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La cara oculta de la luna (20 12 11)

La cara oculta de la luna

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por Pedro I. de Quesada

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Y un día, la derecha española volvió a La Moncloa.

Los conservadores del Partido Popular siempre sostuvieron que los socialistas en 2004 les “robaron” unas elecciones que ya daban por ganadas, cuando los islamistas fanáticos hicieron volar por los aires los trenes en Atocha y José María Aznar no pudo endilgarle el atentado a los vascos de la ETA: estaba claro que el extremismo islámico había decidido responder con sangre a la más impopular de todas las medidas del “amigo íntimo” de George W. Bush, la participación de España –en soledad europea- en la invasión norteamericana a Irak.

Pero lo que les quitó la fallida política exterior, se los ha devuelto la crisis económica.

Rodríguez Zapatero sale por la puertita de atrás, olvidado aún antes que termine de juntar sus petates. Intentó primero ignorar la crisis, diciendo que no existía tal cosa; para después pegar un golpe de timón y, con la fe de los conversos, aplicar todos los ajustes que el liderazgo neoliberal de la Unión Europea le pidieran.

Silencioso, mientras tanto, el gallego líder de la oposición, don Mariano Rajoy, esperaba que cayeran las brevas. Y todas fueron cayendo en los últimos meses, mientras el crecimiento de la derecha en las encuestas trepaba sostenidamente.

En todo este tiempo, el secreto mejor guardado fue el programa de gobierno que tenía Rajoy en carpeta; de eso no se hablaba, y apenas se daban sutiles y polisémicas señales.

Es común el dicho en la península, que si encuentras a un gallego en la mitad de una escalera, nunca sabrás si está subiendo o si está bajando, y don Mariano hacía honor a esa característica de su pueblo. Durante los últimos meses trabajó casi en secreto, se reunió con líderes del Partido Popular, intendentes, expertos, asesores, ministeriables, economistas, sociólogos y politólogos, preparando el mensaje que develaría la salida a la crisis, la luz al final del túnel.

El secreto se mantuvo hasta ayer, cuando el ex titular del registro de la propiedad de Santa Pola –ya convertido en Presidente del Gobierno español- dio su discurso de investidura.

Y, para desazón de unos pocos y como muchos temíamos, la sorpresa no reveló nada nuevo: la luna también es redonda del otro lado.

Mariano Rajoy, previsible hasta el cansancio, seguirá línea a línea el libreto neoliberal de Ángela Merkel. Ajuste por arriba y ajuste por abajo: disminuirá los impuestos, acabará con las subvenciones sociales y los subsidios a los desocupados, eliminará los feriados, recortará en 16.500 millones de euros el gasto, bajará los sueldos de los empleados públicos, congelará las pensiones durante un año, cancelará las prejubilaciones, y “cumplirá con los compromisos de Europa” (esto es, con el recetario merkeliano).

Lo demás, sólo fueron buenas intenciones, aunque ni una palabra de cómo piensa lograrlas.

Previsible, y soporífero. La canciller alemana al menos pega un par de gritos, y golpea el atril con el puño cerrado de vez en cuando.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 20 de diciembre de 2011 ]

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Berlusconi ahogado por una catarata de votos (13 06 11)

 Catarata de votos en contra

Contundente victoria de la oposición en el plebiscito italiano. Silvio Berlusconi admitió la derrota en la consulta nuclear aún antes de que cerrara la jornada electoral. El castigo de las urnas se suma a la debacle en las municipales, y anuncia un fin de ciclo de la derecha en el gobierno.     

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ROMA.- El primer ministro conservador italiano, Silvio Berlusconi, maniobró ante la justicia para tratar de impedir, hasta último momento, la celebración de la consulta plebiscitaria convocada por el partido opositor de Italia de los Valores, porque intuía que los resultados implicarían un nuevo voto de censura contra su Administración, que transita por una crisis en varios frentes.

Sin embargo, ni siquiera los analistas políticos cercanos al izquierdista Partido Democrático habían previsto una contundencia como la que teminaron registrando los resultados de la consulta, desarrollada en la península durante el domingo y lunes pasados, y por los italianos en el extranjero por vía postal la semana anterior.

El plebiscito planteó cuatro preguntas a la ciudadanía, acerca de la políca nuclear, la privatización de recursos hídricos, y la posibilidad extraordinaria de inmunidad penal para el presidente de Consejo de Ministros.

El padrón de votantes se integraba por más de 47 millones de italianos, y para que su resultado sea vinculante y obligue a la anulación de las leyes ya aprobadas por el Parlamento, requería un porcentaje de la mitad de ese padrón, más un voto. Por ello las asociaciones de ecologistas y ambientalistas, muy comprometidas con la cuestión nuclear, movilizaron porciones del electorado tradicionalmente reacias a asistir a las mesas de votación, y las dos jornadas plebiscitarias terminaron registrando un record de asistentes, un 57 por ciento, un número de votantes que no se alcanzaba desde 1995 y que, por cierto, supera el quorum requerido de la mitad de las listas de empadronados.

Y más del 95 por ciento de los electores se manifestaron a favor de derogar las cuatro leyes sobre las que versaba el plebiscito.

Después de su fracaso en el intento de frenar la consulta en los tribunales, el primer ministro intentó quitarle protagonismo; anunció que él no iría a votar, y lo mismo hizo su principal aliado, Umberto Bossi, líder de la secesionista Liga Norte padana. La presión de ambos dirigentes influyó en los sectores de derecha, pero el tema nuclear, uno de los puntos centrales del plebiscito, se ha mostrado como transversal a las posiciones ideológicas.

Italia ya rechazó, en un referéndum similar a este, la instalación de centrales atómicas en 1987, tras el accidente de la central ucraniana de Chernobil; pero a principios de este año Berlusconi volvió a poner el tema en agenda, y anunció que su gobierno impulsaría la energía nuclear.

Con el desastre japonés de Fukushima, dañada por el tsunami de marzo pasado, el gobierno emitió un decreto suspendiendo el programa de reinstalación de centrales atómicas por dos años, pero no logró detener la masiva participación popular en la consulta finalizada ayer.

A media tarde, antes aún de que cerraran los colegios electorales, Berlusconi –que estaba acompañado por el premier israelí, Benjamín Netanyahu, de visita en Italia- admitió que el resultado seguramente sería adverso, y sostuvo que la voluntad ciudadana “no puede ser ignorada”, en lo que fue considerado como un adelanto de la decisión de abandonar el plan nuclear italiano.

El contexto europeo, además, acompaña esta decisión popular. Italia es el único país grande de Europa que no dispone de usinas atómicas, y Alemania, que posee 17 reactores, anunció la semana pasada que los apagará todos en forma definitiva antes de 2022.

Un paso hacia la normalidad

Más allá de las lecturas optimistas realizadas por la izquierda italiana al calor de los resultados del plebiscito, la contundencia de los resultados parecen mostrar el hastío de los italianos por un tiempo político que, a pesar de su larga extensión de más de una década, siempre se ha presentado como excepcional.

Las leyes sancionadas “a medida” del premier, los escándalos sexuales, los juicios por abuso de autoridad, el tráfico descarado de influencias, las posturas antieuropeas respecto del Espacio Schengen, el trato a las minorías –como los gitanos y los inmigrantes norafricanos-, las relaciones con la mafia de la basura en Nápoles, el maltrato misógino y sexista a las mujeres, y la corruptela generalizada en los negocios con el gobierno, han terminado por hartar a una ciudadanía ávida de mayores grados de normalidad institucional.

Eso explicaría una inédita participación del 55,8 por ciento, y la abrumadora mayoría de más del 95 por ciento de votos por el “sí”, que se convirtieron en un enorme “no” a la persona y al partido de Silvio Berlusconi.

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Berlusconi con (menos) inmunidad (13 01 11)

Nuevo revés judicial en Italia para el premier Silvio Berlusconi

El enfrentamiento con los jueces recorta la inmunidad del primer ministro

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ROMA.- El Tribunal Constitucional, la máxima instancia judicial italiana, emitió ayer un fallo en el que decreta la invalidez parcial de una ley que daba inmunidad procesal al primer ministro conservador Silvio Berlusconi.

El decreto en cuestión, impulsado por el ministro de Justicia de Berlusconi, Angelino Alfano, es conocido como “legítimo impedimento” y fue sancionado a la medida del jefe del Ejecutivo, apelando a la mayoría que entonces gozaba en ambas cámaras del Parlamento, antes de la ruptura con su socio de gobierno, Gianfranco Fini.

Desde la aprobación del polémico decreto, Berlusconi ha logrado frenar en los tribunales tres importantes juicios por corrupción, los denominados “caso Mills”, por corrupción de acto judicial; y “Mediaset” y “Mediatrade” por fraude fiscal, impulsados todos por la Fiscalía de Milán. Tras la decisión del Tribunal Constitucional de la víspera, estos juicios ahora congelados podrían reactivarse.

El miércoles, cuando los titulares de la prensa anticipaban la segura publicación del fallo, Berlusconi afirmó desde Alemania, donde se encontraba de visita oficial, que la judicatura italiana “tiene un pacto” con los sectores de izquierda, y “hace oposición política” al gobierno, en lo que llamó la “patología de los jueces”.

Las declaraciones de Berlín constituyen un capítulo más del largo enfrentamiento que tiene con el Poder Judicial desde que ocupa la primera plana de la política italiana. Otras versiones de esta misma queja contra los tribunales por parte de los políticos se conocieron en las últimas semanas, a través de la divulgación de los documentos del Departamento de Estado norteamericano, filtrados por la web WikiLeaks.

En los cables diplomáticos estadounidenses, además de la versión de Berlusconi y su gente, también se divulgaron quejas de políticos de la oposición de centroizquierda, que habrían sostenido que los jueces intervienen con sus fallos en los rumbos políticos del Estado, según las informaciones elevadas por los cónsules norteamericanos a Washington.

En rigor, el decreto del Tribunal Constitucional, amparándose en la premisa de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, rechaza sólo un artículo del decreto de “legítimo impedimento”, el que obligaba a los jueces a postergar seis meses los juicios contra el premier o sus ministros, a solicitud de estos y por el lapso de tiempo que ocupen sus cargos en el Poder Ejecutivo.

En su lugar, la máxima instancia judicial deja en libertad a los propios jueces, quienes tendrán a su cargo decidir si prosiguen los juicios o los postergan. El fallo, de esta manera, deja abierta la posibilidad para que la inmunidad de Berlusconi se mantenga, si logra convencer al juzgado respectivo que congele las demandas contra su persona.

Diversos análisis europeos sostienen que de esta manera, al ampliar el rango de discrecionalidad, se agrega un aliciente más a las poco transparentes relaciones entre los funcionarios políticos y los magistrados en Italia.

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El desalmado tijeretazo europeo (26 11 10)

El desalmado tijeretazo europeo

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por Nelson Gustavo Specchia

 

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Una gran tijera recorre Europa. Si los filósofos Karl Marx y Friedrich Engels escribieran hoy, posiblemente cambiarían la figura de aquella famosísima primera línea del “Manifiesta Comunista”. Porque el fantasma de nuestros días, en el Viejo Continente, toma la forma de una tijera que recorta gastos y déficit públicos a mansalva y discreción; pero por el tajo abierto aparecen las diversas formas del conflicto social. La sociedad civil no parece estar dispuesta a permitir pasivamente que los gobiernos recorten derechos juntos con los gastos. Los empleados asalariados y los estudiantes se ubican, en las diferentes latitudes, entre los colectivos que encabezan la reacción social y amenazan con subir la temperatura del gélido otoño europeo.

La primera señal, hace apenas seis meses, fue Grecia. Un gobierno socialista recién asumido, el del Pasok de Giorgios Papandreu, hubo de admitir que sus antecesores habían fraguado las cuentas públicas, que las arcas del Estado estaban casi vacías, y que la economía helena –con restringido margen de acción desde la política monetaria, al estar dentro de los acuerdos de la eurozona- necesitaba con urgencia un rescate por parte de los socios comunitarios. En pocas horas, los bonos de la deuda griega treparon hasta cifras siderales (el ya recurrente “castigo de los mercados”), y la democristiana Ángela Merkel le contestaba a Papandreu desde Berlín con el discurso que en medio año se ha convertido en dominante: saca la tijera y recorta gastos, corta mucho y a fondo, y luego veremos si te tiramos una soga desde el Bundesbank.

Papandreu intentó resistirse, aunque no mucho. A la capital europea que acudía, palabras más o palabras menos, le contestaban con el mismo discurso de la alemana. Desde Bruselas, la capital de la Unión Europea, el presidente de la Comisión, el ex marxista y hoy liberal José Manuel Duráo Barroso, instó al griego a que acudiese al Fondo Monetario Internacional. La postura de Europa, tanto de sus instituciones comunitarias como desde los gobiernos de los Estados miembros, pegaba, de esta manera, el mayor golpe de timón en la orientación estratégica de la política económica y social desde la posguerra. La concepción comunitaria que llevó al establecimiento y las conquistas del “Estado de bienestar”, el gran invento de los padres de la integración continental mediante la unión de capitalismo y derechos sociales, se relegaba. Las recetas de la vieja ortodoxia liberal volvían a obtener patente de corso.

EL VIRUS GRIEGO

Qué año, este 2010, decían entre exclamaciones los columnistas de la prensa europea. Pero bueno, al menos el fantasma de la tijera limitó el estallido de la crisis a Grecia. Papandreu finalmente aceptó la humillación. Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy, junto a Duráo Barroso, el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rumpuy, y el jefe del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, anunciaron entonces el rescate de la economía de la isla mediterránea; en el mismo anuncio comunicaron el severo plan de ajuste impuesto a Atenas, (con la obligación de reducir cuatro puntos el déficit este año, del 12,7 al 8,7 por ciento del PBI; y seguir avanzando luego hasta reducirlo al 3 por ciento). Los colegios públicos, las universidades, los bancos, las oficinas públicas de todos los niveles de la administración cerraron, y los hospitales sólo atendieron emergencias. El primer ministro expresó su solidaridad a los trabajadores movilizados, pero, abatido, dijo que no tenía ninguna alternativa.

Los empleados y los estudiantes se largaron a la calle, incendiaron contenedores y algunos muertos quedaron en las jornadas de protesta. Pero la crisis se encapsuló en Grecia y no saldrá de allí, escribían los analistas. Y los gobiernos, especialmente los de países con economías en grados de vulnerabilidad cercanos a la griega, afirmaban que el riesgo de contagio estaba conjurado. El euro estaba a salvo, y no habría nuevas crisis. Pero tanto los políticos como los analistas se equivocaban. O mentían. Eso es lo que vino a mostrar el estallido de la burbuja económica en Irlanda esta semana.

En la última reunión del G-20, al tratar el tema de la “guerra de monedas” como el nuevo capítulo de la crisis económica internacional, los países emergentes –Argentina y Brasil entre los principales- volvieron a insistir en que la salida de la crisis no pasa por el recorte del gasto sino por aumentar los alicientes al consumo interno. El bloque europeo volvió a desestimar la estrategia una vez más, insistiendo en los achicamientos de los déficits y en los recortes de los gastos sociales.

Ese camino volvió a mostrar un nuevo escollo esta semana, cuando el primer ministro irlandés, Brian Cowen, no pudo seguir resistiendo el “castigo de los mercados” y la presión conjunta de sus colegas del continente, y anunció el pedido de salvataje económico al Banco Central Europeo y al Fondo Monetario Internacional. El virus griego, aunque todos lo negaran, había cruzado el mediterráneo y alcanzado al “tigre celta”, ese mismo que los analistas desde la gran prensa especializada ofrecían como ejemplo al mundo subdesarrollado hasta hace apenas unos meses.

IRLANDA COMO POLVORÍN

El domingo pasado, a la noche, después de una reunión del Consejo de Ministros que había durado más horas de las prudentes, el premier irlandés Brian Cowen enfrentó a los medios de prensa y admitió que el país debía acudir al auxilio del FMI y de las instancias financieras europeas, o enfrentarse a la bancarrota. La crisis del euro se cobraba así su segunda víctima, tras la debacle griega. El crédito que los irlandeses del tradicional partido liberal, el Fianna Fail, calculan que necesitarán asciende a unos 80.000 millones de euros, con eso lograrían calmar la fuerza del “castigo de los mercados”, y los títulos de su deuda podrían volver a montos medianamente manejables. Irlanda viene a confirmar que la crisis europea –que es, en definitiva, la crisis del euro- está vigente y piensa seguir dando batalla, independientemente de lo que los líderes afirmen en los discursos.

Volviendo a un libreto que ya no respeta ideologías ni emisores –lo mismo dicen los conservadores que los socialistas, los democristianos que los liberales- el gobierno irlandés usó la misma tribuna del anuncio del pedido de salvavidas al FMI para adelantar que acababa de aprobar otro desalmado tijeretazo en el país de las verdes praderas y los “pubs” donde se honra a san Patricio con la mejor cerveza del mundo. Un tijeretazo de unos 6.000 millones el año próximo, y hasta un total de 15.000 millones de euros (algo así como el 10 por ciento del PBI) en los próximos cuatro años. Ya se sabe cómo: se reducirá el gasto público, aumentarán los impuestos, se “racionalizarán” las plantas de empleados (ayer Dublín anunciaba que el “drástico ajuste” del que “nadie quedará a salvo”, implicará el despido de 25.000 trabajadores), disminuirá el salario mínimo –y con él toda la escala de sueldos-, terminarán los subsidios al desempleo o a las situaciones de riesgo social, y se reducirán las jubilaciones y las prestaciones sociales. Inclusive se admite que Irlanda volverá a ser un país de emigración. Adios Estado del bienestar, adios.

Y nada de que el “virus griego” está conjurado. El contagio, principalmente hacia Portugal y España, pero también hacia Italia y otras economías menores, podría llegar por una doble vía, el endeudamiento existente entre los bancos de la eurozona (los bancos alemanes y británicos, por ejemplo, tienen papeles de deuda de los bancos irlandeses por unos 250.000 millones de euros); o por vía de los títulos públicos de deuda, cuyo precio cae en la misma proporción y velocidad en que las aseguradoras de riesgo marcan nuevos records para las economías más endebles.

EL COSTO SOCIAL

Y mientras los políticos y los técnicos se deslizan hacia el pánico, la sociedad civil parece prepararse para resistir el embate contra el ajuste de la gran tijera. El presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, convocó a los veinticinco grandes empresarios (casi todos opositores a su gobierno y a su Partido Socialista Obrero Español) para que lo ayuden con ideas, o con lo que sea a estas alturas, para escapar de la fuerza del tornado, luego de que las dos centrales sindicales le hicieran la primer huelga general. El conservador Nicolás Sarkozy viene aguantando un mes de protestas en la calle. El premier portugués, José Sócrates –socialista como Zapatero- se enfrentó esta semana a la mayor huelga general de la historia de Portugal, y su gobierno no tiene ni una sola estrategia nueva para esquivar los vientos que ya llegan a sus costas desde el desdentado “tigre celta”.

Los estudiantes británicos, por su parte, se largaron a marchar por Londres, abandonando las aulas en todo el país, protestando contra los planes del gobierno conservador de David Cameron de incrementar las matrículas universitarias, que implicará, en la práctica, triplicar el costo anual de los estudios superiores. La semana anterior, la protesta se tornó violenta: los estudiantes tomaron la sede partidaria de los “tories” en Londres, incendiándola y destrozándola.

El tijeretazo de Cameron ha comenzado por las universidades y la investigación, y los estudiantes ingleses parecen estar dispuestos a enfrentarlo. Igual que los italianos, donde también esta semana centenares de estudiantes se enfrentaron a la policía, e inclusive lograron ingresar al Parlamento, manifestándose contra los ajustes presupuestarios dispuestos por el gobierno del primer ministro derechista Silvio Berlusconi, que ha preparado un decreto ley que prevé el recorte de los fondos para las universidades públicas y la investigación, mientras favorece a los centros privados de enseñanza.

 

En definitiva, cualquiera termine siendo la salida de la actual crisis, parece evidente que los daños al Estado social del bienestar, esa construcción solidaria y transgeneracional que Europa ofreció al mundo como ejemplo de construcción sociopolítica, y que logró establecerse y enriquecerse mediante un consenso horizontal de las élites dirigentes –tanto de la derecha como de la izquierda- durante la segunda mitad del siglo XX, no saldrá indemne. Lo único que permanece, sin siquiera un rasguño, es la furia y la voracidad de los mercados.

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Los estudiantes europeos, abanderados del descontento social (25 11 10)

EL DESCONTENSO SOCIAL POR LA CRISIS ECONÓMICA SE EXPANDE EN EUROPA

Peligra la continuidad del gobierno conservador en medio de la crisis

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Como era previsible, la movilización social que venía tomando forma en diversos países europeos tomó fuerte impulso con el anuncio realizado por el gobierno irlandés a principios de esta semana.

El premier liberal Brian Cowen anunció que finalmente su Administración había decidido acudir al salvataje financiero del Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que implica, al mismo tiempo, adoptar una estrategia de fuerte ajuste y enfriamiento económico, según la tradicional receta neoconservadora del organismo.

Cowen admitió que las partidas presupuestarias destinadas a cubrir gastos sociales se reducirían drásticamente, y que los despidos de empleados podrían ascender hasta los 25.000 trabajadores.

El anuncio del gobierno irlandés disparó la protesta social. Los estudiantes irlandeses se preparan a resistir, emulando los estallidos que sus colegas británicos, franceses e italianos están protagonizando en sus respectivos países en estos días.

En Londres, tras la destrucción de la sede partidaria de los Conservadores la semana antepasada, la protesta estudiantil se recrudeció ayer contra los planes de privatización y encarecimiento de la formación universitaria prevista por el premier “tory” David Cameron.

En las universidades de Oxford, Birmingham, Cardiff, y en el University College de Londres, cientos de estudiantes realizaron sentadas durante la noche y hasta el mediodía en protesta por los planes para elevar la matrícula anual de 3.000 a 9.000 libras.

En Roma, agrupaciones estudiantiles, profesores y científicos protestaron ayer contra los ajustes que el gobierno de Silvio Berlusconi planea implementar, que contempla para el año que viene recortes de 700 millones de euros sólo en la educación secundaria.

Los estudiantes entraron al Coliseo luego de cortar varias calles céntricas al grito de “la escuela pública no se toca”.

En este contexto de fuerte rechazo a las medidas de austeridad, la Confederación Europea de Sindicatos convocó ayer a una “gran manifestación continental” que se realizará el próximo 15 de diciembre.

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Irlanda en la boca del volcán (25 11 10)

IRLANDA AUMENTA EL DESCONTENTO SOCIAL POR EL ACUERDO CON EL FMI

Peligra la continuidad del gobierno conservador en medio de la crisis

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El terremoto político generado por el gobierno conservador irlandés al anunciar la solicitud de rescate financiero al Fondo Monetario Internacional, a principios de esta semana, amenaza con expandirse a otros escenarios europeos.

Ayer la prensa especializada anunciaba que tanto España como Portugal han caído en las evaluaciones de riesgo de las agencias internacionales, al tiempo que la ola de ajustes estructurales con que los gobiernos del continente han decidido enfrentar la crisis económica sigue abriendo frentes de conflicto social, con especial participación de los trabajadores asalariados y de los estudiantes.

El primer ministro Brian Cowen, ha resistido durante toda la semana un duro embate de las fuerzas políticas irlandesas, no sólo de la oposición sino también de un sector importante dentro de su propio partido, después que el domingo pasado anunciara el cambio de rumbo de su gobierno, la solicitud del salvataje financiero al FMI.

Un acuerdo que conlleva medidas restrictivas para enfriar la economía y achicar el gasto social y el déficit, que se calcula en unos 19.000 millones de euros, un 32 por ciento del Productos Bruto Interno (PBI) del país. La Unión Europea (UE) exige que el déficit público se mantenga por debajo del 3 por ciento del PBI en sus Estados miembros que han adoptado el euro como moneda única.

Cowen admitió ayer que todavía no se ha acordado una cifra definitiva con los técnicos del Fondo y con los funcionarios de la UE, pero deslizó que “se discutió un monto del orden de los 85.000 millones de euros” (el equivalente a unos 115.000 millones de dólares).

Con esta suma, el Ejecutivo espera financiar la economía y los bancos en riesgo de bancarrota, mientras maniobra para ahorrar en cuatro años 15.000 millones de dólares mediante el ajuste presupuestario, a lo que complementará con un aumento en la recaudación impositiva en 5.000 millones adicionales mediante la creación de nuevos gravámenes.

La crisis política tomó una nueva dimensión cuando el gobierno anunció los planes para lograr estos niveles de ahorro, que implicarán un recorte de 2.800 millones de dólares en prestaciones sociales, sobre todo en beneficios por desempleo y asignaciones familiares.

Cowen sigue resistiendo los pedidos de dimisión inmediata que le llegan desde el arco opositor, y promete disolver el Parlamento y adelantar las elecciones, pero después que el Parlamento irlandés apruebe su proyecto de Presupuesto, el próximo 7 de diciembre.

Tras las defecciones en su propio partido, no hay seguridades de que el premier tenga los suficientes votos para avanzar en esta estrategia.

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DILEMA OPOSITOR

La crisis política que enfrenta el primer ministro irlandés Brian Cowen ha desgastado tanto su gobierno, que es improbable que pueda mantenerse en el cargo.

Durante esta semana ha logrado sortear los pedidos de renuncia que llegaron desde la centroizquierda, e inclusive desde el interior de su propio partido. Pero ya hay pocas dudas que deberá dejar el Ejecutivo, la pregunta es cuándo.

Porque si renuncia antes de la aprobación presupuestaria en el Parlamento, se caería todo el acuerdo con el FMI y la UE. Pero si Cowen logra hacer aprobar los presupuestos antes de irse, los partidos opositores que con mayor probabilidad heredarán el poder tendrán sus manos atadas al acuerdo con el Fondo, y la crisis económica dejará poco margen para que puedan revisarlo.

Los sindicatos, mientras tanto, ya adelantaron que las anunciadas medidas de austeridad desatarían una ola de agitación social, y convocaron a una protesta el próximo sábado en la capital, Dublín.

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Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair

por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.

La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.

PAX ET BONUN

El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.

Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.

En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).

NADA NUEVO BAJO EL SOL

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.

El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.

RECUPERAR LA MÍSTICA

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?

Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.

Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.

Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.

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Lula negocia en Irán (17 05 10)

ULTIMO INTENTO DE LULA DA SILVA PARA EVITAR LAS SANCIONES A IRAN

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Intensa actividad diplomática del líder brasileño por cercano oriente

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En un nuevo giro para ofrecer una alternativa a las sanciones impulsadas por los Estados Unidos de Norteamérica ante el Consejo de Seguridad de la ONU, el presidente brasileño Luiz Inácio da Silva se reunió ayer con el presidente iraní Mahmmoud Ahmadinejad.

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Lula, cuyo país ocupa en estos días un asiento no permanente del Consejo de Seguridad, llegó a Teherán en un viaje diplomático que también incluyó a Egipto, Rusia y Turquía.

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Si bien la reunión bilateral con Ahmadinejad estuvo organizada en torno a una amplia agenda de cooperación entre ambos países, las miradas del mundo se centraron en la mediación de Lula para que los iraníes acepten la propuesta de enriquecer su uranio en un tercer país –Turquía ha ofrecido sus instalaciones nucleares a tal efecto- y le sea devuelto en un grado de enriquecimiento suficiente para las investigaciones médicas y la producción de energía, objetivos declarados del programa atómico persa.

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De esta manera se evitarían las suspicacias de las potencias occidentales, en el sentido de que Irán pueda utilizar el uranio para fines militares.

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Antes de llegar a Teherán, el plan de Lula había recibido la escéptica crítica de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, quien considera que ya se han dado todas las oportunidades al régimen de los ayatollahs, y que la ONU debe iniciar las sanciones.

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La postura estadounidense cuenta con el respaldo de Alemania, Francia e Inglaterra, esta última especialmente desde que los conservadores asumieron el gobierno el miércoles pasado. El nuevo ministro de Relaciones Exteriores británico, William Hague, visitó Washington el viernes y ratificó ante Clinton el apoyo del gobierno de Su Majestad a la política del Departamento de Estado respecto del programa nuclear iraní.

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Antes de llegar a Teherán, Lula dialogó el sábado en Moscú con el presidente Dmitri Medvedev, quien apoyó –aunque sin demasiadas expectativas- la apuesta del brasileño; Rusia y China han sido los miembros del Consejo de Seguridad que más se han resistido a la implementación de sanciones.

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En una entrevista a la cadena de televisión árabe Al Jazeera, Lula dijo que los líderes deben “seguir hablando, sentarse a la mesa con Ahmadineyad”. Y agregó: “es más difícil para alguien que tiene armas nucleares pedirle a otro que no desarrolle armas nucleares, es más fácil para alguien que no tenga armas nucleares, como yo”, con lo que avala, de alguna manera, la tesis de que el fondo de la cuestión del programa nuclear iraní es su potencial bélico.

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En el comunicado oficial al final de la reunión bilateral, Mahmmoud Ahmadinejad “agradeció al presidente brasileño su apoyo a los derechos de la nación iraní y sus posiciones para reformar el orden mundial”, pero no se menciona la cuestión atómica.

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Lula participará hoy de la apertura de la Cumbre del Grupo de los 15, formado por países del Movimiento de los No Alineados, y partirá el martes hacia Madrid, para sumarse a la cumbre de América latina y el Caribe con la Unión Europa.

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Cameron, el nieto de la señora Thatcher

Cameron, el nieto de la señora Thatcher

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por Nelson Gustavo Specchia

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David Cameron lo hizo de nuevo. Logró componer la misma fórmula ensayada por el carismático Tony Blair a mediados de la década de los noventa: juventud, eficiente manejo de la imagen televisiva, mucha seguridad en sí mismo y empatía con la audiencia, en la construcción del personaje. Y modernidad europea, heterodoxia ideológica y renovación partidaria, en el armado de un programa político que le permitiese heredar la conducción del viejo y engolado partido “tory”, pero saltando la valla generacional de la vieja guardia de los abuelos. Y lo logró.

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Cameron se quedó en 2005 con un partido que, tras largos años fuera del poder, percibía que sin una renovación –aunque peligrosa- de prácticas y de gentes, ahondaría en el aislamiento al que lo llevó Tony Blair y la irrupción del “new labour”. Luego, Cameron convenció al electorado británico que no era un lobo vestido con traje de confección, sino que su aire de frescura y distención –ratificado objetivamente por sus 43 jóvenes años- era una alternativa válida frente al desgaste, el cansancio y el aburrimiento mediocre del gobierno de Gordon Brown, que no pudo revertir la pendiente de fin de ciclo.

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Con estos elementos, David Cameron llegó a las elecciones del pasado 6 de mayo, y su partido logró la mayor cantidad de votos en el recuento general. Mayor cantidad, pero no mayoría parlamentaria, porque el discurso posmoderno, líquido y débil, puede provocar adhesiones, pero muy difícilmente arrastre multitudes. Gran Bretaña quedó durante algunos días en la indefinición del Parlamento “colgado” (“hung parliament”), y comenzaran las especulaciones sobre las posibles alianzas. Con el especial sistema representativo vigente, que privilegia claramente la formación de gobiernos mayoritarios, con alta gobernabilidad y muy estables, los conservadores obtuvieron 306 asientos (36,1 por ciento de los votos), el gobierno laborista de Gordon Brown quedó relegado a un distante segundo lugar, con 258 sitiales (29,1 por ciento); y los Liberal-Demócratas como tercera fuerza –que habían irrumpido sorpresivamente en el tramo final de la campaña- con 57 asientos. Comandados por Nick Clegg, también joven y simpático como el líder “tory”, los Liberal-Demócratas, con un exiguo 23 por ciento de preferencia en el electorado, y a pesar del sistema mayoritario que castiga fuertemente a los partidos menores, tuvieron en sus manos la posibilidad de armar una alianza con uno de los dos grandes, y generar un gobierno de coalición.

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Tradición y especulación

El inglés es un pueblo que goza de sus tradiciones, de todo tipo; muchas de ellas son, inclusive, auténticas. Una de estas indica que el partido más votado, aunque no haya obtenido la mayoría, tiene derecho a reclamar la oportunidad de formar gobierno. Por ello, Cameron esperó a Clegg, y públicamente le ofreció considerar la posibilidad de reformar el sistema de representación que tanto penaliza a los Liberal-Demócratas en las elecciones. Este hubiera sido el camino tradicional. Pero con la llave del acceso al poder en la mano, Nick Clegg barajó durante un par de días alternativas diferentes. Dijo que no se sentía un “hacedor de reyes”, pero no dejó de asistir a una ronda de negociaciones con el todavía primer ministro Brown. Los analistas de los más importantes think tanks británicos, como los profesores de la London School of Economics, o de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford, propusieron en artículos de opinión que, tanto en carácter como en perfiles partidarios, eran muchos más los elementos coincidentes entre los liberal-demócratas con los laboristas, que los factibles de encontrar entre aquellos y los conservadores.

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La jugada pareció, en todo caso, un canto de cisne de Gordon Brown, un último manotazo para aferrarse al cargo, y lograr un nuevo período de gobierno en minoría. El sistema político británico no obliga al primer ministro a disolver su gobierno por el hecho de perder unas elecciones, y si consigue alianzas con algunos representantes regionales o con una tercera fuerza atípica –como los liberales-demócratas en este caso- Brown hubiera podido permanecer en la dirección del ejecutivo. Pero una alianza de este tipo, aunque legalmente posible en el sistema político, no habría dejado de ser una asociación de perdedores, y eso es muy difícil de enmascarar, cualquiera sea el discurso con que se la justifique. Y la opinión pública británica, democráticamente madura y experimentada, no es de las que aceptan gato por liebre. De haberse avanzado por esa vía, el resultado más probable hubiera sido un gobierno débil, de socios en coexistencia conflictiva y muy cuestionado en su origen, exactamente lo contrario de lo que se espera para la administración del Reino Unido en una crítica coyuntura de mercados inestables y de crisis en proceso de profundización.

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Pero durante la semana se hizo evidente que el primer ministro no contaba con los respaldos suficientes, ni siquiera dentro de su propio partido. Los laboristas entendieron que aferrarse al poder sin la legitimidad que otorga el ganar limpiamente unas elecciones, los llevaría a quedar fuera del escenario por más tiempo del prudente. Brown terminó tirando la toalla, hizo pública su renuncia y la diputada Harriet Harman asumió la conducción del Partido Laborista, que ahora vuelve a la oposición.

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Vistas las alternativas, los liberales-demócratas volvieron sobre sus pasos, y decidieron transitar una vez más el camino de la tradición. Acudieron al convite de Cameron, que en todo este tiempo no había perdido el tipo, ni los nervios, ni la paciencia. Sostuvo su convocatoria, aseguró a Clegg que tratarán el tema de la reforma del sistema electoral, y que las otras banderas de los socios integrarán la agenda del nuevo gobierno: analizar la situación de la inmigración irregular, la moratoria nuclear y los gastos militares. Un auténtico gobierno de coalición, dijo, no sólo un pacto de gobernabilidad. Los liberal-demócratas aceptaron, y la reina llamó a David Cameron a Buckingham.

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Los cachorros

Tanto David Cameron como Nick Clegg tienen 43 años. Son el primer ministro y el vice primer ministro más jóvenes de la historia inglesa de los últimos dos siglos. Y sus historias de vida corren en paralelo.

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La simpatía del nuevo primer ministro fue caricaturizada como un “pez dentro de un preservativo”, en una hiriente sátira de la prensa británica. Pero Cameron, lejos de ofenderse, les celebró la gracia. La anécdota pinta su carácter, y lo diferencia de los rancios personajes del Partido Conservador. Y más allá de lo espontáneo, las notas pragmáticas y sin demasiados énfasis ideológicos de las que ha hecho gala durante toda la campaña electoral pueden constituir un momento de cambio en el viejo partido “tory”. Cameron viene de una familia acomodada; se educó en Eaton, el colegio privado donde estudian los hijos de la aristocracia, y en la Universidad de Oxford, donde cursó filosofía y ciencias políticas.

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Pero respecto del viejo ideario conservador, mantiene las posturas de la menor injerencia gubernamental posible en la vida económica, aunque matiza casi todas las demás: menos tradición y rigidez respecto de las costumbres sociales, aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo, legalización del aborto, apoyo a la sanidad pública. La gran diferencia con la generación de sus abuelos conservadores estriba en la relación con los Estados Unidos y respecto “del Contiente”, con este último, su anti-europeísmo es menos militante, y con el gran socio americano, no asegura una alianza incondicional (ni siquiera apoyó entusiastamente la guerra de Irak). Quizá sea la cara nueva del conservadurismo, aunque también pueda ser el líder que lleve a la derecha británica más cerca del centro.

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De Nick Clegg, su nuevo vice primer ministro, dicen que además de simpático y joven es intuitivo, abierto, y liberal en serio. Mucho más cerca de Europa que Cameron, su internacionalismo le viene desde la propia biografía: su madre es holandesa, su padre es hijo de rusos, su esposa es española; y habla inglés, holandés, alemán, francés y español. También de familia acomodada, no estudió en Oxford como su jefe, pero sí antropología social en Cambridge, otra de los grandes campus universitarios de fama mundial. Le sedujo unirse a los “tories” durante algunos años, aunque luego se mudó a los liberales-demócratas, de cuyo liderazgo se hizo el mismo año en que Cameron comenzaba a comandar a los conservadores. Dos vidas paralelas.

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De la mano de los cachorros, y tras los años de hierro de lady Margaret Thatcher, que ocupó el número 10 de Downing Street entre 1979 y 1990, sus nietos vuelven al poder en Londres. Y con una receta de imagen inventada por Tony Blair, el dirigente de la nueva izquierda inglesa que los había empujado del escenario. La política también nutre al flemático humor inglés.

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Cameron, primer ministro (11 05 10)

Gran Bretaña

DAVID CAMERON ASUME EL EJECUTIVO INGLÉS TRAS LA RENUNCIA DE BROWN

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Los conservadores vuelven al poder después de 13 años de laborismo

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La reina Isabel II convocó ayer a la tarde (hacia las 16:30 hora argentina) al líder conservador David Cameron al Palacio de Buckingham, y le encargó la formación de un nuevo gobierno. La decisión de la jefa de Estado cierra un período de indefiniciones sobre los posibles rumbos políticos que podría tomar la conformación del gobierno británico, luego de que las elecciones generales del 6 de mayo pasado se saldaran sin un partido con clara mayoría en el legislativo de la Cámara de los Comunes, y comenzaran las especulaciones sobre las posibles alianzas. Los conservadores de Cameron lograron 306 asientos (36,1 por ciento de los votos), frente a los 258 de los laboristas (29,1 por ciento), y 57 los Liberales Demócratas de Nick Clegg, que con su exiguo 23 por ciento se hizo con la llave de conformación del nuevo gobierno. Atendiendo a estos porcentajes, Cameron convocó a Clegg, y en un primer momento la tercera fuerza pareció inclinarse a una coalición con los “tories”, pero luego Clegg inició también negociaciones con el primer ministro, Gordon Brown, en lo que pareció una estrategia para habilitar un nuevo mandato de Brown, cerrando el paso a los conservadores.

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El sistema político británico no obliga al primer ministro a disolver su gobierno, y Brown intentó permanecer en la dirección del ejecutivo hasta ayer a la tarde, cuando fue evidente de que no contaba con los respaldos suficientes ni siquiera dentro de su propio partido. Los laboristas entendieron que aferrarse al poder sin la legitimidad de los votos mayoritarios podría ahondar aún más la crisis política por la que atraviesan. Así, Brown declaró que renunciaba a la primera magistratura, y a la conducción del laborismo, que asume la dirigente Harriet Harman y pasa a la oposición, culminando de una manera bastante mediocre los dorados años de la hegemonía “labour” inaugurados por Tony Blair.

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Cameron, de 43 años, acudió a la cita con la reina y salió convertido en primer ministro, trasladándose directamente desde Buckingham a la residencia oficial del número 10 de Downing Street. En sus primeras declaraciones en la tradicional puerta, Cameron –el primer ministro más joven que tienen los británicos en dos siglos- declaró que la alianza con los Liberal Demócratas será “completa”, no solamente un acuerdo de gobernabilidad. Una coalición que permita devolver a Inglaterra un “gobierno fuerte y estable”, una necesidad imperiosa para el país en momentos de alta inestabilidad y crisis, manifestó. Estos conceptos apuntalan la posibilidad de una reforma electoral, principal banderas de Clegg, que intenta cambiar un inequitativo sistema que apunta al establecimiento de regímenes mayoritarios, con el consecuente perjuicio hacia los partidos más pequeños.

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