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Revolución egipcia, segunda parte (25 11 11)

Revolución egipcia, segunda parte

por Nelson Gustavo Specchia

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Las concentraciones populares que comenzaron a darle forma a la pueblada que terminaría derrocando al “rais” de Egipto, Hosni Mubarak, a principios de este año, estaban alimentadas por un abanico plural de anhelos y reivindicaciones. Las nuevas generaciones, nacidas ya en el entorno global de la sociedad de la información y las comunicaciones, veían que el antiguo régimen, que había logrado perpetuarse por más de medio siglo en base a la fuerza armada y a un cierto discurso nacionalista-socialista panárabe, no soportaba ya las comparaciones –que ahora podían hacerse en tiempo real y sin censura oficial- con las tendencias políticas contemporáneas. Pero a la cairota explanada de Tahrir, junto a estos jóvenes con ímpetus democratizantes, también llegaron los antiguos militantes religiosos, que durante las largas décadas de dominio de los presidentes-generales habían tenido que vivir en la semiclandestinidad. Los Hermanos Musulmanes, en todas sus múltiples y diferentes ramas y variantes, veían ahora la oportunidad para volver a salir a la luz, superando el laicismo obligatorio impuesto por una élite, que en definitiva es minoritaria respecto a las grandes masas de profesión islámica del país profundo.

En enero y febrero de este año no había diferencias entre estos dos grandes colectivos de manifestantes en Tahrir. La gran plaza los acogía a todos por igual, y sólo en los momentos del rezo islámico preceptivo, se abrían claros en la apretada muchedumbre para permitir que algunos, en ordenadas hileras, se postraran con el rostro hacia la Meca, mientras a su alrededor las consignas por el fin del régimen seguían atronando. Habían sido tantos los años de postergaciones y de limitaciones a los más básicos derechos civiles y políticos, que la revuelta social dejaba a un lado la heterogeneidad de su composición, para mostrarse como una masa compacta de rebeldes.

Y lo lograron, cuando a esos colectivos diferentes (y, según vemos hoy, inclusive antagónicos) se les sumó un nuevo y determinante aliado: el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Hussein Tantawi. El general se negó a continuar con los planes represivos ordenados por el cada vez más débil y solitario jefe del Poder Ejecutivo, y la revuelta se transformó en revolución. Tras dieciocho días de efervescencia revolucionaria, el “rais” Hosni Mubarak fue trasladado a su residencia veraniega de Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, y entregó el gobierno a su vicepresidente, Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de Tantawi.

En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y, peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el primer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa heterogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros que volvían. La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolución no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.

LA TUTELA MILITAR

Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que determinaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber decidido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el económico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los fundamentalistas islámicos, pero en marzo de este año, tras el derrocamiento del “rais”, la familia de Sadat ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandatario de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder. Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legislativas del nuevo régimen.

La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se extendería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sultanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sharia”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.

El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis, donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucional por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presupuestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).

Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas ni medias tintas.

LA FUERZA DE LA PLAZA

La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre estos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terreno. La comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las jornadas de enero.

De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la república laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes, en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayatollah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus partes, es siempre un libro con final abierto.

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Twitter:  @nspecchia

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[ Columna “Periscopio” –  Suplemento Magazine – Hoy Día Córdoba, viernes 25 de noviembre de 2011 ]
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Nakba sangrienta en Palestina (16 05 11)

 Represión en Palestina en el aniversario de la expulsión

Al menos 16 muertos a manos de soldados israelíes al reprimir las movilizaciones    

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RAMALLAH, EL CAIRO.- En un entorno regional de efervescencia política que los analistas ya denominan “primavera árabe”, las protestas en recuerdo de la “nakba” palestina han terminado teñidas de sangre.

Hace 63 años, al crearse el Estado de Israel, la imposición de las fronteras y la capacidad de las fuerzas militares sionistas obligaron a la reubicación de la población árabe en campamentos de refugiados, en un doloroso exilio que dura hasta hoy.

Los palestinos, una semana después que los israelíes celebran el aniversario de creación del país, conmemoran el día de la “Catástrofe” (nakba, en árabe).

Con el entorno de levantamientos en todo Medio Oriente, el ejecutivo de Benjamín Netanyahu desplegó 10.000 soldados para impedir que las manifestaciones derivaran en una pueblada.

Sin embargo, la orden de reprimir terminó convirtiendo la jornada en una matanza.

Durante la mañana de ayer, la entrada de palestinos por la frontera con Siria, provocó la alarma de las tropas israelíes, que ocupan el Golán desde 1967. Los soldados dispararon contra los que cruzaban la frontera, y también contra quienes traspasaban las demarcaciones israelíes en la Franja de Gaza y desde el Líbano.

La situación de Israel, rodeado de vecinos hostiles y sin el apoyo del régimen del ex presidente Hosni Mubarak en la frontera con Egipto, ha dado mayor espacio al ala dura dentro del gobierno de Netanyahu. El predominio de los “halcones” explica la fuerza de la represión, que hasta la tarde de ayer sumaba 16 víctimas fatales y más de 200 heridos.

Además de la represión interna, según la agencia noticiosa Al Arabiya, en los Altos del Golán los soldados dispararon indiscriminadamente, inclusive hacia el interior del territorio sirio, en las cercanías de la localidad drusa de Majdal Shams. El vocero del Ejército judío, coronel Yoav Mordechai, afirmó que Israel considera “muy grave” el intento de “incursión” palestina por el Golán, y sostuvo que se trató de una “provocación iraní” que aprovechó las protestas de la “nakba”.

En Tel Aviv, el premier Netanyahu ratificó que está “dispuesto a proteger sus fronteras” y “resistir cualquier intento” de atacarlas.

Por otra parte, hoy se reunirán en El Cairo los dos partidos palestinos mayoritarios, Al Fatah –que gobierno en Cisjordania- y los islamistas de Hamás –que controlan la Franja de Gaza- para intentar poner fin a cuatro años de divisiones internas y negociar una administración de unidad de los territorios palestinos.

Es probable que la Asamblea General de las Naciones Unidas, que se reunirá en Nueva York en septiembre, respalde la creación de un Estado Palestino; aunque ya Israel ha anunciado que, de darse, apelará al Consejo de Seguridad –donde Estados Unidos tiene poder de veto- para que impida su ejecución.

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en Twitter:   @nspecchia

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Egipto, ¿transición tutelada? (07 02 11)

Transición tutelada en Egipto

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Después de un fin de semana de tensión e incertidumbre, el régimen egipcio parece haber encausado las movilizaciones de protesta hacia una transición tutelada, aunque aún no está claro si el proceso propuesto por el oficialismo –y que según fuentes internacionales contaría con el visto bueno de Washington- mantendría al frente del Ejecutivo al presidente Hosni Mubarak, o si ese cargo sería ocupado por el actual hombre fuerte del gobierno, el vicepresidente Osman Suleiman.

En principio, el disímil arco opositor, incluyendo al sector islamista de los Hermanos Musulmanes (hasta ahora proscriptos), aceptó concurrir a una mesa de diálogo convocada por Suleiman, de la cual surgió un comité que se abocará a estudiar las diferentes alternativas de reforma del régimen, comenzando por una transformación de la Constitución, y con el horizonte de un llamado a elecciones libres en un plazo acotado.

Hasta el viernes pasado, cuando una manifestación multitudinaria desafió a los cuadros progubernamentales que habían copado las calles, y volvió a llenar la plaza Tahrir del centro de El Cairo, en la que fue llamada la marcha del “Día de la Despedida” de Mubarak, la oposición había manifestado que no concurriría a ninguna convocatoria de diálogo con el gobierno mientras el presidente, que ha ocupado el Ejecutivo durante las últimas tres décadas, se mantuviese en el cargo.

Sin embargo, las gestiones realizadas por el entorno del vicepresidente –un hombre que proviene de los críticos servicios de inteligencia-, a los que se habría un guiño favorable desde el Departamento de Estado norteamericano, hizo que varios dirigentes de la oposición concurrieran a la cita, que se desarrolló en las oficinas gubernamentales y bajo un gran retrato del presidente Mubarak.

Desde Múnich, adonde asistió a una Conferencia de Seguridad con los aliados europeos, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, afirmó que “es importante avanzar en el proceso de transición anunciado por el gobierno egipcio, que está presidido de hecho por el vicepresidente Omar Suleiman”.

Las primeras repercusiones en la tarde de ayer, sin embargo, indicaban que los Hermanos Musulmanes calificaban de “insuficientes” las iniciativas propugnadas desde el gobierno para llevar adelante una “transición ordenada, del poder, de manera pacífica y de acuerdo con la Constitución”, hasta las elecciones de septiembre próximo.

Según trascendió a la prensa, los dirigentes exigieron al vicepresidente que el comité recién creado acepte la limitación de los mandatos presidenciales (reducirlos a dos periodos consecutivos), y flexibilice los requisitos para poder presentarse a las elecciones, ya que la complejidad de este trámite en la actualidad prácticamente funciona como un impedimento de facto para cualquiera otra agrupación distinta del hegemónico Partido Nacional Democrático (PND).

La televisión egipcia, por su parte, anunció que el grupo de expertos reunidos en torno al vicepresidente analizará la eliminación de la Ley de Emergencia, que otorga poderes extraordinarios al jefe del Ejecutivo, y que ha sido el principal instrumento utilizado por Hosni Mubarak desde 1981, en que la disposición supuestamente extraordinaria entró en vigencia, tras el asesinato del presidente Anwar el Sadat y el acceso de Mubarak al poder.

Mientras tanto, los manifestantes siguen ocupando la plaza Tahrir y empeñados en la protesta, “hasta que Mubarak caiga”, según las consignas.

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nelson.specchia@gmail.com

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