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Elogio del egoísmo (15 04 11)

Elogio del egoísmo

Por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, en Doha, la capital del emirato árabe de Qatar, los países que han emprendido acciones bélicas contra la dictadura libia de Muhammar el Khaddafi se reunieron, para analizar diversos aspectos de la agenda de la guerra y los rumbos a adoptar frente a una evidencia: el autócrata no abandonará por motu proprio el poder, antes bien, clavará sus garras de león de África (como le gusta que lo apoden) en el búnker de Trípoli, y desde allí resistirá todo lo que pueda.

Las acciones armadas, que con tanto brío lanzaran el presidente francés Nicolás Sarkozy, junto al premier británico David Cameron, apenas el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la utilización de “cualquier medio” para proteger a los civiles de los devastadores ataques de Khaddafi, se han revelado insuficientes para empujar al régimen a una retirada. Mucho menos a una claudicación.

Y los más preocupados por estas relativas tablas son los líderes de la insurgencia rebelde, que desde Bengasi insisten en que si no les dan armas, o al menos les dan dinero para pagar a los traficantes que abundan con ofertas por todos los rincones de los enclaves rebeldes, el empantanamiento de ambos frentes podría derivar en una larga guerra civil de desgaste. Una guerra civil que podría instituir la partición de hecho del país en dos mitades, y que empujaría contingentes enteros desde y hacia la Tripolitania y la Cirenaica.

Y en ese momento, mientras las delegaciones de casi veinte países europeos y musulmanes discutían la conveniencia o no de entregar armas y fondos a los rebeldes, apareció sobre la mesa de negociación el drama de la población civil libia en toda su crudeza. Un actor central de la crisis política y una víctima cautiva de las acciones militares que, hasta el momento, sólo ha sido citado marginalmente en las consideraciones de los principales protagonistas de la guerra.

El secretario general de las Naciones Unidas, Ban ki Moon, intentó poner una nota de cordura en la reunión de todos los enemigos de Khaddafi, el Grupo de Contacto creado en Londres el 29 de marzo pasado, y presidido conjuntamente por un actor occidental –Gran Bretaña- y uno árabe –Qatar-, para que no parezca demasiado una coalición imperialista del Primer Mundo contra un Estado subdesarrollado que, además, es musulmán y africano.

ENTRE FUEGOS

En la mesa de Doha, donde los embajadores discutían si los fondos a los rebeldes deberían provenir de donaciones voluntarias o habría que liberar los millones de dólares producto de la exportación del petróleo libio que hoy se encuentran congelados en virtud del embargo a Khaddafi, Ban ki Moon se atrevió a recordar que, si se hace una colecta mundial, más que a los beligerantes rebeldes debería atenderse a la población civil, que en algunos rincones del frente de batalla –como la ciudad de Misrata- se acerca ya a la situación desesperada de crisis humanitaria por los muertos en bombardeos de ambos frentes, desplazamientos, emigración, falta de alimentos, medicinas, e incluso agua (en un contexto de desierto).

Y el secretario de la ONU dio la cifra que maneja la organización multilateral y que debería haber movilizado las conciencias de varios, especialmente de delegados de aquellos países que se presentan como fuertes defensores de los derechos humanos: hasta un horizonte de 3,6 millones de hombres y mujeres, más de la mitad de la población total del país norafricano, necesitará asistencia humanitaria por haber perdido sus hogares, sus fuentes de trabajo, sus posesiones, o haber tenido que migrar de sus lugares de residencia.

Según las estadísticas de la oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), dijo Ban, 490.000 personas han debido abandonar Libia desde el 15 de febrero pasado, cuando estalló la crisis. Este casi medio millón de emigrantes externos se suma a las más de 330.000 personas que, en grupos familiares enteros, han sido desplazados internamente desde su lugar de residencia, y hoy sobreviven en condiciones cada vez más precarias en campos de refugiados en otra región diferente a la de origen.

Los rebeldes sostienen que a Bengasi ya han llegado más de 35.000 libios que escapan de las balas del régimen en el oeste del país. Las fronteras con Túnez y Egipto, que en un principio se cerraron por precaución o por simple miedo a una estampida demográfica, registran el paso de unas 2.700 personas cada día, que huyen de las bombas de Khaddafi, del “fuego amigo” de los misiles de la OTAN, o de los alocados y anárquicos disparos de los milicianos rebeldes.

EGOÍSMO IMPOTENTE

A la advertencia de Ban ki Moon, el delegado del gobierno italiano de Silvio Berlusconi respondió que la reunión de Doha había sido convocada para estudiar alternativas de cómo terminar con Khaddafi, y que eso tenía que ver con decidir si a los rebeldes se les daba dinero –o incluso armas-: Qué hacer con los civiles debería discutirse en otros ámbitos.

Los ámbitos a que se refería el delegado italiano son, según insiste Berlusconi desde Roma, los de la Unión Europea. Durante la reunión de ministros del Interior de los Estados-Miembros de la UE, en Luxemburgo el lunes 11 de abril, el premier italiano intentó que la organización continental se haga cargo de los africanos que, huyendo de la guerra y del hambre, llegan a sus costas –geográficamente tan próximas- todos los días.

Francia y Alemania le contestaron que eso no sería posible: todo extracomunitario que quiera moverse por el Espacio Schengen (el espacio sin fronteras interiores de los países europeos) debe demostrar que dispone de los recursos económicos suficientes, una vivienda, y sus papeles de inmigración en regla. Requisitos que, por supuesto, no pueden aportar los libios y tunecinos que –habiendo tenido la suerte de no morir en alta mar: el miércoles se hundió un bote miserable y más de 200 africanos se ahogaron- logren llegar en sus paupérrimas pateras y botes inflables a la isla siciliana de Lampedusa.

Antes de intentar tirarle el fardo a la UE en Luxemburgo, Silvio Berlusconi había intentado la más directa y brutal: repatriar directamente a todo emigrante africano ilegal que arribara a las costas italianas, sin analizar motivos ni atenuantes. Desde comienzos de año estos refugiados ya suman 25.000, y nadie tiene ningún plan para gestionar su destino.

Pero si un gobierno tan poco considerado con los más desfavorecidos, como el conservadurismo italiano de Berlusconi, no logra hilvanar una idea sobre qué hacer frente a un fenómeno de crisis humanitaria que le explota en su territorio, tampoco en los pasillos de la desarrollada e idealista Unión Europea hay muchas más ideas. Ni hablar de una política exterior armónica y estructurada para hacer frente a la avalancha de hombres y mujeres desesperados provenientes del África del Norte.

Después de unos primeros momentos de desconcierto cuando las revueltas árabes comenzaron en Túnez y Egipto, el liderazgo europeo se manifestó públicamente a favor de la renovación de las estructuras políticas que traían los alzamientos populares en los países árabes. Pero frente a una de las primeras consecuencias de esas revueltas, la llegada de refugiados huyendo de los conflictos y solicitando asilo y ayuda, Europa vuelve a cerrar sus puertas a cal y canto y sólo atina a aumentar las patrullas policiales en el Mediterráneo y a enviar algunos euros a los países africanos para que sus gobernantes vigilen mejor los puertos desde donde parten los botes con emigrantes.

Ante tanta negligencia, los únicos que ganan son aquellos nacionalistas que hacen del egoísmo una virtud. Como dijo el propio Berlusconi, en su intento por presionar a Bruselas: En definitiva, si la Unión Europea no logra armar un acuerdo concreto sobre inmigración, es mejor separarse de ella y que nos volvamos cada uno a nuestro país.

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El “renacimiento” árabe y el modelo turco (05 03 11)

El “renacimiento” árabe y el modelo turco

Por Nelson Gustavo Specchia

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Con los primeros días de este año 2.011 comenzó un proceso político que –a estas alturas ya parece claro- viene a transformar todo el mapa geopolítico mundial en una nueva dirección. La caída de la autocracia tunecina de Zine el Abidine ben Ali, el pequeño gran disparador de toda la revuelta, y la velocísima desestructura del régimen egipcio de Hosni Mubarak, sentaron las bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita y un alcance largo, ha comenzado a mover todas las fichas del tablero árabe, esa larga línea de 8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, cruzando todo el norte de África y englobando el Oriente Medio asiático.

La insurrección de Libia contra Muhammar el Khaddafi, una revuelta que asciende en espiral en estos días, es el último coletazo de este sismo regional, que a cada paso demuestra su buena salud y su ímpetu: lejos de agotarse en Trípoli, es capaz de extenderse, con la velocidad y la profundidad manifestada en los primeros días de enero, hacia las sociedades vecinas, diferentes todas en su especificidad, pero también emparentadas todas por la lengua y la obediencia al Profeta.

Pienso que, con propiedad, podemos hablar ya de un “renacimiento” árabe, asemejándolo con aquel proceso vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años largos en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la iglesia católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.

Las distancias a salvar entre ambos procesos son tan grandes que, claro está, mi afirmación sólo intenta ser referencial. Pero remarco que uno de los elementos que habilitaban hasta ahora el apoyo estratégico de los países occidentales (concretamente, de la Unión Europea y los Estados Unidos de Norteamérica) a regímenes fuertes en el mundo árabe, haciendo caso omiso de los déficit democráticos vergonzantes y de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, era la argumentación que estos gobiernos pseudo dictatoriales eran la única garantía ante la posibilidad del avance del radicalismo islámico y el yihadismo. Con un tono menos enfático, también se admitía que los autócratas eran los mejores socios al momento de asegurar la provisión de petróleo.

Pero, sin embargo, en las plazas tunecinas como en los históricos 18 días de la plaza Tahrir de El Cairo, se coreaban consignas en pro de la libertad política, de la dignidad, de la participación y la democracia, de apertura y de transparencia. En definitiva, mutatis mutandis, de algo muy parecido a aquello que llevó a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.

Y tanto en Túnez y Egipto ayer; como en la insurrección en Libia hoy; y quizá en Bahrein, Yemen, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Siria o Palestina mañana, la experiencia política que se mira con más atención es la de Turquía.

El fantasma de los ayatollahs

Acostumbrados al discurso de la contención del islamismo, dominante en la política internacional hacia la región durante el siglo XX, los primeros análisis sobre la revuelta en Túnez y Egipto miraron hacia Irán. La revolución de 1979 que derrocó a los Pahlevi también tuvo unos orígenes heterogéneos, donde los diferentes colectivos marchaban juntos, aunque los objetivos de unos tuvieran poco que ver con los de los otros. En esa efervescencia, los grupos laicos llegaron a tomar la conducción de Teherán. Pero entre las diferencias que separan el proceso persa del que hoy vive el mundo árabe, resalta que en aquel había una figura que concentraba el pulso revolucionario, el ayatollah Ruhollah Khomeini. Astuto y dueño de una fina inteligencia política, Khomeini se percató del espíritu laicista que predominaba en el alzamiento popular, y en lugar de ocupar él u otro clérigo el centro del proceso, promovió a un laico para encabezar el gobierno de transición. Pero sólo le permitió una corta estancia, a los siete meses el Comité Revolucionario, bajo su férula personal, establecía la República Islámica, teocrática y conservadora.

Hoy, no sólo que ninguna figura comparable a un Khomeini asoma entre los partidos islamistas que lentamente comienzan a asomar la cabeza a la superficie, luego de décadas de censura y proscripción. Sino que el énfasis no es teocrático, ni pasa por la defensa de la ley religiosa, la sharia, en la regulación de la vida social. El modelo es otro, el camino es el que siguieron los turcos.

La vía turca

Aunque sí es cierto que, en los tiempos de la descolonización, con los movimientos nacionalistas, socialistas y panarabistas campeando a sus anchas, el sentimiento religioso buscó sus propios causes. Los Hermanos Musulmanes, fundados por Hassan al Banna en Egipto, se convirtieron en un primer momento, junto al wahabismo saudí, en el útero desde el cual nacieron los movimientos yihadistas radicales. De hecho, el lugarteniente de Osama ben Laden, Aymman al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, proviene del núcleo originario de los Hermanos Musulmanes egipcios.

Sin embargo, además de esta línea que optó por las reivindicaciones violentas, otra corriente, en vez de mirar hacia el wahabismo de Arabia Saudita, se siente mucho más cómoda con la Turquía actual. Allí, donde después de un proceso de desgarro con el califato imperial otomano (que, como en la edad media europea, acercaba peligrosamente la fe y la política) y de una secularización a rajatabla impuesta por Mustafá Kemal, Atatürk, hoy se está logrando un nuevo equilibrio. Una combinación original entre principios republicanos y democráticos, y práctica religiosa musulmana, de la mano del partido islamista moderado que conduce el premier Recep Tayyip Erdogan: la modernidad, las libertades políticas, y el respeto cultural a la especificidad religiosa musulmana, todo junto,

Además de la profundidad del cambio cultural que implicará en el futuro próximo el reordenamiento de todo el mapa geopolítico árabe, si llega a primar la vía turca en la salida de las revueltas de este nuevo “renacimiento” árabe, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia representativa, la libertad y la organización institucional republicana no es patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y secularizadas, de Occidente.

Y este mensaje general, para la Unión Europea tendrá también una posdata particular: no fue una buena idea poner tantos palos en la rueda del ingreso de Turquía a la organización continental. Ahora quizá ya ni quiera entrar, ocupada como estará en gestionar su ascendencia en la marcha de un proceso regional extensísimo y multitudinario, que podría llegar a abarcar una superficie de trece millones de kilómetros cuadrados (más grande que los Estados Unidos, que Europa, y aún que la gigante China), asentada sobre un mar de petróleo, y habitada por unos doscientos millones de almas. Así de importante.

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en Twitter:  @nspecchia

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Khaddafi, un león en apuros (18 02 11)

Khaddafi, un león en apuros

Por Nelson Gustavo Specchia

 

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Estudiar e indagar en los procesos políticos contemporáneos de África constituye un capítulo especialmente complejo de la política internacional. La intervención conjunta de factores (los étnicos; las relaciones tribales; las confesiones enfrentadas del Islam; la cercanía geográfica con Europa; el potencial de las reservas de petróleo; etc.) han hecho que, desde los procesos de descolonización, abordar la complejidad política del Magreb sea tarea difícil. En los últimos años, además, la introducción de células yihadistas afiliadas a la red de Al Qaeda en los países de la franja árabe del Mediterráneo (y en la segunda línea de Estados centro africanos, el Sahel), ha agregado todo un nuevo tipo de problemas a ese escenario tan disímil y plural: una auténtica “otredad” para cualquier occidental, sea europeo o americano.

En ese panorama, la colorida figura del coronel libio Muhammar el Khaddafi ha sido la nota exótica que, durante la segunda mitad del siglo XX y esta primera década del XXI, ha servido para ilustrar, de una forma muy especial, esa “otredad” con la que Occidente está obligado, de una manera indefectible, a dialogar, cada día en términos más simétricos.

La construcción del personaje

Khaddafi ha sido, por elección propia, la encarnación de la diferencia árabe y africana frente a Europa. El Viejo Continente sigue siendo, en el discurso populista y “revolucionario” del león libio, el lugar de la opresión y el colonialismo. En realidad, las potencias occidentales habían dejado de lado estas inmensas tierras agrestes, unas de las más inhóspitas del planeta, hasta que los italianos, que perseguían tardíamente la construcción de un imperio colonial, las invadieron en 1912. No les llevaron paz ni comercio a las tribus beduinas, que permanecían en los oasis del desierto libio casi con la misma rutina desde los tiempos del cartaginés Aníbal, pero sí les terminaron llevando la guerra.

Tras el fascismo, hacia el final de la segunda guerra mundial las arenas del gran desierto fueron el tablero donde los tanques del mariscal Rommel, al frente del Afrika Korps alemán, se batieron con las fuerzas aliadas, al mando del británico general Montgomery. Muy poco después de que los ruidos de los cañones se apagaran, hacía entrada en escena el coronel Muhammar el Khaddafi.

Con el leonado pelo revuelto, lentes oscuros y un uniforme militar que pronto cambiaría por las brillantes túnicas y bonetes del desierto (desciende de la tribu beduina de los Khaddafa), el coronel, que había realizado parte de sus estudios militares en Gran Bretaña, desplazó al rey Idris el 1 de septiembre de 1969, antes de cumplir los 30 años, y se puso al frente del Consejo de Mando de la Revolución, que establecería el nuevo Estado, con el largo y aparatoso nombre de Gran República Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista.

Khaddafi comandó la nueva entidad política norafricana, pero nunca asumió ningún puesto ni cargo. No es el jefe del Estado, ni el jefe del gobierno, ni nada. Sólo se da a sí mismo el título de “Líder y Guía Fraternal”. Y esa ambigüedad que comienza con su cargo es la misma que impregna todo su derrotero político. Cuando instauró la revolución se inclinó por el panarabismo y el socialismo (muy inspirado por el Egipto de Nasser), pero cuando vio que era una vía acotada, no tuvo problema de virar hacia el nacionalismo y el capitalismo, asentado en las buenas regalías de los pozos petroleros del subsuelo del desierto. Más tarde, una veta de misticismo islámico lo acercó al yihadismo fundamentalista, y apoyó acciones terroristas (como los atentados contra el avión de PanAm, que se estrelló en la ciudad escocesa de Lockerbie lleno de pasajeros, y el del vuelo francés de la aerolínea UTA).

Pero también terminó abandonando esos delirios políticos de base mística, y en los últimos años volvió a acercarse a Estados Unidos y a Europa, con la carta de presentación de sus pozos petroleros en la mano. Occidente, tan voluble en los temas de derechos humanos y respeto a las formas democráticas cuando hay recursos energéticos de por medio, le abrió los brazos, y hasta hoy el león libio era recibido tanto por el populista Berlusconi en Roma, por el conservador Sarkozy en París, o por el socialista Rodríguez Zapatero en Madrid. Eso sí: a todos lados va con su “jaima”, una inmensa tienda de beduinos del desierto, que los líderes occidentales deben instalar en parques y jardines de las ciudades europeas, para que coronel los reciba, sentados en el piso cubierto por alfombras.

Un colorido exotismo y una ambigüedad, en todo caso, que sólo lo es en las formas. Porque, independientemente que no haya asumido ningún cargo, el coronel es el titular de facto del poder en Libia, y de una manera concentrada, vertical, personalista y autocrática. Esta manera es la que está comenzando a ser contestada por las movilizaciones de protesta, al calor del nuevo tiempo político que ha traído la ola de cambio en el mundo árabe.

Vientos de revuelta

La revolución libia y sus mecanismos particulares (la “jamahiriya” hace referencia a una supuesta democracia de masas, organizada sin Constitución ni Parlamento ni instancias institucionales intermedias, canalizada por comités revolucionarios y negociaciones por sectores e intereses tribales), han permitido que Khaddafi sea, al día de hoy, el dictador africano más antiguo. A sus 68 años, lleva ocupando el poder en Trípoli la friolera de 42. Nadie, en todo el arco de países musulmanes, donde las permanencias en el poder suelen ser extensas, puede comparársele.

Y como acaban de revelar los cables de la diplomacia norteamericana, filtrados por la web Wikileaks, no hay contrato de más de 200 millones de dólares que no pase directamente por las manos de Khaddafi. Una “gran cleptocracia”, describen los papeles del Departamento de Estado, manejada por un hipocondriaco obsesionado por sus supuestas enfermedades, el control de sus cuentas bancarias, y su estética personal. A pesar de no haber sido físicamente muy agraciado, el coronel es un coqueto que se injerta cabellos en la calvicie y se inyecta bótox en el rostro. Al punto que el embajador estadounidense le escribía a su jefa, Hillary Clinton, que el león libio parecía haber tenido un derrame cerebral y había perdido parcialmente el control de los músculos de la cara, pero sólo era exceso de bótox.

A pesar de la originalidad de su persona y de su revolución, inclusive de la relativa prosperidad que ha acarreado la exportación de petróleo, Khaddafi ha caído, en las largas cuatro décadas que ocupa el poder, en el lugar común de las autocracias árabes. Una corrupción galopante, la limitación de la vida política a un sector (prácticamente familiar), la pauperización y el olvido de las grandes masas de habitantes del país, y el intento de perpetuación en el poder a través de la instalación de una dinastía. Como lo hizo en su momento el presidente sirio Hafez el Assad, al dejar en el cargo a su hijo Bashar; o como tenía en mente el egipcio Hosni Mubarak hacer con su hijo Gamal; Muhammar el Khaddafi les comunicó a los jefes tribales beduinos reunidos en Sebha, en 2009, que su sucesor sería su hijo Saif el Islam (su nombre significa “La Espada del Islam”, en árabe).

La caída de los regímenes de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y de Mubarak en Egipto (ambos defendidos hasta último minuto por Khaddafi), han puesto en problemas al león libio. Problemas inesperados, y para los que no tiene libreto. A los manotazos, anunció aumentos de salarios, subsidios a los productos básicos, y anuló impuestos al arroz, al aceite y al azúcar. Y, por las dudas, convocó a los jefes tribales y les dijo que si se identificaban entre los manifestantes miembros de sus comunidades, la que sufriría la reprimenda luego sería la tribu entera.

Pero no logró frenar la protesta. Ayer, 17 de febrero, miles de libios aparcaron el miedo a la represión y a los paramilitares Comités de Defensa de la Revolución, y salieron a la calle, convocados por Internet y por la Conferencia Nacional de la Oposición Libia (en el exilio, en Londres), para protestar contra la falta de libertades y el despotismo exótico y colorido –pero también asfixiante y opresivo- del León de Libia.

Fue el “día de la ira”. La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.

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nelson.specchia@gmail.com

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Revuelta árabe: entre la represión y las concesiones (17 02 11)

Revuelta en el mundo árabe

Prosiguen los alzamientos, entre la represión y las concesiones

Se multiplican las protestas en Yemen, Libia y Bahrein. Vuelven las manifestaciones contra el régimen en Irán.

En Túnez y Egipto los gobiernos provisionales enfrentan ahora reclamos sociales y económicos.

 

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La caída del régimen egipcio de Hosni Mubarak está generando una ola de movimientos en todo el mundo árabe y sus principales vecinos, que ya parece difícil de detener.

La chispa encendida en Túnez, que forzó la huída de Zine el Abidine ben Ali, no presagiaba un contagio de esta naturaleza, debido al limitado poder regional del pequeño país del Magreb. El cambio de régimen en Egipto, en cambio, está implicando una alteración en el norte de África, Medio Oriente y Asia Central.

Además, también es evidente que el clamor popular no está dispuesto a agotarse con el nuevo tiempo político, sino, por el contrario, que se está alimentando de ese envión popular para reclamar viejas demandas sociales y económicas, en torno a situaciones muy postergadas en la distribución de la renta, nivel de compra de los salarios, precios de los productos de primera necesidad, los alarmantes índices de desocupación y la reconquista de derechos gremiales, entre las principales demandas que comienzan a tomar cuerpo en las calles tunecinas y egipcias.

El contagio de la metodología de alzamiento social contra los gobiernos fuertes que han caracterizado toda la región, sigue la línea del mar Mediterráneo hacia la dictadura libia del coronel Muhammar el Khaddafi; hacia el régimen autocrático de Abdelaziz Buteflika en Argelia; y alcanza la monarquía alauíta de Mohamed VI en Marruecos.

Hacia el este, por su parte, la onda de la movilización egipcia ya ha alcanzado a los territorios de la Autoridad Nacional Palestina; al emirato de Bahrein en el Golfo Pérsico; y a la larga permanencia del presidente Ali Abdallah Saleh en el poder de Yemen. Inclusive el clima de malestar generalizado ha vuelto a alimentar la protesta persa, donde el movimiento de la “ola verde”, opositor al gobierno populista chiíta de Mahmmoud Ahmadinejad, volvió a intentar manifestarse en forma masiva contra el régimen.

La revuelta ha llegado también al ya de por sí inestable escenario iraquí, donde el débil gobierno de Nuri al Maliki ha tenido que salir a reprimir manifestaciones de protesta por la nula prestación de servicios públicos en Bagdad, cuando el grueso de la seguridad nacional sigue ocupada en sofocar la insurgencia sunnita.

En este complejo escenario, los gobernantes intentan responder a los alzamientos con una mezcla de concesiones y un aumento de la represión policial. El primer ministro argelino, Ahmed Uyahia, intentó calmar a las masas anunciando el fin del estado de excepción, vigente en Argelia desde hace 19 años. Khaddafi aumentó los salarios y los subsidios a los alimentos; Saleh anunció que no se presentará a la reelección ni cambiará la Constitución para perpetuarse en el poder.

Y todos han aumentado la presencia de los antidisturbios y de sus fieles en las calles, queda por ver si esto será suficiente para apagar la revuelta.

Protesta kurda en Turquía

El gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan, que fue puesto como modelo a seguir por los movilizados en Túnez y Egipto, sufrió ayer el embate de cientos de manifestantes de la minoría kurda, tanto en la capital como en las ciudades de Estambul y Esmirna.

En un clima regional muy alterado, los kurdos de Turquía se movilizaron durante toda la noche del martes, incendiando autos y edificios, en marchas convocadas en el aniversario de la detención del histórico líder de esta minoría racial de unos 12 millones de habitantes, Abdullah Ocalan, fundador del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).

Ocalan intentó organizar una resistencia armada contra Ankara para separar el territorio de mayoría kurda del sur de Turquía, fronterizo con Irán e Irak, y permanece preso desde 1999 en la isla de Imrali. Los enfrentamientos con la policía dejaron heridos y unos 40 manifestantes detenidos.

La represión de las fuerzas de seguridad turcas ha causado la muerte de unos 45.000 kurdos desde el alzamiento de Ocaran.

Internet vuelve a convocar nuevas marchas en Libia

El coronel Muhammar el Khaddafi pondrá a prueba hoy la resistencia del régimen frente a las protestas convocadas por Facebook.

Los organizadores esperan reunir en Trípoli grupos numerosos, en recuerdo del 17 de febrero de 2006, cuando una manifestación en Bengazi –que el gobierno había permitido porque supuestamente era contra unas caricaturas de Mahoma- terminó siendo la primera protesta multitudinaria contra el propio Khaddafi y su dictadura de partido único.

En la víspera, además, unas columnas espontáneas de opositores se enfrentaron a los leales al gobierno, los temibles Comités de la Revolución, cuerpos paramilitares fieles al régimen de Trípoli.

Si bien los comunicados oficiales y la prensa gubernamental relativizaron el enfrentamiento, adjudicando la responsabilidad a “saboteadores” y delincuentes comunes, en videos colgados en la página de Internet de YouTube puede verse una importante movilización popular, de cientos de hombres y mujeres que marchan coreando consignas contra el régimen y el líder libio, mientras la policía utiliza camiones hidrantes para dispersarlos.

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El (des)concierto europeo frente al Magreb

El (des)concierto europeo frente al Magreb

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos de generación del proceso de integración europea, en la segunda posguerra mundial, los “padres fundadores” pusieron muchos esfuerzos en que se notara que la nueva organización que estaban creando tendría, en las relaciones entre los socios y entre éstos y los demás países, un basamento diferente al de la cosmovisión realista de las relaciones internacionales. El realismo, aquella escuela de teoría política que venía dando sustento a la política internacional desde la creación de los Estados Nacionales, con su lógica de poder y del interés supremo del Estado, tenía mucho que ver, decían los patriarcas europeos, con las debacles bélicas en que había terminado hundiéndose el siglo XX. Frente a aquellos teóricos “duros” del realismo, la nueva elite, acompañada con lecturas neofuncionalistas de pensadores como Ernst Haas y León Lindberg, propusieron un quiebre: en lugar de competencia, cooperación. El lugar de guerra, comercio. En vez de desangrarse tratando de dominar al vecino, proponer estructuras supranacionales con intereses que superen los límites –a veces tan estrechos- del puro interés nacional.

Así, los gestores de las Comunidades Europeas (primero del carbón y del acero, luego de la energía atómica, para decantar finalmente en la UE tal como la conocemos hoy) generaron la “buena vecindad”. Cuando cayó el Muro de Berlín, este concepto facilitó la incorporación de toda la Europa del Este al seno del proceso de integración. Otras latitudes, como el territorio latinoamericano, también recibieron un trato privilegiado por la misma concepción de la política internacional, desde la cooperación económica como desde los foros de encuentro al máximo nivel, especialmente por parte de la corona española, la vieja metrópoli.

Sin embargo, este programa político parece haber fracasado estrepitosamente respecto del primer cordón de vecindad, la tierra “otra” más próxima al Viejo Continente: la costa sur del mar Mediterráneo, la línea de Estados que conforman el Magreb africano y el Oriente Medio. Durante los 50 largos años que los europeos vienen amasando la integración continental, la cercanía de esos vecinos moros ó negros, árabes, musulmanes, pobres, subdesarrollados, con estructuras sociales y políticas desarticuladas por los procesos coloniales que los europeos mismos habían protagonizado, les causaron siempre un problema de difícil solución. Un problema frente al cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que exportaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar, se quebraba una y otra vez los dientes.

Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En 1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia, y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el lanzamiento, pasaron años y no se avanzó nada. En una fecha tan cercana como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo, relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43 países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente Próximo, Turquía, Israel… y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber qué hacer con los vecinos de la costa pobre del “mare nostrum”.

Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abidine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al hasta entonces estable y confiable régimen del “rais” Hosni Mubarak, la Unión Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le explotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la protesta en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton, la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana entera de confusión y de silencio.

Responsabilidades personales

Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido: la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto la identificación de las elites con la integración y la buena vecindad fuera asumida como compromiso, o sea, como responsabilidad individual por parte de las personas que en ese momento estuvieran ejerciendo el rol dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los laboristas, y a una mujer.

Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifestaba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía que los muertos por la represión sumaban centenas.

Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilanimidad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48 horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta en el Magreb.

Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por intercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Obama también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las protestas se tomó en cuestión de horas:  Jeffrey Feltman, el secretario de Estado adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.

Estruendoso silencio

El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Magreb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde, toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la imposición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos populares (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámico) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.

A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativamente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George W. Bush durante la invasión a Irak).

Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los ciudadanos concretos de esos países, apostando, en cambio, por sus intereses nacionales internos (qué contradicción: en la más cruda tradición realista…)

Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democracia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo fundamentalista, va a llamar a sus puertas.

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Túnez: cómo frenar la protesta…? (19 01 11)

Amnistía general en Túnez para frenar la escalada de protesta

La “revolución de los jazmines” pide ahora una ruptura completa con el pasado

 

TÚNEZ.- Ante el rechazo masivo de una transición tutelada por el mismo partido y los mismos dirigentes que acompañaron al ex presidente Zine el Abidine ben Ali durante 23 años, el gobierno provisional de Túnez ha anunciado medidas de fondo, que llevarían a un saneamiento democrático de todo el sistema político.

Las protestas y las movilizaciones en las calles de las principales ciudades tunecinas, si bien han comenzado a remitir un tanto, se mantienen.

El intento de continuidad ensayado por parte de la cúpula gobernante fue denunciado como una “mascarada” por parte de opositores desde el exilio.

El conocimiento de que la esposa del ex mandatario habría retirado una tonelada y media de oro del banco central antes de escapar, ha contribuido a recalentar los ánimos; Suiza anunció que congelará todas las cuentas de Ben Ali y del clan familiar de su esposa, los Trabelsi. Este clima revolucionario abre un horizonte de futuro incierto.

Ya no sólo los países vecinos temen un contagio de la alteración social (en Egipto, Algeria, Mauritania y Yemen comienzan a tomar cuerpo protestas similares), sino que en Europa y en Estados Unidos ciertos análisis plantean la posibilidad de que el enrarecido clima social y el vacío de poder pueda ser utilizado por los sectores del radicalismo islámico, para plantear una salida con deriva teocrática; el ejemplo de la revolución iraní, con la huída del sah Reza Pahlevi y el ascenso de los ayatolahs está muy presente.

Ayer, tras la caída del primer intento de gobierno de coalición, el primer ministro Mohammed Ghannuchi intentó negociar un nuevo gabinete, con menos presencia de ministros de la derrocada autocracia, y él mismo junto con el presidente Fued Mebaaza renunciaron al partido de Ben Ali, la Asamblea Constitucional Democrática (ACD), que los manifestantes reclaman que se disuelva.

En la misma línea, Ghannuchi anunció que está preparando una ley de amnistía general, que liberará cientos de presos políticos y permitirá el retorno del exilio (generalmente en Francia) de militantes políticos que debieron salir de Túnez en las últimas dos décadas.

En el mismo acto anunció que tres nuevos partidos que permanecían en la proscripción se legalizaban: los ambientalistas de Túnez Verde, de Abdelkader Zitouni; el Partido Socialista de Izquierda, de Mohamed Kilani; y el Partido del Trabajo Patriótico y Democrático, de Abderrazek Hammami.

Las facciones islamistas radicales, que también han estado prohibidas, continúan en la clandestinidad, precisamente por el riesgo de una deriva fundamentalista de la revuelta.

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Túnez, un gobierno de 24 horas (18 01 11)

El gobierno de transición se cae en Túnez empujado por la protesta

La movilización popular exige que los cambios políticos sean reales

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TÚNEZ.- La clase política tunecina ha intentado una cierta continuidad al interior de ella misma, después de que la semana pasada huyera el ex presidente Zine al Abidine ben Ali, pero estos cambios de maquillaje han sido rechazados.

El primer ministro del régimen de Ben Ali desde 1999, Mohammed Ghannuchi, se hizo cargo del Ejecutivo inmediatamente, pero no pudo jurar como nuevo jede de Estado, se impuso el presidente del Parlamento, Fued Mebaaza.

De esta manera, se preservaban las formas de la sucesión, pero en el fondo el partido político Ben Ali, que ha retenido el poder los últimos 23 años, seguía manejando las riendas del gobierno: a ese partido –la Asamblea Constitucional Democrática, ACD- pertenecen tanto Mebaaza como Ghannuchi.

Además, cuando se formó el gobierno “de unidad nacional” para la transición, los ministerios principales fueron ocupados por políticos pertenecientes a este mismo partido.

El presidente Mebaza, junto al primer ministro Ghannuchi anunciaron de inmediato que todos los partidos proscriptos serían legalizados, los presos políticos liberados, y se convocaría a elecciones en seis meses.

Pero la movilización popular no les cree, y considera que debe disolverse el “partido del régimen” para que los cambios no sean sólo cosméticos y alcancen transformaciones reales.

Ayer, apenas constituido el nuevo Ejecutivo, cayó por la presión de las protestas. Tres ministros relacionados con la central obrera UGTT renunciaron (Anuar Ben Geddur, de Transporte; Hussine Dimassi, de Trabajo; y Abdeljelil Bedoui) y también el ministro de Salud, Mustapha Ben Jaafar.

Para frenar la crisis, Mubaaza y Gannuchi anunciaron que abandonarán su afiliación al partido de Ben Ali, en medio de nuevas protestas contra la permanencia de hombres de confianza del presidente derrocado, “se ha ido Alí Babá, ahora deben irse los 40 ladrones”, coreaban ayer en las movilizaciones.

Por otra parte, la expansión regional de la crisis de Túnez se agrava, y sectores opositores están intentando introducir una movilización similar en Egipto, para terminar con los 30 años de autocracia de Hosni Mubarak, que con 82 años ha anunciado que se presentará nuevamente en las próximas “elecciones” de septiembre.

Los hombres que se prenden fuego, emulando el sacrificio de Mohammed Buazizi en Túnez, son la punta de lanza de la protesta social. Ayer un joven abogado desocupado, Ahmad Hashem, murió en Alejandría, tras rociarse de gasolina y prenderse fuego.

Otros dos bonzos se incendiaron en El Cairo y un cuarto en Ismailiya. Las cuatro inmolaciones, y los casos similares de Mauritania y Argelia, mantienen un estado de crispación popular que puede cambiar toda la estructura política de los países de África del Norte.

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Bonzos en el Magreb (17 01 11)

Los sacrificios individuales encienden las revueltas en el Magreb

El caso tunecino de transición a la democracia genera entusiasmo popular

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TÚNEZ.- El inaudito proceso político abierto el viernes de la semana pasada, con la huída del ex presidente de Túnez, Zine al Abidine ben Ali, continúa profundizándose e impactando cada vez más fuerte en la región.

La transición política parece avanzar hacia una democratización real del sistema, lo que la convertiría en la primera experiencia exitosa de un movimiento surgido de la sociedad civil en la colectividad de naciones árabes.

Los primeros pasos dados por el gobierno de transición apuntan a desbloquear la participación política de los sectores marginados por la autocracia impuesta durante 23 años por Ben Ali.

En la víspera se anunció que tres destacados líderes de la oposición, hasta ahora censurados, entrarán a formar parte del nuevo gabinete. Se trata de Mustafá Ben Jaafar, del Frente Democrático por el Trabajo y las Libertades, Ahmed Ibrahim, del partido Ettajdid, y de Najib Chebbi, del Partido Democrático Progresista.

En la misma línea, se anunció la desaparición del ministerio de Información, sede de la virtual policía ideológica del régimen. A pesar de las buenas perspectivas para la transición democrática que este tipo de políticas anuncian, la movilización popular no ha disminuido.

Observadores occidentales adjudicaban la responsabilidad de algunas acciones violentas, como el saqueo e incendio de supermercados, a cuerpos de policía afines al depuesto presidente.

Luego de un intento de continuidad del régimen en los primeros momentos tras la huída de Ben Ali, el Parlamento forzó la toma de posesión, de manera interina, del dirigente legislativo Fuad Mebaza.

Mebaza, junto al primer ministro, Mohammed Ghanuchi, aseguraron que todos los partidos políticos hasta hoy proscriptos serán legalizados y podrán concurrir libremente a las elecciones que se convocarán en seis meses, y antes de las elecciones todos los presos de conciencia serán liberados de las prisiones.

Mebaza y Ghanuchi aseguraron, además, que comenzará un proceso de investigación de las denuncias de corrupción. Por otra parte, la revuelta tunecina no deja de expandirse hacia los demás países del norte de África, que comparten muchas de las características que incendiaron la mecha en el pequeño país del Magreb.

En Egipto, a pesar de las consideraciones despectivas del presidente Hosni Mubarak acerca del nulo “peligro de contagio”, ayer un hombre se prendió fuego al estilo bonzo en las puertas del Parlamento, en protesta contra una medida del gobierno sobre el pan subsidiado.

Gestos que emulan el sacrificio del joven Mohammed Buazizi, con el que comenzó la revuelta en Túnez, también se registraron en Argelia y en Mauritania.

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Túnez, la novedad africana (16 01 11)

El Norte de África se convulsiona tras la revuelta popular en Túnez

No cesan los disturbios luego de la huída del presidente Ben Ali a Arabia

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TÚNEZ.- La primera revuelta social espontánea que vive un país árabe desde los procesos de independencia ya impacta en la región del Magreb, el conjunto de países apenas formalmente democráticos de la costa sur del Mediterráneo.

El viernes, acorralado por las protestas, el presidente de Túnez, Zine al Abidine ben Ali, y su esposa Leila, del influyente clan Trabulsi, huyeron en un avión. Francia e Italia les negaron asilo, tampoco encontraron aceptación en Qatar, y finalmente lograron aterrizar en Arabia, donde Ben Ali conserva buenas relaciones con la familia Saud, propietaria del país.

Su huída, sin embargo, no ha frenado las movilizaciones y protestas. La revuelta estalló hace un mes, el 17 de diciembre pasado, cuando un joven informático, Mohammed Buazizi, se prendió fuego en protesta por la brutalidad policial, que le había derribado su carrito de verduras, a lo que se dedicaba empujado por la desocupación.

La inmolación de Mohammed prendió la mecha social, tras lo cual el colectivo de “hackers” de la red Anonymous hizo colapsar las webs del régimen, aumentando su aislamiento.

El presidente, que ocupó el poder durante 23 años, había dado una imagen internacional de equilibrio y bienestar, por lo que la revuelta dejó descolocados a los organismos multilaterales, especialmente a la Unión Europa (UE), que lo apoyaba sin fisuras, y al Fondo Monetario Internacional (FMI), que ofrecía el ejemplo de Túnez como un modelo a seguir en los países del Magreb.

La movilización ha develado otra realidad, un país sometido y empobrecido, controlado por un aparato de policía ideológica, con un gobernante autocrático y cooptado por el entorno megalómano del clan familiar de su esposa.

Las características de esta revolución democrática, inédita en todo el mundo árabe, pueden derivar en una ampliación democrática real.

En la región, donde los vecinos de Túnez comparten muchos de los elementos que terminaron desencadenando la movilización social que tumbó al régimen, ha comenzado una serie de protestas similares.

En la vecina Argelia un hombre desempleado se prendió fuego, siguiendo el extremo recurso del joven Mohammed Buazizi, y las manifestaciones que siguieron han sido sofocadas por la policía, de momento.

El gobierno libio de Muhammar el Khadaffi cerró los accesos a internet, especialmente a los videos de YouTube donde pueden verse imágenes de la revuelta tunecina.

En Yemen y en Jordania también hubo movilizaciones de estudiantes y sindicalistas, mientras el gobierno de Egipto indicó, significativamente, que no hay “temores de contagio” de la protesta social procedente de Túnez.

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