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Vacas flacas y agresivas (18 06 10)

Vacas flacas y agresivas

por Nelson Gustavo Specchia

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En los tiempos de vacas gordas, todo es optimismo. Pero cuando sobreviene una tormenta crítica que descalabra las certezas y esos objetivos de largo plazo que parecían atados y seguros, aparecen en escena actos de arrojo y valentía; pero también surge el costado más oscuro del egoísmo, la cerrazón, el miedo al otro, la expulsión del diferente, la cobardía.

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Y estamos hablando de política.

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Desde diferentes puntos del globo recibimos en estos días señales de tensión, de endurecimiento, de efectos inesperados de esta depresión global que lleva ya dos años adelgazando vacas y no tiene visos de remitir. Desde el incendio del odio étnico en los lejanos valles del centro de Asia, pasando por picos de intolerancia en el sempiterno conflicto árabe-israelí en Oriente próximo, y hasta los buenos resultados electorales obtenidos por partidos separatistas y xenófobos en el corazón de Europa, las estrategias para enfrentar estas incertidumbres están lejos de aportar grados de solidaridad humanística a nuestro tiempo.

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Viejas recetas, nuevos ajustes

Cuando explotó la crisis por las hipotecas y los endeudamientos baratos, las censuras hacia las recetas neoliberales y neoconservadoras ocuparon la mayor parte de los espacios de análisis y de opinión, así como la indicación de la responsabilidad de los grandes bancos de inversión y de las oscuras empresas calificadoras del riesgo de las cuentas públicas de los países. Sin embargo, a tan poco andar y sin haber logrado que los coletazos más duros de ese golpe económico se despejen del horizonte, las viejas y fracasadas recetas que convierten al libre mercado prácticamente en deidad de culto político vuelven a insertarse lentamente en las decisiones de las máximas instancias ejecutivas. No son los pobres y los sectores más desfavorecidos los se protegen prioritariamente, como se anunciaba a los cuatro vientos al explotar la crisis, sino aquellos mismos bancos de inversión y empresas tan denostadas. Los sectores vulnerables, si acaso, vuelven a estar en las variables del ajuste: despidos para flexibilizar el mercado de trabajo, indemnizaciones más baratas, jubilaciones menores y en plazos más largos. Esta parece ser la ruta elegida por los países miembros de la Unión Europea, la región que hace apenas medio siglo redescubrió el Estado de Bienestar y el desarrollo basado en el aumento de los derechos y beneficios de las grandes mayorías.

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Hace apenas dos años, cuando Alemania ocupaba su turno de presidencia rotatoria en el Consejo (la reunión de los jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea, el verdadero lugar del poder, más allá de los funcionarios y los comisarios que ocupan las jerarquías de los órganos burocráticos), el consenso mayoritario era que los problemas se enfrentarían con estrategias puntuales, sin tocar los derechos sociales construido laboriosamente por la sociedad política europea desde la segunda posguerra. Esa postura, sin embargo, se ha disuelto en el aire a una velocidad insospechada, y el Consejo Europeo reunido en Bruselas esta semana, bajo presidencia española, enterró aquellos principios e instaló –también como postura común y hegemónica del liderazgo continental, independientemente del color político del partido en el gobierno- la austeridad, el achicamiento del gasto, el enfriamiento de la economía, el freno al crecimiento, y el ahorro por vía de la restricción de derechos sociales, desde el sueldo de los empleados públicos a la jubilación de los mayores.

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Esperanzas frustradas

Estos planes de ahorro, drásticos y en la mejor tradición neoliberal, implican un salto hacia atrás en la propia concepción de Europa como “soft power”, como ejemplo de experimento político a ser imitado, no sólo por terceros países de otras latitudes, sino por los propios socios menores de la organización continental, recién llegados al proceso de integración (y en algunos casos, como los países ex comunistas de la Europa del Este, llegados no hace tanto a la propia democratización interna). Pero éstos son impelidos por las grandes locomotoras de Europa –Alemania y Francia, principalmente- a seguir la misma vía. Letonia ha puesto su economía en manos del Fondo Monetario Internacional. Y la República de Irlanda ha sido empujada a crear nuevos impuestos y aumentar la edad jubilatoria. (Hace muy poco tiempo, un gobernador cordobés organizó una misión de empresarios y académicos locales para visitar el “milagro irlandés”, del que, a este paso, en breve quedará poco).

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Los ex Estados comunistas de Hungría, Rumania y Bulgaria, deberán ajustar el cinturón o enfrentarse a la bancarrota, el Banco Central Europeo sólo les da esas dos posibilidades. En los tres países los sueldos públicos sufrirán un recorte, en promedio, del 15 por ciento (siendo, como son, ya bajos respecto del promedio continental), y exponer sus cuentas públicas a la auditoría y fiscalización del FMI. La República Checa, Polonia y Eslovaquia, relativamente más estables, están a la expectativa de tener que lanzarse a la vía del ajuste.

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La que abrió esta vía fue la economía griega, y a costo de sangre. A principios de mayo, en una movilización contra la restricción de derechos sociales, murieron tres manifestantes en Atenas, pero el gobierno siguió adelante y merced a las medidas restrictivas impuestas, accedió a créditos del FMI y del fondo europeo (donde los alemanes son los principales aportantes) luego de un largo período de dudas de la canciller Ángela Merkel. Varios diputados alemanes sugirieron que Grecia vendiera el Partenón, o que privatizara las Cícladas, pero que no le pidieran la plata a ellos. La solidaridad con la que se construyó la Unión Europea empezó a hacer agua por todos lados, y el gobierno heleno de Georgios Papandreu cargó el costo del achicamiento del déficit en los empleados públicos, en los jubilados, y en los consumidores (aumentó el IVA al 23 por ciento).

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Tú también, España

Tras la crisis griega, a la dirigencia europea la ganó el espanto. Cualquier cosa, menos parecerse a Grecia, o que alguien diga, en algún periódico financiero, que nos parecemos a Grecia. Sin embargo, las aseguradoras de riesgo –que a pesar de lo dicho por todos a principios de la crisis, siguen sin control estatal o supranacional ninguno- comenzaron a deslizar que los siguientes candidatos en la lista serían España y Portugal, con cuentas sin sanear, déficits pronunciados, grandes endeudamientos de sus sectores privados, y una desocupación alarmantemente alta.

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Merkel sugirió que el gobierno socialista español podría recurrir al fondo de ayuda europeo (con lo cual, además, le daba una ayuda a sus correligionarios del Partido Popular español, que esperan ansiosos que la crisis se lleve puesto al ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero) y ardió Madrid. A pesar de la certeza de tener que enfrentar una huelga general, Zapatero se plantó frente a las Cortes y dijo que ajustaría las cuentas, sin dejar de salvar a varios bancos, endeudados por aquellos famosos y criticados créditos irresponsables de la burbuja inmobiliaria. Pero, si se salvan los bancos, ¿quién cargará el ajuste? Los trabajadores y los jubilados: se reformó por decreto todo el sector laboral, se eliminó el aporte a los padres y madres de recién nacidos, se abarató el despido, se disminuyeron las indemnizaciones y en breve se alargará la edad jubilatoria. Para el año que viene, como si esto fuera poco, el ajuste deberá profundizarse.

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Los dos años largos que lleva la crisis financiera y económica no dejan de poner de relieve la inexactitud y fracaso de las recetas neoliberales y conservadoras. Sin embargo, los partidos socialdemócratas han quedado descolocados con la crisis que no vieron venir (y que incluso negaron durante buen tiempo, como el caso del propio Zapatero en España), lo que ha impactado en sus apoyos electorales. Porque asistimos a la paradoja de que las políticas liberales que están destruyendo el Estado de Bienestar creado y alimentado por los socialdemócratas, son apoyadas por éstos, para gran confusión de sus electores. La izquierda pierde peso aceleradamente en los gobiernos –los pocos gobiernos socialistas que van quedando- y sus apoyos migran hacia partidos ecologistas y hacia organizaciones no gubernamentales (ONG).

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La centroderecha conservadora, por el contrario, no para de crecer. Y los gobiernos capitaneados por ella no han dudado en afirmar que se sumarán a la tendencia general del ajuste. El presidente francés Nicolás Sarkozy ya anunció que aumentará progresivamente la edad jubilatoria, a pesar de la resistencia social que encontrará en el camino. El italiano Silvio Berlusconi y el recientemente asumido gobierno “tory” de David Cameron harán lo propio.

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La curva de tormenta, en todo caso, no parece que vaya a detenerse en los ajustes económicos. Está alcanzando niveles más profundos, donde los grados de convivencia social y apertura al otro, al distinto, a la radical pregunta y cuestionamiento que plantea el diferente a nosotros mismos en el seno del cuerpo social, comienzan a ponerse en entredicho. Y ese sí que era el gran aporte de Europa a Occidente y al mundo. Pero en la semana pasada, las elecciones holandesas mostraron el aumento sorprendente de un partido xenófobo, que se acaba de convertir en la tercera fuerza política nacional, y cuyo principal punto programático es la expulsión de los musulmanes de Holanda. En Bélgica, por los mismos días, el partido nacionalista y separatista NVA se convirtió en la fuerza más votada de la mitad flamenca del país; la meta del NVA es romper Bélgica en dos partes y expulsar a los valones francófonos del sur.

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Las vacas flacas, a veces, se vuelven agresivas.

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Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 17 de junio de 2010

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Nuevo mando, algo gris, para Europa (26 11 09)

Nuevo mando, algo gris, para Europa

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por Nelson Gustavo Specchia

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“Bipolares”, 26 de noviembre de 2009

En un mundo donde los altos contrastes, lo blanco frente a lo negro, o lo negro frente a lo blanco, parecen ser las perspectivas que día a día aumentan de calado, de importancia, la introducción de mayores equilibrios, de mayores dosis de mesura, es una esperanza fuerte. El proceso de integración continental de la Unión Europea forma parte de esa esperanza.

Luego de los fracasos del Tratado Constitucional, en 2005, Europa quedó en un compás de espera, en una fase de estancamiento, hasta la reciente firma del Tratado de Lisboa, que intenta recuperar la iniciativa.

En el Tratado de Lisboa, que entrará en vigor el próximo 1 de diciembre, se prevé la elección de un presidente permanente del Consejo Europeo, y de un Alto Representante de la Política Exterior, para que Europa hable con una sola voz en el concierto internacional.

La elección de estos dos cargos se ha realizado esta semana que pasó, y, a pesar de las altas expectativas que habían creado, las designaciones han tenido la particularidad de dejar disconformes a todo el mundo.

Frente a un mundo cada vez más en blanco y negro, Europa no sale de los tímidos grises.

Los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 países miembros de la Unión Europea, han elegido al conservador democrata-cristiano belga Herman Van Rompuy como presidente, y a la laborista británica Catherine Ashton, como Alto Representante de Política Exterior y Seguridad (el cargo que desempeñó hasta ahora Javier Solana), y Vicepresidenta de la Comisión Europea.

Van Rompuy, hasta ahora primer ministro belga, parece ser un hombre de consenso, especialmente frente a la complejísima crisis entre valones y flamencos en su país. Pero fuera de Bélgica no lo conoce prácticamente nadie, y ha dejado atrás a candidaturas de aspirantes como Tony Blair, del holandés Jan Peter Balkenende, o del ex presidente del gobierno español, el socialista Felipe González, todos políticos de fuertes personalidades y claros liderazgos.

Y la señora Ashton llega a este cargo, básicamente, por una cuestión de equilibrios: es socialista, y es mujer. Las europarlamentarias ya habían dejado escuchar su voz de protesta –y de advertencia- de que no tolerarían que los nuevos altos cargos de la UE fueran todos para hombres.

La política de equilibrios de Bruselas, además, conduce a que la cartera de Exteriores vaya a parar a un socialista, mientras que la presidencia queda en manos de un conservador, reflejando, de esta manera, la distribución política actual en los gobiernos de los países miembros de la Unión Europea.

Catherine Ashton se pondrá al frente del mayor aparato diplomático del mundo, a partir de 1 de diciembre. Asumirá las atribuciones de presidir el Consejo de Ministros de Asuntos Exteriores de todos los países de la UE, y la “cancillería” de la organización.

Lady Ashton (es baronesa, título nobiliario entregado por Su Majestad, la Reina de Inglaterra) estará al frente de una red diplomática inmensa, con la mayor cantidad de embajadas repartidas por el mundo.

Pero ninguno de estos dos nuevos altos cargos poseen una personalidad como la que se esperaba para estos tiempos. Son unos funcionarios de segunda línea, más grises de lo que podría haberse esperado.

Por eso estas escenas de cambio, que hemos presenciado esta semana, no pueden ocultar una transformación de fondo bastante pobre: Europa sigue sin encontrar un ímpetu avasallador que la ponga en ruta nuevamente con la fuerza de los inicios del proceso de integración, tras la segunda posguerra.

Los nombramientos de Durão Barroso, para un mandato renovado como presidente de la Comisión, y de Von Rumpuy y Lady Ashton, en realidad, parecen haber sido puestos aquí porque molestarán poco a los grandes países y a los grandes líderes personalistas de Europa. Si así fuera, entonces son fruto de la ausencia de voluntad y de objetivos por parte de los grandes actores del proceso europeo.

Todos esperamos que Europa vuelva a recuperar bríos y fuerzas, porque un protagonismo relevante del Viejo Continente equilibraría los tantos a nivel internacional. Pero, sin embargo, y a pesar de las tan altas expectativas que estos nombramientos en la Unión Europea habían significado, la política internacional sigue pasando por otros vectores: Estados Unidos, China, India, Rusia, Irán, Venezuela, y, claramente y cada día más, Brasil.

La Europa gran protagonista sigue siendo una promesa.

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nelson.specchia@gmail.com

Cuestiones duras y respuestas audaces (14 08 09)

uno de bastos

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CUESTIONES DURAS Y RESPUESTAS AUDACES

Escenarios internacionales de una crisis global

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Nelson Gustavo Specchia

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Conferencia en el Colegio de Abogados de Córdoba

Viernes 14 de agosto de 2009

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Muy buenas tardes.

Es un placer para mí estar esta tarde aquí, en esta tan importante institución para la vida profesional, pero también para el auténtico crecimiento social y cultural. Como queda demostrado esta tarde, un fértil punto de encuentro también para colegas y amigos de otras latitudes. Mi agradecimiento a las autoridades, recientemente “reestrenadas” autoridades de este Magno Colegio por ofrecerme este espacio esta tarde, para conversar con ustedes sobre algunos de los factores más importantes que cruzan en nuestros álgidos y movedizos días la escena internacional, y ensayar, con una metodología ojalá dialogal, algunas claves interpretativas de esta realidad de cambio acelerado: claves para mejor entenderla y, por ello, mejor poder interactuar con ella. También la oportunidad de encontrarme personalmente con algunos colegas con quienes hemos, en otros momentos, mantenido fructíferos intercambios de colaboración, como el doctor Daniel Andrade, de quien hemos publicado un interesante ensayo (“La solución de diferencias en comercio internacional en el ámbito de la OMC y del Mercosur”), allá por el 2005, en la revista que dirijo, la Studia Politicae, en la Universidad. Y de una manera personal, un agradecimiento especial a la doctora Mabel Solano, que ha sido mi interlocutora en este tiempo de preparación de esta reunión, por su gentileza de trato y por su paciencia y perseverancia de ir siguiendo durante meses mi disponibilidad de agenda, a veces tan difícil de encontrar, para que pudiéramos coincidir esta noche. Muchas gracias por todo ello.

He titulado mi exposición “Cuestiones duras y respuestas audaces” porque me parece que esta relación entre cosas muy nuevas, inéditas en su gran mayoría, y por ende poco teorizadas en la ciencia política, en la sociología de las organizaciones, en la psicología social, y en la política internacional, son las que han motivado, empujado, traccionado la búsqueda de respuestas novedosas para enfrentarlas –también inéditas algunas de ellas- por parte del liderazgo político; pienso que esta relación entre dureza y audacia, digo, puede dar una idea, funcionar como metáfora de la manera de mirar, del approach, que nos exige hoy una realidad internacional in-segura, donde una parte importante de las columnas densas, de las verdades sólidas que daban garantías y previsibilidad a la acción internacional (la política, la diplomática, y –fundamentalmente- la económica) se han ablandado, gelatinizado, o directamente desaparecido. Decía yo hace pocos días en Lima, Perú, en un encuentro muy similar al de esta noche, que el título de aquel libro de Daniel Bell donde se intentaba dar cuenta filosóficamente de un tiempo nuevo, donde los parámetros más tradicionalmente confiables de la modernidad desaparecían uno tras otro, era un título muy “profético”, ya que podría definir ajustadamente la sensación de los analistas internacionales de nuestros días: All that is solid melts into air tituló Bell a su libro sobre la “postmodernidad”. Y esa es, precisamente, la sensación que uno tiene cuando encara el estudio, el análisis, de esta coyuntura internacional tan poco aprehensible, tan cambiante sin respetar patrones de cambio, y, por eso, tan poco previsible en su direccionalidad. Fente a ella, sólo caben respuestas audaces, fórmulas imaginativas e inéditas, como los hechos a los que se intenta responder, y tan valientes, en definitiva, como lo exige la urgencia de la hora.

Entonces yo marcaría, desde el primer momento de mi disertación, desde el propio título, que esa es, para mí, la característica principal del estudio de la realidad internacional hoy: interrogantes “duros” porque cuestionan lo que sabemos y las maneras en que obtenemos ese conocimiento sobre la situación global; y la estructuración, frente a estos interrogantes, de respuestas nuevas, imaginativas, fuera del “guión” y de la teorización de las relaciones internacional, en definitiva: audaces.

Un mundo “seguro”

Erick Hobsbawm, el historiador marxista inglés, autor de una de las obras más sólidas de la historiografía económica actual, tiene un libro exquisito, de esos que están siempre al alcance de la mano en la mesilla de noche: The Short Twentieth Century, (que en castellano ha aparecido como Historia del siglo XX). En este libro, Hobsbawm funda la idea de que el siglo XX, el siglo que todos nosotros hemos vivido, no empezó en realidad en 1901, ni terminó en el año 2000, sino que, en rigor de verdad, comenzó en 1914, con la patada al tablero del antiguo orden mundial, y terminó en 1989, con el derrocamiento de un muro. Ese siglo XX “corto”, y la imagen de ese muro levantado como una vena estriada frente a la Puerta de Brandemburgo, seccionando Berlín y todo el globo, era, en su brutal división y dicotomía, la imagen de un mundo equilibrado, de un mundo previsible, asentado sobre columnas sólidas e infranqueables como los bloques de cemento de ese mismo muro. Un mundo sobre el que pendía de una manera infame (porque aquí la evaluación moral es otro capítulo, no vaya a entenderse que estoy realizando un panegírico de la irracionalidad de la guerra fría), que pendía, digo, la espada de Damocles de la disuasión nuclear y de la “destrucción mutua asegurada”, pero que precisamente por ese equilibrio, esa lógica (perversa, pero lógica al fin) del aniquilamiento balanceado, la realidad internacional era previsible. Se podía teorizar en base a esa previsibilidad (ahí está toda la Escuela Realista de la política internacional para probarlo, desde Hans Morgenthau, pasando por Raymond Aron, y llegando hasta Henry Kissinger).

En definitiva, la paz internacional –en el nivel macro- se mantuvo. La lógica del conflicto fue “localizado”, sólo de focos puntuales, y en los márgenes, no en la línea de los países centrales, que hubiera afectado el equilibrio. La “Tercera Guerra Mundial”, a pesar de tener todas las posibilidades y las herramientas ideológicas, tácticas, y tecnológicas a mano, y más de un general entusiasta deseoso de comandarla, tanto a un lado como a otro del Muro, finalmente no estalló.

El nacimiento de la in-seguridad

Cuando termina el siglo XX “corto”, termina también esta previsibilidad en los relacionamientos mundiales. Y se perciben aquí algunos fenómenos que es importante reseñar, aunque más no sea al pasar, porque a mi criterio constituyen las claves que han ido jalonando el camino que nos ha traído hasta aquí, hasta esta gelatinosa, huidiza y cambiante cotidianidad. Seleccionemos tres de ellos.

A estos tres fenómenos podríamos denominarlos: 1) “la emergencia de las otredades”, 2) “el exitismo de los vencedores”, y 3) “el errático idealismo europeo”. Dos palabras sobre el primero: luego de haberles quitado las losas pesadas de la doble hegemonía, tanto en la órbita capitalista como en el antiguo “mundo comunista” comenzaron a emerger, con mayor o menor fuerza, diferentes sentimientos y realidades que habían permanecido subterráneas: nacionales, subnacionales, étnicas, regionales, lingüísticas, tribales, religiosas… que durante los años del equilibrio bipolar habían permanecido ocultas, soterradas, tributarias en definitiva del gran conflicto táctico y callado que enfrentaba a las metrópolis titulares de ambas mitades del mundo. Esta emergencia de realidades “nuevas” y “otras”, que aparecen con fuerza y clara intención de ocupar un lugar reivindicativo en el concierto internacional, va acompañada, en muchos casos, con dosis considerables de sentimientos negativos hacia quienes se considera responsables de sus años de sujeción, aislamiento, invisibilidad, sometimiento y vida subterránea.

Esta emergencia de realidades “otras”, se imbrica con el salto que da el proceso de estatalización del planeta. Los Estados, y los Estados-Nación, son los sujetos tradicionalmente más antiguos de la atención política, pero hasta mediados del siglo XX habían permanecido en un número relativamente estable, limitado, y bajo. El proceso de descolonización impulsado por las Naciones Unidas, junto al status de soberanía de nuevas unidades antes subsumidas en formaciones supraestatales (como la Unión Soviética), provocaron que la cantidad de Estados soberanos prácticamente se quintuplicara en un siglo: Cuando se reunió en Congreso de la Haya, en 1907, a la asamblea la integraron 42 Estados; en 1926, cuando se conformó la Sociedad de las Naciones, los Estados eran 56 (por primera vez hubo presencia de Estados africanos: 3 en total); en la segunda posguerra, en 1945, los Estados fundadores de las Naciones Unidas fueron menos aún, 51, pero 30 años después, cuando el proceso de descolonización está terminando, ya son 145. Y cuando Timor Oriental, en 2002, solicitó su ingreso a la ONU, le fue concedido el escaño número 192.

De 42 a 192 Estados en menos de cien años, ese es el salto estatalizador del siglo XX. Es claro que esta nueva composición numérica, aunada a la emergencia de realidades culturales históricamente sumergidas, perfila un mundo sustantivamente más complejo.

En cuanto al segundo fenómeno, que hemos denominado “exitismo de los vencedores”, hace referencia a la actitud del Departamento de Estado norteamericano tras la caída del Muro, que fue absorbida por un sentimiento exagerado de victoria y de celebración en Washington. Y este ánimo político fue modelando, con cierto grado de superficialidad en la asunción de la nueva realidad internacional, una mirada distendida y con niveles cada vez menores de inserción efectiva y de control sobre las variables intervinientes que, como dijimos arriba, seguían precisamente en ese momento la dirección contraria, y se complejizaban cada vez más. Hace algunos días, en un programa de radio y a propósito del establecimiento de una mesa permanente de relaciones al máximo nivel ejecutivo entre China y los Estados Unidos de América, recordé una anécdota de aquellos victoriosos y festivos inicios de los años ’90, cuando una parte de la intelectualidad norteamericana percibía a su país como incontestable potencia hegemónica, y los entusiastas del antiguo “mundo libre” anunciaban con bombos y platillos el nacimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), y una nueva concentración no confrontativa de poder político, que venía a quedarse por muchos años. En ese ambiente exitista, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, encontré un libro de divulgación política, y lo compré básicamente por la página con que su autor abría el volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan –escribía el politólogo-, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Esa frase, creo, refleja un clima de época.

Y un tercer fenómeno que está en la base de la conformación de los actuales escenarios internacionales está dado, pienso, por cierta indefinición en la intencionalidad y en la direccionalidad del proceso de integración europeo. La Europa unida, después del largo período que insumió su institucionalización (digamos: desde la posguerra hasta la caída del Muro), estaba llamada a jugar un rol central en el realineamiento de las piezas de un mundo multipolar, donde el “poder blando” de su experiencia y de su proyecto de convivencia entre unidades no solo diferentes, sino que habían  sido tradicionalmente antagónicas y enemigas, era un producto de exportación que la realidad mundial que nacía de los escombros del Muro habría asimilado con mucho provecho.

Pero Europa no se termina de decidir sobre el modelo terminado, y sigue fluctuando entre el sólo mercado común –el viejo proyecto inglés- y la Europa política, federada o confederada, que fue alimentada principalmente por el pensamiento francés. Este transcurso un tanto errático se ha sumado a una seguidilla de ampliaciones extensa y veloz, más extensa y más veloz, quizás, de lo que la misma organización y las múltiples ciudadanías europeas estaban preparadas para aceptar. Esto ha llevado a que el “euroescepticismo” no deje de crecer en la Unión, y que la traslación del soft power asociado estrechamente a su modelo, pierda fuerza en el contexto global.

Teniendo presentes estos tres fenómenos (en realidad, en un análisis más exhaustivo, no podríamos limitarnos sólo a ellos: en una elaboración más compleja, que hemos desarrollado en la Cátedra Jean Monnet, que tengo a mi cargo en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba, hemos construido una tabla de siete factores intervinientes globales, pero hoy y aquí, con las limitaciones que me impone una conversación de estas características, para marcar los bordes de los escenarios internacionales donde la crisis global termina manifestándose podemos limitarnos a utilizar estos tres); teniéndolos presentes, digo, podemos contextualizar, en un modelo analítico alimentado por ellas, la aparición en la escena internacional de los principales acontecimientos que antecedieron al descalabro que venimos soportando desde hace veinticuatro meses.

El camino hacia la crisis

1)      La administración norteamericana de George W. Bush implicó la vuelta de los neoconservadores al centro del poder norteamericano, que impulsaron la rebaja de controles a los movimientos de capitales como motor impulsor del crecimiento;

2)      la emergencia y revalorización de estratos culturales históricamente desplazados está en la base de los ataques del 11 de septiembre de 2001;

3)      los dos elementos anteriores impactan, a su vez, en la reubicación de nuevos objetivos estratégicos en la defensa norteamericana: la declaración de la “guerra al terrorismo”, la definición del “eje del mal”, el ataque y la nueva invasión a Irak;

4)      la percepción de aislamiento del Departamento de Estado desde la disolución soviética lleva al reflote de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y su utilización como estrategia “aliada”  para intervenir en Afganistán;

5)      las vinculaciones estratégicas entre George W. Bush, José María Aznar, y Tony Blair, y aquella emergencia de las realidades “otras”, están asociadas a los atentados de los subterráneos de Londres y de Madrid, que llevan por primera vez el terrorismo de base fundamentalista islámica a territorio europeo;

6)      la indefinición y el vaivén en las posiciones de la Unión Europea queda en evidencia al no lograr una postura común de sus Estados miembros en la resolución de adhesión a la aventura bélica norteamericana, con lo que resquebraja su Política Exterior y de Seguridad Común (PESC);

7)      poco tiempo después, el voto negativo en los referéndum de Francia y de Holanda (dos países fundadores de la original Comunidad Europea) al proyecto de una Constitución para Europa, implica un retroceso determinante en la dimensión política de la integración;

8)      sin herramientas de gobierno continental, la Unión Europea no puede consensuar estrategias comunes frente una manifestación más de las emergencias de realidades “otras”: la inmigración, especialmente la africana subsahariana. Los dos bordes del Mediterráneo representan una de las diferencias de PBI per capita más altas del mundo, y frente a ella y a las “pateras” colmadas de africanos que no dejan de llegar a sus costas, la Unión Europea vuelve a ensayar acciones erráticas, más policiales que de política exterior;

9)      luego de un largo invierno lamiéndose las heridas de un proyecto fracasado, Rusia, con el liderazgo de Vladimir Putin, manifiesta su voluntad de volver a ocupar un lugar de primacía en el concierto internacional;

10)  China, manteniendo un modelo sui generis de control político y expansión económica, se instala como la tercera economía mundial, y la principal financiadora del déficit norteamericano;

11)  la emergencia de realidades “otras” también alcanza al territorio latinoamericano, con planteos de reformulaciones políticas de contenido étnico, al mismo tiempo que una parte del subcontinente gira políticamente hacia la izquierda, luego de un período extremadamente corto de afianzamiento institucional democrático;

12)  introduciendo una cuña cultural y un quiebre sociológico generacional en la política occidental, Barack Obama, afroamericano, accede a la Presidencia de los Estados Unidos.

No podríamos aquí detenernos en cada una de estas dimensiones que, en su interrelación, conforman los actuales escenarios de la política internacional. Permítaseme, al menos, comentar algunas notas centrales de este último punto que he incluido en el modelo analítico de la situación mundial.

El “factor Obama”

Cuando comenzó la última campaña presidencial norteamericana, me decía en México el colega Erick Lobo que Barack Obama tendría muy pocas chances de llegar a las primeras líneas de la competencia electoral, y no solamente por ser negro, sino también porque su nombre tiene connotaciones negativas para el imaginario colectivo norteamericano de nuestros días: “Barack” suena demasiado parecido a “Irak”, el gran lastre de la política internacional de la administración Bush. Y “Obama”, me explicaba Erick, se escucha casi igual que “Osama”: ese nombre que se ha convertido en el primer enemigo de los Estados Unidos, desde que consiguiera atacar su suelo por sorpresa, y burlar durante años los rastreos de sus servicios de inteligencia. Sin embargo, y a pesar del estigma político que pudieron implicar sus nombres (por lo demás, tan africanos), a pesar de su juventud (46 años), y a pesar de ser un negro aspirante a la Presidencia de un país definido sociológica y culturalmente como “WASP” (white, anglo-saxon, and protestant), Obama comenzó dando sorpresas en la campana de largada de la carrera por la nominación de la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Una candidatura, además, que iba a tener que competir en una campaña electoral que se presentaba como la más apretada de la historia política reciente en los Estados Unidos. Las sorpresas siguieron cuando el entonces candidato comenzó a hablar: hasta esa simbólica primera victoria, en Iowa, el discurso de Obama era calificado de “bucólico”, la mayoría de las consultoras afirmaban que su énfasis en el relevo generacional y en el programa de cambio no tendría auditorio fértil. Frente al magnicidio de Benazir Bhutto, que obligó a ajustar las estrategias políticas en todas las latitudes, un estudio de The Wall Street Journal de enero de 2008 hacía constar que un 40 por ciento de los norteamericanos preferiría ver a una mujer como comandante en jefe de su ejército, mientras que sólo un 29 por ciento aceptaría a un afroamericano en esa responsabilidad que conlleva la Presidencia.

Y contra estos condicionantes sociológicos estructurales, Obama transitó ese largo y apasionante año electoral, desde la primera victoria en Iowa hasta el martes 4 de noviembre de 2008, cuando entró en la recta final. La “cuña cultural” que mencionábamos arriba, uno de los elementos más novedosos en estos nuevos escenarios mundiales, fue el hecho prácticamente increíble de que, en una sociedad tan conservadora como la americana, tuviera posibilidades reales de acceder a la Presidencia, al lugar del poder por antonomasia, un miembro de la minoría más característica –pero también más problemática- de esa sociedad conservadora. Esa posibilidad se hizo real apenas unos días antes de las elecciones generales, cuando un cambio en el interior del sistema político hizo que el escenario girara, y se ubicara para la recta final con la posibilidad cierta de que Barack Hussein Obama terminara obteniendo el triunfo final de las urnas. El giro estuvo dado por el movimiento de una parte importante de los grupos de opinión del Partido Republicano hacia el apoyo explícito al candidato Demócrata. Una explicitación que eligió la vía de presentación en horario de máxima audiencia de una cadena nacional, del general Colin Powell, afirmando que Obama sería un “presidente excepcional”. Con ese giro, los sectores más centristas del Partido Republicano apostaron a la construcción de una nueva mayoría, para tomar una distancia clara de los elementos provenientes de la derecha extrema norteamericana, especialmente de los grupos afines al fundamentalismo cristiano, que habían impulsado que toda la Administración se moviese sensiblemente hacia la derecha del arco político en las dos legislaturas de George W. Bush. Y estos sectores, que se expresaron en ese penúltimo momento por boca del Powell, vieron el riesgo cierto de que el fundamentalismo religioso terminase cooptando al viejo partido nacional y laico de Lincoln y Roosevelt. Ese giro dejó a Obama en inmejorables condiciones en los instantes finales de la campaña, ya que estos grupos de poder del Partido Republicano asumieron que el riesgo de deriva hacia la derecha se mantenía con el candidato John McCain, y terminaron por decantarse hacia el demócrata.

Y pasó lo que, antes de que el mundo cambiara y se complejizara acelerada y profundamente en las cortas dos décadas desde la caída del Muro, hubiera sido imposible: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, se convirtió en el Presidente de los Estados Unidos.

Y con el entusiasmo por la “cuña cultural” que se introducía en el sistema político, también apareció el riesgo: que la enorme simpatía que aupó a Obama a la Presidencia de la primera potencia mundial terminara generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción del Presidente dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades y limitaciones son los que, puestas en perspectiva, terminarían por definir la agenda internacional del nuevo Presidente norteamericano. En otras palabras, el hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario, pero Obama no es un revolucionario.

La agenda que Barack Obama ha venido desarrollando desde su asunción está muy en línea con las características de los escenarios internacionales que hemos delineado más arriba, una agenda marcada, antes que nada, por la complejidad de “cuestionamientos duros”

En primer lugar, y frente a la gravedad de la crisis financiera, decidió afrontar de lleno y al mismo tiempo la economía doméstica y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95 por ciento de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura, y reformará la sanidad pública. Algunas de estas metas permanecen en estado de proyecto, pero no han sido abandonadas. En el frente externo, en el que decidió permanecer muy activo y recuperar la iniciativa internacional, comenzó revalorizando el rol del G-20 ampliado.

Así, en el lapso de tres meses, de enero a marzo de este año, Obama lanzó cuatro planes de rescate financiero para empresas y bancos. A juzgar por los resultados que estamos conociendo estos días, puede que haya acertado, pero los grandes popes del análisis político y económico –incluyendo varios premios Nobel- siguen afirmando que sus planes no son más que refritos de los manotazos de los últimos días de Bush, y que, en definitiva, no terminarán resolviendo la crisis global en el largo plazo.

Para abril de este año, cuando se reunió el G-20, los organismos multilaterales seguían difundiendo unos diagnósticos de la crisis cada vez más duros. Inmediatamente antes de que comenzaran las sesiones del G-20 en Londres, el 2 de abril, una de las voceras del Banco Mundial, la nigeriana Ngozi Okonjo-Isweala, advirtió a los países ricos sobre una oleada de disturbios sociales y crisis políticas que podría desencadenarse en los países pobres del mundo, si los líderes del G-20 no acuden directa y prontamente en su ayuda. Según la señora Okonjo-Isweala, cientos de miles de trabajadores están perdiendo sus empleos en los países en desarrollo, y las redes de protección social no responden, por lo que es preciso aportar más recursos financieros al “fondo de vulnerabilidad” del Banco Mundial, habida cuenta de que la crisis podría causar 90 millones de muertes, y elevar a casi 1.000 millones las personas que pasan hambre en el mundo. Cuando este tipo de advertencias vienen de una directora gerente del Banco Mundial, encienden una alarma más que notoria.

Al parecer, la postura que están adoptando los organismos multilaterales pasa por advertir a los países grandes reunidos en la mesa del G-20 que la estrategia ya no puede ser –o al menos no puede ser exclusivamente- poner dinero en efectivo en los paquetes de medidas fiscales, y en planes dirigidos a la banca y a las grandes empresas, sino que debería haber una parte de esa masa de dinero orientada hacia la asistencia directa a los pobres, a ese enorme conjunto de países del globo que no tienen un escaño reservado en la mesa del G-20.

Y asumiendo su primer punto de agenda, el propio Barack Obama se dirigió esa primera semana de abril de 2009 a los líderes del G-20. De una manera bastante insólita para un presidente norteamericano, mediante una nota periodística publicada en el International Herald Tribune, urgió a los países más desarrollados a acordar una estrategia para reflotar la economía mundial. Y su columna periodística coincidió con las primeras reacciones a su cuarto programa para salir de la crisis, que se asienta en la persuasión a inversionistas privados para que compren hasta un billón de dólares en “activos tóxicos”, esos bonos que, en gran medida, han sido los responsables del colapso financiero que vivimos.

Por lo demás, y para completar la presentación de la cuña que implica el “factor Obama” en la constitución del escenario internacional, los ítems que completan esa agenda externa serían:

1)      ONU. La Organización de las Naciones Unidas pasa por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario General, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;

2)      La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia;

3)      Rusia, efectivamente, permanecerá como tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, y Obama deberá hacer equilibrios para mantener el canal de diálogo abierto con Dimitri Medvédev y Vladimir Putin, y no dejar huérfanos a los nuevos aliados del antiguo cinturón de soviético, como la Georgia de Saakashvili, la República Checa, Ucrania, y Polonia;

4)      La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – Unión Europea, tal como las dejó la Administración Bush, eran pésimas. Obama las ha comenzado a mejorar, pero nuevamente aquí, pienso que la estrategia será más país a país, ya que la Unión Europea en tanto actor unificado a nivel internacional, como dijimos arriba, tiene severos déficit; y en el mejor de los casos –o sea, si éstos alguna vez logran ser superados por la organización- entonces su rol como competidora en la escena internacional quedará más claro. Por ambas razones, es esperable que se intensifiquen las relaciones, pero a nivel bilateral;

5)      Afganistán. Obama sigue manteniendo que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá negociaciones concretas para tomar compromisos en la guerra contra los talibanes, que transitan por esporádicos períodos de recuperación;

6)      Islam. Obama ha dejado claro que la guerra contra los talibanes, o la disputa nuclear con Irán, no significan en ninguna medida un enfrentamiento con el “mundo árabe”, con el que se comprometió y solidarizó como nunca antes un líder occidental, tras su discurso de El Cairo;

7)      Irak. Ha reconocido los errores de la intervención militar, y ha puesto fecha de retirada de las tropas estadounidenses.

8)      China. Obama afirmó el mes pasado que las relaciones entre los Estados Unidos y China “determinarán” el siglo XXI. El gigante asiático se ha convertido en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia Estados Unidos productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada. Hoy China es la tercera economía del planeta, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar, lo que no deja de poner en jaque el discurso democratizante del presidente Obama;

9)      Oriente Medio. Barack Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena;

10)  América latina. Por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Colombia y Brasil, como interlocutores privilegiados. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero la estrategia del presidente colombiano Álvaro Uribe, el permitir que las tropas de “marines” norteamericanos puedan disponer de siete bases en territorio colombiano, y las reacciones de los países del grupo del ALBA frente a ello (inclusive con la advertencia del presidente venezolano Hugo Chávez de que las bases instalarían una hipótesis de conflicto militar en suelo sudamericano), seguramente modificarán el nivel de relevancia de la región en la agenda externa del presidente Obama.

Brotes verdes

Cuando escribí una versión anterior de esta conferencia, hace algún tiempo, los párrafos finales eran bastante lúgubres. Me alegra que la fecha de realización de esta reunión se haya desplazado, así puedo terminar mis palabras con unas líneas más esperanzadoras.

Ahora sí tengo la oportunidad, ya que algunos “brotes verdes” –como le gusta designar a los buenos síntomas de recuperación económica el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero- algunos “brotes verdes” parecen avizorarse en el horizonte, dos años después de la crisis de las “hipotecas subprimes”, luego de más de tres billones de dólares inyectados al sistema económico, y de quince meses consecutivos de destrucción de empleo en los países centrales, tanto para Barack Obama como para la OCDE, e inclusive para el Banco Central Europeo, lo peor de la crisis económica mundial puede haber pasado. El optimismo, en todo caso, es medido: lo que se ha frenado es la curva de aumento del desempleo, pero éste en Estados Unidos permanece –y seguramente permanecerá todavía un tiempo- en el orden del 10 por ciento. Otros indicadores, como la mejoría en las Bolsas, o la vuelta a los beneficios en la banca de inversión (una de las principales responsables del descalabro), son menos contundentes, y pueden llegar a ser más efímeros.

En todo caso, si ese fondo que no parecía llegar nunca se ha tocado, y los “brotes verdes” realmente están marcando una lenta recuperación, pera estas fechas del año próximo podremos, supuestamente, anunciar que hemos sorteado la amenaza de una nueva Gran Depresión.

Y entonces deberemos volver a revisar los escenarios internacionales, tal como hoy lo hemos hecho.

Muchas gracias.

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(c) Colegio de Abogados de la Provincia de Córdoba, 2009.

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Europa, un nuevo capítulo (“Sin prejuicios”, 17 12 08)

Radio – 105.4 FM – Cielo

Programa “Sin prejuicios”, con la conducción de Ricardo Fonseca

Columna de política internacional

miércoles 17 de diciembre de 2008

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EUROPA, UN NUEVO CAPÍTULO

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Por Nelson-Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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Europa es un animal político particular, que parece sumar en los colores de su piel y en los caprichos de su temperamento, todas las tonalidades (superpuestas pero no mezcladas) de los caracteres y de las especificidades nacionales que la componen.

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La búsqueda de la paz fue, desde la segunda posguerra, el principal norte de la organización nacida de los Tratados de Roma. Y este objetivo se ha cumplido en una parte importante: el continente no ha vuelto a verse arrastrado a nuevos enfrentamientos armados entre los Estados europeos, la cooperación se ha impuesto, los ricos han ayudado al desarrollo de los más pequeños y atrasados, y han desaparecido las fronteras interiores, creándose un gran espacio continental que va desde Portugal a Polonia, desde Finlandia a Malta, desde Inglaterra a Chipre. Hasta la renuente Suiza –las últimas fronteras interiores europeas- ha terminado integrándose al “espacio Schengen” la semana pasada, el viernes 12 de diciembre.

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Estos logros a nivel político, social, y económico colocan a la Unión Europea como el paradigma de los procesos de integración continental, como el espejo donde todos quieren mirarse, pero tiene también sus bemoles. Las ampliaciones han terminado componiendo una organización de 27 miembros, pero el liderazgo europeo no logra dar con la metodología y con los instrumentos para gobernar eficazmente semejante animal político.

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El primer ensayo fue redactar un tratado que funcionara como una Constitución. El proyecto lo lideró el ex presidente francés Valéry Giscard d´Estaing, y su texto parecía abrir las puertas a la transformación de Europa en un Estado supranacional, con todos los símbolos de la soberanía territorial y política moderna. Sometido a referendum, fueron dos países fundadores de la organización comunitaria, Francia y Holanda, los encargados de echar por tierra el proyecto con su “no” mayoritario en los plebiscitos del 2005.

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Entonces, los líderes europeos, con la Canciller alemana Ángela Merkel en la presidencia de turno del Consejo, se lanzaron a rescatar la Constitución, y las herramientas que ésta disponía para gobernar la organización con 27 miembros, pero quitándole todos los símbolos (bandera, himno) que tantas alergias nacionalistas habían provocado. Así nació el Tratado de Lisboa en la cumbre portuguesa de diciembre de 2007, y fue presentado como un relanzamiento de la Unión Europea para encarar los nuevos tiempos.

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Básicamente, el Tratado de Lisboa achicaba la Comisión (el ejecutivo colegiado donde todos los países miembros disponen de un “comisario”); creaba la figura de Presidente de la Unión; daba más facultades al representante de la política exterior, para que Europa hable en el mundo con una sola voz; y potenciaba las funciones del Parlamento europeo, elegido por sufragio universal. Merkel se jugó entera por la herramienta de Lisboa, pero la sorpresa aguardaba en el único país que tiene la obligación de someter el tratado a plebiscito: Irlanda. El resultado de la votación popular realizada en junio de este año fue, otra vez, “no”. Y el proceso de integración volvió a encallar.

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La Unión Europea ha avanzado a fuerza de superar crisis tras crisis. El testigo de la presidencia semestral rotatoria llegó al hiperactivo Nicolás Sarkozy, que durante este año que termina ha hecho un esfuerzo superlativo para superar el frenazo irlandés. Y parece haberlo conseguido la semana pasada.

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El Consejo Europeo reunido en Bruselas el jueves 11 de diciembre, siguiendo la partitura escrita por el presidente francés, ha cambiado la estrategia: los líderes han decidido reducir las pretensiones de una Europa grande, fuerte, y con voz propia en el concierto internacional, y merced a este achicamiento de expectativas poner nuevamente en marcha el proceso.

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En síntesis, Sarkozy ha logrado que el premier irlandés, Brian Cowen, se comprometa a someter nuevamente el Tratado de Lisboa a referendum, a cambio de asegurarle que Irlanda mantendrá su “comisario” en la Comisión. Claro que para ello ha tenido que asegurárselo también a todos los restantes miembros, con lo que la Comisión seguirá siendo un ejecutivo colegiado y burocrático, con 27 “comisarios” o más, inmenso y pesado, y quizá cada vez más distante de los sentires y de las necesidades populares, del hombre y de la mujer del llano, que ven cómo este inmenso animal político se hace cada vez más grande, está cada vez más lejos, y es cada vez menos operativo en la resolución de las necesidades del día a día.

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Queda por ver, entonces, si el pragmatismo de Sarkozy logra encarrilar el proceso europeo, o si por desatascar la parálisis ha forzado unos compromisos que terminarán por reducir aun más los sueños europeístas.

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Europa en horas bajas (26 06 08)

Publicado en Diario Norte, suplemento dominical, Año XXXIX, 29 de junio de 2008; y en Hoy Día Córdoba, suplemento Magazine, pág. 3, Año XI, Nº 2.714, 26 de junio de 2008.

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Europa en horas bajas

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Por Nelson-Gustavo Specchia

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Los síntomas de cierta relajación y contramarchas en el avance del proceso de integración del Viejo Continente comenzaron hace un par de años, en 2005, cuando los franceses y los holandeses, dos pueblos que habían estado en el pequeño club de los seis países fundadores de la primera Comunidad Europea, votaron NO en los plebiscitos para refrendar una constitución, que parecía redactada a la medida de los gobiernos, pero que juzgaron alejada de los sentimientos y de los problemas de los ciudadanos. A aquellos síntomas, en los últimos días han venido a sumarse una seguidilla de decisiones desacertadas de los órganos de decisión comunitarios, que han llenado de estupor y de escepticismo los análisis de ese modelo de referencia para la política internacional que es la Unión Europea.

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Un modelo de referencia no solamente a nivel de la integración geográfica entre los países del continente, sino a nivel del ideario de esa comunidad de naciones como vía de transmisión de la paz entre los Estados y los pueblos, de una ética humanista, de un equilibrio muy respetable entre libertades civiles y prácticas públicas de contención social.

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Que Europa, luego de largos siglos de luchas fratricidas y de dos guerras mundiales haya logrado, mediante la creación de un espacio común, dejar de matarse mutuamente, afirmar la paz, aumentar de manera sostenida su producto bruto, instalarse como un interlocutor internacional de peso, eliminar las fronteras interiores, y proteger los derechos civiles, sociales y políticos de su población, ha convertido al proyecto plasmado en la Unión Europa en una referencia ineludible para el análisis y la proyección política de otras latitudes.

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Sin embargo, tres eventos de máxima resonancia, en el transcurso de pocos días, vienen a echar un manto de sombras sobre la continuación exitosa de ese proceso en la actual coyuntura: la Constitución frustrada por holandeses y franceses es 2005 fue reconstituida por los líderes europeos en un nuevo tratado, en el Consejo de Lisboa, que institucionalmente fija las pautas para poder administrar la organización continental con los 27 miembros que suma luego de la gran ampliación hacia los países del Este. Pero en la única votación popular prevista en todo el continente para la ratificación del Tratado de Lisboa, en Irlanda  (en los restantes 26 miembros de la UE la ratificación sólo será parlamentaria), se impuso el NO, frenando todo el proceso institucional, ya que el tratado requiere de la unánime aceptación de los Estados miembros para entrar en vigor el próximo 1 de enero de 2009. Nadie tiene la más peregrina idea de cómo salir de este impasse, aunque todos coinciden que la organización ampliada no podrá seguir administrando sus órganos con las herramientas previstas por el Tratado de Niza, pensado para sólo 12 miembros.

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Por su parte, el Consejo Europeo (la reunión periódica de jefes de Estado y de gobierno), aprobó mayoritariamente el 9 de junio la revisión de los límites de los tiempos laborales, extendiéndolos hasta un hipotético techo de 65 horas semanales, lo que permite suponer jornadas de trabajo de unas 11 horas diarias, incluyendo los sábados: de un plumazo se cambia un paradigma, que ha integrado –de una manera central- ese “modelo social europeo” que ha sido referente desde la posguerra, aumentando la discrecionalidad empresaria en desmedro de los derechos de los trabajadores.

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Y la guinda del postre, que viene a ratificar que estas decisiones legislativas y ejecutivas no son eventos aislados y excepcionales, sino que forman parte de una tendencia política de esta Europa en horas bajas, que implican modificaciones estructurales en la idea que las elites europeas de estos días tienen sobre la continuidad del proceso de integración continental, esa guinda, digo, la ha puesto el Parlamento Europeo con la adopción –por una mayoría abrumadora de eurodiputados, tanto de la derecha como de la izquierda- de la “Directiva de Retorno”, dirigida a penalizar burocráticamente al inmigrante que no haya conseguido obtener visados de residencia, recluyéndolos en “instalaciones especiales” y por períodos de tiempo desmesurados, en un atentado odioso a los derechos humanos.

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La que ha sido denominada “Directiva de la Vergüenza” por líderes políticos y sociales (latinoamericanos, pero también por profesores y analistas europeos), transforma un conflicto social en un problema policial, permite la retención extra judicial de los inmigrantes indocumentados por períodos de hasta un año y medio (cuando el trámite de expulsión puede realizarse en apenas unos días), inclusive si son parte de sectores vulnerables, como los menores de edad.

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La política de inmigración que esta decisión del Parlamento Europeo dibuja es humillante, y no sólo para los hombres y mujeres que llegan a las costas del Viejo Continente, aunque no dispongan de los formularios de inmigración debidamente cumplimentados, sino que es humillante para la propia dirigencia comunitaria, que asiste pasivamente a la erosión acelerada de ese modelo social que puso a Europa en el centro del candelero en apenas medio siglo.

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Las tendencias conservadoras –que parecen declinar en la América del Norte- han encontrado nuevos retoños en las clases dirigentes europeas; el cambio de ciclo afectará profundamente la cultura política, y el rol de la Unión Europea en el concierto internacional.

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Profesor Titular de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba.

Europa cabalga de nuevo (01 11 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (1 de noviembre, 2007)
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EUROPA CABALGA DE NUEVO

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por Nelson Gustavo Specchia
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El escritor catalán Lluís Foix ya lo ha definido, en una afirmación un tanto críptica, pero que alcanza a explicar los movimientos en ese laboratorio gigante de política internacional que es la Unión Europea: “La historia de Europa es la del miedo a no cometer nuevos errores. El éxito lo hemos aprendido del fracaso, para volver a fracasar y seguir intentándolo, para que de cada crisis saliera una nueva oportunidad.”

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Una crisis profunda se instaló en la primavera boreal de 2005, con el fracaso de la Constitución Europea, cuando los electorados francés y holandés (dos países fundadores de la Unión, en 1957) la rechazaron en plebiscito. La Constitución intentaba acercar al continente a un cierto macro-Estado federal, con bandera, himno, gobierno, y ley fundamental. Aquel fracaso sumió en la parálisis al proceso de integración durante casi dos años, hasta que la Canciller alemana Angela Merkel, asumiendo la presidencia semestral del Consejo Europeo en enero de este año, se lanzó a rescatarlo: a convertir la crisis en una nueva oportunidad.

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Los líderes del viejo continente han estado a la altura de las circunstancias. En la cumbre de Lisboa, del pasado 20 de octubre, se acabaron dos años de inmovilismo e incertidumbre, y se relanzó con ímpetu y fuerza renovada la construcción comunitaria. Es cierto que –al menos de momento- las esperanzas constitucionales de una mayor “Europa política” han quedado aparcadas. Pero el acuerdo de Lisboa logra rescatar una considerable porción de las aspiraciones esbozadas en el proyecto constitucional. Además, las reformas otorgarán un dinamismo y una agilidad mayor a los gestores del ejecutivo comunitario, al eliminar el paralizante derecho de veto en unas cuarenta cuestiones. Un elemento imprescindible para maniobrar la organización, de 27 miembros, en una globalización acelerada.

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La cumbre de Lisboa no quiere exponerse a nuevas riesgosas consultas plebiscitarias: los acuerdos entre los líderes serán sometidos sólo a ratificación parlamentaria. Y el consenso se logró a la vieja usanza: con concesiones a los miembros más problemáticos. Se acomodaron los números de parlamentarios (751 eurodiputados representarán a los quinientos millones de habitantes); la “Carta de Derechos Fundamentales” será de aplicación en todos los Estados, pero con la excepción del Reino Unido, que quiere seguir siendo el único árbitro de las huelgas de sus súbditos; la Polonia de los gemelos Kakzinski –tan remisa a que Europa entre en sus asuntos internos- recibe garantías para frenar los acuerdos que no alcancen la minoría de bloqueo.

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Pero, más allá de estas salvedades, y de que algunos de los consensos de Lisboa (como las votaciones por mayoría cualificada, o los asuntos de justicia e interior, deberán esperar recién hasta el 2014 y 2017 para entrar en vigor), las incorporaciones a la marcha del proceso permiten evaluar positivamente los golpes de timón: Se afianza el liderazgo de la presidencia del Consejo Europeo, que abandona la actual rotación semestral, y se define un presidente estable por períodos (renovables) de dos años y medio cada uno. Ya Tony Blair, que se definió a sí mismo como un “europeísta convencido” (aunque tan poco haya hecho por Europa siendo premier británico), está en la línea de largada de las candidaturas.

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La política exterior común, la posibilidad de que Europa hable al mundo con una sola voz, recibe un espaldarazo: Javier Solana, el español que desde hace años viene oficiando de “Alto Representante”, verá su rol fortalecido mediante la investidura de Vice-Presidente de la Comisión. Este área de acción, la política exterior, así como la presupuestaria y fiscal, quedan dentro de las posibilidades del veto de cualquiera de los 27 miembros. Pero las demás decisiones serán adoptadas por una doble mayoría: aquellas propuestas que concentren el 55% de los Estados miembros, y, al mismo tiempo, el 65% de la totalidad de la población continental.

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No será, quizá, un dechado de eficiencia. Y el “Estado Europeo” sigue muy lejos aún. Pero la vieja Europa cabalga de nuevo, y acorta distancias para responder más congruente y rápidamente a las necesidades ciudadanas, para tomar decisiones ágiles, y para marcar una presencia internacional activa, como una fuerza de equilibrio en un escenario de creciente inestabilidad.

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Profesor de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

El cumpleaños de la joven Europa (12 04 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” (12 de abril, 2007)

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EL CUMPLEAÑOS DE LA JOVEN EUROPA

A fines de marzo, la Unión Europea celebró sus primeros cincuenta años, rodeada de críticas sobre el presente y de dudas sobre el futuro de la organización continental

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por Nelson Gustavo Specchia

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Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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El 25 de marzo pasado la canciller alemana Angela Merkel, que se proyecta como la figura lider del escenario europeo, convocó en Berlín a los jefes de Estado y de gobierno de los 27 países que conforman la actual Unión Europea. La cita estaba cargada de simbolismo: se cumplían los cincuenta años del Tratado de Roma, que dio orígen a la organización internacional. También estaba cargada de incertidumbres: Merkel se ha propuesto desatascar la actual parálisis institucional de la Unión luego del fracaso del proyecto constitucional. Las expectativas despertadas por la gran reunión de Berlín quedaron a medio camino: los ritos de cumpleaños pusieron nuevamente sobre el tapete los logros alcanzados en este medio siglo, pero en cuanto a acciones concretas, los líderes europeos no arribaron a más que una declaración de intenciones, y al compromiso de articular un nuevo tratado hacia el 2009.

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Aquella Europa de la posguerra logró, con los acuerdos de Roma, darse una estructura de organización acorde al tamaño y los alcances de ese momento fundacional, en una mesa donde se sentaban las dos grandes potencias continentales, Francia y Alemania, junto a Italia y los tres países del Benelux: Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Estos acuerdos organizacionales fueron mutando a medida que la Unión Europea se ampliaba para acoger nuevos miembros, en las paulatinas ampliaciones del espacio común. Con la última ampliación de 2004, en la mesa común se sientan 27 Estados, y no hay habilitado ningún intrumento para hacer eficaz su gobierno y gestión desde el fracaso del proyecto constitucional.

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Para lograr este funcionamiento, así como para avanzar un paso más en las dimensiones de la integración política, los ideólogos europeístas concibieron un nuevo tratado, al que intentaron darle un cariz re-fundacional denominándolo “Constitución Europea”, cuando los acuerdos a nivel interno, en muchos de los Estados miembros, no estaban lo suficientemente maduros para ese paso. La nueva “Constitución” comenzó a ser sometida a la aprobación de los parlamentos nacionales, en algunos casos, o bien a la consulta plebiscitaria, en otros. Allí encontró los dos palos en la rueda que han conducido a este momento crítico: Francia y Holanda –dos países fundadores- rechazaron el proyecto en plebiscitos populares. Inmediatamente otros socios, que preveían un trámite muy difícil al interior de sus propias sociedades, decidieron suspender el proceso de ratificación: Gran Bretaña, Irlanda, Suecia, Chequia, Dinamarca, Polonia, y Portugal.

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El proyecto constitucional avanzaba en una multiplicidad de frentes, pero especialmente dotaba a la Unión Europea, tan osadamente ampliada en los últimos tiempos, de herramientas ágiles y representativas para la toma de decisiones entre 27 miembros (las actuales requieren de la unanimidad en las votaciones, lo que dificulta cualquier decisión estratégica al extender el poder de veto a todos). También proveía instrumentos para afirmar una acción uniforme en política exterior (Javier Solana pasaba de ser Alto Representante de la PESC, a un cargo equivalente al de Canciller de la UE), junto con herramientas para afrontar la crisis energética hacia la que Europea se dirige.

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El fracaso del proyecto constitucional ha supuesto dos años de marasmo institucional y de bloqueo comunitario. La intención de Merkel, en la reunión de cumpleaños de Berlín, ha sido terminar con esta parálisis, y volver a encarrilar un proyecto institucional para la Unión. Sin embargo, y a pesar de las declaraciones optimistas y de los titulares “europeístas” de la prensa, el resultado de la conferencia, a medio siglo de la creación de la Unión Europea, es pobre y endeble.

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El texto del comunicado final queda reducido a unos pocos tópicos generales, como comprometerse a superar la crisis sin decir cómo, o a poner plazos (“fundamentos comunes renovados de aquí a las elecciones al Parlamento Europeo de 2009”) que cuando se cumplan, la mayoría de los actuales jefes de gobierno habrán finalizado sus mandatos, y otros serán los actores. Además, y a pesar de su generalidad y vaguedad, no se ha alcanzado consenso entre todos los titulares de los ejecutivos para su firma.

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La Unión Europea ha avanzado, en su corta historia de medio siglo, a fuerza de dos empujes: la permanente creación de instituciones (como reaseguro para dificultar las vueltas atrás), y la superación de crisis. De hecho, algunas de las crisis pasadas pueden caracterizarse como más agudas y profundas que la que hoy atraviesa la organización. Pero el actual debilitamiento en la voluntad de integración, unido a nuevos factores políticos –como el despertar del viejo nacionalismo en todas partes, o las cruzadas revisionistas al estilo de los gemelos Kaczinski en Polonia- generan más dudas que certezas sobre el sano futuro de la Unión.

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Los “euroescépticos” tienen, lamentablemente, más de una razón para festejar.

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Turquía, dolor de cabeza de Europa (02 11 05)

publicado en La Voz del Interior (02 – noviembre – 2005)

http://www.lavozdelinterior.com.ar/nota.asp?nrc=368569

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Turquía: el dolor de cabeza de Europa

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por Nelson Gustavo Specchia

(desde Bruselas)

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La diplomacia inglesa, haciendo gala de su tradicional eficiencia, acaba de anotarse un nuevo logro al salvar, “in extremis”, la muy debilitada credibilidad de la política internacional europea. En la medianoche del 3 de octubre, La Unión Europea (UE) abrió las negociaciones para la adhesión de Turquía. En una jornada no apta para cardíacos, el canciller británico Jack Straw -cuyo país tiene a su cargo la presidencia temporal de la Unión- logró vencer las reticencias de última hora de Austria, y las posiciones más o menos dubitativas de los demás socios.

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La decisión de abrir las negociaciones la había tomado el Consejo Europeo de Bruselas en diciembre de 2004, y si esta decisión hubiese naufragado, sumándose a la reciente debacle en los plebiscitos para la aprobación de la Constitución Europea en Francia y en Holanda, que detuvieron todo el camino de ratificaciones nacionales, y sumado también a la parálisis política en el continente en estos días, la crisis del proceso de integración habría encendido las luces rojas.

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Los líderes políticos se felicitaron por el acuerdo, que salva a los Veinticinco de una nueva catástrofe. Pero, como es común escuchar en los pasillos de las instituciones comunitarias aquí en Bruselas, el “tema turco” puede reabrir el debate sobre el divorcio entre los funcionarios y la ciudadanía. Y es que el apoyo social a la adhesión de Turquía apenas roza el 35%, en promedio, en toda la UE.

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Por donde se lo mire, la incorporación de Turquía al club comunitario aparece como uno de los dolores de cabeza más importantes de Europa para los próximos años. Para los próximos 15 o 20 años, al menos, que es el tiempo que se calcula durarán las negociaciones.

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El marco de negociación de la UE con Turquía es el más duro de los establecidos hasta ahora para cualquier otro candidato. Exige el acuerdo unánime de todos los miembros de la Unión para la apertura y cierre de cada uno de los 35 capítulos en que se divide el documento marco. Y aún así, los aspectos financieros sólo se especificarán cuando se hayan aprobado los presupuestos de la UE para después de 2014. Un largo camino por delante.

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Este largo camino, además, los turcos han de hacerlo a marcha forzada, para poder cumplir (y “estrictamente”, como se ha remarcado estos días) las condiciones de adhesión. Los criterios de adhesión quedaron definidos en la cumbre de Copenhague de 1993. Hay criterios políticos, que obligan a mantener instituciones estables y democráticas, junto al respeto de los derechos humanos y de las minorías (en Turquía el tema de los Kurdos aún no está resuelto); criterios económicos, que apuntan a sostener una economía de mercado abierta, y con capacidad para resistir a la competencia europea; y la aceptación y adaptación de las leyes nacionales al corpus jurídico y reglamentario de la UE (el “Acervo”, que a estas alturas ya suma unas 80.000 páginas de normas sobre los más diversos aspectos políticos, económicos y sociales). Turquía sólo podrá adherirse si alcanza esos resultados.

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Europa como destino

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Estas transformaciones han de sumarse a las que vienen haciendo los turcos durante los últimos 42 años para acercarse a Europa. En 1963, firmaron un acuerdo de asociación con la Comunidad Europea, conocido como Acuerdo de Ankara. Hace 18 años, en 1987, Turquía presentó formalmente su candidatura para entrar como miembro de pleno derecho a la UE. En 1995 se firmó el acuerdo que liberalizaba el comercio, mediante la creación de una unión aduanera entre Turquía y la UE. Por fin, en 1999, se concedió al país la categoría de candidato, y este mes, entre gallos y medianoche, comenzaron las negociaciones de adhesión.

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Mustafá Kemal, más conocido como “Ataturk”, fundador de la Turquía moderna y laica, decía que “Occidente siempre ha tenido prejuicios hacia los turcos, pero los turcos siempre hemos permanecido constantes en nuestro avance hacia Occidente.” Con esa constancia planteada por el viejo líder, los turcos dicen estar dispuestos a hacerlo, a avanzar a marcha forzada para cumplir con los criterios de Copenhague, y amoldar su país para aprobar cada uno de los 35 capítulos del documento de incorporación.

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En Europa, en tanto, se insiste en las dificultades que plantea la adhesión. Para muchos, Turquía no es más que un inmenso país pobre, musulmán y superpoblado, que puede inundar Europa de inmigrantes, causar problemas de convivencia, y complicar el devenir de la comunidad. Objetivamente, la población de Turquía (71 millones) la convertiría en el país más poblado de la UE. Y un 98,8% de esa población es fiel al Islam. Su economía es la más débil por habitante, con un ingreso per cápita de 27% respecto del promedio europeo. El PNUD ubica a Turquía en el ranking 87º del Índice de Desarrollo Humano, con muchos pendientes aún en el plano de las libertades públicas, y del respeto a los derechos humanos y a las minorías.

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La candidatura turca suscita más reticencias que entusiasmos, como ya había advertido Ataturk. Los turcos tendrán que mostrarse todavía muy pacientes antes de formar parte del club, y ni siquiera es seguro que un día lleguen a ser miembros plenos.

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Sin embargo, su entrada en la UE sería la posibilidad de coexistencia entre Islam y democracia; y su rechazo debilitaría, a largo plazo, el papel internacional de Europa. Dos temas cruciales para el mundo que viene.

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