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La cara oculta de la luna (20 12 11)

La cara oculta de la luna

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por Pedro I. de Quesada

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Y un día, la derecha española volvió a La Moncloa.

Los conservadores del Partido Popular siempre sostuvieron que los socialistas en 2004 les “robaron” unas elecciones que ya daban por ganadas, cuando los islamistas fanáticos hicieron volar por los aires los trenes en Atocha y José María Aznar no pudo endilgarle el atentado a los vascos de la ETA: estaba claro que el extremismo islámico había decidido responder con sangre a la más impopular de todas las medidas del “amigo íntimo” de George W. Bush, la participación de España –en soledad europea- en la invasión norteamericana a Irak.

Pero lo que les quitó la fallida política exterior, se los ha devuelto la crisis económica.

Rodríguez Zapatero sale por la puertita de atrás, olvidado aún antes que termine de juntar sus petates. Intentó primero ignorar la crisis, diciendo que no existía tal cosa; para después pegar un golpe de timón y, con la fe de los conversos, aplicar todos los ajustes que el liderazgo neoliberal de la Unión Europea le pidieran.

Silencioso, mientras tanto, el gallego líder de la oposición, don Mariano Rajoy, esperaba que cayeran las brevas. Y todas fueron cayendo en los últimos meses, mientras el crecimiento de la derecha en las encuestas trepaba sostenidamente.

En todo este tiempo, el secreto mejor guardado fue el programa de gobierno que tenía Rajoy en carpeta; de eso no se hablaba, y apenas se daban sutiles y polisémicas señales.

Es común el dicho en la península, que si encuentras a un gallego en la mitad de una escalera, nunca sabrás si está subiendo o si está bajando, y don Mariano hacía honor a esa característica de su pueblo. Durante los últimos meses trabajó casi en secreto, se reunió con líderes del Partido Popular, intendentes, expertos, asesores, ministeriables, economistas, sociólogos y politólogos, preparando el mensaje que develaría la salida a la crisis, la luz al final del túnel.

El secreto se mantuvo hasta ayer, cuando el ex titular del registro de la propiedad de Santa Pola –ya convertido en Presidente del Gobierno español- dio su discurso de investidura.

Y, para desazón de unos pocos y como muchos temíamos, la sorpresa no reveló nada nuevo: la luna también es redonda del otro lado.

Mariano Rajoy, previsible hasta el cansancio, seguirá línea a línea el libreto neoliberal de Ángela Merkel. Ajuste por arriba y ajuste por abajo: disminuirá los impuestos, acabará con las subvenciones sociales y los subsidios a los desocupados, eliminará los feriados, recortará en 16.500 millones de euros el gasto, bajará los sueldos de los empleados públicos, congelará las pensiones durante un año, cancelará las prejubilaciones, y “cumplirá con los compromisos de Europa” (esto es, con el recetario merkeliano).

Lo demás, sólo fueron buenas intenciones, aunque ni una palabra de cómo piensa lograrlas.

Previsible, y soporífero. La canciller alemana al menos pega un par de gritos, y golpea el atril con el puño cerrado de vez en cuando.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 20 de diciembre de 2011 ]

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Israel elige la oposición frontal a Obama (26 05 11)

Bibi Netanyahu desafía a Obama en el Congreso norteamericano

Cerrados aplausos de la oposición republicana al premier israelí en Washington   

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WASHINGTON.- La esperada comparecencia del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en el Capitolio aclaró el rol que ha decidido jugar Tel Aviv frente a su principal aliado global: la oposición a cualquier propuesta mediadora del presidente Barack Obama, y resistir durante los próximos dos años, apostando a que en las elecciones de 2012 un republicano venga a reemplazar al mandatario demócrata.

El premier israelí, jefe de un gobierno de coalición en el que abundan los sectores conservadores y de la derecha radical, llegó al Congreso de la capital norteamericana luego de entrevistarse con el presidente en la Casa Blanca.

Allí, le había expresado personalmente a Obama que el gobierno de Israel no avalará su iniciativa de volver a la mesa de negociaciones sobre el supuesto de las fronteras de 1967.

La línea vigente entonces es la única que tiene un reconocimiento internacional válido, y ha sido sostenida como la base de cualquier negociación entre las partes por todos los planes serios que se han intentado para lograr la paz durante los últimos años; no sólo la apoyan personalidades relevantes dentro como fuera de Israel, sino que ha sido la hipótesis negociadora propiciada por los norteamericanos en forma continuada, incluidas las Administraciones republicanas de George W. Bush.

El frontal rechazo ahora, cuando es Barack Obama quien la enuncia, muestra en realidad la estrategia israelí de oponerse a cualquier posibilidad de reabrir el proceso negociador.

Las fronteras de 1967 se traspasaron tras la denominada guerra de los Seis Días, cuando Israel ocupó porciones de Cisjordania, Gaza, la mitad oriental de Jerusalén, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Algunos de estos territorios luego se devolvieron –como el Sinaí a Egipto- y otros permanecen en un limbo jurídico –como el Golán sirio-, pero básicamente la guerra impulsó el establecimiento de colonias judías en los territorios palestinos, en una expansión que no se ha detenido desde entonces.

La vuelta a las líneas fronterizas entre ambas comunidades implicaría desactivar y retraer el proceso colonizador, y las facciones que integran el actual gobierno israelí no están dispuestas ni siquiera a contemplar esa posibilidad.

Sin embargo, en el discurso ante los diputados y senadores norteamericanos, Netanyahu volvió a repetir el conocido argumento de que él está dispuesto a hacer “dolorosas concesiones” por la paz con los vecinos árabes; aunque a renglón seguido enumera los límites de cualquier negociación aceptable: Israel no entregará Jerusalén Este, no retirará la presencia militar de los bordes del río Jordán, no tolerará el retorno de los refugiados palestinos, ni detendrá el proceso de instalación de colonos en los territorios ocupados. Los cuatro puntos básicos del reclamo árabe.

El rechazo frontal a la propuesta de Barack Obama, que se ha comprometido personalmente a impulsar la paz en su aliado de Medio Oriente en un contexto regional especialmente crítico por los alzamientos insurgentes, deja a los árabes las manos libres para presentar la moción de la creación del Estado Palestino a la Asamblea General de la ONU en septiembre próximo.

El apoyo de la Asamblea a la iniciativa se da ya por seguro. También el veto de los Estados Unidos a su ejecución, en el seno del Consejo de Seguridad.

Obama insiste

LONDRES.- En medio de su gira europea y junto al británico David Cameron, Barack Obama respondió a las palabras del premier israelí.

La antipatía personal entre ambos mandatarios ya es obvia, y las 26 veces que el discurso de Netanyahu fue interrumpido con aplausos en el Congreso muestran el apoyo  que dispone en Washington, tanto de los republicanos como de los demócratas, entre cuyos votantes destaca la comunidad judía norteamericana y sus aportes económicos.

Obama, sin embargo, remarcó ayer en que “confía” que la solución del conflicto pueda alcanzarse mediante el diálogo entre ambas comunidades. Aunque para ello pidió a los palestinos mayor capacidad de entendimiento con los israelíes. Admitió que no apoyará la creación de un Estado Palestino en la ONU, y cediendo a una demanda de Netanyahu, declaró que su meta es “un Israel que sea seguro y esté reconocido por sus vecinos”, en referencia a Hamas, que se niega a reconocer la existencia del Estado judío y plantea una oposición y una resistencia armada a la ocupación.

Unidad palestina

RAMALLAH.- Las dos facciones palestinas reaccionaron airadamente contra el discurso del premier israelí en Washington.

El líder de Hamas, Ismail Haniyeh, se mostró partidario de poner en marcha “cuanto antes” el pacto de unidad firmado con la Autoridad Nacional Palestina (ANP) del partido Al Fatah.

Hamas, mayoritaria en la Franja de Gaza, llegó a un acuerdo con la facción gobernante en Cisjordania el 4 de mayo, en El Cairo, para poner fin a cuatro años de divisiones, implementar un gobierno de unidad, y convocar a elecciones generales el año que viene.

Haniyeh afirmó que, ante la cerrada posición del gobierno de Tel Aviv, se requiere “una estrategia palestina, árabe e islámica, de unidad nacional” para “acabar” con la ocupación.

El presidente de la ANP, Mahmmoud Abbas, no respondió públicamente a la solicitud de Hamas, pero sostuvo que las palabras de Netanyahu muestran que Israel “no ofrece nada” para construir la paz, por lo que ratificó que avanzarán en la presentación ante la ONU para que se avale la creación de un Estado Palestino.

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“Menos legitimidad, menos seguridad” Entrevista de Luis Zegarra para el diario Puntal (08 05 11)

“tras la muerte de bin laden, el mundo es más inseguro”

Entrevista a Nelson G. Specchia, por Luis Zegarra

(para el diario Puntal)

http://www.puntal.com.ar/v2/article.php?id=69753

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Al Qaeda, ¿más débil o más fuerte? (06 05 11)

Al Qaeda, ¿más débil o más fuerte?

Por Nelson Gustavo Specchia

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Transcurrida una semana desde el espectacular anuncio del presidente Barack Obama, en la medianoche del domingo, de que tras una larguísima década finalmente habían dado con el enemigo número uno de los Estados Unidos y lo habían ultimado, ya es claro a estas alturas que algo salió mal. El discurso del jefe de la Casa Blanca –corto, frontal, sereno y simple, pero de una contundencia operística- tenía, al menos, tres destinos: la sociedad civil estadounidense, los seguidores de su propio partido, y el auditorio mundial.

Respecto de la ciudadanía de a pie, el mensaje iba destinado a reencantar la vida política, tan debilitada y azarosa en los últimos tiempos, detrás de un logro patriótico y nacional: vencimos al gran enemigo, a aquel que osó atacar a Norteamérica por primera vez en su suelo, somos fuertes nuevamente, y nuestro país vuelve a ser un sitio seguro para vivir. Para este primer segmento estuvieron pensadas esas frases de que la captura de Osama ben Laden venía a demostrar que los Estados Unidos siguen siendo capaces de hacer lo que se propongan, y de que la muerte de Osama en una remota barriada de los alrededores de Islamabad era un acto de justicia reparadora para con los muertos en los atentados del 11 de septiembre de 2001.

El segundo colectivo de audiencia escogido por los redactores del mensaje eran los propios seguidores del presidente demócrata. A ellos venía a decirles: “lo hicimos nosotros, Bush no pudo encontrarlo y atraparlo durante dos períodos presidenciales, nosotros lo logramos.” Una de las facetas más problemáticas de la personalidad de Obama, al interior del Partido Demócrata, es su imagen de componedor y legalista, respetuoso de los sistemas de garantías, los cuidados procesales y los derechos humanos. Rasgos que contribuyeron en los considerandos del otorgamiento de ese premio Nobel de la paz, tan cuestionado en estas horas. Ese perfil de “blando” es el más atacado por los halcones de la política americana. Por ello, la ejecución de la operación y la decisión de tirar a matar, habrían tenido que devolverle una imagen de resolución y fortaleza frente a las adversidades. Inclusive algunos titulares de la prensa sostuvieron que el domingo a la noche Obama “se convirtió en comandante en jefe” del ejército norteamericano. Como si antes no lo hubiera sido de hecho, sino apenas de derecho. Para este auditorio estuvo pensada esa frase donde el presidente destacaba que había sido él, en persona, quien había dado la orden de ataque.

Y para el resto del mundo, el discurso quiso trasmitir un mensaje simple y fuerte: hemos ganado la guerra contra el terrorismo, y lo hemos hecho con el mínimo costo y sin una sola baja entre nuestros soldados. Y tras esta victoria, no sólo los Estados Unidos, sino el mundo todo, es un lugar más seguro.

El resultado inmediato que el mensaje del presidente norteamericano esperaba lograr era un cerrado y unánime apoyo, tanto interno como internacional. Sin embargo, a estas alturas, es claro que algo salió mal.

HIMNOS Y BRINDIS

Algunas centenas de personas se reunieron frente a la Casa Blanca, en Washington, y destaparon botellas de champagne, corearon consignas contra Al Qaeda, y cantaron reiteradamente el himno nacional. Otras docenas se reunieron también en el Ground Zero, el espacio neoyorquino que ocuparon en su día las Torres Gemelas que tumbó el atentado planificado por Osama en las cuevas de las montañas de Afganistán. Pero, en realidad, fueron muchas menos de las esperadas.

En la mañana del lunes, se conoció la felicitación expresada por el ex mandatario republicano George W. Bush, el presidente que declaró esa ubicua y sui generis guerra contra una entidad sin Estado. También llegaron otros mensajes de congratulación, como el del premier británico, y de algunos líderes cuya existencia y supervivencia política mucho depende de Washington. Aunque también aquí fueron muchos menos de los esperados.

En lugar de un cerrado apoyo, una serie de preguntas sobre la índole de la intervención militar, la brutalidad del ataque seguido de la muerte de Ben Laden, la violación de la soberanía paquistaní por un ejército de un país aliado, y la falta de pruebas materiales que apoyaran la versión de la Casa Blanca, fueron tomando forma, todavía en la manera de interrogantes. Las ediciones en Internet de los principales medios de prensa norteamericanos (dada la avanzada hora del anuncio, casi todos ya estaban impresos) fueron cambiando sutilmente con el transcurso de las horas, al igual que otros diarios del mundo. Y esos cuestionamientos, mientras se iban conociendo detalles, reflejaban un aumento del tono crítico. El jueves, después de tres días en que se difundieran las opiniones críticas de respetables líderes políticos mundiales, de juristas expertos del sistema de Naciones Unidas, y de analistas y columnistas internacionales, hasta la misma cadena televisiva CNN hablaba ya de un “asesinato a sangre fría”. Algo, efectivamente, había salido mal.

LOS CABOS SUELTOS

          Barack Obama tuvo la posibilidad de apresar a Osama ben Laden. El hecho de ultimarlo en la residencia amurallada de Abbottabad fue una decisión estratégica. Quizás si hubiese defendido su decisión con detalles y fundamentos, hubiera impedido que las versiones y las interpretaciones ocuparan el escenario, embarrando, desinformando y soltando cabos a cada paso.

Pero, en cambio, la información desde Washington intentó relativizar aquella toma de posición entre dos alternativas: detenerlo o matarlo. El presidente, como dijimos arriba, quiso adjudicarse la orden de disparar, pero ante las críticas se cambio la versión: la orden la dio la CIA, y sobre el terreno. Cuando hubo que explicar la muerte del terrorista, se afirmó que había presentado resistencia, pero luego se admitió que Osama estaba desarmado. Se reconoció que su paradero estaba ubicado desde hacía meses, y que la confirmación de su identidad era firme; los comandos de Seal Navy tuvieron inclusive la posibilidad de ensayar con suficiente anticipación la operación; y sin embargo no lograron capturarlo vivo. No hay manera posible de sostener esta versión.

A la mañana de un día se afirmaba que Osama había puesto a una esposa como escudo, a la tarde de ese mismo día se decía que la muerte de la mujer había ocurrido cuando se interpuso para salvarlo. Que el cadáver había sido rechazado por Afganistán, que había sido cuidado por los ritos musulmanes para los muertos, pero que para evitar un santuario de terroristas había sido lanzado al mar. En fin: que tampoco había cadáver para mostrar. Pero se mostrarían las fotos. No, no se mostrarían tampoco las fotos, eran demasiado horribles (el acto de la muerte del terrorista no lo era tanto, las fotos sí).

El equipamiento de cada comando Seal Navy incorpora una cámara de video, por lo que toda la operación fue filmada y grabada (y seguida por Obama, Biden, Hillary Clinton y el resto del equipo de seguridad de la Casa Blanca en tiempo real, mientras el jefe de la CIA, Leon Panetta, les iba explicando cada paso), pero tampoco se mostrarían al público esas grabaciones.

La identidad de Osama ben Laden se había hecho por reconocimiento facial del cadáver, y un ADN hecho a las apuradas sobre el avión. Tampoco estos análisis se harían públicos. Y eso era todo. Había que confiar en la palabra del presidente estadounidense, sin más pruebas. En Europa comenzó a circular la versión de que habían matado a un doble de Osama, y que el verdadero estaba vivito y coleando donde siempre había estado: en una cueva de las montañas afganas de Waziristán.

En conjunto, tantos cabos sueltos han terminado por quitar legitimidad a la operación militar norteamericana. En lugar de una intervención victoriosa y definitiva para terminar con Al Qaeda, parece encaminarse a ser lo contrario: la excusa ideal para reflotar una organización que estaba en decadencia, con un mártir como guía, y un enemigo contra el que estaría justificado atentar, sin respetar ninguna legalidad internacional, ya que él tampoco la respeta.

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Horror Caribe: Wikileaks devela los papeles de Guantánamo (27 04 11)

Guantánamo al descubierto

ESTUPOR MUNDIAL POR LAS REVELACIONES SOBRE LA PRISIÓN ILEGAL ESTADOUNIDENSE EN CUBA. ADOLECENTES OBLIGADOS A ALISTARSE POR LOS TALIBANES ENCERRADOS DURANTE AÑOS, SIN CARGOS NI POSIBILIDAD DE DEFENSA. LOS PROPIOS MANDOS MILITARES HABÍAN INDICADO SU NULA PELIGROSIDAD

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En una nueva filtración del material clasificado y secreto que ha decidido divulgar a través de una selección de medios de prensa muy confiables, la organización no gubernamental Wikileaks ha puesto a disposición del público algunas fichas militares de los presos islamistas retenidos en la base estadounidense de Guantánamo, que por su tono y contenido han despertado la indignación mundial.

La prisión de Guantánamo, en la bahía del mismo nombre de la isla de Cuba que se encuentra ocupada por el ejército estadounidense, fue creada por el ex presidente George W. Bush para alojar presuntos terroristas islámicos, cuya peligrosidad fuese considerada tan alta que la seguridad norteamericana se viera en riesgo si se los introducía en el territorio nacional.

En realidad, la extraterritorialidad de la cárcel la ubicaba en un limbo jurídico, y daba lugar al tratamiento de los presos por fuera del sistema de equilibrios y derechos que establece el sistema jurídico estadounidense.

En un extremo de estas posibilidades, estaba el obtener información vital para la “guerra contra el terrorismo” que comenzaba la Administración Bush, inclusive mediante la aplicación de torturas físicas y psicológicas a los detenidos.

El secuestro de personas en diferentes partes del mundo, la ignorancia de la Convención de Ginebra por parte de los servicios secretos norteamericanos, el traslado de los presuntos terroristas a Guantánamo en vuelos secretos –que violaban las leyes humanitarias de los países por los que atravesaban o en los que aterrizaban para reabastecer combustible-, y la lógica del tratamiento extra legal a los presos, han concentrado la mayor crítica que la pasada Administración republicana recibió por este tema.

Ahora, además, los documentos revelados por Wikileaks ponen en cuestión la propia lógica interna del proceso, al demostrar que la supuesta peligrosidad de los presos no era tal, y que inclusive se encarceló durante años a niños y adolescentes menores de edad, aún cuando los propios jefes militares norteamericanos sostenían que no había razones para mantenerlos en ese estado, y que no serían de ningún provecho para los servicios de información.

Los documentos son demoledores, al sostener que de los 14 menores de edad que se encerró en Guantánamo, los interrogadores sólo creían que 4 podían ser de “riesgo probable”; sin embargo no se los liberó sino hasta años más tarde. En conjunto, los documentos concluyen que los militares descartaron el riesgo de amenaza de casi el 60 por ciento del total de los detenidos. Sin embargo y a pesar de estos informes, los responsables políticos mantuvieron la prisión en funcionamiento.

El presidente Barack Obama prometió, durante la campaña electoral que lo llevó al poder, que cerraría Guantánamo, pero la promesa aún sigue pendiente.

Los médicos, cómplices

El fiscal general de EE.UU., Eric Holder, sostiene que los juicios extraterritoriales en el penal de Guantánamo, criticados por la judicatura estadounidense, seguirán a pesar del golpe que han significado las revelaciones de Wikileaks.

Aunque admitió ayer que la filtración “afectará” las relaciones norteamericanas con sus aliados, volvió a criticar a la ONG.

Una parte muy sensible es la que hace referencia al papel jugado por los médicos en la cárcel que contuvo a menores de edad sin juicio ni defensor desde 2002 y hasta 2009.

Al mismo tiempo que Wikileaks revela que ni los propios militares creían que había motivos para retenerlos, la publicación científica Plos Medicine sostiene que los médicos y psicólogos a cargo de los presos ocultaron evidencia de abusos y torturas infligidas intencionalmente a los detenidos, incluidos a los menores.

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Las facturas de Zapatero (07 04 11)

Las facturas de Zapatero

Por Nelson Gustavo Specchia

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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.

Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).

Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.

Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.

No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.

Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.

Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.

El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.

Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.

En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.

Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.

Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.

La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.

El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.

Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.

No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.

La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

 

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El (des)concierto europeo frente al Magreb

El (des)concierto europeo frente al Magreb

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos de generación del proceso de integración europea, en la segunda posguerra mundial, los “padres fundadores” pusieron muchos esfuerzos en que se notara que la nueva organización que estaban creando tendría, en las relaciones entre los socios y entre éstos y los demás países, un basamento diferente al de la cosmovisión realista de las relaciones internacionales. El realismo, aquella escuela de teoría política que venía dando sustento a la política internacional desde la creación de los Estados Nacionales, con su lógica de poder y del interés supremo del Estado, tenía mucho que ver, decían los patriarcas europeos, con las debacles bélicas en que había terminado hundiéndose el siglo XX. Frente a aquellos teóricos “duros” del realismo, la nueva elite, acompañada con lecturas neofuncionalistas de pensadores como Ernst Haas y León Lindberg, propusieron un quiebre: en lugar de competencia, cooperación. El lugar de guerra, comercio. En vez de desangrarse tratando de dominar al vecino, proponer estructuras supranacionales con intereses que superen los límites –a veces tan estrechos- del puro interés nacional.

Así, los gestores de las Comunidades Europeas (primero del carbón y del acero, luego de la energía atómica, para decantar finalmente en la UE tal como la conocemos hoy) generaron la “buena vecindad”. Cuando cayó el Muro de Berlín, este concepto facilitó la incorporación de toda la Europa del Este al seno del proceso de integración. Otras latitudes, como el territorio latinoamericano, también recibieron un trato privilegiado por la misma concepción de la política internacional, desde la cooperación económica como desde los foros de encuentro al máximo nivel, especialmente por parte de la corona española, la vieja metrópoli.

Sin embargo, este programa político parece haber fracasado estrepitosamente respecto del primer cordón de vecindad, la tierra “otra” más próxima al Viejo Continente: la costa sur del mar Mediterráneo, la línea de Estados que conforman el Magreb africano y el Oriente Medio. Durante los 50 largos años que los europeos vienen amasando la integración continental, la cercanía de esos vecinos moros ó negros, árabes, musulmanes, pobres, subdesarrollados, con estructuras sociales y políticas desarticuladas por los procesos coloniales que los europeos mismos habían protagonizado, les causaron siempre un problema de difícil solución. Un problema frente al cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que exportaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar, se quebraba una y otra vez los dientes.

Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En 1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia, y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el lanzamiento, pasaron años y no se avanzó nada. En una fecha tan cercana como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo, relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43 países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente Próximo, Turquía, Israel… y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber qué hacer con los vecinos de la costa pobre del “mare nostrum”.

Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abidine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al hasta entonces estable y confiable régimen del “rais” Hosni Mubarak, la Unión Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le explotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la protesta en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton, la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana entera de confusión y de silencio.

Responsabilidades personales

Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido: la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto la identificación de las elites con la integración y la buena vecindad fuera asumida como compromiso, o sea, como responsabilidad individual por parte de las personas que en ese momento estuvieran ejerciendo el rol dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los laboristas, y a una mujer.

Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifestaba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía que los muertos por la represión sumaban centenas.

Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilanimidad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48 horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta en el Magreb.

Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por intercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Obama también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las protestas se tomó en cuestión de horas:  Jeffrey Feltman, el secretario de Estado adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.

Estruendoso silencio

El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Magreb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde, toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la imposición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos populares (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámico) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.

A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativamente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George W. Bush durante la invasión a Irak).

Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los ciudadanos concretos de esos países, apostando, en cambio, por sus intereses nacionales internos (qué contradicción: en la más cruda tradición realista…)

Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democracia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo fundamentalista, va a llamar a sus puertas.

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Assange y WikiLeaks, ¿héroes o villanos? (10 12 10)

Assange y WikiLeaks, ¿héroes o villanos?

por Nelson Gustavo Specchia

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El discurso de WikiLeaks hasta hace un par de semanas afirmaba que el principal objetivo de su existencia era contribuir a la transparencia, utilizando para ello las formidables posibilidades que Internet ofrece –cada día con mayores prestaciones y herramientas- en la nueva sociedad global interconectada. Con esta filosofía, expresada por boca de Julian Assange, un matemático australiano de 39 años militante de los movimientos anti globalización, la ONG comenzó a distribuir información que había llegado procedente de “gargantas profundas” del propio aparato industrial-militar de la potencia hegemónica, los Estados Unidos de América.

Los norteamericanos, desde que en 1989 cayera el Muro de Berlín y el proceso de desintegración soviéticos los dejara solos, vencedores de la guerra fría, comenzaron un proceso inédito de reproducción de agencias dedicadas a la gestión de información clasificada. El ataque de 2001 disparó ese proceso hasta extremos insólitos, creando y subdividiendo oficinas civiles y militares de información.

LOS PAPELES DE LAS GUERRAS

En julio de este año, The Washington Post, tras una exhaustiva investigación de más de dos años, publicó que la multiplicación de los servicios de seguridad ha terminado escapando al control oficial. La conclusión del diario fue lapidaria: “nadie sabe bien cuántos son, para qué sirven, cuánto cuestan ni qué hacen”. La guerra contra el terrorismo, declarada por el presidente republicano George W. Bush, es la lábil justificación de este aumento cancerígeno de agentes secretos, que le va costando a los contribuyentes 1,15 billones de dólares, convirtiéndose en la intervención norteamericana más cara de su historia, sólo superada por los costos de la segunda Guerra Mundial.

El anarco crecimiento de dependencias secretas ha venido a sumarse y solaparse con la tradicional Agencia Nacional de Inteligencia (CIA), sin que se sepa siquiera de quién dependen. Según el reporte de The Washington Post, de cada 400 ciudadanos estadounidenses, uno es un agente secreto. Esta población de espías desarrolla su actividad de inteligencia –es un decir- en 1.271 oficinas oficiales, a las que se suman otras 1.931 oficinas privadas con las cuales las primeras interactúan, comparten información y se pasan secretos. Esta maquinaria superpoblada y semi anárquica necesariamente ha de albergar de todo, también personal de formación dudosa, gente psicológicamente inestable, o un variopinto etcétera, de donde habrían salido las “gargantas profundas” que comenzaron a filtrar información clasificada a la ONG de Julian Assange.

Sólo en el año 2010 WikiLeaks publicó unos 400.000 documentos secretos sobre la guerra en Irán, y más de 76.000 sobre la invasión aliada comandada por el ejército norteamericano en Afganistán. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ya afirmó entonces que la publicación de esa información constituía un ataque contra los Estados Unidos, diversas violaciones a los marcos legales, y que las instituciones policiales se dedicarían a buscar a los responsables de las filtraciones. Cosa difícil si se asume que, además del caos organizativo que acabamos de reseñar, tales reparticiones se caracterizan por el secreto. Y lo peor, además, estaba por caer.

Con los papeles de la guerra (que habían sido tratados con respeto, evitando anuncios espectaculares y cruzando y contrastando datos) divulgados por Internet, la ONG ganó mucho prestigio social, y se convirtió en una referencia para las nuevas generaciones de “cybermilitantes”. Entonces Assange anunció el gran golpe: revelaría los cables confidenciales de la diplomacia estadounidense, en un volumen nunca visto antes. Unos documentos que, en conjunto, ofrecen una panorámica de la visión que tiene la gestión de la primera potencia de sus colegas del resto del mundo.

APUNTAR MÁS Y MÁS ALTO

Con los 250.000 cables de comunicaciones entre la Secretaría de Estado y sus delegaciones diplomáticas, comenzó un proceso mediático y político que lleva quince días y cuyos efectos finales siguen siendo inciertos. En todo caso, y a diferencia de la actitud y el discurso que la ONG había mantenido hasta ahora, su editor principal subió la apuesta, y la subió fuerte. Si hasta ahora WikiLeaks era una herramienta para conseguir mayor transparencia en los flujos de información, Julian Assange revela que su verdadero objetivo es aumentar la justicia global. Nada menos.

Desde la clandestinidad, donde estaba oculto como un viejo jefe guerrillero a la antigua usanza, Assange concedió una entrevista a la revista Time, allí afirmó: “No es nuestro objetivo lograr una sociedad más transparente, sino una sociedad más justa.” El cambio es sutil, pero al mismo tiempo constituye un salto enorme. El australiano dejó de ser un Robin Wood de la transparencia informativa, que confrontaba a un enemigo difuso, para pasar a ser un actor concreto de las relaciones internacionales, poniéndose en la vereda de en frente de los grandes poderes constituidos.

Inesperadamente, con el cambio de mira del jefe de la ONG, aparecieron sendas denuncias contra su persona, por presuntos delitos de índole privada. Dos mujeres lo acusan de haberlas agredido en su honor y en su seguridad. La denuncia no es por violación, en sentido estricto, ya que las relaciones sexuales objeto de la disputa fueron consentidas, sino que avanzaron aun cuando la denunciante solicitó que se detuviera. Assange negó todos los cargos, pero se entregó voluntariamente a la justicia inglesa. Luego de escuchar su descargo, el juez británico, en una decisión claramente desproporcionada, no le concedió una libertad bajo fianza, sino que lo mantuvo retenido en presión. Suecia, de donde provienen las denuncias, reclama su traslado. Suecia y los Estados Unidos mantienen un amplio convenio de extradición. Tal como lo reafirmó Hillary Clinton, Assange puede ser reclamado por Estados Unidos para ser juzgado allá por alta traición.

SE MUEVEN LOS CYBERMILITANTES

Uno de los temas conocidos a través de la filtración de los cables se centra, precisamente, en las diversas maneras de presionar a los jueces que tienen los diplomáticos bajo órdenes de Washington. La impropia presión de los embajadores –e inclusive de la anterior secretaria de Estado, Condoleezza Rice- sobre las máximas instancias judiciales españolas para defender intereses y empresas norteamericanas, por caso, dan buen ejemplo de ello. En este marco, la coincidencia entre las denuncian contra Assange, la decisión del juez británico de dejarlo encarcelado en la prisión de Wandsworth, la petición sueca, y la posible extradición final a los Estados Unidos, suena demasiado a un andamiaje montado por espías vengativos.

Al mismo tiempo, la presión del gobierno norteamericano sobre las empresas alojadoras de los sitios de internet, y las grandes firmas especializadas en transferencias económicas, comenzaron deliberadamente a ahogar a la ONG, con el declarado objetivo de silenciarla y asfixiarla económicamente.

Entonces reaccionó la sociedad civil, en esa nueva variante de los militantes del cyberespacio, desde los teclados individuales de las computadoras hogareñas. La red de microbloging Twitter fue el canal de convocatoria, y a través de ella una alianza de usuarios (“hackers”) de todo el mundo, agrupados en una instancia espontánea muy simbólicamente denominada Anónimo (“Anonymous”), contraatacaron con la fuerza de las multitudes, colapsando las operaciones electrónicas de empresas como Amazon, MasterCard, PayPal y Visa.

Amazon dio de baja la cuenta de la ONG y la retiró de sus servidores, con lo cual ya no fue posible consultar los cables diplomáticos filtrados. PayPal había dejado de aceptar remesas de dinero en concepto de donaciones para WikiLeaks, admitiendo que lo hacía por sugerencia del Departamento de Estado norteamericano; Visa y MasterCard la imitaron.

Los cybermilitantes de Anonymous primero rescataron la página de la ONG, generando docenas de sitios “espejos” de WikiLeaks como el que había desactivado Amazon. A los hackers individuales auto convocados se unieron inclusive algunas asociaciones inesperadas, como el Estado boliviano. El vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera (en ejercicio del Poder Ejecutivo por ausencia del presidente Evo Morales), anunció que el gobierno abría un sitio web temporal para facilitar el acceso a WikiLeaks, y burlar de esa manera el cerco informativo propiciado desde Washington.

Después de haber puesto a WikiLeaks nuevamente a disposición del cyberespacio, Anonymous comenzó con un ataque cibernético contra las grandes tarjetas de crédito, colapsando sus webs con solicitudes automatizadas en masa, hasta que los servidores dejaron de funcionar. Inclusive Anonymous amenazó a las redes sociales, las páginas de Facebook y Twitter, a quienes acusan de marginar toda la información relativa a WikiLeaks y a Assange.

Cualquiera sea el resultado final de la puja de poder abierta hace dos semanas, la presión política norteamericana y la respuesta –caótica pero efectiva- de los usuarios de una herramienta poderosa, abierta y descentralizada, vienen a introducir nuevas modalidades de actuación en el escenario internacional.

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nelson.specchia@gmail.com

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Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair

por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.

La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.

PAX ET BONUN

El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.

Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.

En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).

NADA NUEVO BAJO EL SOL

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.

El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.

RECUPERAR LA MÍSTICA

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?

Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.

Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.

Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.

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La conmemoración del 11-S caldea los ánimos (13 09 10)

LA CONMEMORACIÓN DEL 11-S EN NORTEAMÉRICA AGITA EL DEBATE

Obama convoca a la reflexión, la unidad y la renovación de ideas

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El inédito debate sobre religión y política que ha vuelto a la escena mundial en los últimos días, caldeado por la decisión de un pastor evangelista estadounidense de quemar ejemplares del Corán para recordar el 11 de septiembre, estuvo en el centro de las palabras del presidente Barack Obama este domingo, donde todas las acciones de la Casa Blanca parecieron estar destinadas a descomprimir el ambiente de tensión, quitar de los actos de recuerdo del atentado que tiró abajo las Torres Gemelas de Nueva York todo contenido religioso, y pugnar por una renovación de los pactos de convivencia en un estado de libertad y seguridad.

Obama tuvo que hacer referencia a esta confrontación, reconoció que “hay quienes tratan de generar amargura, de dividirnos en base a nuestras diferencias, de cegarnos de lo que tenemos en común”, e inclusive se vio obligado a dejar explícitamente claro que la potencia global que dirige “nunca” declararía la guerra al Islam.

Las principales personalidades del gobierno estadounidense se repartieron por los escenarios principales de la recordación, Obama encabezó los actos al depositar flores en el Pentágono, la sede de las oficinas de Defensa el país, y en cuyo emblemático edificio de cinco lados se estrelló uno de los cuatro aviones secuestrados por los fanáticos islamistas en septiembre de 2001; es este atentado murieron 189 personas, que se sumaron a las 2.795 víctimas de la eclosión del neoyorkino World Trade Center. Obama dijo en el Pentágono que la jornada debía servir para que la nación hiciera “una pausa para recordar un día que sometió a nuestro país a prueba”.

Obama envió a su vicepresidente, Joe Biden, al también polémico “Ground Zero” de Nueva York, los terrenos donde estuvieron las Torres Gemelas y que aún permanecen baldíos tras la demolición y el retiro de los escombros; como una manera simbólicamente reivindicativa, se construirá allí la “One Wtc”, que será la torre más alta de Manhattan y de todos los Estados Unidos, con cerca de 500 metros altura.

Pero también en esta barriada un magnate árabe planea financiar la construcción de una nueva mezquita para dedicarla al culto del Islam; y aunque el presidente Obama se ha mostrado proclive a la construcción del lugar de culto, éste ha venido a agregar un elemento más a las discusiones entre respeto a las minorías, convivencia, pluralismo y radicalismo religioso.

Por su parte, la primera dama Michelle Obama, junto a la esposa del ex presidente George W. Bush, Laura, rindieron homenaje a los muertos en el avión que se estrelló en Pensilvania, desviado por los propios pasajeros.

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