Archivo de la etiqueta: colonialismo

Sudán del Sur: un país, una esperanza (15 07 11)

Sudán del Sur: un país, una esperanza

por Nelson Gustavo Specchia

.

.

En la mañana de ayer, la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur. El trámite, cargado de simbolismo, completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

Como no me canso de decir cada vez que tengo oportunidad, las secesiones de partes de unidades territoriales y el advenimiento de nuevos Estados fundados en diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas o de cualquier otro tipo de particularidad cultural, no son buenas noticias. Las pretensiones de formación de países cuyos límites coincidan con los del grupo dominante y excluyan a los demás, son rémoras de los viejos discursos nacionalistas que se fraguaron durante los siglos XVIII y XIX, al calor del nacimiento de los “estados-nación” sobre las ruinas de los proyectos imperiales. Discursos que terminaron eclosionando hacia mediados del siglo XX en la mayor locura genocida y totalitaria conocida por el hombre. El colapso europeo fue la consecuencia del nacionalismo llevado a su extremo, y no terminó con la derrota hitleriana, sino que, por el contrario, permeó toda la guerra fría, el maccarthismo estadounidense, e inclusive las dictaduras latinoamericanas que se extendieron hasta entrados los años ochenta. No son fenómenos de la historia distante, digo, sino un condicionamiento de nuestra contemporaneidad, contra el cual hay que estar muy alerta siempre, apoyando acciones que tiendan a fortalecer sociedades inclusivas e igualitarias, donde a los “otros” –la radical otredad de todos los diferentes- no se los expulse sino se los integre, y los Estados sean ámbitos de realización de los proyectos de vida buena de cada uno, en un entorno de diversidad y tolerancia.

LA PAZ COMO LÍMITE

Pero, teniendo lo recién anotado como parámetro general, se impone la pregunta de qué postura asumir frente a dos comunidades que fueron forzadas a vivir dentro de la misma circunscripción, y entre las cuales –por su historia y carácter- la coexistencia sólo se presenta como problema. Un problema que, cuando además se agrega la repartición desigual de materias primas y recursos energéticos, no tarda en derivar en violencia a gran escala. Y éste, pensamos, ha sido el caso de Sudán. Por eso aquellos principios generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además, de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metrópoli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades sociales distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referendum, para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el SI. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referendum (aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).

En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la organización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por aclamación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro, denominado República de Sudán del Sur.

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las declaraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifestación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el paréntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.

Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse, y desde una perspectiva minimalista y naïf, los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cruzadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza, con apenas $ 2 al día, en promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos.

Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.

Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.

 

.

[ publicada en la columna “Periscopio”, suplemento Magazine del diario HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 15 de julio de 2011 ]

.

nelson.specchia@gmail.com

.

 

Anuncios

Sudán, desgarrado y dividido

Sudán, desgarrado y dividido

por Nelson Gustavo Specchia

.

.

En el corazón del África oriental, una gigante extensión de tierra, feraz en gran parte, desértica por tramos, abrumadoramente pobre en cada rincón y víctima de esa violencia primigenia que se despierta cuando los viejos odios se encuentran con armas automáticas en la mano, se extiende a un lado y al otro de los brazos nacientes del río Nilo.

El río no es aquí el inmenso caudal que baña los valles de Egipto, cuando se apresta a desembocar en el Mediterráneo, sino dos cursos más discretos –aunque este adjetivo es conjetural, siendo los tamaños en África tan excesivos- que toman el nombre de los colores del amanecer: el Nilo Azul, que los locales pronuncian Abbai Wenz, que viene desde las fuentes etíopes del Lago Tana; y el Nilo Blanco (en árabe: al-Nahr al-Abyad), que hunde sus raíces en las entrañas del continente y se une con el otro brazo en el centro de Sudán. Allí, en esa confluencia de aguas míticas, se levanta la capital de ese inmenso país, el más grande de todo el continente africano: Khartum, la “trompa de elefante”.

Esta ciudad dejará de ser desde esta semana la capital del país más grande de África, porque el país mismo habrá desaparecido, si todo sale como se espera que salga, y el plebiscito que se ha desarrollado termina imponiendo la partición.

La división del Estado en dos nuevas unidades políticas, dejando de lado las artificiales líneas coloniales que marcaron las fronteras durante la “rebatiña de África”, y reagrupándose según criterios raciales, de ascendencia tribal y de confesión religiosa. También, y este puede ser el elemento que venga a golpear el tablero a últimos momento, en dos zonas de desiguales reservas de recursos naturales.

CONDICIONES PARA LA PAZ

Las divisiones de unidades políticas mediante secesiones de regiones internas nunca son buenas noticias a priori. Cuando se arguyen motivos de raza o religión, la noticia no mejora, sino, al contrario, agrava las consideraciones sobre los motivos que llevaron al fracaso de la convivencia.

Y cuando existen fundadas sospechas de intereses extranjeros y apetitos por los recursos naturales, la mala noticia se convierte en pésima. Ver África saltando en pequeños trozos tribales sería una catástrofe.

Pero estas consideraciones generales, que hemos sostenido en el pasado en referencia a la secesión de Kosovo de Serbia fundada en razones étnicas; o de la soberanía española sobre las ciudades marroquíes de Ceuta o Melilla; o inclusive sobre las pretensiones de separación de sus países de los enclaves de Gibraltar o de las Islas Malvinas por parte de Gran Bretaña, estas consideraciones generales, digo, deben prudentemente balancearse cuando la crisis interna de coexistencia atenta contra la vida y la integridad de sus habitantes. O sea, cuando la separación es la última condición para alcanzar y mantener la paz social.

HISTORIA DE SANGRE

Lograr y mantener la paz en una equilibrada vecindad parece ser el objetivo. Allí la diferenciación, rivalidad y enfrentamiento entre el Norte y el Sur encontrarían alivio después de una historia que nunca fue fácil, desde que las potencias coloniales europeas impusieron sus criterios.

El Sudán tuvo su independencia, impulsada por el proceso de descolonización de las Naciones Unidas, y se separó de la metrópoli colonial británica en 1956. Los administradores coloniales ingleses habían tenido tradicionalmente un trato diferenciado con ambas regiones, en un virtual reconocimiento de que el Norte y el Sur constituían entidades políticas y sociales distintas.

Sin embargo, hacia 1940 cambiaron caprichosamente de criterio y decidieron unirlos. El centro colonial había estado en “la trompa de elefante”, Khartum, por lo que el Norte terminó, en el nuevo país independiente, imponiéndose al Sur, e intentó generalizar la “sharia” (ley religiosa islámica). El Sur se rebeló.

Dos elementos destacaban en esa radical diferenciación. Las poblaciones del Norte –desértico y arenoso- estaban integradas por colectivos sociales de ascendencia egipcia y árabe, y habían sido culturizados en la religión islámica desde la gran expansión mahometana del siglo VII.

Por su parte, el Sur –tropical y boscoso- era mayoritariamente negro (unas 150 tribus diferentes), y conservaba la fe cristiana desde los antiquísimos tiempos del Reino de Nubia (mediados del siglo IV), o bien los rituales animistas de las tribus selváticas. O una desigual mezcla sincrética de ambos.

La forzada convivencia entre los dos pueblos decantó en una larga y sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y se alargó, con pocos años de pausa, hasta 2005.

Aunque es muy difícil calcular las bajas que tan extenso conflicto puede haber causado en una región tan vasta y tan lejana, se asume que la guerra entre el Norte musulmán y el Sur cristiano dejó un saldo de más de dos millones de muertos y cerca de tres millones de desplazados.

Más allá de los muertos, la historia contemporánea ha dejado un territorio desolado: en el Sur, el 90 por ciento de los cerca de nueve millones de habitantes sobrevive con menos de un dólar al día, el 85 por ciento de la sociedad es analfabeta, y un tercio de ella sufre de hambre crónica, según las cifras de la ONU.

LOS NUEVOS AMOS

Tras esa desgarrada historia de un desencuentro fatal, la pregunta que flotó durante toda esta semana del referéndum independentista es cuán independientes podrán ser los sudaneses del Sur, con una de las mayores reservas petrolíferas en su subsuelo y sin prácticamente ningún recurso en ahorros o en infraestructura para extraerlo, refinarlo y comercializarlo.

En Khartum, el presidente Omar al Bachir, un paracaidista formado en Egipto, que combatió en la guerra del Yon Kippur contra Israel y que ocupa el poder tras el golpe de Estado islamista de 1989, acaba de ser acusado por el fiscal de la Corte Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo, de desviar unos 9.000 millones de dólares procedentes de las regalías petroleras hacia sus cuentas en bancos británicos.

La Corte también lo busca por genocidio y crímenes de lesa humanidad cometidos en Darfur; y Al Bachir ha asegurado que respetará el referéndum, pero que si los del Sur se quieren quedar con el petróleo de la región de Abyei, la guerra podría volver.

Las instituciones multilaterales, la Unión Europea, la ONU, y –fundamentalmente- el presidente Barack Obama, respaldan la consulta plebiscitaria y, por elevación, la separación de Sudán del Sur en un nuevo Estado. Obama declaró, a mediados de diciembre pasado, que Sudán era una de las prioridades de su gobierno en materia de política exterior, y así se lo hizo saber a los mandatarios de Egipto, Libia, Nigeria y Sudáfrica, que pueden tener una voz determinante en la región.

Y entre tanto ruido y tantas declaraciones, Pekín guarda silencio. China tiene en África la meta de mayor calado de toda su estrategia exterior: de aquí pueden venir los ingentes recursos que necesita para seguir creciendo al ritmo vertiginoso que lo ha hecho en la última década.

Las inversiones chinas son múltiples y variadas, casi no dejan rubro sin incursionar, pero de todas ellas el petróleo es el más preciado.

Las exportaciones del crudo que sale de los pozos (es el tercer mayor productor de petróleo en el África subsahariana, y más del 80 por ciento de las reservas conocidas están en el Sur), cruza Sudán en los oleoductos hacia el Norte, y deja el país por los puertos del mar Rojo.

La mayor parte de esas exportaciones se dirigen a China y en barcos chinos.

Y además de ser el principal inversionista y socio comercial de Sudán, el régimen comunista de Pekín ha provisto de todas las armas que el gobierno de Omar al Bachir ha requerido en los últimos años.

Hillary Clinton ha dicho que Sudán es una bomba de tiempo. ¿Dónde estará guardado el detonador de esa bomba, que llevaría a una nueva guerra civil entre ambas comunidades? ¿En Khartum? ¿En Washington? ¿En Pekín?

.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

.

 

Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental

por Nelson Gustavo Specchia

.

.

Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.

Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.

El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.

UNA LUCHA OLVIDADA

La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.

En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.

Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.

Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.

COLONIALISMO TARDÍO

Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.

En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española

El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.

Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.

Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”

MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER

En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.

Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.

A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.

Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.

Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.

.

.

nelson.specchia@gmail.com

.

.

Chipre, las puertas europeas de Asia (24 04 06)

.
publicado en La Mañana de Córdoba (24 – abril – 2006)

http://www.lmcordoba.com.ar/2006/06-04-24/33_opinion_02.htm

.

.

.

.

Chipre, las puertas europeas de Asia

.

.

.

por Nelson Gustavo Specchia

.

.

.

.

El reciente ingreso de Chipre a la Unión Europea, y las negociaciones para la futura incorporación de Turquía a la comunidad, le dan a la isla mediterránea un nuevo rol protagónico en las futuras relaciones de Europa con el oriente próximo.

.

Europa acaba de celebrar, los últimos días de noviembre del año pasado, la Cumbre Euro-mediterránea, en Barcelona. La reunión, convocada a diez años de la primera Cumbre, intenta encontrar vías de entendimento político para afrontar dos de los grandes retos internacionales de occidente: África, y Oriente Medio. La Unión Europea entiende que ya no puede seguir delegando en organismos multinacionales o de defensa, como la ONU o la OTAN, un estado de cosas explosivo e irresuelto, y que llama a sus puertas –geográficamente tan próximas- cada día con mayor insistencia.

.

El mar mediterráneo tiene dos focos de atención para los europeos: la costa meridional, donde el tema central es la inmigración africana empujada por el abismo económico (una diferencia de ingresos de aproximadamente 1 a 50 entre ambas bandas); y el borde oriental, que constituye las puertas de ingreso (o de contención) a los regímenes del cercano oriente, con el conflicto palestino-israelí como foco central, y el terrorismo de raíz islámica como telón de fondo.

.

En el extremo Este del mare nostrum ancestral, dos puertas privilegiadas para la relación de occidente con Asia han recuperado protagonismo en los últimos tiempos, tanto por su ubicación estratégica como por la compleja trama de sus características políticas, sociales, culturales y religiosas constitutivas: Turquía y Chipre.

.

El gigante turco, forzando los tiempos y hasta las voluntades de algunos socios europeos, consiguió que se iniciaran las negociaciones para su adhesión al club –que tomará unos 20 años- la medianoche del pasado 3 de octubre. Unos meses antes, el 1 de mayo de 2004, Chipre había ingresado como miembro de pleno derecho de la Unión Europea.

.

Los líderes europeos parecen ahora haber decidido asumir un rol más activo con estos actores, de importancia estratégica creciente, dejando de lado la relativa neutralidad descomprometida que había caracterizado, más allá de las declaraciones y los discursos, su rol internacional durante la segunda mitad del siglo veinte.

.

Esta aparente neutralidad –que, en realidad, expresaba una aceptación del status quo- fue especialmente dolorosa para Chipre.

.

El eterno paso

.

La isla del extremo mediterráneo, de ribetes casi míticos, es prácticamente un “caso testigo” del desarrollo de la civilización occidental. Por sus exiguos 9.000 kilómetros cuadrados de superficie han pasado casi todos. El rastro más antiguo en su suelo es el de la civilización micénica, unos diecisiete siglos antes de Cristo; luego los fenicios, los egipcios, y el asentamiento de los griegos hacia el año mil. Más tarde, el sometimiento persa, hasta la liberación por Alejandro Magno, en el 331 aC, que la vuelve al cause helénico, y la convierte en uno de los frutos más apetecibles del reparto del botín entre sus generales, tras su muerte. Nuevamente los ptoloméos, y por fin los romanos, promediando el último siglo antes de Cristo.

.

Caída Roma, Chipre –de cuyo nombre derivó la denominación del cobre, tan en abundancia en su suelo- pasa por las dominaciones bizantina, árabe, y griega, hasta que, ya iniciado el primer milenio, los cruzados la conquistan, con Ricardo Corazón de León al mando. La muy comercial República de Venecia ejerció su dominio en ella desde 1489, hasta la invasión turca otomana en 1570. Finalmente, la isla pasó a administración británica en 1878, siendo convertida en colonia con el inicio de la Guerra Mundial.

.

Durante el colonialismo británico, los grecochipriotas comienzan a movilizarse a favor de la anexión de Chipre a la madre patria, Grecia, liderados por quién será luego el jefe político de la isla: el arzobispo (de la iglesia ortodoxa griega) Makarios.

.

Makarios logra la independencia de Gran Bretaña en 1960, negociándose una Constitución donde se intenta representar a ambas comunidades residentes en la isla, los greco chipriotas (cerca del 80 por ciento) reciben la presidencia, y los turco-chipriotas (algo menos del 20 por ciento) la vice-presidencia, pero con derecho a veto. Gran Bretaña conserva dos bases militares soberanas en la isla, y se erige, junto a Turquía y Grecia, en garante de la estabilidad política chipriota.

.

Esta solución no conformó a nadie. Los greco chipriotas aspiraban a anexionar la isla a Grecia (enosis), mientras que los turco chipriotas deseaban una división de la isla y una doble unión, una parte con Grecia y otra con Turquía (taksim)

.

Los garantes, además, poco hicieron por colaborar con el normal juego democrático del nuevo estado, antes bien, alentaron esfuerzos encubiertos, o incluso abiertos, para desestabilizar al régimen del arzobispo-presidente. Estos movimientos externos culminaron en el verano de 1974, con el golpe de estado dado por extremistas pro-griegos, con el apoyo de la junta militar que se había hecho del poder en Atenas.

.

Como respuesta, y alegando la protección de la comunidad turco chipriota, Turquía invade el tercio septentrional de la isla, y la ONU envía una misión de paz para dividir ambas zonas, con la denominada línea verde. La invasión produjo un movimiento forzado de población desde y hacia ambos sectores, que ha creado, por primera vez en su larga historia –como digo: tan larga como la civilización occidental- una división geográfica, física y demográfica entre las dos comunidades.

.

La creciente militarización de la isla (Turquía mantiene un contingente de cerca de 40.000 efectivos) ha convertido a Chipre en una de las zonas más militarizadas del planeta. Al amparo de este ejército, el 15 de noviembre de 1983, el líder turco chipriota, Raúf Denktash, declaró la independencia y la formación de una República Turca del Norte de Chipre (TRNC) en el tercio norte de la isla. Este estado ha sido reconocido solamente por Turquía, mientras que la ONU y la comunidad internacional siguen reconociendo a la República de Chipre, que domina los dos tercios meridionales, como la única existente de iure.

.

La diplomacia europea no intervino tampoco en los años noventa, bajo la argumentación de que apoyaba los esfuerzos de la ONU en la resolución del contencioso, y de que no quería implicarse en un conflicto bilateral entre uno de sus miembros (Grecia había ingresado a la Unión Europea en 1981) y uno de los vecinos con quién mantenía relaciones privilegiadas (Turquía ya era miembros del Consejo de Europa, de la OTAN, y comenzaba a preparar su candidatura para ingresar a la comunidad).

.

En estos mismos años, con la solicitud de ingreso a la Unión Europea por parte de la isla, se vislumbró una posibilidad de resolver el desencuentro entre ambas comunidades, y el secretario general de la ONU, Kofi Annan, presentó un plan a media distancia entre el estado federal tradicional, y un estado confederal bi-comunitario. Sometido a referéndum, el plan Annan fue aceptado por los turco chipriotas, pero rechazado por la mayoría griega, lo que no dejó más opción que admitir el ingreso a la Unión Europea del estado legalmente reconocido, esto es, la república greco chipriota, que ingresó efectivamente de pleno derecho en la ampliación del 2004.

.

Otro problema europeo

.

A pesar de la no asumida responsabilidad colonial y postcolonial en los problemas de la legendaria isla, la política internacional europea encuentra hoy a Chipre en su seno, partida en dos comunidades vecinas y enemigas, con una división política institucionalizada de facto, y con el más desafiante de sus candidatos a ingresar al espacio económico, político, y cultural europeo –Turquía- como potencia ocupante.

.

Y como si el cuadro no fuera de por sí tan complejo, ambos países, Turquía por tierra y Chipre por mar, son las puertas de Europa para cruzar a Asia, ese vecino enorme, extraño y tan poco conocido, con quién habrá que comenzar a dialogar seriamente, antes de que sea demasiado tarde para las palabras.
.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.