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El cambio de escenario de una crisis global (10 09 10)

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El cambio de escenario de una crisis global

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por Nelson Gustavo Specchia

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La última década de la política internacional ha sido testigo de un conjunto de modificaciones estructurales profundas, que conforman en su interacción y en sus implicancias una mutación del escenario global.

En una visión panorámica, tomada desde una distancia que habilite cierta perspectiva, podemos advertir que el mundo se ha “achicado” (al punto de que hoy es posible visualizarlo prácticamente en su totalidad, y en tiempo real) y se ha convertido en la última década en un lugar más impredecible.

Nuestra contemporaneidad parece ser un lugar de paso, una nueva transición desde el mundo ordenado por el “equilibrio del terror” que marcó la mayor parte del siglo XX, hacia una realidad internacional más interconectada y dispar, donde las relaciones ya no se explican por medio de un conjunto acotado de variables relativamente simples, sino que una serie de nuevas y complejas consideraciones de diverso cuño –étnicas, regionales, religiosas, subnacionales, culturales- impactan diariamente en la definición de los rumbos de la política.

La realidad internacional se muestra en un escenario cuyas principales características son la heterogeneidad y la inseguridad.

Mientras que la tradición política reciente había generado un análisis mundial asentado en columnas densas, en las sólidas definiciones ideológicas que otorgaban garantías y ofrecían una cierta previsibilidad a la acción política en las relaciones entre los Estados, este tiempo de transición ha desvanecido esas cosmovisiones; como el título de aquel libro donde Daniel Bell describía cómo los parámetros más tradicionalmente confiables de la modernidad desaparecían uno tras otro, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

La imagen del Muro de Berlín, esa vena estriada de piedra y alambre de púa frente a la Puerta de Brandemburgo que no sólo seccionaba la gran ciudad alemana sino que durante más de medio siglo dividió simbólicamente a todo el globo, ilustra esta mutación de escenarios. Porque aquella división, en su brutal dicotomía, era la imagen de un mundo equilibrado, de un mundo previsible, asentado sobre las columnas sólidas de la disuasión nuclear y de la “destrucción mutua asegurada”. Se podía teorizar en base a esa previsibilidad de la “lógica del terror” y, en definitiva, la paz internacional –en el nivel macro- se mantuvo. El conflicto permaneció “localizado”, en los márgenes, no en la línea de los países centrales, que hubiera afectado el equilibrio. La “Tercera Guerra Mundial”, a pesar de tener todas las posibilidades y las herramientas a mano (y más de un militar entusiasta deseoso de comandarla, tanto a un lado como a otro del Muro), finalmente no estalló.

El fin de la guerra fría, la caída del Muro, el desvanecimiento de la bipolaridad internacional, y el cambio de tercio hacia el siglo XXI terminaron también con aquella previsibilidad en los relacionamientos.

Y lo que hemos vivido en estos últimos años, en esta huidiza e imprevisible cotidianidad, es un conjunto dispar y complejo de elementos que podríamos denominar la emergencia de las “otredades”.

“Otredades” porque, cuando en los años finales del siglo pasado la post guerra fría comenzó a quitar las losas pesadas de la doble hegemonía, tanto en la órbita capitalista como en el antiguo mundo comunista comenzaron a emerger realidades “otras”, diferentes sentimientos y vivencias sociales que habían permanecido subterráneas, invisibles, durante los años del equilibrio bipolar. Esta emergencia de realidades nuevas y “otras”, que aparecen con fuerza e intención de ocupar un lugar reivindicativo, viene acompañada de sentimientos negativos hacia quienes se considera responsables de sus años de sujeción, aislamiento, invisibilidad, sometimiento y vida subterránea.

Y esta emergencia de realidades “otras”, se imbrica con el salto que da el proceso de estatalización del planeta. Hasta mediados del siglo pasado, el número de Estados había permanecido estable y limitado. El proceso de descolonización primero, y el desmembramiento soviético después, provocaron que la cantidad de Estados soberanos prácticamente se quintuplicara: Cuando se reunió en Congreso de la Haya, en 1907, a la asamblea la integraron 42 países; en 1945, los Estados fundadores de las Naciones Unidas fueron 51. Y cuando el último Estado reconocido, Timor Oriental, en 2002 solicitó su ingreso a la ONU, le fue concedido el escaño número 192. De 42 a 192 Estados en menos de cien años, ese es el salto estatalizador que, aunado a la emergencia de realidades culturales históricamente sumergidas, perfila un mundo sustantivamente más complejo.

Toda transición es, necesariamente, un tiempo de definiciones. La gran apuesta de los años que vienen, de este futuro cercano que ya estamos viviendo, será la articulación entre paz, seguridad, y convivencia entre “otredades”.

Ya no hay más lugar para intentar imponer modelos hegemónicos y estilos de vida predominantes. La diversidad y la pluralidad también deberán teñir el nuevo tiempo político global.

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nelson.specchia@gmail.com

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Eran otros tiempos (06 12 09)

Suplemento Temas
Domingo 6 de diciembre de 2009

Desde la política

Eran otros tiempos

Nelson Gustavo Specchia
profesor de política internacional, UCC
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Que tenemos vocación de granero del mundo forma parte del imaginario colectivo. Esta afirmación recibe hoy el respaldo político, que intenta reposicionar, en el centro de atención estratégica, un modelo concentrado en la producción agrícola orientada a los mercados externos. Pero esta alternativa acarrea riesgos altos, especialmente atendiendo a la estructura social, el entramado cultural interno y la inserción internacional de la Argentina.

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El gran modelo exitoso del pasado, al que vuelve recurrentemente el saber popular, se gestó en un contexto histórico de muy difícil reproducción. Argentina se integró al sistema mundial entre el último cuarto del siglo 19 y la primera mitad del 20 como economía primaria exportadora. En 1914, la superficie sembrada era de 24 millones de hectáreas, 40 veces más que la registrada en el primer censo, en 1869. En ese período, la población se cuadruplicó, creciendo a un ritmo del tres por ciento anual y trabajando principalmente en tareas agrarias.

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Con ello, la Argentina logró crecer a un ritmo del cinco por ciento, y la primera revolución tecnológica facilitó las cosas: la industria británica necesitaba las exportaciones primarias.

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Estas condiciones están muy lejos de las perspectivas actuales. Los últimos intentos de reinstalación de una lógica centralmente agroexportadora tuvieron consecuencias negativas. El primero, a mediados de los ´70, condujo a una importante desindustrialización. El segundo, en los años ´90, impulsó la concentración de tierra en grandes empresas, el vaciado de poblaciones rurales, pérdida de diversidad, y grandes extensiones destinadas a monocultivos transgénicos.

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La concentración producto de la fuerte transferencia de unidades productivas a grupos empresarios empujó la crisis a los pueblos que vivían del campo, cuyos pobladores acrecentaron los cinturones de pobreza suburbana. Esta fue la cara más cruda del último modelo agroexportador en un contexto globalizado.

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La sociedad argentina del siglo 21 no tiene parangón con aquella del granero del mundo. La diversidad, pluralidad y complejidad de los agregados sociales actuales harían inviable un nuevo intento de reinstalar un experimento económico demasiado sesgado hacia la producción y exportación de productos primarios. Estos ya son otros tiempos.

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LA VOZ DEL INTERIOR – Suplemento Temas – domingo 6 de diciembre de 2009

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nelson.specchia@gmail.com