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El portazo de Cameron (16 12 11)

El portazo de Cameron

por Nelson Gustavo Specchia

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Los ingleses lo han vuelto a hacer. Cuando la tensión de la crisis económica llevó al máximo estiramiento de la cuerda, y todo el proceso de integración de Europa tras un largo medio siglo se puso al borde del abismo, los británicos recurrieron a la flema de su singularidad y el premier conservador David Cameron le pegó un portazo al “Continente” en la última cumbre de emergencia reunida en Bruselas.

Y no hay lugar para los equívocos: no se trata de un berrinche más, apoyado en esa singularidad cultural hipotéticamente alejada de las costumbres del resto de Europa, como la utilización del sombrero bombín por los elegantes hombres de negocios de la City, el manejar por la izquierda, el mantener un sistema de pesas y medidas medieval o hacer del té de las cinco de la tarde un rito pagano.

No, el portazo de Cameron va mucho más allá de las particularidades –ya medio hilarantes- del folk londinense, y se encuadra en una cosmovisión transgeneracional (e inclusive interpartidaria) de la clase política inglesa: aquella que sostiene que una Europa sólidamente unida –ya sea a nivel estructural de las organizaciones, o en el más líquido acuerdo de estrategias comunes- constituye un peligro potencial para las Islas Británicas. Esté abanderada esa ligazón continental por la dinastía de los Habsburgo, por Napoleón Bonaparte o por Adolf Hitler, como alguna vez en el pasado; o bajo la bandera azul con la corona de estrellas doradas de la Unión Europea de hoy.

Y si ese aumento en la integración, estructural o coyuntural, proviene de un plan conjunto franco-alemán, como el nuevo pacto fiscal negociado en la cumbre de Bruselas, el peligro que perciben los ingleses se exacerba.

El portazo de Cameron, al ser el único que queda afuera de los nuevos acuerdos de los países de la eurozona y todos los demás socios comunitarios, es considerado un extremo, ni siquiera la Dama de Hierro, con sus nítidas posturas anti europeas, se había animado a tanto. Pero esto se debe a que también las condiciones que transita el proceso de integración son inéditas.

Mal que les pese a los europeístas “progres”, la conclusión de Herman van Rompuy, el belga presidente permanente del Consejo Europeo, es una dura realidad: en la cumbre de la que Cameron retiró a su país se refundaba la Unión Europea sobre la base del pacto fiscal propuesto por la dupla Ángela Merkel-Nicolás Sarkozy, o se apagaba la luz y se bajaba la cortina.

No hay “plan B” desde el momento en que el liderazgo continental, ya homogéneamente dominado por los partidos y las administraciones conservadoras, decidió atender a las exigencias de los mercados financieros globales y de las agencias calificadoras de riesgo, y optó por políticas de restricción de los gastos públicos, contracción de las economías y achicamiento del Estado.

CABALLITO DE TROYA   

En aquellos tiempos primeros de la organización continental, cuando todavía no se hablaba de Unión Europea sino simplemente de Comunidades Económicas, el viejo general De Gaulle argumentaba que había que dejar afuera a los británicos.

Que siguieran usando sus sombreros bombín y conduciendo por la izquierda entre el humo de Londres (todavía había mucho smog en los años cincuenta, cuando el grueso de la calefacción de la capital británica funcionaba a carbón), decía el líder francés.

Y el peso de su argumento ha sido recordado periódicamente en el último medio siglo: si entran los ingleses, será para frenar la profundización del proceso de integración.

Los acusaba de ser el Caballo de Troya de Washington, ya que la alianza especial de los británicos con su ex colonia de este lado del Atlántico posibilitaría que los lineamientos estratégicos de los norteamericanos –en aquel contexto de división bipolar del mundo y en un clima de guerra fría- entraran a Europa por la puerta londinense.

Y algo de todo eso hubo durante estos años, a múltiples niveles.

De las dos grandes posibilidades de avance del proyecto de integración en el Viejo Continente (el avanzar hacia una confederación de países, o limitarse sólo a un mercado común), cuando los británicos ingresaron –tardíamente, en 1973- siempre empujaron las pesas para que no se llegara a hablar de cesiones de soberanía nacional y los acuerdos quedaran reducidos a la órbita económica.

En los tiempos ultraliberales de la señora Margaret Thatcher, Londres logró doblegar la voluntad integracionista inclusive dentro de estos parámetros puramente económicos, y condicionó la aprobación de los presupuestos de la organización a la devolución del “cheque británico” (el porcentaje de devolución de los aportes realizados por no participar de los beneficios proteccionistas de la Política Agrícola Común).

Como decía arriba, esta actitud hacia Europa atraviesa las generaciones, pero también las gestiones de los diferentes partidos: cuando llegó el turno de la “tercera vía” laborista de Tony Blair, que se declaraba “un europeísta apasionado”, no solo se mantuvo el “cheque británico” tharcheriano, sino que se siguió rechazando el euro para mantener la libra esterlina como moneda nacional. Europeísmo, ma non troppo.

David Cameron, a diferencia de su predecesor laborista, ni siquiera intentó nunca escenificar un amor por Europa que no siente. Además, sabe que al interior de su partido, entre los “tories”, el euroescepticismo es moneda corriente.

El argumento que el premier conservador utiliza para dar otra vez la espalda a Europa es fuerte: preservar a toda costa el poder financiero de la libra esterlina, en un momento en que la moneda común europea sufre el más despiadado ataque de los mercados externos. Además, Cameron dice que el sector financiero inglés (la tan mentada y sacrosanta City) representa un 30 por ciento del producto bruto nacional de las Islas; (esa City representa el 36 por ciento de la industria mayorista de la banca de la Unión Europea, y el 61 por ciento de las exportaciones netas de servicios financieros internacionales).

Cameron ni mencionó, en su defensa ante el pleno de los Comunes, las razones políticas de la antipatía hacia los mayores grados de integración continental, no las necesita: el peso de los argumentos económicos difícilmente encuentre muchos detractores entre los diputados, inclusive entre los de la oposición.

El único que amagó con un tímido gesto de protesta fue su socio en la coalición de gobierno, el liberal-demócrata Nick Clegg. Se retiró de los Comunes y dejó vacío su sitio en el banco verde del oficialismo; al día siguiente afirmó en la prensa que el Reino Unido salía debilitado de la jugada de Cameron en la cumbre europea.

Ya que el socio del primer ministro lo hacía desde el oficialismo, el líder de la oposición y del Partido Laborista, Ed Miliband, también saltó a la palestra y pidió que el gobierno volviera a negociar con los restantes socios de la Unión Europea.

Pero los periódicos del magnate Rupert Murdoch –adalides del euroescepticismo inglés- salieron a respaldar sin fisuras al premier, y a recordarles a sus críticos que el portazo a Bruselas es acorde al sentimiento popular mayoritario. Miliband no ha hecho más declaraciones, y Clegg volvió a su sitio en el banco verde de los Comunes, en Westminster.  

LOS BENEFICIOS DEL TÉ

Pero cuidado, porque la gravedad de la crisis y el estentóreo desplante de Cameron pueden llevar a un equívoco aún mayor: Europa sin Londres nunca estará completa.

El euroescepticismo es una grave enfermedad cultural, que en un pasado para nada remoto llevó a alejamientos y a tensiones para conseguir la supremacía continental. Sin excepciones, y durante siglos, esas tensiones terminaron resolviéndose a cañonazos.

La mayor conquista del proceso de integración ha sido conjurar la explosión guerrera de las rivalidades políticas europeas, que en dos oportunidades durante el siglo XX acarrearon detrás del ellas al resto del mundo.

Y para que ese equilibrio se siga manteniendo, Gran Bretaña no puede alejase definitivamente del centro del proceso de integración.

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[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 16 de diciembre de 2011]

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Ahora Netanyahu dice “bué, negociemos” (03 10 11)

Natanyahu apoya al “cuarteto” para frenar al Estado Palestino

La vuelta a la mesa de negociaciones fue rechazada por la OLP la semana pasada

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Ante la presión de la diplomacia estadounidense en las comisiones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), que se encuentran analizando la petición de ingreso de un Estado Palestino soberano a la organización multilateral, el gobierno israelí anunció ayer su apoyo formal a la iniciativa de volver a las negociaciones directas.

La postura de Washington fue el argumento utilizado por el presidente Obama para no apoyar el petitorio palestino ante la Asamblea General, aduciendo que una paz duradera sólo podrá asegurarse cuando ambas comunidades lleguen a un acuerdo.

Y este principio fue encomendado al “cuarteto”, el frente de buenos oficios integrado por EE.UU., Rusia, la Unión Europea, y la ONU, cuya titularidad ejerce el británico Tony Blair.

La presión estadounidense podría estancar “sine die” la tramitación iniciada por el comité de admisiones del Consejo de Seguridad.

Pero la Administración Nacional Palestina (ANP), que dirige Mahmmoud Abbas, y la principal fuerza política de los territorios ocupados, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), dejaron claro que no volverán a sentarse en una mesa de negociaciones mientras Israel no detenga la construcción de nuevos asentamientos para judíos en los territorios ocupados.

Precisamente, apenas unas horas después de que Abbas presentara su carta de solicitud de ingreso al secretario general de la ONU, Ban ki Moon, el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu anunciaba un nuevo plan de expansión de la colonización sobre los territorios tomados tras la guerra de los Seis Días, de 1967, con 1.100 nuevas viviendas en el sector oriental de Jerusalén, la zona árabe que los palestinos reivindican como futura capital de su Estado.

Desde Tel Aviv, Netanyahu aprovechó el comunicado de la OLP negándose a negociar con las excavadoras israelíes demoliendo casas palestinas y levantando nuevos edificios en Jerusalén Este, para declarar que su gobierno sí está dispuesto a aceptar una nueva ronda de negociaciones con los buenos oficios del “cuarteto”.

Los analistas sostenían ayer que sólo se trataría de un paso táctico, de mostrar una intención de diálogo, pero sin una consecución real, ya que la propuesta del “cuarteto” establece comenzar a negociar con los límites fijados por las Naciones Unidas en el original pacto de partición en dos Estados, o sea, las fronteras anteriores a la ocupación de 1967, un punto rechazado de plano por los israelíes.

La cuestión islamista

Mahmmoud Abbas, a quién los sectores populares palestinos llaman Abu Mazen, tiene que lidiar con varios frentes, y por ello el masivo respaldo de países en la ONU le dieron una bocanada de oxígeno a su política pacifista y legitimista.

Además de las posturas infranqueables del gobierno conservador israelí y del respaldo que éste tiene de Washington, Abbas debe integrar a los palestinos islamistas de Hamas, la otra rama política, que gobierna de facto en la Franja de Gaza.

Hamás ha anunciado que saluda la creación del Estado Palestino, pero sigue empeñado en no reconocer la existencia de Israel, a quien sólo consideran “potencia ocupante”.

Ismael Haniya, el líder de Hamas, volvió a reiterar este sábado que “no vamos a rogar por un Estado”, en cambio agregó que “la lucha nos mantendremos preparados” para seguir oponiendo resistencia al ejército israelí.

Esa posición es utilizada por Tel Aviv para desacreditar a Abbas como negociador.

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Los palestinos ya festejan la llegada de la “primavera árabe” (29 09 11)

Extreman cuidados para evitar enfrentamientos en la zona oriental de Jerusalén

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Después de un largo período de inactividad, signada por el desacuerdo entre las dos principales facciones palestinas (Al Fatah, que controla Cisjordania, y los islamistas de Hamas, que dominan de facto la Franja de Gaza), la comunidad árabe vive un nuevo tiempo de expectativas desde que las Naciones Unidas tuvieron que admitir a trámite el reconocimiento de un Estado soberano en sus territorios.

El comienzo de las sesiones del comité de encargado de nuevas admisiones, esta semana, avizoró sin embargo un trámite largo y engorroso, y con pocas esperanzas de una resolución positiva, dada la decisión de la Casa Blanca de oponerse a la vía del reconocimiento multilateral.

Sin embargo, con el anuncio del gobierno de Benjamín Netanyahu, también durante esta semana, de ampliar la construcción de 1.100 nuevas viviendas para judíos en los territorios ocupados en 1967 del sector oriental de Jerusalén, el camino de reapertura de negociaciones bilaterales al que apostaba la diplomacia estadounidense sufrió un duro revés.

Tanto el vocero del presidente Barack Obama, como la propia secretaria de Estado, Hillary Clinton, tuvieron que salir a censurar la decisión del gobierno de Tel Aviv. Rusia, China, la Unión Europea y otros numerosos países y organizaciones internacionales se sumaron a las críticas a Israel.

En la víspera, en una sesión especial, el Parlamento Europeo aprobó una resolución que declara que el pueblo palestino tiene el “legítimo derecho de crear un Estado independiente”, en un documento aprobado por unanimidad por los miembros del cuerpo parlamentario continental.

En Ramallah, sede del gobierno provisorio de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), siguen los festejos por el protagonismo internacional recuperado. Los voceros del premier Mahmmoud Abbas evaluaron que la nueva coyuntura en los territorios participa de la denominada “primeva árabe”, el conjunto de modificaciones estructurales que sacude al Norte de África y a Medio Oriente desde principios de año.

Desde el ejecutivo de Abbas, inclusive, no se descarta que pueda forzarse a un cambio del voto norteamericano. Ya ocho países integrantes del cuerpo han decidido votar a favor del Estado Palestino, según informó el ministro de Exteriores Riyad al Malki, entre los que se cuentan Líbano, Rusia, China, India, Sudáfrica y Brasil.

Con nueve votos la petición sería aprobada, aunque con posterioridad los Estados Unidos podrían ejercer su poder de veto para frenarla.

Negociaciones problemáticas

La decisión del presidente Barack Obama de relanzar las negociaciones bilaterales entre israelíes y palestinos está siendo motorizada por el denominado “cuarteto”, integrado por la diplomacia norteamericana, rusa, de la Unión Europea, y de las Naciones Unidas, y cuya figura visible es el ex primer ministro laborista británico Tony Blair.

El “cuarteto” ha invitado a reabrir las rondas de diálogo, haciendo caso omiso al nuevo plan de construcción de viviendas para judíos en los territorios ocupados de Jerusalén.

Ayer, tras una reunión de su directiva en Ramallah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) rechazó volver a ningún tipo de negociaciones mientras Israel siga construyendo en los asentamientos. Y se preguntó cómo la propuesta del “cuarteto” propone comenzar a negociar sobre los límites de 1967, mientras el Estado de Israel sigue construyendo activamente traspasando esos límites.

Así, las nuevas negociaciones aparecen como una vía muerta aún antes de haber logrado comenzar.

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¿Quién le pone el cascabel a Murdoch? (12 07 11)

La política inglesa escandalizada por las escuchas de la prensa

El gobierno creará un nuevo órgano independiente para que regule los medios        

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Una inédita crisis política se ha desatado en Gran Bretaña por la revelación de los métodos ilegales de obtención de información de los medios del millonario Rupert Murdoch.

Lo que comenzó la semana pasada como un nuevo escándalo habitual en la prensa sensacionalista, ha terminado por impactar en el gobierno e inclusive en el Palacio de Westminster, donde hasta el príncipe Guillermo, sucesor del trono, y su esposa, Kate Middleton, fueron espiados.

El centro del escándalo gira en torno News of the World, uno de los medios de mayor tirada del imperio informativo de Murdoch, que factura, en conjunto, más de 23.000 millones de dólares por año. El grupo (que integran medios como Fox News, National Geographic Channel, The Wall Street Journal, The Times, The New York Post, y el gigante editorial Harper Collins, entre otros) estaba realizando gestiones para adquirir también el canal británico BSkyB.

La revelación de que el periódico The News of the World pinchó teléfonos y realizó escuchas ilegales violando la privacidad de unos 4.000 famosos, políticos, víctimas de atentados y delitos, así como familiares de soldados muertos en Afganistán e Irak, ha paralizado la operación de compra del nuevo canal por parte del magnate, y ha terminado salpicando al gobierno de David Cameron. Sus socios liberal-demócratas se unieron a la oposición laborista para exigir límites a la injerencia de la prensa y una investigación del espionaje.

Murdoch, desde su residencia en Estados Unidos, decidió cerrar el semanario para frenar la censura social, pero no renuncia a comprar el BSkyB.

Para frenar el golpe contra su Administración, el primer ministro ha anunciado la creación de un nuevo ente, formado por técnicos independientes, que se encargará de iniciar una investigación para conocer los reales alcances de los métodos de espionaje, y que luego permanecerá como organismo encargado de regular el funcionamiento de los medios de prensa y sus intenciones monopólicas. Una medida insólita en el contexto político británico, y más aun impulsada por un gobierno conservador.

El cerco político al multimillonario, en todo caso, deberá probar su eficacia, ya que Rupert Murdoch ha sido en las últimas décadas uno de los más influyentes decisores en la política inglesa, tanto por el poder de su imperio mediático para imponer opiniones, como por su afinidad personal con la primera plana del poder: apoyó a Margaret Thatcher; cortó la carrera del laborista Neil Kinnock; más tarde decidió apoyar a Tony Blair; y luego ayudó a encumbrar al actual premier Cameron.

Habrá que ver de qué manera el gobierno logra ponerle límites a semejante lobby.

 

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La vuelta al nacionalismo en Cataluña (03 12 10)

La vuelta al nacionalismo en Cataluña

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por Nelson Gustavo Specchia

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Hace algunas semanas, dedicábamos esta página del “Periscopio” a analizar la tendencia negativa en las preferencias de los electorados que viene soportando la socialdemocracia europea, como uno de los lastres de la crisis económica que golpea con fuerza las estructuras políticas del otrora vigoroso “Estado de bienestar” en el Viejo Continente.

Esta tendencia, el giro paulatino pero constante hacia la derecha del arco político, la ejemplificábamos con algunos de los más importantes procesos de los últimos años. Las políticas conservadoras del gobierno alemán de Ángela Merkel, por caso, donde al primer período de “gran coalición” entre demócrata cristianos y social demócratas (tras el gobierno en soledad de la centroizquierda con Gerhard Schroder) le sucedió una coalición entre el partido de Merkel con los Liberales, desplazando a los socialdemócratas del poder.

Se evidencia también, decimos, en el giro italiano hacia el populismo de Silvio Berlusconi, e inclusive al interior del ejecutivo berlusconiano, con la política de acercamiento que “Il Cavaliere” traza con sus socios para retener el poder: dejando en el camino a la centro derecha de Gianfranco Fini, para lograr una mayor cercanía con los xenófobos y separatistas de la Liga Norte de Umberto Bossi). También el descrédito de Tony Blair, con la consecuente caída del Laborismo británico, y la recuperación del gobierno por parte de los “tories” con David Cameron.

La lista podría seguir, desde el Mediterráneo al Báltico, con un denominador común: la carencia en las fuerzas socialdemócratas, que hace una década constituían prácticamente las dos terceras partes de los gobiernos de la Unión Europea, de estrategias para conservar el poder y hacer frente a los descalabros de la crisis económica. Ante esta debilidad, el evidente avance de las fuerzas nacionalistas o conservadoras (o una mezcla de ambas), con la uniformidad de recetas neoliberales –recortes de derechos sociales, control de los déficits públicos, achicamiento del gasto del Estado- en todas las dimensiones.

CATALUNYA COMO SÍNTOMA

En este escenario, Cataluña puede funcionar como un adelanto de aquella tendencia continental llegando a tierras españolas. Las cuatro regiones catalanas –Barcelona, Terragona, Girona y Lleida- siempre han sido la parte más “europea” de la península, donde antes que a ningún lado han arribado las tendencias del continente, y que por eso también puede funcionar como un termómetro para medir el estado de ánimo de la sociedad política española.

Si esta imagen es correcta, entonces “pintan bastos” para el gobierno de centroizquierda de José Luís Rodríguez Zapatero. El domingo pasado, el gobierno autonómico catalán, la Generalitat, volvió a ser conquistado por las fuerzas de centroderecha. Convergència i Unió (CiU), la coalición de liberales, demócrata cristianos y filo-independentistas, lograron en las elecciones al Parlament retornar con una fuerza inusitada, y, al mismo tiempo, enterrar de un golpe los siete años de la experiencia de un gobierno de alianza de izquierda, entre socialistas, ecologistas y republicanos.

Después del liderazgo histórico de Jordi Pujol, que encabezó la federación nacionalista de CiU desde la transición española y gobernó la Generalitat durante 23 años (1980-2003), la reunión de ambos partidos de la centroderecha se alinean detrás de la figura de Artur Mas. Mas quedó fuera del gobierno en las dos últimas elecciones, merced al pacto de gobernabilidad de las fuerzas progresistas, unidas en un gobierno “tripartito”. Ahora, Mas y CiU ganaron fuerte (lograron 62 escaños en el Parlament, quedando a sólo seis de la mayoría absoluta). La victoria conservadora dejó a los socialistas arrinconados con un mínimo porcentaje (28 escaños), tras los peores resultados del Partido de los Socialistas de Cataluña (Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC, marca en la región del PSOE estatal) en una elección regional en toda la historia democrática.

El abandono del discurso de izquierda por parte de los electores también tiene su impacto en los relativamente buenos resultados cosechados por el Partido Popular (PP). La agrupación presidida por Mariano Rajoy, que en el contexto de fuerte reivindicación nacionalista catalana nunca tuvo demasiada inserción, el domingo pasado logró situarse como tercera fuerza política, inmediatamente detrás del PSC. El PP, con ello, alcanzaría a sentar a 18 diputados en el Parlament, lo que constituye los mejores resultados de los procesos electorales recientes en las provincias catalanas. Los hasta ahora socios de los socialistas en el gobierno “tripartito”, Iniciativa por Cataluña-Verdes (IC-V), y los independentistas de Izquierda Republicana (ERC), sólo pudieron juntar 10 escaños cada uno.

Con esta formación del Parlament, está claro el mensaje de los votantes catalanes: los partidos que han formado el “tripartito” han sido fuertemente castigados. En este castigo sobresale la caída del principal partido independentista, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que –siguiendo la tradicional fragmentación de las fuerzas de izquierda- sufre también el desgrane de votos “anti-españoles” hacia las otras dos formaciones separatistas recién aparecidas, la de Joan Carretero (Reagrupament) y la del ex presidente del Barcelona Fútbol Club, Joan Laporta (Solidaritat Catalana per la Independència).

La fuerza del avance conservador, en estos territorios tan significativos para lo que termine luego pasando en el resto de España, ha sido incontestable. El triunfo de CiU ha sido total, un auténtico grito de censura al paso de los socialistas por el poder, no sólo en la capital sino en el interior. Han arrasado en todo, en número de votos, por circunscripciones, por comarcas, y en las principales ciudades. Los nacionalistas casi doblan en escaños a los socialistas en la provincia de Barcelona, obtienen más del doble en Tarragona y triplican la representación del PSC en las demarcaciones de Lleida y Girona.

EL GOLPE CATALÁN EN MADRID

Los socialistas españoles han salido, desde la misma medianoche del domingo, a intentar separar la tragedia de las elecciones catalanas del destino del gobierno nacional, esa caída libre en que vive el ejecutivo de José Luís Rodríguez Zapatero.

Desde La Moncloa, el jefe del gobierno español sufre a diario, asaeteado desde la izquierda de su partido por las medidas neoliberales que está adoptando para enfrentar la crisis, y desde la derecha de la oposición del Partido Popular para que adelante las elecciones y le deje paso a Mariano Rajoy, que de ajustes sabe más que él.

Los voceros del PSOE salieron rápidamente a decir que este descrédito del presidente del gobierno no había tenido nada que ver con la debacle de sus correligionarios en tierras catalanas. Y, a renglón seguido, afirman que tampoco habrá una relación en el otro sentido: que la izquierda del PSC haya caído con estrépito no es un adelanto de lo que vaya a pasar con el PSOE en las próximas elecciones generales.

No sería justo decir que el fuerte desgaste que el oficialismo está sufriendo en la mal barajada gestión de la crisis económica –que no despega a Madrid de Grecia, ni de la bancarrota reciente de Irlanda- ha sido la única causa del fracaso socialista catalán, pero es obvio que ha sido, al menos, una de ellas. Porque el gobierno “tripartito” de José Montilla al frente de la Generalitat también participó del desconcierto ideológico de los socios madrileños sobre cómo enfrentar el fantasma de la crisis y el “acoso de los mercados”, y terminaron finalmente sumándose al discurso de Merkel, Sarkozy, y con ello a la fuerte tendencia de la derechización general de Europa.

Los resultados de las elecciones para reemplazar a los socialistas del Palau de la Generalitat supondrán un vuelco en el mapa político catalán, pero también, de una manera significativa, constituyen la primera señal de que la decepción hacia Zapatero, y las tendencias que llegan desde Europa, bien pueden cambiar el mapa político de toda España.

 

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Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair

por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.

La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.

PAX ET BONUN

El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.

Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.

En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).

NADA NUEVO BAJO EL SOL

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.

El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.

RECUPERAR LA MÍSTICA

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?

Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.

Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.

Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.

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