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Campaña de Benetton, provocativo y original llamado a la tolerancia

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Presentación del libro de Ramón J. Cárcano (16 09 11)

 Presentación del libro

“De los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos”

de Ramón J. Cárcano

por Nelson Gustavo Specchia

Feria del Libro de Córdoba, viernes 16 de septiembre de 2011

 
Buenas tardes.

Yo quisiera comenzar esta presentación del libro de don Ramón J. Cárcano, “De los hijos adulterinos, incestuosos y sacrílegos”, su tesis de doctorado en derecho en la Universidad de Córdoba, con una referencia a los editores, a la feliz coincidencia de que la recuperación de un trabajo académico como este, pionero en su momento en el trazado de líneas igualitarias en el tratamiento civil normativo hacia las personas, un trabajo académico, además, que no quedó atrapado en los silenciosos pasillos del claustro y limitado a los muros de las bibliotecas y de los gabinetes de investigación de los expertos y de los profesores de la disciplina, sino que salió a la calle, alcanzó a la gente y a sus concretas situaciones de vida, sirvió de fundamento para debates de fondo sobre las maneras de concebir y de plantear la convivencia social desde ese particular lugar hermenéutico, desde esa perspectiva interpretativa de la aceptación de las diferencias, de las radicales otredades, en la igualación normativa propia de un Estado republicano y democrático de derecho.

Feliz coincidencia, digo, que el rescate de un documento académico que en su momento tuvo proyecciones sociales tan concretas venga de la mano de una coedición entre las empresas editoras de dos universidades grandes de nuestra ciudad, la editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, y la editorial de la Universidad Católica de Córdoba, y que sea este su primer trabajo, su primer aventura conjunta, de la que, seguramente –y así lo esperamos- será una larga y fructífera avenida de colaboración entre ambas.

Cuando fundamos la Educc, la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, en 2002 (pronto cumplirá sus primeros diez años), desde ese primer momento nos imaginamos la posibilidad de plantear líneas de cooperación interuniversitaria. Poco tiempo después, cuando una nueva gestión en el rectorado de ambas Universidades habilitó un diálogo más frecuente, una mayor cercanía, aquel esbozo de proyecto comenzó a hacerse más palpable. Recuerdo que la señora rectora de la Universidad Nacional de Córdoba nos contó de los avances en su idea de recrear la editorial de la UNC. Si no me falla la memoria, estábamos en el aeropuerto, esperando la llegada de don Ricardo Lagos, el ex presidente chileno al que ambas Casas habían acordado, en este tiempo de mayor cercanía al que aludo, concederle los respectivos doctorados honoris causa. Me alegró mucho lo avanzado que la profesora Scotto tenía aquel proyecto, y le dije que, de la misma manera que estábamos concretando juntos un acto académico tan importante desde lo simbólico, como el doctorado a don Ricardo Lagos, yo tenía la esperanza de que en breve también pudiéramos publicar libros juntos. Y Carolina Scotto me dijo “no tendrás que esperar mucho, lo haremos más temprano que tarde”.

Entonces yo quiero hacer un reconocimiento a ese camino proyectado y que aquí comienza su andadura, mucho más temprano que tarde. La realización de esa idea común, de esa expectativa común, que con este trabajo –también tan simbólico desde su génesis académica, desde su perspectiva igualitaria y desde esa intervención social en el debate cordobés de su tiempo- se ve concretada. Por eso mis felicitaciones, en las personas de Diego Tatián, director de la editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, y Carla Slek, directora de la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, por este producto, indispensable para la recuperación de una porción sustantiva de la construcción de la memoria histórica de los procesos políticos locales, y al mismo tiempo un libro que viene a probar que la cooperación interuniversitaria entre nuestras instituciones sólo puede generar contribuciones de calidad, para el aprovechamiento de las respectivas comunidades académicas, pero no solamente, sino también para el entorno social y cultural donde ellas se ubican y al que responsablemente deben atender.

Del libro de Cárcano, con ese título que lo ubica tan claramente en su tiempo (aunque no lo ancla en él), la tesis doctoral defendida en 1884, quisiera remarcar el cuidado de la presentación de esta edición. No solamente es un libro necesario para nuestra contemporaneidad, como acabo de decir, sino que también es un libro bello. Y un libro muy bien armado, pensado –desde la edición- en lectores plurales.

El ensayo introductorio de la profesora Marcela B. González, de unas cuarenta páginas, logra en su brevedad contextualizar pormenorizadamente la situación política y social en la que se dio la lectura y defensa de la tesis de Cárcano, cuya dimensión simbólica –por aquella perspectiva que mencionaba antes desde la cual se presentan los argumentos del contenido- fue determinante para comprender las fuerzas que pugnaban y que resistían el proceso de modernización de las instituciones y de las instancias decisorias de aquella Córdoba de fines del siglo XIX.

El ensayo de Marcela González logra mostrar cómo este documento académico vino a contribuir con la definición de la contienda ideológica que el liberalismo, comprometido en ese momento con el proceso de modernización del Estado y de la vida política, chocaba con un “catolicismo reticente a ese proceso, amparado en la línea política adoptada por las máximas autoridades de la iglesia” a través del magisterio papal.

Aquella vieja y tan tradicional incidencia del clero en la determinación de las líneas directrices de la política cordobesa, una rémora cuasi colonial, que de pronto vio en los postulados argumentativos del jurista Cárcano sobre el tratamiento y las taxonomías civiles a los hijos, el frente donde había que batallar para frenar esas tendencias modernizadoras y mantener, al mismo tiempo, una situación de control y de privilegios que se asumían como derechos adquiridos.

No hay que aguzar demasiado la imaginación para tender líneas comparativas con algunos procesos que nos toca vivir en nuestros días, como el relativamente reciente debate en torno a la aprobación del matrimonio igualitario en el Congreso de la Nación, y las cartas y comunicaciones giradas a parte de la grey católica por los más altos dignatarios de la iglesia; o también las posiciones que se tensan en estos momentos en relación a una normativa que atienda, en forma particular, a la identidad de género.

Ramón J. Cárcano era un hombre de ideas mesuradas y de una práctica religiosa habitual; pero también era consciente que el escrito que había elucubrado traería cola, lo admite en esta cita: “La cuestión académica se convierte en una lucha política y religiosa, intelectual y social, vigorosa y apasionada, que en el fondo encierra una renovación de ideas y valores personales.”

No se equivocaba. Los postulados de su tesis, este libro, motivó una furibunda pastoral del vicario, monseñor Jerónimo Emiliano Clara. Carta pastoral que, tanto por su tono como por la manifiesta intención de introducir una participación corporativa por fuera de los canales institucionales del funcionamiento político constitucional, terminó empujando un conflicto con el gobierno nacional, que se saldó con el retiro del representante apostólico, y que la representación de la iglesia católica quedara vacante por más de una década. Los pormenores de este contencioso están claramente presentados en la contextualización de Marcela González, que permiten adentrarse en el texto de Cárcano con una luz que ilumina mucho más allá del hecho histórico, y permite trazar –como acabo de decir- líneas comparativas de urgente actualidad con nuestros días.

De igual manera, las “Notas a la reedición de la tesis de Cárcano”, del profesor Juan Marco Vaggione, con que se cierra el volumen, permiten ponderar y visualizar más claramente estas continuidades con dinámicas sociopolíticas contemporáneas. Vaggione se interna, en su breve ensayo, en mostrar las maneras en que el texto de Cárcano puede ser reapropiado por debates actuales en torno a las formas de regular los vínculos afectivos y sexuales, y los pone en evidencia.

Así como González nos ayudaba en las páginas introductorias a entender el contexto histórico en que aparece el texto, Vaggione, al final del mismo nos propone su utilización para echar nuevas luces sobre nuestras actuales discusiones sobre las líneas que cruzan las necesidades y capacidades normativas, los nuevos modos de vivir la sexualidad, y sus relaciones con los imperativos éticos y morales que se deducen de la práctica y prescripción religiosa, concretamente del magisterio de la iglesia católica y de sus dignatarios.

Dice Vaggione que “la distinción entre lo religioso y lo secular, entre la Iglesia y el Estado, es parte del proyecto político de la tesis” de Cárcano, y que “el tema de la relación entre derecho y religión continúa siendo un eje problemático y paradójico en la Argentina contemporánea, desde la restauración democrática.” Coincidimos con él. Y por eso, y por las razone que esgrimía al comienzo, saludamos esta edición, e invitamos a su lectura.

Muchas gracias.

 

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Retroceden las autocracias (18 04 11)

La revuelta árabe transforma todo el escenario regional

Inédito avance en derechos sociales y en apertura política en todo Medio Oriente

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SANAA, DAMASCO, ARGEL.- La revuelta popular que sacude el conjunto de países árabes está empujando a una reconfiguración general del escenario político.

En general, los países del norte de África y del Medio Oriente se habían estructurado en base al predominio de gobiernos fuertes que, a cambio de mantener a raya las tendencias extremistas de una interpretación combativa del Islam, avanzaban en la represión de derechos individuales y sociales.

La emergencia de una contestación popular en Túnez, el contagio en Egipto y como un reguero de pólvora por los demás países árabes, han debilitado aquel esquema elitista y han devuelto el protagonismo a las masas populares, que cada día redoblan los reclamos por derechos civiles y participación efectiva en la vida política.

Los ensayos de respuesta clásica de las autocracias, la represión, ha mostrado que ya no tiene los efectos de antaño y no logra hacer desaparecer las movilizaciones sociales, que vuelven una y otra vez a recuperar el espacio de los reclamos.

Inclusive donde la revuelta alcanzó los objetivos planteados –como en El Cairo- vuelve a organizarse para avanzar en una profundización de las transformaciones, que no podrá ser esquivada por retoques cosméticos.

Como resultado de ello, se evidencia un retroceso y una deslegitimación de las autocracias en toda la región.

La tensión social, en todo caso, se mantiene, y en diversas latitudes las movilizaciones populares siguen pagando con represión y sangre las demandas de transformación política.

En Damasco, después que el presidente Bachar el Assad intentará una continuidad gatopardista sin cambios de fondo, miles de sirios han vuelto a salir a las calles del país para protestar contra el inmovilismo del régimen.

Y ya ni siquiera el anuncio oficial de que la ley de emergencia que restringe las libertades en el país desde 1963 será derogada, ha alcanzado para frenar una espiral de protestas que parece estar arrinconando al gobierno sirio.

Este fin de semana, al grito de “el pueblo quiere libertad”, centenares de personas se concentraron ante la tumba del líder independentista de Siria, Ibrahim Hananu, en Aleppo; las protestas han comenzado a extenderse desde Damasco hacia el interior del país.

En Argelia, en la frontera de la guerra que azota la Libia del coronel Khaddafi, el presidente Abdelaziz Buteflika, de 74 años y en el poder desde 1999, anunció este sábado que iniciará el proceso para reformar la Constitución del país, un elemento jurídico que le ha garantizado su continuidad al frente de un gobierno con serias deficiencias representativas.

También en el vecino Marruecos, el rey Mohamed VI ha prometido una nueva Constitución, al tiempos que dejaba en libertad a docenas de disidentes políticos encarcelados, cediendo a la presión de los jóvenes que han tomado la calle.

En Yemen, donde al menos 116 manifestantes han perdido la vida desde el inicio de las protestas, se han sumado ahora las mujeres. El presidente Ali Abdullah Saleh, aferrado al gobierno, en un intento más por frenar las movilizaciones ha declarado que es “anti islámico” que las mujeres hagan escuchar su voz en público.

Durante el fin de semana, otras protestas se registraron en Arabia Saudita, Bahrein, Jordania y Omán.

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nelson.specchia@gmail.com

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Mujer, género y lapidaciones (20 08 10)

Mujer, género y lapidaciones

por Nelson Gustavo Specchia

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La globalización es un fenómeno de múltiples dimensiones. Si el realismo político veía al mundo como una mesa de billar, donde las bolas (los Estados) eran pocas y los bordes de la mesa estaban claros y definidos, la posmodernidad cambió todo eso. La imagen del mundo de nuestros días es la de una red neuronal, con múltiples centros interconectados por diversos canales. Lo que circula por ese sinfín de canales es información. Casi no quedan rincones del mundo –de pronto abierto y cercano- adonde no llegue esa impresionante red que crece a cada momento.

Así, aquellos ámbitos que los Estados se reservaban a su arbitrio soberano ahora son traspasados constantemente. La guerra es un fenómeno trasmitido en directo por CNN, los secretos –hasta los del primer ejército del mundo- son develados por la web y las tradiciones son puestas ante la escrutadora mirada de la globósfera, que por la misma red se moviliza, y logra –en algunos casos- torcer el duro brazo de los prejuicios y los tabúes. De momento, sólo en algunos casos.

SER MUJER EN IRÁN

Este cambio es el que ha enmarcado el caso de la mujer iraní Shakine Mohammadí Ahstiani, y ha logrado –aunque sólo sea de momento- detener su muerte, por la vía de golpearla con piedras hasta que se desangre, en una sádica agonía que busca defender principios culturales, pero que sólo es la manifestación de resabios de salvajismo e intolerancia machista. Le ejecución de Shakine por lapidación ha sido postergada por el régimen iraní, presionado por la inédita y masiva reacción mundial expresada en la red. Sólo postergada. Quizá las instancias judiciales sólo cambien la lapidación por la ejecución ordinaria: el ahorcamiento con soga desde el cuello del condenado.

Tomar el caso de Shakine como uno de los indicios de la nueva política internacional, también implica asumirlo desde una mirada puesta en el género, porque todo el proceso contra ella está teñido de elementos que sólo pueden explicarse desde allí, desde una perspectiva analítica que asuma las inequidades de género como criterio explicativo. Los análisis desde el género no se limitan a las discusiones sobre el uso del pañuelo en los edificios públicos por las mujeres turcas, la prohibición del “shador” a las niñas musulmanas en las escuelas españolas, o la prohibición del “burkha” en toda Francia. Mirar la realidad internacional desde la perspectiva de género va mucho más allá de las disposiciones políticas sobre la vestimenta. Porque Shakine está en vilo de ser muerta a pedradas (o colgada) por varias razones, pero por sobre todas las cosas, por el hecho de ser mujer.

Shakine Mohammadí Ahstiani tiene hoy 43 años, dos hijos, y está viuda. Forma parte de una minoría étnica en Irán, los azeríes, que habitan en zonas rurales poco desarrolladas y hablan un dialecto turcófono que tiene pocas similitudes con el persa oficial y mayoritario. En 2006 entró en prisión acusada de haber mantenido relaciones sexuales con el hombre que había matado a su marido. No se presentaron testigos, pero igual la mujer fue condenada a recibir 99 latigazos, que ya entonces estuvieron a punto de matarla. Aunque el juicio concluyó y la condena se cumplió, otro juez aún más riguroso decidió reabrir su caso, y consideró que aquella “relación ilícita” con el supuesto asesino de su marido se había dado ya en vida de éste, por lo cual el delito de Shakine era mucho más grave que el de complicidad en un asesinato: ahora se la acusaba de adúltera. Desde 2006 no deja la cárcel.

No importó que tampoco en este segundo juicio (sobre cosa juzgada) hubiera testigos, y que la mujer dijera que la confesión le había sido arrancada bajo tortura y negara todos los cargos. Tampoco importó que implorara clemencia. Los estrictos jueces apelaron a la “sharia” –las normativas judiciales islámicas de base religiosa- y la condenaron a morir a pedradas.

LEY E INTERESES

Cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini regresó desde su exilio francés y encabezó la revolución islámica que derrocó al sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, entre las novedades del nuevo régimen figuró el reemplazo del moderno código penal persa por un conjunto de normas directamente vinculas a la tradición jurídica musulmana. Una tradición inspirada –aunque este sea uno de los puntos más conflictivos- en el Corán. Toda una corriente interpretativa dentro del Islam niega que castigos como los impuestos a Shakine puedan tener asidero en ninguna de las “azoras” del libro sagrado, y achacan esa lectura rigorista del texto divino revelado a Mahoma al carácter conservador de la versión chiíta del régimen iraní.

Más allá de estos debates, objetivamente el código penal vigente en la República Islámica de Irán desde 1979 regula, como castigo del delito de adulterio, la muerte por lapidación. Aunque toma algunas precauciones, tales como que el adulterio debe probarse por el testimonio de cuatro testigos (hombres que tendrían que haber presenciado el acto, viendo el coito “hasta el punto de que no se pudiese pasar un hilo” entre los presuntos adúlteros), el código penal avanza en detalle sobre las maneras en que la adúltera debe morir. Entre los artículos 98 al 107, indica que se debe enterrar a la condenada en un pozo cavado en el suelo, cubriendo su cuerpo con tierra hasta por encima de los senos; y en el artículo 104 se regula el tamaño de los proyectiles: las piedras deben ser medianas, ni tan grandes como para que la maten rápido, ni tan pequeñas como para que no le causen heridas.

Y aquella imagen de “que quien esté libre de culpa arroje la primera piedra” no tiene lugar aquí. El código penal es preciso hasta en ese sentido: los testigos que presenciaron el adulterio deben arrojar las primeras piedras, el juez que dictó la condena a muerte, las segundas. Tras ellos, los demás varones del público presente (el código establece que, como mínimo, debe haber tres apedreadores entre los espectadores). Los sucesivos y lentos golpes en el pecho, cuello y cabeza de la mujer causarán una lerda agonía, hasta que la hemorragia de las heridas provoque su muerte.

LA TRADICIÓN Y LA RED

Cuando ya se le habían acabado todas las instancias de apelación, Mohammad Mostafaeí, el abogado de Shakine, subió el caso a la red. Y esta nueva herramienta planetaria respondió masivamente. Las organizaciones defensoras de derechos humanos generaron campañas, pero además de ellas, múltiples organizaciones no gubernamentales y particulares integraron espontáneamente un movimiento de presión que llegó a las máximas instancias políticas, diplomáticas y religiosas.

El abogado tuvo que huir y pedir asilo en Europa. Al mismo tiempo, la televisión pública iraní organizó una poco sutil auto acusación de Shakine, donde la mujer dijo frente a las cámaras desconocer a su abogado, reconoció su culpa en todos los delitos por los que se la acusa, y criticó la “injerencia occidental” en su causa. Pero tan grotesca puesta en escena no frenó la avalancha. Al contrario, sacó a la luz mayores precisiones, como la existencia de un “corredor de la muerte”, donde al menos otras ocho mujeres esperan su turno para ser lapidadas; o que los jueces más conservadores sigan ejecutando este tipo de condenas, a pesar del compromiso en sentido contrario del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad con sus socios occidentales. Este mismo año, en enero, una mujer habría muerto lapidada en la ciudad de Mashhad.

El presidente brasileño Lula da Silva sufrió en carne propia la presión de la red global. Los internaturas le pedían que, dada su relación de especial cercanía con Ahmadinejad y su gobierno, intercediera por Shakine. En un primer momento Lula se negó, dijo que no podía solicitar a otros líderes que ignoren las leyes de sus países. Pero luego, cuando la avalancha ya era imparable en todo el mundo, utilizó unas declaraciones a una radio en Curitiba para “apelar a su amigo” Ahmadinejad, y le solicitó que le permitiera que Brasil le concediese asilo político a la mujer. La cancillería brasileña entera, con Celso Amorín a la cabeza, se puso en movimiento en ese sentido. En cambio, el presidente de Irán cortó por lo sano, le respondió a Lula por televisión: Shakine no irá a Brasil, ni a ningún lado.

El gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad y todo el régimen de los ayatollahs iraníes se asienta en la tradición. El caso de Shakine Mohammadí Ahstiani pone en evidencia la puja entre aquellos principios tradicionales asegurados por la antigua soberanía de los Estados, y el control y la capacidad de influencia de la sociedad civil mundial en un escenario de alta interconectividad. La manera en que el caso se resuelva también mostrará las tendencias de este nuevo tiempo internacional.

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