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ETA renuncia al tiro en la nuca (28 10 11)

ETA renuncia al tiro en la nuca

por Nelson Gustavo Specchia

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Acorralada por la historia, la organización guerrillera E.T.A. (Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) escenificó el pasado 20 de octubre su abandono definitivo de la lucha armada, como vía para conquistar la independencia del País Vasco de las “potencias ocupantes” de España y Francia. Apelando a la iconografía y los escenarios que han marcado la tradición de las guerrillas en las últimas décadas, tres individuos cubiertos de negro, con una capucha de seda blanca en la cual dos diminutos orificios sólo permiten ver las pupilas de los ojos, y tocados con una txapela, la tradicional boina vasca, anunciaron –esta vez en idioma castellano, no en euskera, porque estaba dirigido al mundo entero- que tras casi 900 víctimas, el reinado del terror, de los atentados homicidas a supermercados, del balazo frio en la nuca de un concejal detenido, de las bombas lapa en los guardabarros de los coches y, en fin, de la tensión de miedo y sospecha que ETA consiguió imprimir en la apacible y generosa vida civil vasca, ha terminado.

A diferencia de anuncios anteriores, esta vez parecían tres hombres los sentados a la corta mesa, frente a la insignia del hacha y la serpiente verde que ha sido el escudo de la banda; también era masculina la voz que leyó el comunicado. La contundencia del anuncio, y la tremenda importancia para la construcción cívica española, quedó en cierta manera opacada por la noticia, en simultáneo, del prendimiento y muerte del coronel Muhammar el Khaddafi, en la orilla sur del Mediterráneo, con su morbosa carga de fotografías y de videos ensangrentados. Pero, amén de su desplazamiento a los titulares menos destacados de las portadas, el paso dado por la organización terrorista debe ser leído como uno de los acontecimientos más importantes de la democracia peninsular desde el derrocamiento de la dictadura franquista, cuya transición ahora sí está cerrada. Al mismo tiempo, abre todo un nuevo capítulo en la política española, donde ETA ya no constituirá un obstáculo, pero tampoco podrá ser utilizada como excusa para no plantear las cuestiones de fondo, con que las comunidades autónomas (no sólo los vascos) interpelan al gobierno central de Madrid, desde las diversas áreas de competencias de gobierno local, hasta la distribución presupuestaria global del Estado.

LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS

Pero, antes de que el fin de la guerrilla separatista abra los nuevos capítulos del debate político, hay todo un conjunto de cuestiones que deben asumirse, para comenzar a cerrar las heridas que estas décadas de terror han dejado abiertas y engangrenadas. Esta semana ha sido la primera en la que los políticos y funcionarios, tanto del gubernamental Partido Socialista de Euskadi (PSE, la marca vasca del estatal PSOE), como de la oposición del conservador Partido Popular (PP), pudieron salir a la calle sin escoltas. Algunos de ellos pudieron volver a visitar los barrios viejos del centro histórico de San Sebastián o de Bilbao, tradicionales feudos de los proetarras, que se habían convertido en terreno vedado para toda una parte de la población. Habrá, también, que hablar de los presos políticos, que la estrategia antiterrorista del gobierno central ha mantenido dispersos por diversas cárceles españolas, en general alejadas del País Vasco. Habrá que abrir un debate amplio, donde sectores del tradicional partido regional, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), habrán de reconocer también su parte de responsabilidad en el mantenimiento, durante tantos años, de la amenaza del tiro en la nuca en un contexto democrático y de libertades civiles y políticas aseguradas. Otros colectivos gravitantes en la composición social de Euskadi, como la jerarquía y el clero de la Iglesia católica –una de las más nacionalistas de Europa- deberán hacer lo propio. Un grupo de sacerdotes dio el primer paso esta semana, al proponer un pedido de perdón, desde la Iglesia, a esa mayoría de la sociedad vasca que el terrorismo mantuvo de rehén; aunque sugirieron asimismo que “España también debería pedir perdón” a ese sector que ha aspirado históricamente a su independencia.

En esta reapertura de la discusión, donde las condiciones para el restablecimiento democrático de la paz deben estar necesariamente en el centro –y con prioridad ante cualquier discusión política, aunque falte menos de un mes para la celebración de las elecciones generales- debe comenzarse, considero yo, por el reconocimiento a la paciencia y a la tenacidad de las mayorías de Euskadi, que a pesar del peligro que suponía la banda, no se amilanaron y salieron a la calle una, dos, tres, cientos de veces, con las manos pintadas de blanco, en columnas silenciosas y pacíficas, multitudinarias marchas del silencio que fueron horadando el terror y arrinconando a los violentos.

En la escenificación donde los encapuchados anunciaron “el cese definitivo de la actividad armada”, ETA dijo que lo hacía obedeciendo al pedido de un grupo de “facilitadores internacionales”, entre los cuales se contaron al ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan; a la ex primer ministra noruega, Gro Harlem Brundtland; y al ex jefe de las guerrillas del IRA irlandés, Gerry Adams.  Los voceros de ETA, que se siguen considerando a sí mismos la “organización socialista revolucionaria vasca de liberación universal” y siguen saludando con el puño izquierdo en alto, comenzaron en ese mismo momento con la reescritura de su historia, de cara al futuro. Será muy difícil asumir que han sido unos asesinos que mataron a sangre fría a civiles desarmados; que plantaron la “kale borroka” (la violencia juvenil callejera) para amedrentar al ciudadano de a pie; y que extorsionaron con secuestros y con la amenaza del terror a cientos de comerciantes y pequeños empresarios. En su lugar, la parafernalia “socialista” del puño en alto, las rimbombantes apelaciones a la libertad y a la opresión de los pueblos, presagia el inicio de la construcción discursiva del mito de los héroes patrióticos. Por eso el “cese de las armas” se hace ante los intermediarios internacionales, para no admitir que ha sido el tesón y la resistencia social vasca la que terminó acorralándolos y quitándoles los últimos rastros de legitimidad, aquella que habían acumulado al oponerse con la fuerza a la dictadura del general Franco, y que se negaron a abandonar cuando las condiciones políticas cambiaron y el período dictatorial fue reemplazado por una democracia plena, con todas las libertades aseguradas.

“DE PIEDRA BLINDADA”

Abriendo ese debate amplio sobre la plena vigencia de los derechos humanos en Euskadi tras la desaparición final de ETA, habrá que reconocer que esta victoria de la sociedad civil (esos “vascos de piedra blindada” a los que cantó Miguel Hernández) sobre los violentos, contó también con el apoyo de un sector de la izquierda “abertzale”, que progresivamente se fue separando del apoyo a los etarras y adoptando un camino de inclusión en las instancias democráticas autonómicas y estatales.

Sería inconducente negar que ETA sobrevivió tantas décadas sin un respaldo social; minoritario tal vez, pero real. Entonces el rol de esos “abertzales” de la izquierda independentista será a partir de ahora conciliar el núcleo duro de su discurso separatista, con el respeto a las conductas y las vías representativas y democráticas. No alcanzará con apoyar el fin del tiro en la nuca, deberán también garantizar el pluralismo electoral y, cuando sea el caso, resignarse a la voluntad decidida por las mayorías. Y este compromiso de los sectores independentistas con las reglas del juego democrático será especialmente crítico a partir del mes que viene, con el más que probable regreso del derechista Partido Popular al Palacio de la Moncloa.

La performance electoral de las agrupaciones de la izquierda “abertzale” (las coaliciones de Bildu y de Amaiur) que se desmarcaron de ETA en las últimas elecciones municipales, tanto en el País Vasco como en Navarra, siguen mostrando que hay una quinta parte de la población vasca que continúa apoyando la histórica reivindicación del país propio. Pero la Constitución española de 1978 reconoce la posibilidad de plantear cualquier reforma legal, incluyendo las mociones de independencia de una parte del territorio, si se tienen los votos suficientes.

ETA había perdido todas las batallas. El cese final de la violencia no ha sido una concesión graciosa de su parte, sino una victoria democrática de los grandes colectivos sociales. Si los vascos quieren realmente independizarse de España, sólo tienen que plantearlo, en un entorno de libertad de expresión y participación, y decidirlo por mayoría.

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Twitter:  @nspecchia

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[ Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 28 de octubre de 2011 ] 

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La vuelta de Shalit

La vuelta de Shalit

por Nelson Gustavo Specchia

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Entre la poblada agenda internacional que llenó esta semana, la noticia del intercambio de prisioneros entre el Estado de Israel y las milicias islamistas palestinas de Hamas consiguió un fugaz protagonismo, hasta que apenas unas horas más tarde la captura y muerte del ex dictador libio –con su carga morbosa de fotos y videos ensangrentados- y la claudicación final de las guerrillas separatistas vascas de ETA renunciando definitivamente a las armas, empujaran la novedad de la vuelta a casa del soldado Gilad Shalit, a cambio de la salida de las prisiones israelíes de más de 1.000 presos políticos, de las letras grandes de los titulares de prensa hacia las páginas interiores. Pero esa pieza de relojería diplomática articulada en Oriente Medio merece una mirada atenta, y un análisis un tanto más cauteloso que la pasada rápida sobre las portadas de los periódicos, en medio de la vorágine internacional. Por varias razones: porque Shalit era –lo sigue siendo- un símbolo gravitacional para ambas partes del más viejo contencioso político de Oriente próximo; porque aún no queda claro si se ha tratado de un episodio más, como otros tantos, en ese antiguo tira y afloje de presiones y concesiones entre enemigos obligados a la vecindad; o porque, en una lectura más optimista, puede estar mostrando un cambio en la disposición de las piezas para encauzar una salida al laberinto árabe-israelí.

CÁMARA DETENIDA

En esa estrecha lengua de tierra bañada por las últimas aguas orientales del Mediterráneo, nadie baja los brazos ni la mirada. Todo es tensión, permanentemente. Cuando el viajero llega a Tel Aviv, se encuentra con una ciudad occidental, casi europea, donde es difícil encontrar huellas del más profundo conflicto ideológico, comunitario, político, religioso y estratégico de la región. Sin embargo, apenas se deja la ciudad capital, la tensión comienza a palparse en las expresiones, en las actitudes, y en todos los rostros, se cubran la cabeza con el pañuelo de la “kafiya” o el gorrito de la “kipá”. El martes de esta semana se vivió, a uno y otro lado de esa frontera imaginaria y brutalmente real que separa a árabes de israelíes un día de fiesta, y este dato no es, para nada, una cuestión menor. Generar actos que descompriman la tensión permanente con que se afronta la cotidianidad puede ser una de las políticas públicas más inteligentes, en aras de la creación de condiciones anímicas de entendimiento.

Y fue una fiesta aprovechada por todo el gobierno conservador de Benjamín –Bibi- Netanyahu, la prensa israelí, los colonos, el Ejército –la institución básica de la supervivencia judía- y las familias de los soldados. En Israel el servicio militar es obligatorio para todo ciudadano, independientemente de su sexo o condición, y dura tres largos años (en el caso de las mujeres, dos); y para el Ejército es innegociable el principio de no dejar a un solo soldado atrás: lo necesita para garantizar ese largo servicio militar y la lealtad de los conscriptos, que saben que serán rescatados a cualquier precio. Inclusive las familias que tienen un solo hijo, deben firmar un documento que autoriza a la fuerza armada a trasladar a su vástago a zonas de combate. En ese entorno, el abrazo del soldado Gilad Shalit con su padre, Noam, fue la primera imagen de la atípica jornada. La cámara volvería a detenerse para retratar, del otro lado del muro, la llegada de los colectivos con los presos liberados (477 en esta primera etapa, a los que seguirán otros 550 en unas semanas) a tierra palestina.

Han sido tantos los años de luchas y de negociaciones, de progresos y retrocesos, que aquel clima de tirantez y sospecha al que me refería recién, también ha teñido todo proceso de diálogo entre ambas partes. Por eso nadie informó de que se estaban desarrollando tratativas para el canje, toda la negociación se mantuvo en una estricta reserva de secreto de Estado, y los buenos oficios desplegados por las diplomacias de Alemania y de Egipto –terceras partes involucradas en el intercambio- respetaron ese modus operandi. Por eso el anuncio fue sorpresivo, y contribuyó a la fiesta. Con las primeras luces del alba del martes 18 de octubre, desde algún lugar de Gaza salió un coche 4×4, rodeado de docenas de milicianos armados hasta los dientes y cubiertos de pasamontañas y pañuelos, que sólo dejaban al descubierto las pupilas negras. Ese contingente se acercó al paso fronterizo de Rafah, y del 4×4 salió un delgadísimo muchacho de 25 años, tras pasar una quinta parte de su vida como rehén de las guerrillas islamistas palestinas. Ojeroso y con aspecto de cansado, los mediadores egipcios sin embargo lo encontraron bien, sano y cuidado, y hasta lo expusieron a las cámaras de televisión para un primer reportaje, antes de que los servicios de inteligencia israelí, el Mossad, lo entrevistaran. Shalit dijo a las cámaras de la TV Nilo que lo habían tratado bien, y manifestó su confianza en que el canje de prisioneros (deseó inclusive que todos los presos palestinos fueran liberados) ayudara a alcanzar la paz. Después, el joven fue conducido por los mediadores egipcios al paso fronterizo de Kerem Shalom y entregado al Ejército israelí, quién se apresuró a volver a vestirlo con el uniforme marrón y a colgarle sus novísimas charreteras de sargento. Luego de la entrevista, ahora sí, con el Mossad, lo embarcaron en un helicóptero, y en la base militar de Tel Hof, cerca de Tel Aviv, lo recibió el primer ministro, y la cámara se detuvo con el esperado abrazo a su padre. Desde ahí todo fue fiesta, aunque discreta.

Sin ningún tipo de contención, en cambio, hacia el mediodía el parque central de Gaza rebosaba de gritos, música, las banderas verdes de Hamas, y unas 200.000 personas que habían llegado desde los rincones más remotos de la Franja, para recibir a los liberados, como auténticos héroes. Ismail Haniya, líder de los islamistas y gobernante de facto de Gaza, abrazó uno a uno a los liberados. Faltaban algunos: los que fueron conducidos a Cisjordania directamente, y aquellos a los que se obligó al exilio. Pero nada detuvo la fiesta, porque aquí era fiesta y era victoria.

Porque, si bien los líderes de Hamas –incluyendo al propio Haniya- sostuvieron que la alegría era la de todos los palestinos, objetivamente hay que acordar que la victoria de los islamistas conlleva el relativo fracaso de la vía negociadora impulsada por Al Fatah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y, en última instancia, por el primer ministro Mahmmoud Abbas. Inclusive tiendo a pensar que la ocasión elegida por Netanyahu para acceder al canje tiene que ver con el gambito diplomático de Abbas, de presentar el pedido del reconocimiento del Estado Palestino a las Naciones Unidas. El canje de 1 por 1.000 puede venir a reforzar la apreciación, entre los árabes, de que la burocracia de la Autoridad Palestina, con sus planes de negociación que nunca llegan a ningún puerto y que ni siquiera logran detener la colonización judía en los territorios ocupados, en menos eficiente que las vías que propugna Hamas, aunque éstas impliquen violencia y rotundo desconocimiento a la potencia ocupante.

LOS DILEMAS DE BIBI

Netanyahu ha tomado esta decisión en un entorno crítico. Una parte de su gobierno (el canciller Avigdor Lieberman; la derecha del Likud; y los partidos religiosos ortodoxos) se negaba rotundamente a ningún acuerdo con el enemigo. Pero, como ex soldado, conoce la ley no escrita de que el Ejército no deja a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres; y que un golpe militar de comandos judíos en Gaza para rescatar a Gilad estaba fuera de las posibilidades actuales (Bibi tiene, por cierto, un hermano muerto en una operación de rescate en Entebbe, Uganda, en 1976).

Además, el abrumador respaldo de países del mundo a la solicitud palestina de reconocimiento por la ONU ha extremado la soledad de Israel. Bibi dice públicamente que está dispuesto a retomar las negociaciones con Mahmmoud Abbas, pero al mismo tiempo le quita legitimidad al sostener que no representa a todos los palestinos. En este sentido, el fortalecimiento de Hamas termina beneficiando indirectamente al gobierno de Tel Aviv, porque aumenta la debilidad de Al Fatah en la interna árabe.

Por otra parte, en los más de mil liberados, se sueltan presos políticos pero también terroristas, con varias condenas en firme por sangrientos atentados contra civiles, que podrían volver a las armas.

Finalmente, ha terminado accediendo al canje, porque la ausencia del soldado Gilad Shalit era un símbolo más gravoso para la conciencia colectiva israelí que la liberación de los prisioneros palestinos. Pero esa decisión puede convertirse en un aliento a nuevos secuestros de soldados: ya el martes se pedía, en Gaza, “queremos más Shalits”. A lo que Bibi respondía: “seguiremos luchando contra el terrorismo”.

En definitiva, una jornada de relajación de tensiones y de fiesta, pero nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz.

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Twitter:   @nspecchia

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ETA, acorralada, anuncia que para (10 01 11)

ETA anuncia el fin del terrorismo con una tregua general en España

Los separatistas vascos se comprometen a terminar la confrontación armada

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MADRID.- En un avance hacia el restablecimiento de la normalidad política y social en el País Vasco, la organización armada nacionalista ETA (siglas de Patria Vasca y Libertad, en euskera) emitió un comunicado ayer donde anuncia que ha decidido un “alto el fuego permanente”.

La declaración –emitida según el ritual de la banda, con tres dirigentes con capuchas blancas y boinas vascas, flanqueados por banderas de Navarra y de Euskadi- apunta a lograr un “compromiso firme” para solucionar el principal conflicto político y social español, a través del “final de la confrontación armada”.

La declaración de ayer se venía esperando desde hace varios meses, tras un acercamiento de las agrupaciones políticas del arco nacionalista vasco a la institucionalidad democrática, un proceso que ha obedecido a dos razones principales: el recambio político, donde el Partido Socialista (PSE) logró desplazar al tradicional Partido Nacionalista Vasco (PNV). El nuevo “lehendakari” (presidente autonómico), el socialista Patxi López, ha procurado abrir espacios con la izquierda afín a ETA, a condición de que renunciaran claramente a la violencia.

En segundo lugar, el acoso policial español y francés ha acorralado a ETA, apresando a sus máximos dirigentes y no abriendo nuevos canales de negociación hasta el abandono definitivo de las armas.

Precisamente, desde Madrid se consideró que el anuncio de ayer no es suficiente, ya que un alto el fuego, por más que se declare “permanente”, no implica el abandono de las armas y de la violencia, que el gobierno de Rodríguez Zapatero pone como condición excluyente para retomar las negociaciones.

En el pasado, ETA violó varias veces las treguas que ella misma había propuesto, el último “alto el fuego permanente” lo quebró con el atentado al aeropuerto de Barajas, el 30 de diciembre de 2006.

En esta nueva declaración, además, ETA pone una serie de condiciones para dejar de lado la metodología de atentados selectivos que han causado más de 850 muertes en los 50 años de existencia de la organización: deben resolverse “las claves de la territorialidad y el derecho de autodeterminación”, e inclusive menciona explícitamente que todas las alternativas deben ponerse sobre la mesa de negociaciones, “incluida la independencia” de España.

Si bien estas condiciones serían de difícil aceptación por parte del gobierno central, sin duda la declaración de ETA constituye un paso adelante en la incorporación de los sectores nacionalistas vascos a la institucionalidad democrática.

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nelson.specchia@gmail.com

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Ajustar las cuentas de Baltasar

AJUSTAS LAS CUENTAS DE BALTASAR

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por Nelson Gustavo Specchia

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Baltasar Garzón Real es abogado, español y socialista. Nació en 1955 en Jaén, Andalucía. De hogar humilde, trabajó de albañil, de mozo de restaurant y de empleado en una estación de servicio, con lo que se costeó sus estudios. Luego, se decidió por la carrera judicial. Una biografía interesante, pero que en sí misma se asemeja a muchas otras entre los hombres de su generación. Sin embargo, hoy Baltasar Garzón se ha convertido en un símbolo: su nombre concentra un punto de quiebre, de ruptura, que mueve a toda la clase política española, inclusive más allá de España. Y, de una forma inédita, a la sociedad civil, que parece haber entendido que con el “caso Garzón” se libra una batalla que excede un debate meramente jurídico, y mediante la enorme y horizontal difusión de los foros sociales de internet, se ha lanzado a tomar partido.

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En definitiva, lo que a través de la figura del juez Baltasar Garzón se discute es la índole de la guerra civil que partió en dos a España, la índole de la dictadura que surgió de ella y gobernó la península durante 40 años, y la índole de la transición ideada para salir de ella sin condenarla y tendiendo un gran manto de olvido sobre todo ese largo siglo y esas ciento cincuenta mil muertes, cuyos cadáveres siguen hoy desparramados por cunetas y hondonadas. Todo el “caso Garzón” podría resumirse en la pregunta de si los españoles de hoy están dispuestos a mirar de frente y a los ojos a su pasado, u optarán por pasar página, apostar al olvido y esperar que el bienestar europeo y las mieles del euro y del consumo terminen diluyendo en el imaginario colectivo las fosas comunes, las cunetas y las hondonadas donde se amontonan los huesos masacrados de miles, de cientos de miles de hombres y mujeres de una generación borrada.

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Las cuentas del juez

Baltasar Garzón hizo méritos para estar hoy en el centro de la picota. Desde temprano entendió que su carrera en la judicatura estaba llamada a tomar el toro por las astas, sin importar cuán ominoso fuera el peligro, los intereses políticos (propios y extraños) en juego, o las consecuencias para la alteración del statu quo judicial que conllevaran sus resoluciones.

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Ya a principios de los años noventa, se metió a investigar el tráfico de drogas que entraba a la península por las costas gallegas. Desde entonces data su enfrentamiento con un sistema de investigación judicial que consideraba débil, y que le ocasionó más de un tironeo, con colegas de la judicatura e inclusive con el presidente del gobierno, Felipe González. Nunca ocultó su preferencia por las ideas de izquierda ni su afiliación al Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pero no le tembló la mano para iniciar una exhaustiva investigación sobre los grupos ilegales de represión a la insurgencia de ETA, los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), afines al gobierno de Felipe. Los llevó a los tribunales y enjuició con ellos a la “guerra sucia” contra el terrorismo vasco. El juicio a los GAL llevó a que el PSOE perdiera las elecciones de 1996; Garzón era por entonces un ídolo de la derecha del Partido Popular, que llegó inclusive a mocionarlo para el premio Nobel.

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Hacia fines de los ’90 se concentró en los aparatos políticos que respondían, en el País Vasco, a la banda separatista de la Euskadi Ta Askatasuna (ETA), y llevó a la cárcel a más de 1.000 etarras y pro-etarras. Siguió sumando enemigos, y aplausos de la derecha nacionalista. Para la primera década del siglo XXI, interpretando desde su sillón de la Audiencia Nacional española la jurisdicción universal en delitos de genocidio, ordenó el arresto del general Augusto Pinochet, que se encontraba en ese momento en Gran Bretaña. La justicia inglesa finalmente decidió no extraditar a Pinochet, que terminó volviendo a Chile tras un período de arresto domiciliario en Londres, donde era asiduamente visitado por Margaret Thatcher. Pinochet logró esquivar el banquillo del juzgado de Garzón, pero desde esa orden del juez, los dictadores del mundo lo piensan dos veces antes de abandonar la protección de la soberanía de sus sufridos países.

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Con el mismo criterio, Garzón abrió juicio a los personeros de la dictadura argentina, y logró que algunos de sus cómplices y verdugos, que habían recalado en España tras el retorno a la democracia, fuesen apresados y juzgados (como fue el caso del ex funcionario del Proceso Adolfo Scilingo, que en 2005 fue sentenciado en Madrid a 640 años de cárcel).

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Pero en casa no

Con el curso de estas últimas investigaciones, la derecha española ya no estaba tan a gusto con el juez “estrella”. Pero, en todo caso, esas cuestiones de la jurisdicción universal y los delitos de genocidio pegaban fuera de las fronteras de España, en las remotas y subdesarrolladas pampas australes. Pero Baltasar Garzón decidió ser consecuente en sus disposiciones judiciales, y abrió la causa contra el franquismo y la guerra civil española, por genocidio. En definitiva, durante los cuarenta años de la dictadura comandada por el general Francisco Franco desaparecieron 113.000 personas, y se fusiló a otras 55.000, un número cinco veces más alto que la suma de los asesinados por las dictaduras chilena y argentina juntas. Y a diferencia de aquellas lejanas pampas sudamericanas, en España no hay un sólo responsable enjuiciado ni condenado.

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En 2008, con documentos provenientes de las parroquias rurales y de los archivos municipales, Garzón comenzó a confeccionar un censo de fusilados en masa y enterrados en las hondonadas comunes, a partir del golpe de Estado del general Franco y el derrocamiento de la República. A pesar de las leyes de amnistía decretadas durante la transición, el juez decidió declararse competente, y comenzó a ordenar la apertura de fosas. Para la derecha española fue demasiado; que lo hiciera con los de fuera, vaya y pase, pero en casa no. Como si esto fuera poco, Garzón abrió una investigación sobre la financiación ilegal al Partido Popular, la denominada “red Gürtel”, con innumerables cargos políticos implicados, desde presidentes autonómicos a senadores nacionales. Fue la gota que desbordó el vaso, y comenzó la operación derribo

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Una justicia feudal

Nadie, ni la prensa, ni los más eminentes juristas del mundo, ni las asociaciones de la sociedad civil, ni los ciudadanos de a pie pueden comprender cómo esos mismos tribunales que admitieron la jurisdicción universal y dieron señales de un nuevo tiempo en la persecución de delitos de lesa humanidad, ahora consientan en sentar en el banquillo de los acusados al juez que mejor y más claramente simboliza esa nueva dimensión de la justicia.

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La máxima instancia judicial española ha admitido a trámite tres causas contra Garzón. Una sobre la “red Gürtel”, precisamente. Otra sobre unos honorarios que habría percibido por dar clases en Estados Unidos. Pero la que de verdad cuenta es su investigación sobre el genocidio franquista. El novelista Javier Marías (autor de una obra monumental sobre la guerra civil, e hijo de uno de los mayores pensadores del siglo XX), en un artículo del domingo 2 de mayo sostiene que el hecho de que sea hoy Garzón el acusado, muestra cómo en España nunca se condenó al franquismo, y cómo el pensamiento ultraconservador enquistado en organizaciones como los tribunales de justicia –que constituyen un claustro cerrado- no permitirán que una condena de esas características prospere.

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Al juez lo acusan las asociaciones de abogados conservadores y una agrupación de ultraderecha llamada “Falange Española”, como se denominaba el movimiento fascista que sostuvo la dictadura de Franco. Y lo acusan de prevaricar, o sea, de dictar sentencias sabiendo que lo hace contrariando las leyes (no podría haberse abocado a investigar el franquismo, dicen, cuando la ley de amnistía de 1977 había cerrado esa vía). No es tan grave quién lo acuse, lo insólito es que el Tribunal Supremo admita las acusaciones y acepte juzgarlo.

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Pero todos saben –jueces, abogados, políticos, analistas, ciudadanos- todos sabemos que lo que se juzga en Garzón es otra cosa. “Una buena porción de España continúa siendo sociológica y anímicamente franquista, no se la ha enseñado a ser de otro modo”, concluye Marías. A más de 70 años de aquella brecha que partió a un pueblo por la mitad, los españoles deben elegir si enfrentan su pasado mediante una reparación ética a las víctimas, o permiten que con argucias burocráticas y consensos leguleyos, ajustándole las cuentas al juez Garzón se les escamotee ese derecho.

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En todo caso la vida –y la memoria es parte de la vida- siempre se abre paso. Esperemos.

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http://www.hoydia.com.ar

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nelson.specchia@gmail.com

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Un López para Euskadi (09 05 09)

Sábado 9 de mayo de 2009
La Voz del Interior
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Un López para Euskadi

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La transición alcanzada en el País Vasco por el acuerdo entre los socialistas y el Partido Popular asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

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Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional. UCC

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PatxiLopez I

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El socialista Patxi López ya es lehendakari, el presidente del País Vasco, una de las comunidades autónomas históricas de España. Por primera vez en la historia democrática, en estas tres décadas que van desde el fin de la dictadura franquista y la transición a la democracia, un candidato no nacionalista llega al palacio de gobierno de Ajuria Enea.

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Patxi López logró aunar lo que parecía imposible: a los 25 votos de sus diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE), se les sumaron los 13 votos del conservador Partido Popular (PP), y uno del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría de 39 votos para terminar con la hegemonía del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y desplazar a Juan José Ibarretxe del gobierno autonómico.

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El acuerdo entre los socialistas y el PP reparte carteras y competencias entre ambas agrupaciones, y se supone que permitirá asegurar la gobernabilidad del País Vasco para los próximos cuatro años de Legislatura, sin la participación de representantes del nacionalismo de derecha ni de la izquierda abertzale”.

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La primera consecuencia de este cambio de rumbo se hará sentir en el meollo de la política vasca: la agenda independentista, centro de gravitación del discurso, de la vida social, y de la violencia terrorista, perderá relevancia.

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Patxi López basará su gestión sobre dos ideas fuerza: el ofrecimiento de participación al PNV, sin ningún revanchismo, para lograr un gobierno sin exclusiones (en realidad, para que la exclusión de los sectores independentistas radicales sea aún más notoria); y la centralidad de la lucha contra ETA.

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La victoria sobre la organización terrorista, ha dicho el nuevo presidente autonómico, requiere de un rearme moral de toda la sociedad vasca, donde la violencia como arma política se deslegitime en todos los campos y en todos los órdenes, desde los jóvenes incendiarios de la kale borroka (los disturbios callejeros en las manifestaciones), hasta la mirada indulgente de los nacionalistas democráticos.

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Y para que este propósito sea más evidente, López tomó posesión en la Casa de Guernica, no juró sobre la Biblia sino sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, para reafirmar la unidad de todos los vascos.

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La llegada de Patxi López pone fin al monopolio de un cargo altamente simbólico, además de sus funciones ejecutivas, que el PNV no soltó desde su creación como fuerza política, en los albores de la guerra civil española, en 1936, por el líder nacionalista Sabino Arana. Por eso esta transición asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

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El hecho inédito de las dos grandes fuerzas antagonistas nacionales pactando un acuerdo de gobierno para alcanzar la mayoría parlamentaria en Euskadi parece demostrar que el discurso identitario, que ha repetido hasta el hartazgo el PNV (y que ha concitado para sí el apoyo de la izquierda afín a ETA), genera rechazo en cada vez más amplios sectores del electorado vasco, tanto de centroizquierda como de centroderecha. Y en este rechazo no es menor la visión del ciudadano medio, no necesariamente imbuido de la lucha ideológica, pero que tiene que vivir su cotidianidad bajo la permanente amenaza de las bombas, el secuestro, la extorsión y el asesinato.

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La organización terrorista ETA y el entorno político afín a sus tesis han llevado a que en las tierras vascongadas se perciban dos colectivos sociales separados y antagónicos: quienes quieren, desde su idiosincrasia particular, seguir siendo parte del Estado español (el filósofo Fernando Savater es uno de sus voceros principales) y aquellos cuyo sentimiento de pertenencia a las tierras ancestrales y las aspiraciones de autogobierno los llevarían a plantear posturas soberanistas y antiespañolas (la expresión política legal sería el Partido Nacionalista Vasco, y fuera de la legalidad constitucional, el extremismo radical de la ETA).

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Sin embargo, según una investigación de la Universidad del País Vasco de fines del año pasado, seis de cada diez ciudadanos ve compatible su doble identidad vasca y española; la lengua euskera se defiende, pero se realzan las virtudes del bilingüismo.

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La sociedad vasca se ha modernizado y transformado en 30 años, y el nacionalismo de cualquier signo parece no haberse percatado de la profundidad de estas leves variaciones en la cultura política de su electorado.

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En estos sutiles pero profundos cambios hay que encontrar las razones de la elección de Patxi López como presidente del País Vasco. Así como en ellos, también, se asientan las posibilidades de un nuevo pacto social en el norte de España, que entierre definitivamente la violencia terrorista como herramienta de lucha política.

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Entre vascos, gallegos y porteños (05 03 2009)

Publicado en La Voz del Interior, el jueves 12 de marzo de 2009.
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=497462

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ENTRE VASCOS, GALLEGOS, Y PORTEÑOS

Por Nelson G. Specchia

En este país nuestro, un país de aluvión, se ven cosas extrañas. Ver, por ejemplo, cómo se discutía, en estas últimas semanas, en el centro de la ciudad de Buenos Aires un escaño de diputados autonómicos en la cámara vasca, o las elecciones a la Xunta de Galicia, es, sin duda, un evento inusual para los observadores de la política internacional.

Efectivamente, el alto número de votantes habilitados para las elecciones españolas en la República Argentina, naturales de la península o descendientes de aquellos que han adquirido la ciudadanía, se han transformados en votos críticos en unas elecciones sorpresivas y tan ajustadas como las que han vivido el domingo último las legislaturas de aquellas dos regiones españolas, el País Vasco y Galicia.

Y este es el segundo elemento que hay que destacar en un análisis: la sorpresa que viene de las nuevas modalidades, de las nuevas conductas políticas que asumen los electorados, en una coyuntura de crisis e inestabilidad internacional, y ruptura de viejas fórmulas, que llevan a sospechar que ya nadie, ni allá ni aquí, tiene garantizado de antemano la victoria, y que las alianzas y las mayorías se hacen y se deshacen con mucha mayor rapidez y facilidad que hace poco tiempo atrás.

Veamos: en Galicia, una comunidad autónoma todavía predominantemente rural, de donde viene la buena carne, el queso de tetilla y las verduras frescas, ha sido tradicionalmente conservadora, y acostumbraba optar por el Partido Popular. Con ello, tuvo en la cabeza de su ejecutivo, durante años y años, a don Manuel Fraga Iribarne, que supo ser ministro de Franco en las postrimerías de la Dictadura, y que luego se reconvirtió hacia la democracia y fue una figura importante, tanto en la Transición, como en la redacción de la nueva Constitución, luego de la muerte del Generalísimo Dictador. Esta homogeneidad en la conducta electoral de los gallegos se quebró en la última legislatura, cuando una alianza entre los socialistas y los nacionalistas del Bloque Galego desplazó a don Manuel Fraga de su (casi) eterno sillón, y colocó al frente al socialista Emilio Pérez Touriño. Todos daban por supuesta que la hegemonía del conservadurismo del Partido Popular se había acabado en las tierras gallegas, sin embargo, en las elecciones del domingo los populares han vuelto, y has vuelto con fuerzas. Nadie tiene fórmulas permanentes.

Pero aún más sorpresivos han sido los resultados autonómicos en las elecciones vascas, especialmente por lo mucho que pueden tener de trasladables a otros análisis políticos. Por primera vez en treinta años, el Partido Nacionalista Vasco (la primera fuerza política de Euskadi, fundado por Sabino Arana hace un siglo), sumado a las fuerzas nacionalistas de izquierda, han perdido la mayoría en la cámara, y –si todo sale como parece- el País Vasco tendrá por primera vez un presidente autonómico, un “lehendakari”, socialista: el líder Patxi López.

Las elecciones vascas, como ya es habitual, se han desarrollado en un entorno crítico. ETA sigue activa, a pesar de la detención de algunos de sus máximos dirigentes en los últimos tiempos, y los golpes que ha sufrido la organización terrorista por partes de las policías española y francesa. Además, una persecución judicial de las formaciones partidarias afines a ETA (la izquierda “abertzale” que no condena la violencia terrorista), hizo que ese arco de opciones quedara, el domingo pasado, momentáneamente fuera de juego. ETA, al no contar con instrumentos para conseguir escaños desde donde bombardear al propio sistema, llamó a sus simpatizantes a impugnar el voto, colocando en las urnas las boletas de la ilegalizada agrupación D3M (“Democracia 3 millones”), pero éstas no llegaron al 9 por ciento, o sea, unos 100.000 votos impugnados. De esta manera, este sector del nacionalismo independentista se configura como el gran perdedor en las elecciones vascas del domingo.

En síntesis: el PNV (el Partido Nacionalista Vasco) sigue siendo el más votado en la comunidad autónoma, pero con 30 mil votos menos que hace cuatro años, lo que hará muy difícil que Ibarretxe, el actual “lehendakari”, consiga un nuevo período al frente del ejecutivo.

El Partido Socialista Vasco ha batido todos los récords, con un aumento de más del 30 por ciento de los votos; aunque no le alcanzarán para gobernar en soledad, es más que probable que cuente con el apoyo de las demás agrupaciones no nacionalistas para formar gobierno.

El Partido Popular, que enfrenta en estos momentos una grave crisis interna, con denuncias de corrupción en la comunidad de Madrid, ha visto retrocedido el apoyo de los conservadores vascos en casi un tercio respecto de hace 4 años, aunque sigue siendo el tercer partido político de Euskadi, y su intervención en apoyo del candidato a “lehendakari” será vital en la cámara.

Y entre todas estas conclusiones, la que me parece de una importancia relativa más destacada, es la aplastante derrota del nacionalismo violento, de los sectores afines al terrorismo de ETA, que retroceden en más de 50 mil votos respecto de las últimas elecciones, virando este electorado hacia un nacionalismo de izquierdas pacífico, un “abertzalismo” que, en definitiva, renuncie a matar como herramienta de lucha política.

Tengo la esperanza de que nuestros compatriotas, esos viejos vascos que pueblan la Argentina desde hace tantos años, y sus hijos y sus nietos, hayan contribuido con su voto a este cambio de tendencia, que será útil no sólo a los vascos y al resto de España, sino a todos los hombres de buena voluntad.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

ETA – Golpe a la violencia política (23 nov 2008)

GOLPE A LA VIOLENCIA POLÍTICA

apareció en La Voz del Interior de hoy:

Domingo 23 de noviembre de 2008

Golpe a la violencia política

Con la captura de “Txeroki” no sólo cayó el número uno de ETA, sino también un símbolo de la izquierda radical.

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por Nelson Specchia
Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba
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“Txeroki”, el asesino, fue arrestado. En unas acciones policiales limpias, precisas y en un todo acordes al derecho, el líder de los comandos militares de la guerrilla vasca de ETA fue capturado. Miguel Garaikoitz Aspiazu, más conocido con su nombre de guerra “Txeroki”, fue apresado en una acción conjunta franco-española en Cauterets, un pequeño y encantador pueblito del pirineo francés.

Con la captura de “Txeroki”, en medio de la madrugada y sin que ofreciera al parecer ninguna resistencia, no cae sólo el número uno de la banda terrorista, sino que cae también un símbolo de esa izquierda radical, abertzale, nutrida de las juventudes extremistas que se manifiestan de forma violenta en las calles del País Vasco, en la denominada kale borroka.

Son estos mismos jóvenes los que pasan luego a engrosar los comandos clandestinos que llevan esa violencia, en grados más sanguinarios y contundentes, a dinamitar de forma permanente cualquier posibilidad de pacificación de las provincias vascongadas. Una violencia que impide todo intento de normalizar la vida política y alcanzar la paz social.

El País Vasco, merced a la estrategia extremista personalizada en “Txeroki”, vive en un permanente estado de alerta, de indefensión, de la humillación de los violentos, de coacción en todos los órdenes, y de miedo en todos los rincones.

Fama ganada. “Txeroki” se labró su fama de duro a puro pulso. Desde hace cinco años dirige el aparato militar de la organización, y desde el 20 de mayo, cuando en Burdeos se capturó al máximo dirigente de la rama política, Francisco Javier López Peña (conocido como “Thierry”), “Txeroki” quedó a cargo de ETA entera.

En estos últimos años, desde la ruptura de la tregua de 1999, ha expresado al sector más duro, opuesto a cualquier tipo de negociación o diálogo, ya que estas vías no violentas significarían “concesiones a la potencia ocupante” (esto es, al Estado español), y retrocesos en el camino hacia la independencia de Euskadi, la patria vasca.

Así, “Txeroki” dirigió a sus comandos desde Francia, y asesinó con su propia mano al juez José M. Lidón en Getxo, y a los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero, en Capbreton (por cierto, disparándoles por la espalda).

También ordenó dinamitar la terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, el 30 de diciembre de 2006, que se llevó por los aires el proceso de paz iniciado por el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, y terminó al mismo tiempo con la vida de dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento del aeropuerto, Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estancio (le habían puesto ese nombre en homenaje a Maradona). En fin, los siete asesinatos políticos cometidos por ETA desde diciembre de 2003 llevan la firma de Garaikoitz Aspiazu, “Txeroki”.

Mano dura. Cuando el atentado de Barajas rompió la última tregua, el gobierno español, muy desacreditado internamente por haber intentado un nuevo proceso de paz con la banda sin que ésta abandonara las armas, se centró en la vía policial y militar antiterrorista, en consonancia con el gobierno francés.

Esta estrategia marcó un cerco de presión muy grande al aparato militar de ETA, lo debilitó por dentro y lo obligó a reformar sus estructuras y las normas de seguridad para sus máximos dirigentes.

La estructura de ETA ha sido muy particular, como tan particular es concebir una organización terrorista en un Estado de derecho que dispone de todas las herramientas democráticas, y las garantías constitucionales, para expresar las voluntades y las opiniones políticas.

La estructura se asentaba en una fuerte compartimentación entre las elites, los aparatos (el político, vinculado a la izquierda abertzale vasca, y el militar, integrado por los comandos) y los activistas (simpatizantes fichados por la policía; liberados, o sea, no fichados; y jóvenes vinculados a la kale borroka).

La estrategia antiterrorista minó esta compartimentación y disminuyó el énfasis en la seguridad de sus altos mandos. La captura de “Thierry”, en agosto, y de “Txeroki”, el lunes 17 de este mes, vendría a demostrar el éxito de esa estrategia.

Pero la victoria en esta batalla no significa la victoria en la guerra contra el terror en el País Vasco. Una masa minoritaria pero significativa de su población mantiene, con su simpatía hacia la organización, una complicidad ambigua con sus métodos terroristas.

Hay que acabar con la lógica perversa de que el fin justifica los medios. Sólo al comprender que los chicos que pasan de la kale borroka a los comandos no tienen nada de héroes, sino que son simples asesinos histéricos, solitarios y enamorados del odio y la violencia, la guerra que lleva décadas y docenas de muertos habrá comenzado a acabarse en el País Vasco.

Y el juego político en paz dará un paso más para el bien de todos los vascos, y de todos los que amamos aquella tierra de montañas, piedras y un verde húmedo casi infinito.

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ETA y la paz posible de los españoles (21 06 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (21 de junio, 2007)

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ETA Y LA PAZ POSIBLE DE LOS ESPAÑOLES

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por Nelson Gustavo Specchia

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Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba

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“ETA quiere anunciar que abandona el alto el fuego permanente y que ha decidido actuar… a partir de las 00:00 hs del 6 de junio de 2007.” Con esta lacónica y terrible frase finaliza el comunicado escrito que la organización terrorista vasca distribuyó estos días pasados. Con estas pocas palabras ETA comunica a la sociedad española que vuelve a matar, a atentar indiscriminadamente “en todos los frentes”; que vuelve a imponer la extorsión y el chantaje del “impuesto revolucionario” a empresarios y comerciantes; que vuelve a secuestrar, a poner bombas en los automóviles, a hacer estallar grandes superficies llenas de civiles, y a amedrentar y sepultar a toda la sociedad bajo el manto del miedo permanente.

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En realidad, el comunicado escrito de la banda tiene, dentro de lo terrorífico de su trasfondo, también un toque de ironía macabra. Este rompimiento de la tregua que –teóricamente- había iniciado el 22 de marzo del año pasado, ya había saltado por los aires a fines del mismo 2006. El 30 de diciembre estalló un coche bomba en el estacionamiento de la nueva Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, sepultando entre sus escombros –otra ironía macabra- a dos humildes trabajadores inmigrantes ecuatorianos.

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Diego Armando Estancio (le habían puesto su nombre por Maradona), y Carlos Palate, los ecuatorianos que murieron en el atentado de Barajas, fueron las víctimas número 816 y 817 desde que ETA comenzó a matar. Los heridos son muchos más. Los amedrentados por su terror se cuentan por miles. ETA no tiene una larga historia en la política española, su actividad criminal se extiende por tres décadas, las mismas con las que cuenta la democracia en la península, luego de la larga noche de la dictadura franquista.

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En su corta historia “revolucionaria” para “liberar” al País Vasco de la “dominación” española, la banda ha planteado cinco “alto el fuego”. Ha aceptado negociaciones con el gobierno central durante esas treguas, con el socialismo de Felipe González primero, y luego con la administración conservadora de José María Aznar. La que acaba de romper con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero era el quinto intento. En realidad, las treguas fueron aprovechadas por la banda para recomponer su aparato logístico, para reestructurar sus cuadros, y para planificar nuevas acciones armadas. ETA siempre rompió los “alto el fuego”. Y siempre volvió a matar. Es esperable que su amenaza del 6 de junio se cumpla en breve, y un nuevo evento de sangre vuelva a enlutar la vida civil española.

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Las negociaciones con las administraciones centrales han fracasado una y otra vez, porque los objetivos –siempre maximalistas- que la banda terrorista plantea, son inaceptables para cualquier gobierno. ETA (cuyas siglas significan, en euskera, Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) aspira a la territorialidad y la autodeterminación de los vascos. Como vascos define a los habitantes de las actuales provincias españolas de la comunidad autónoma (Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya), más los de la comunidad autónoma de Navarra, más los ciudadanos franceses de las comarcas de Benafarroa (Baja Navarra), Lapurdi, y Zuberoa. Estas siete comunidades, repartidas en dos estados europeos, conformarían una unidad histórica, lingüística y socio-cultural diferente, a la que denominan Euskal Herria. Esta unidad debería expresarse en lo territorial (una única entidad) y en lo político (autodeterminación). Dentro de esta lógica, la puesta en práctica del planteo de ETA debería llevar a la creación de un nuevo estado, independiente de España y de Francia, o sea, soberano. ¿Qué gobierno podría aceptar negociar en estos términos?

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Batasuna, la expresión partidaria de ETA, el “brazo político” de la banda, tiene prohibido presentarse a las elecciones, debido al apoyo a la violencia terrorista que atenta contra el estado de derecho y el sistema democrático. En la búsqueda de alternativas que le permitan sortear la prohibición, Batasuna pidió a sus bases electorales que votaran por un pequeño partido político regional (ANV), o bien que anularan el voto. En las recientes elecciones municipales, la suma de votos nulos más los que consiguió ANV – Acción Nacionalista Vasca, la formación que recibió el voto etarra, constituye una muy reducida minoría en el total del electorado. La gran mayoría de los vascos quieren paz, autonomía, y tranquilidad dentro de España. Entonces ETA, en su comunicado de fin de la tregua, deja sentado que esa voluntad popular le tiene sin cuidado: “Las elecciones recientemente celebradas carecen de legitimidad”, afirman.

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Rodríguez Zapatero ha reaccionado con dureza, aunque algo tarde. Durante todos estos meses pasados, sin entender que el diálogo con el terrorismo socava la propia democracia (y, por supuesto, a su propia administración), dio sobradas muestras de estar dispuesto a llegar a algún tipo de acuerdo con la banda (acercamiento de presos etarras al País Vasco, atenuación de la condena al terrorista Iñaki de Juana Chaos, enfriamiento de los juicios a los dirigentes de Batasuna). Hoy justifica su empeño negociador confesando: “He realizado todos los esfuerzos para alcanzar la paz, y abrir un marco de convivencia para todos, en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento.” Pero rota la tregua y ante el nuevo desafío del terrorismo armado, se apresuró a encarcelar a Arnaldo Otegui, líder de Batasuna; a volver a De Juana Chaos a prisión; al tiempo que la policía francesa detenía, en Bagneres de Bigorre, a tres etarras miembros del aparato militar de la banda.

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En esta nueva etapa, Rodríguez Zapatero ha rectificado el rumbo. Ha abandonado las hipótesis de diálogo con la organización terrorista, y se propone la defensa de las instituciones democráticas, la aplicación irrestricta del Estado de derecho, el funcionamiento pleno de las fuerzas de policía y seguridad, y la cooperación internacional. Ha convocado, para ello, a la unidad de todas las fuerzas democráticas españolas, para sellar un pacto contra el terrorismo. Mariano Rajoy, el líder del derechista Partido Popular, ha aparcado por un momento sus críticas constantes y ácidas al gobierno, y ha acudido a la Moncloa a acercarle su apoyo –aunque condicionado- al Presidente. El resto de las fuerzas del arco democrático ha hecho lo propio. Sería altamente deseable que la administración socialista no perdiese esta oportunidad, quizá la última de su legislatura.

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La democracia española debe seguir consolidándose, y la paz social alcanzada –después de la experiencia amarga de cuatro décadas de dictadura- es un mínimo ético que no puede negociarse. El intento de condicionamiento de la vida cívica por parte de un puñado de asesinos encapuchados, que intentan desde su marginalidad arrogarse la representación de mayorías inexistentes, debe ser respondido desde la movilización popular, desde los acuerdos de coexistencia de las fuerzas democráticas, y desde la vigencia plena de las libertadas y los derechos ciudadanos. Y legítima y firmemente coordinado por el gobierno.

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Los ojos del mundo miran hacia España.

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