo.

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El acuerdo alcanzado reemplaza al vigente desde 1991, y asegura una reducción del 30 por ciento de los arsenales nucleares de ambos países de aquí al 2017. De las 2.200 cabezas nucleares hoy existentes, el nuevo pacto estipula un descenso a 1.500. La estrategia de Obama, más allá de la reducción del stock ruso (remanente aún, en gran parte, de los poblados arsenales de la época soviética), que desde una perspectiva realista no representa una amenaza real a la seguridad norteamericana, apunta a limitar, con esta medida, la circulación general de armamento atómico, que podría facilitar su alcance por parte de grupos extremistas, o fundamentalistas religiosos que han planteado abiertamente una yihad (guerra santa) al poder de Washington.

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Al acuerdo de Praga se llegó dos días después que el presidente Obama hiciera pública la nueva estrategia nuclear de su gobierno, que incluye la seguridad de no usar armas atómicas contra países que hayan renunciado a ellas. Aún así, en esa postura militar explicitada, el Pentágono se reserva la posibilidad de la utilización de armamento atómico contra potenciales enemigos donde se sospeche que existen armas de estas características; los analistas interpretaron que este mensaje iba dirigido principalmente a Irán y a Corea del Norte, que se resisten a abandonar sus planes de desarrollo nuclear.

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El presidente Barack Obama recibirá, con la puesta en vigencia del nuevo START, a las delegaciones de 47 países en Washington, en la Cumbre de Seguridad Nuclear, a partir del lunes de la semana que viene, y a la que asistirá la presidenta Cristina Fernández. La Cumbre de la capital norteamericana se convoca con el objetivo de aumentar la cooperación internacional para la seguridad global.

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nelson.specchia@gmail.com

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Humo en la colmena iraquí (12 03 10)

Humo en la colmena iraquí

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por Nelson Gustavo Specchia

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El domingo de la semana pasada, se realizaron en Irak las elecciones para renovar las cámaras del Poder Legislativo (y, en un sistema parlamentario, elegir también al futuro Poder Ejecutivo). Desde la invasión de 2003 por las tropas estadounidenses, con el apoyo de los ingleses y los españoles y sin el consentimiento de las Naciones Unidas, esta fue la tercera convocatoria a las urnas para los iraquíes, con la presencia de un ejército ocupante en su suelo.

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Sin embargo, los objetivos políticos que empujaron a aquella aventura bélica están lejos de cumplirse. Ni el derrocamiento de la dictadura de Saddam Hussein, ni la presencia militar norteamericana, ni el proceso de “desbaasificación”, ni el soporte tutelar a los políticos chiítas del actual gobierno de Nuri al Maliki, han llevado a implantar un andamiaje en que se sustente un sistema democrático sólido. Frente a ello, las tensiones étnicas, religiosas, culturales y sociales presentes en el damero del país más dividido de Medio Oriente se mantienen.

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Y las elecciones del domingo, sin ningún vencedor claro (y sí con varios derrotados evidentes, comenzando por la potencia ocupante) se presentan como una bocanada de humo que sólo momentáneamente parece haber aplacado al avispero político iraquí. La gran pregunta, entonces, es qué pasará una vez que el humo se haya disipado, y las tensiones vuelvan a ocupar el centro de la colmena.

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En la tristemente famosa Cumbre de las Azores, George W. Bush se reunión con el premier laborista británico Tony Blair, y con el presidente conservador del gobierno español, José María Aznar, y decidieron la invasión a Irak, para “desactivar la amenaza nuclear de armas de destrucción masiva” que supuestamente la dictadura de Saddam Hussein, con el apoyo de las minorías sunnitas nucleadas en el Partido Baas, había construido y apuntado hacia Occidente. En aquella reunión, los tres líderes, contra todo consejo de organismos técnicos especializados –en el sentido de que no había armas atómicas en Bagdad- y a espaldas de la comunidad internacional, decidieron lanzar la acción militar que, anunciaron, sería rápida, eficaz, y de corta duración. Siguiendo este librero, las tropas entraron en Irak el 20 de marzo de 2003 y dos meses después, el 1 de mayo de ese año, a bordo del portaaviones Abraham Lincoln, un sonriente George W. Bush, con chaqueta de soldado, anunció: “misión cumplida”. Pero nada había terminado. Por el contrario, comenzaba el fango de cómo salir de allí sin dejar un caos a su espalda. El gobierno norteamericano aun chapotea en ese barro.

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Democracia forzada

Concluyeron que sin un sistema democrático medianamente estable, abandonar Irak a las fuerzas y a las tensiones étnicas y religiosas sería una catástrofe política y humanitaria. Entonces comenzaron a trazar alianzas con los viejos enemigos internos de Saddam, los colectivos árabes musulmanes de confesión chiíta, y las tribus kurdas (mayoritariamente chiítas también) de los territorios del norte. Con estos sectores se negoció una Constitución, que prevé espacios fijos en la integración del Parlamento para cada sector religioso, que se aprobó en 2005. Los grandes perdedores de este proceso fueron los sunnitas, y en un acto de justicia que se pareció demasiado a una revancha tribal, Saddam fue colgado de una soga, en una imagen que recorrió todo el mundo, en diciembre de 2006.

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Los resultados políticos de esta negociación fueron múltiples y complejos, pero vale rescatar dos de ellos: los sunnitas a los que se relegó en el proceso, tienen lazos muy fuertes con todos los países árabes de Oriente, muy especialmente con la principal potencia económica del golfo, la monarquía familiar de ese desierto inmenso asentado sobre lagos de petróleo que es Arabia Saudita. Por otro lado, son también sunnitas los apoyos de la red Al Qaeda. El segundo resultado, a nivel regional, es que al otorgar el gobierno a los chiítas, se potenció la comunicación con el otro Estado gobernado por esa interpretación del mahometanismo: la República Islámica de Irán. Y su presidente, Mahmmoud Ahmadinejad sí tiene –a diferencia de Saddam- posibilidades ciertas de hacerse con la bomba atómica.

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Al haber quedado fuera de los repartos de la torta del poder, los sunnitas más radicales, con obvias conexiones con Al Qaeda, vienen sembrando el terror en el escenario urbano iraquí en los últimos siete años, con atentados muy violentos y espectaculares, cometidos por suicidas. En las elecciones pasadas, en 2005, los atentados fueron funcionales al boicot al proceso electoral y a la deslegitimación del gobierno de los partidos chiítas. Y uno de los mayores temores era que el domingo pasado se repitiera esa estrategia, y Al Qaeda hiciera volar por los aires los centros de votación con los votantes adentro. Afortunadamente el baño de sangre no ha ocurrido, aunque eso no signifique que la hipótesis del estallido de una guerra civil abierta haya sido conjurado.

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Elecciones y gobernabilidad

En lugar de hacer estallar las elecciones, los sunnitas esta vez decidieron participar de ellas. Podría haber sido una buena noticia, si no fuese porque con su participación el panorama político se complejiza aun más, si cabe. Y realmente pone en duda las posibilidades de gobernabilidad, en el momento en que Barack Obama decide finalmente retirar a sus soldados y dejar a Irak librado a su suerte.

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De la votación del domingo no habrá resultados confiables hasta fines de este mes. El primer ministro Nuri al Maliki afirma que su coalición de chiítas confesionales ha triunfado en 9 de las 18 provincias iraquíes. En la integración del Parlamento de 325 escaños, 119 se han reservado para las zonas chiítas y 70 a las sunnitas (con 15 sillas para las otras minorías religiosas). Pero los sectores chiítas no confesionales, que lidera el ex primer ministro Iyad Allawi, posiblemente hayan logrado emparejar muy cercanamente los resultados del sector de Al Maliki, lo que dejaría un Parlamento empantanado en dos bloques numéricamente iguales, o casi: los 40 partidos nucleados en la alianza “Estado de Derecho” que apoya a Al Maliki, asociados al Consejo Supremo Islámico, por un lado, y por el otro el arco de agrupaciones que obedecen a Iyad Allawi. Este empate técnico haría muy difícil la constitución de un nuevo gobierno, y aún más difícil asegurar una mínima gobernabilidad interna.

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Si el domingo electoral apenas ha echado una bocanada de humo, y lo que viene es la retirada del ejército norteamericano y el recrudecimiento de las tensiones interétnicas y religiosas que hacen prever aumentos en los grados de violencia política, a siete años de la invasión y de la guerra de Irak, ¿quién ha ganado?

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A nivel interno, es difícil saberlo. Pero a nivel regional, los estrechos lazos entre los sectores que coparán el Parlamento iraquí y los grupos religiosos y militares que dominan el escenario político en la República Islámica de Irán, me hacen pensar que es en Teherán –y no en Washington- donde están festejando el resultado de las elecciones iraquíes.

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Irak celebra nuevas elecciones (03 03 10)

IRAK CELEBRA NUEVAS ELECCIONES EN UN MARCO DE VIOLENCIA ÉTNICA

Poca democracia siete años después de la invasión norteamericana

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Un Irak devastado tras la guerra de 2003, concurrirá el próximo domingo a las urnas para renovar el parlamento. La política interna sigue siendo muy frágil, desde que el presidente George W. Bush ordenara la invasión del país con el argumento de que el régimen de Saddam Hussein poseía armas nucleares, que pondrían en riesgo la estabilidad geopolítica de la región.

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Con el sólo apoyo del premier británico, Tony Blair, y del entonces presidente del gobierno español, el conservador José María Aznar, la incursión bélica norteamericana desestructuró los equilibrios internos iraquíes, que había logrado contener el régimen del Partido Baas de Saddam. Tras la desaparición del baasismo, con la redacción de una nueva Constitución en 2005, los EE.UU. intentaron implantar un sistema democrático forzado, manteniendo una parte sustancial del territorio ocupado por sus tropas; inclusive tuvieron que aumentar el número de “marines” en el territorio iraquí en 2006. El experimento sigue mostrando muchos flancos débiles.

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El régimen del primer ministro Nuri al Maliki ha conseguido mantenerse en el poder merced al apoyo material y militar norteamericano, a pesar de los múltiples intentos desestabilizadores de las diversas facciones religiosas y étnicas que componen el mosaico iraquí. En este contexto, se han realizado dos elecciones parlamentarias, en diciembre de 2005 y en enero de 2009, aunque analistas políticos especialistas en la conflictiva región consideran que “la democracia sigue sin calar.”

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Las elecciones del domingo que viene también se desarrollarán en un clima de tensión, debido a la retirada de algunos partidos políticos que han acusado al régimen de Al Maliki de falta de garantías y transparencia, como por la amenaza de nuevos ataques terroristas sectarios en los centros electorales, como los que afectaron ayer a varias dependencias gubernamentales cerca de Bagdad.

VIOLENCIA SUNÍ

Siete años después de que las tropas norteamericanas derrocaran a Saddam Hussein, la violencia entre facciones sigue causando estragos civiles. Ayer, en Diyala, cerca de Bagdad, tres atentados suicidas causaron al menos 33 muertos. A cuatro días de las elecciones, la insurgencia suní atacó dos comisarías con vehículos cargados de explosivos. Otro terrorista se inmoló haciendo explotar un cinturón atado a su cuerpo, en el hospital adonde eran trasladados los heridos de las comisarías. La insurgencia suní apunta a la desestabilización del frágil gobierno del primer ministro Nuri al Maliki, que integra a las diferentes facciones y etnias iraquíes bajo la tutela norteamericana.

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Una brújula para mister Obama (05 02 10)

Una brújula para mister Obama

por Nelson-Gustavo Specchia

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[ HOY DÍA CÓRDOBA, 05 / 02 / 2010 ]

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En los tramos finales de la última campaña presidencial norteamericana, en las usinas estratégicas republicanas se insistía machaconamente en un punto: la supuesta debilidad del candidato demócrata, Barack Obama, para ocupar la primera magistratura de los Estados Unidos, dada su relativa falta de experiencia en cargos ejecutivos, su juventud, y el hecho de que nadie pudiera estar seguro de cómo podría reaccionar frente a situaciones adversas en el ejercicio del poder. Estas características reafirmaban por contraste la personalidad del candidato republicano, ya que el senador John McCain era un auténtico veterano de la política –y de las armas-, con cargos legislativos y ejecutivos ejercidos en diversas legislaturas y en diferentes circunstancias internacionales, a la par de su legajo de honor como héroe de guerra desde Vietnam.

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La estrategia, sin embargo, no hizo mella en el ascenso apabullante del joven candidato demócrata, y el atractivo discurso sobre las grandes transformaciones en la política interior, el reposicionamiento de los Estados Unidos como un interlocutor multilateral en el concierto internacional, y la fuerza del mensaje de reencantamiento de la política que se expresaba sucintamente en el eslogan “Yes, we can”, terminó imponiéndose. Sin embargo, en estas últimas semanas son muchos los que han vuelto a recordar aquella estrategia machacona de la campaña, porque el Presidente –sea por su falta de experiencia, su juventud, o las inéditas circunstancias que le han tocado campear- parece haber perdido el norte: su imagen se difumina a pasos acelerados en la aceptación popular; sus estrategias de cambios estructurales no logran, a pesar de las mayorías legislativas que mantiene, los consensos necesarios para llegar a buen puerto; sus socios internacionales miran azorados los desplantes a que los somete luego de haberles prometido una nueva relación menos unilateral; y una derrota electoral –simbólica, pero objetivamente menor- como la de Massachusetts, ha significado un shock para el primer mandatario, llevándolo de golpe a asumir posturas y discursos de neto corte populista, para atraerse con ellos nuevamente la voluntad de las grandes mayorías. Pero, sin una brújula confiable, la ruta del encanto político, ese del que Obama hacía gala hace apenas un año, sigue sin aparecer.

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Porque aunque haya pasado tanta agua debajo del puente, el Presidente acaba de terminar su primer cuarto de período, un año apenas, cumplido a fines de enero. Al hacer su primer informe de gestión al Congreso, en el discurso del Estado de la Unión –uno de los momentos más altos de la liturgia institucional norteamericana-, Obama intentó mantener el tipo, la voz firme, el gesto de confianza en sí mismo, la oratoria fluida. No le esquivó a los temas complejos ni a los puntos de conflicto. Criticó fallos de la Corte Suprema, mirando hacia el estado mayor de las fuerzas armadas, sentado en la primera fila, dijo que había prohibido la tortura y que finalizaría una guerra. A la oposición, la fustigó a pensar en la Nación por encima de las diferencias, y a sacar las leyes que ésta necesita. Y como un padre comprensivo pero al mismo tiempo inflexible, con el dedo índice admonitorio les dijo que si los proyectos esenciales que llegaran a su escritorio no eran los que la Unión necesita, no le temblaría el pulso para ejercer su derecho de veto. Arrancó aplausos de pie en múltiples ocasiones. Toda la escenografía estaba instalada para inspirar confianza y seguridad. Sin embargo, la duda se colaba por los contornos. En realidad no hay prácticamente ningún resultado concreto para mostrar tras un año de gobierno, los grandes proyectos de transformación política se han abandonado, las metas más ambicionas se han edulcorado en todos los órdenes, y los socios internacionales ven cómo –sin previo aviso- el jefe de la Casa Blanca se baja de los grandes compromisos globales y vuelve a privilegiar la política doméstica: la desocupación, las hipotecas, las becas para estudios, las jubilaciones. Y todo ello mirando a las elecciones legislativas de noviembre próximo.

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América latina quizá fue la primera región en acusar el golpe de que las prioridades de la Administración demócrata no iban a significar un cambio radical respecto del trato recibido por el departamento de Estado bajo George W. Bush. En Trinidad y Tobago, en abril del año pasado, cuando los líderes sudamericanos se vieron por primera vez en grupo con el presidente norteamericano, éste les prometió un nuevo pacto de asociación hemisférica, pero luego no hubo ninguna medida de política internacional concreta que ratificara esas palabras. Luego, en junio, cuando los cancilleres de la OEA se reunieron en San Pedro Sula (Honduras), y realizaron un tímido guiño hacia la reincorporación de Cuba, Hillary Clinton transmitió la voz de Obama: los tiempos todavía no estaban maduros para eso. Y en agosto de 2009, cuando Felipe Calderón recibió a Barack Obama –junto al premier canadiense Stephen Harper- en Guadalajara, en la cumbre del NAFTA, ni siquiera pudo obtener los cien millones de dólares para combatir el narcotráfico que el norteamericano le había prometido. Y encima Harper le comunicó que reinstalaban el sistema de visas para mexicanos en Canadá. Las ilusiones latinoamericanas de un nuevo trato se esfumaron en menos de un año.

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Y esta semana le tocó a Europa: Obama ha cancelado su asistencia a la cumbre EE.UU.-Unión Europea, planificada para el próximo mayo, en Madrid. Ya varios analistas venían adelantando que el líder norteamericano estaba relegando en su agenda la relación con el viejo continente, pero nadie se esperaba esta cachetada que golpea, con especial fuerza, en la cara del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al estar estrenando España la presidencia rotatoria de la Unión. Un cambio de política que desplaza de los interlocutores del departamento de Estado a la organización continental con la que tenía una relación privilegiada, hasta este momento, en el marco de la OTAN.

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Los europeos se han lanzado a hacer autocríticas: no es funcional que haya tantas voces, dicen. Obama no sabe bien con quién hablar en Europa: si con Rodríguez Zapatero, o con Von Rumpuy, o con Duráo Barroso, o con Lady Ashton. Hay disfunciones internas en la Unión Europea, dicen. Hay redundancias y hay excesos, y muchas veces –como la anterior cumbre, en Praga- estas reuniones no conducen a ningún resultado concreto.

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Puede ser. Pero, a mi criterio, las razones del desplante (ningún presidente norteamericano ha dejado de asistir a una de estas cumbres en los últimos 17 años) no hay que buscarlas tanto en los socios externos, sean del subdesarrollado sur latinoamericano o de los ricos aliados del norte, sino en las vueltas y los giros de la aguja que apunta el rumbo de la Administración Obama.

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Qué deseable sería que el Presidente recupere la brújula, aquella por la que medio mundo saludó sus primeros pasos.

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nelson.specchia@gmail.com

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Guerra sucia en la culta Francia (03 02 10)

Guerra sucia en la culta Francia

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por Nelson-Gustavo Specchia

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[ HOY DÍA CÓRDOBA, 03 / 02 / 2010 ]

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La semana pasada terminó en París un juicio que había comenzado con el otoño boreal, el 21 de septiembre de 2009. El fallo del juicio constituye un revés para el Presidente, y posiblemente termine reordenando los escenarios de futuro en la política francesa.

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En el juicio –conocido popularmente como caso Clearstream- Nicolás Sarkozy, había logrado sentar en el banquillo de los acusados a su viejo colega y archienemigo político, el ex primer ministro Dominique de Villepin. Estos hombres, como un Jano bifronte, encarnan las dos caras de la derecha francesa. El mismo proyecto ideológico tiene, en ellos, dos versiones prácticamente antitéticas: El alto y elegante diplomático frente al retacón acomplejado hecho a sí mismo, el mafioso y el poeta, el profesor y el anti-intelectual, el hijo de una antigua casta aristocrática y el hijo de un inmigrante húngaro y una judía sefaradita conversa, el catador de vinos de Burdeos y el tomador de coca-cola, el amigo de los norteamericanos y el primer ministro que se opuso a la invasión a Irak, la cultura de la grandeur y el pragmatismo del nuevo rico.

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El antagonismo entre las dos principales caras del actual partido en el gobierno del Elíseo viene de lejos, desde 2004, cuando ambos compartían puestos en el gabinete ministerial de Jacques Chirac, y ambicionaban sucederlo en ese trono imperial que es la Presidencia de la República Francesa. Por aquel entonces, el ministro del interior Sarkozy trataba de “racaille” (algo así como “chusma”, “negros de porquería”, o algo peor) a los inmigrantes subsaharianos que pueblan los cordones suburbanos de la banlieu parisina, y promovía “expulsiones selectivas de irregulares”. Por su parte, el profesor De Villepin, el culto habitante de los dorados barrocos del Quai d’Orsay, la cancillería parisina, daba cuentas en la tribuna de la ONU de la independencia y oposición de Francia -y, con ella, de la mayoría de los Estados europeos- a la aventura militar de George W. Bush en Irak, que empujó a su secretario de defensa, Donald Rumsfeld, a acuñar aquella denominación despectiva de “vieja Europa”.

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En el medio de esta puja, Sarkozy le ganó a Villepin la candidatura presidencial, y decidió enterrarlo para siempre. La herramienta que encontró a mano fue el caso Clearstream. El juicio se centraba en la falsificación, en 2004, de un listado de prominentes nombres de la economía y la política francesa que habrían ingresado dinero en una cuenta bancaria luxemburguesa reconocida como un blanqueadero de fondos turbios.

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Todo había comenzado –muy novelescamente, por cierto- con un becario del banco, Florian Burges, aficionado al género policial, que en el transcurso de una pasantía en Clearstream grabó un listado de cuentas opacas y se las robó en un diskette, convencido de que contenían claves para descubrir lavados de dinero. La nómina llegó, por medio de un mensaje anónimo, a los juzgados de Paris. Y en ese listado aparecía el nombre de Sarkozy. Pero a poco andar, el juez descubrió que su inclusión era fraudulenta. El entonces ministro prometió, con la procacidad del lenguaje mafioso que le es habitual, “colgar de un gancho de carnicero” a quienes habían querido borrarlo de la carrera hacia la Presidencia, y –tras ganar las elecciones de 2007- una vez que estuvo sentado en ella, con inmunidad y con mando sobre las instancias judiciales, apuntó hacia Villepin (Jacques Chirac, de quien sospechaba que había partido la autoría intelectual de la movida, por su investidura estaba fuera de su alcance).

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Desde septiembre del año pasado el juicio, que se desarrollaba en la misma sala donde se sentenció a María Antonieta a la guillotina, polarizó la política francesa, que entendía claramente que los resultados irían más allá de un mero trámite judicial, y terminarían impactando en el futuro nacional. Además de la fiscalía, Nicolás Sarkozy se personó como parte querellante en el juicio, y lo siguió diariamente, con una reunión al final de la tarde con su abogado, en el palacio del Elíseo. En ningún momento tuvo dudas de que la estrategia enterraría para siempre a su antiguo adversario. Pero perdió, y ahora todo se ha dado vuelta en las máximas instancias de la política francesa.

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Una ducha de agua fría acaba de caer sobre ese peleador feroz que es Nicolás Sarkozy: Luego de tan mediatizado juicio, y sabiendo lo que se jugaba realmente en él, el Tribunal leyó durante dos largas horas, el pasado 28 de enero, su sentencia. Y ésta exculpa en todo y en parte al ex primer ministro. Ganó Villepin, y ganó por mucho.

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Al enterarse de que el fiscal apelaría la sentencia, Dominique de Villepin, que en todo momento se ha mostrado como un auténtico hombre de Estado, dijo que Sarkozy “ha decidido perseverar en el ensañamiento y en el odio”, pero sabe que, en realidad, el ensañamiento del Presidente lo ha vuelto a poner en el centro de la atención política: Un sondeo hecho apenas terminado el juicio, afirma que Villepin cuenta con un 8 por ciento de adhesiones de cara a las elecciones presidenciales de 2012. Y esto recién comienza. La misma moneda, pero con dos caras tan diferentes, lanzada al aire.

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nelson.specchia@gmail.com

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El G-8, el hambre y los ricos

El G-8, el hambre y los ricos

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por Nelson Gustavo Specchia

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g8

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Los rituales de las cumbres de los líderes más ricos del mundo suelen generar dosis crecientes de escepticismo. ¿Qué pensar, cuando los focos de atención apuntan a la tortícolis del primer ministro italiano, y las expectativas se centran en si los periodistas seguirán haciéndole pasar malos ratos con preguntas sobre las fiestas en su residencia veraniega, con prostitutas y menores de edad involucradas?

Por otra parte, la sucesión de estas reuniones de los grandes líderes del mundo desarrollado minan su propia credibilidad, con la distancia creciente que van estableciendo entre la espectacularidad de las promesas, anunciadas en grandes titulares periodísticos con las inevitables “fotos de familia” donde los jefes del mundo se alinean sonrientes, y el posterior cumplimiento –reticente y avaro- de los contenidos de esas promesas. La imperiosa urgencia de aumentar los montos de la cooperación internacional al desarrollo, especialmente hacia los integrantes de ese “cuarto mundo” que engloba a los Estados africanos, es un punto recurrente en la agenda de las cumbres de los ricos, y también es uno de los puntos que más decepciones acumula: en la cumbre de Escocia, en 2005, anunciaron su compromiso de aumentar a 21.500 millones de dólares anuales la ayuda destinada a África, pero para el año pasado habían depositado apenas la tercera parte de ese monto. Y la propia FAO, la agencia alimentaria de la ONU, afirma que se ha girado apenas una cuarta parte de los casi 7.000 millones de dólares prometidos con bombos y platillos en la última cumbre del G-8, en Toyako, Japón.

Por eso cuando el club de los países más ricos del mundo anunció la semana pasada en L’Aquila, en la castigada región italiana que vivió hace apenas tres meses unos movimientos sísmicos que alteraron toda su fisonomía, unos resultados más bien modestos, a mí me llamó la atención. Me pregunté, a renglón seguido, si eso no significaría, desde el vamos, una buena noticia. Y el compromiso –prácticamente a título personal- del presidente de los Estados Unidos en los principales capítulos de las conclusiones de la cumbre, me pareció la segunda buena noticia. De alguna manera, estos dos elementos vienen a modificar el derrotero de estas reuniones, tal como se han presentado en los últimos años.

El compromiso frente al hambre, denominado “Iniciativa de L’Aquila para la Seguridad Alimentaria”, alcanzará los 20.000 millones de dólares, pero a las discusiones sobre su destino fueron invitadas también algunas economías emergentes, como Brasil y China, otros países europeos que no pertenecen al exclusivo círculo del G-8, e inclusive representantes de ocho Estados africanos. Según los cálculos de las Naciones Unidos, la actual crisis global aumentará este año la población con hambre en 100 millones de hombres y mujeres, con lo que se rozará la escandalosa cifra de mil millones de hambrientos, una sexta parte de la humanidad.

Por eso es de remarcar que más allá del asistencialismo coyuntural de todo ese dinero, la reunión de L’Aquila puso sobre la mesa los elementos estructurales del problema: la protección de los países desarrollados (especialmente la Unión Europea y los Estados Unidos) frente a las importaciones agrícolas proveniente de países pobres, las necesarias inversiones internacionales en tecnología y seguridad de los alimentos, el acceso al agua potable y de riego. Sin enfrentar estos ítems, el hambre no hará sino crecer.

El otro capítulo, donde se vuelve a ver la mano y la intención personal del presidente Barack Obama, tiene que ver con los largos plazos y con el futuro del planeta. Para que la diferencia con su antecesor, George W. Bush, se siga marcando, el líder norteamericano logró arrastrar a sus colegas a un compromiso fuerte: una reducción del 80 por ciento de los gases de efecto invernadero antes de 2050 (con una exigencia menor, del 50 por ciento, en los países en vías de desarrollo). No es suficiente, por supuesto, como lo recalcó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon; pero si lo comparamos con la actitud de la Administración Bush, que se negó taxativamente a firmar el Protocolo de Kioto o a comprometerse a cuantificar ningún tipo de disminución, limitándose a discutir si el cambio climático debía medirse en grados Centígrados o Farenheit, el salto es espectacular.

La seguridad nuclear fue el tercer tópico más destacado de la agenda. Tampoco aquí los anuncios fueron espectaculares, pero por eso mismo parecen cargados de racionalidad. Los líderes de los países ricos ven con preocupación el crecimiento díscolo de programas como el de Corea del Norte, o el de la cada vez más autocrática República Islámica de Irán. Pero Obama ha logrado evitar condenas taxativas, y sigue imponiendo esa vía dialogal y negociadora con que ha hecho frente al tema. El año que viene, en 2010, habrá que revisar el Tratado de No Proliferación Nuclear, y posiblemente esta estrategia “blanda” termine dando sus resultados en ese marco.

Por todo ello, como decía al principio, quizá los magros y mesurados resultados de esta nueva cumbre de los ricos sean, precisamente por eso, una buena noticia. En un contexto crítico de alta complejidad, no necesitamos líderes teatrales ni anuncios tan espectaculares como vacíos a la larga. Metas más próximas y estrategias más prudentes, aunque no den para grandes titulares, pueden estar más en consonancia con las necesidades de la hora.

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(en LA VOZ DEL INTERIOR, lunes 20 de julio de 2009)

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