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Cumbre del ALBA y roces con Colombia (21 04 10)

LAS PRESIDENCIALES COLOMBIANAS PROVOCAN ROCES CON VENEZUELA

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El ALBA reacciona ante declaraciones del candidato Juan Manuel Santos

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La campaña para las próximas elecciones presidenciales en Colombia ya ha generado el primer roce con Venezuela y Ecuador, tras las declaraciones del candidato oficialista Juan Manuel Santos, quien afirmó que perseguiría a las FARC “estén donde estén”, lo que fue de inmediato contestado desde Caracas.

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Hugo Chávez recibió en la capital venezolana a los mandatarios de los países integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), que celebraron su IX Cumbre conjunta en el marco de los festejos por el Bicentenario de la Independencia de Venezuela.

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Con motivo de estos festejos, la presidenta argentina Cristina Kirchner fue convocada como oradora de honor frente al pleno de la Asamblea Nacional, con un discurso que su par venezolano calificó de “memorable”. La señora Kirchner y Hugo Chávez firmaron luego 27 acuerdos bilaterales de cooperación entre ambos países.

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Luego, el presidente Chávez dio inicio a la Cumbre del ALBA, con mensajes de fuerte contenido ideológico, y con propuestas de largo plazo. El ALBA reúne a los mandatarios de Venezuela; Ecuador; Cuba; Bolivia; Nicaragua; y de los pequeños Estados antillanos de Antigua y Barbuda; Dominica; y San Vicente y las Granadinas, quienes llamaron a “dar la batalla por el socialismo y la lucha contra el capitalismo”, y a reforzar la unidad de la región.

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Los jefes de Estado abordaron, además, el cambio climático, el combate al analfabetismo, la formación de recursos en salud, educación, ciencia y tecnología, y la necesidad de consolidar la independencia definitiva de los pueblos de América latina. “Debemos continuar los esfuerzos por lograr una patria grande, libre, soberana, equitativa y justa”, remarcó el ecuatoriano Rafael Correa.

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Hugo Chávez enfatizó, al clausurar la Cumbre, que el próximo paso en el proceso de acercamiento e integración entre los países miembros debe pasar por la unidad económica.

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En este contexto, los líderes del ALBA se refirieron a las declaraciones del colombiano Juan Manuel Santos, el candidato del presidente Álvaro Uribe para las próximas elecciones presidenciales, que encabeza todos los sondeos.

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Santos, en un debate convocado para debatir la política externa de lucha contra la guerrilla de las FARC, afirmó que “a los terroristas hay que perseguirlos donde estén”, lo que para Chávez constituye una virtual amenaza a Venezuela. Rafael Correa, en referencia al ataque contra el campamento de las FARC en Ecuador, donde murió el dirigente guerrillero Raúl Reyes, apuntó que “si volvemos a recibir una agresión tan traicionera y a mansalva, sabremos responder.”

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nelson.specchia@gmail.com

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Los caminos comunes de la América hispana (26 02 10)

LOS CAMINOS COMUNES DE LA AMÉRICA HISPANA

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por Nelson-Gustavo Specchia

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Esta semana, los líderes de América latina, el Caribe, y México, se reunieron en las soleadas playas de la Riviera Maya, en una cumbre convocada bajo la bandera y el nombre de la “unidad”. Lejos de ser un reclamo novedoso en la política hispanoamericana, las convocatorias, llamamientos y exhortaciones a la unidad han sido constantes desde el desmembramiento de los virreinatos coloniales. Ningún tema ha tenido más espacio en los discursos que la integración de los Estados al sur del Río Bravo, apelaciones que han traspasado inclusive los bordes ideológicos, desde la derecha a la izquierda revolucionaria. En ningún tema, al mismo y doloroso tiempo, se han registrado menos avances concretos en el terreno de las realizaciones políticas. Venimos hablando de la unidad latinoamericana desde la primera década del siglo XIX, nos aprestamos ahora a celebrar los polémicos bicentenarios, y esas intenciones siguen ancladas en el plano del discurso.

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Junto a la verbalización del liderazgo sobre intenciones, imperativos históricos y destinos comunes, el otro camino que se ha ensayado en la región pasa por la creación de instituciones. Desde la vieja Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, de 1889, que terminó generando la Organización de Estados Americanos: la OEA presume de ser el organismo regional más antiguo del mundo. Además, se han creado muy diversas instituciones subregionales, generalmente abocadas a la integración económica vía las zonas de libre comercio. Entre éstas, el MERCOSUR ha sido una de las más exitosas, a pesar de su errático derrotero. En 2008 asistíamos a la creación de la Unión Sudamericana de Naciones (UNASUR), con la fuerza de la iniciativa de Lula da Silva. Poco tiempo antes, el venezolano Hugo Chávez había lanzado, desde Isla Margarita en 2001, su propia versión de la integración, que denominó ALBA,  Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América. El listado de siglas y de nombres es tan largo como las cuentas de un rosario, y casi tan circular como él. Porque, a diferencia de otras iniciativas de asociación regional (como la Unión Europea, a cuyo ejemplo se recurre tan habitualmente) el énfasis no se ha puesto aquí en el reforzamiento y transformación de las instituciones existentes, en orden a aumentar su operatividad y eficacia, sino en la fundación de nuevas y superpuestas estructuras en cada etapa política, que solapan uno sobre otro los órganos y los fines, para debilitarse más o menos rápidamente cuando cambia el tiempo histórico.

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Ahora, Cancún

En la actual confluencia de voluntades gubernamentales, y apelando una vez más a los antiguos conceptos de la unidad cultural y lingüística, del pasado común, y del imperativo de contar con una voz homogénea de la región en los foros multilaterales, la cumbre de Cancún ha decidido fundar una nueva organización regional.

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Junto al decisivo y unánime respaldo de los líderes a la posición de la Argentina en su protesta por la explotación petrolera británica en las Islas Malvinas, la creación de la nueva entidad regional concentró el temario de la reunión. El nuevo bloque de países reunirá a los Estados de América del Sur, Central, y al norteño México, o sea, a todos menos a los Estados Unidos y a Canadá. Concretamente, la exclusión de los estadounidenses de un foro americano, es el objetivo de fondo de la nueva estructura, que por ello viene a presentarse como una alternativa a la OEA, donde el predominio de la potencia norteamericana condiciona todas las iniciativas.

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Es tan vasto el listado de denominaciones y siglas, que aún no hay consenso sobre el nombre que tendrá esta entidad; se barajan designaciones como “unión”, “comunidad”, o la tradicional “organización”. De momento, le han dejado el provisional de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, pero las intenciones se presentan ambiciosas. La canciller mexicana Patricia Espinosa, anfitriona de la cumbre, dejó claro que el planteo es “la conformación de una instancia comunitaria como la que dio origen a la Unión Europea.” Lo que la canciller no dice, y que está en la base de diferenciación de ese modelo tan recurrido, es que los europeos lograron un proceso de integración exitoso una vez que decidieron renunciar a porciones de soberanía nacional de cada Estado en favor de la organización supranacional, ¿estaría hoy algún país latinoamericano dispuesto a ceder una porción de su sacrosanta soberanía en pos de una integración política efectiva? Yo no encuentro, en las señales de este momento histórico, tendencias en esa dirección.

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En todo caso, la reunión de México tuvo algunas notas diferenciadoras respecto de cumbres anteriores. La asistencia de mandatarios fue la más alta de los últimos tiempos, 32 jefes de gobierno, con la sola ausencia del presidente hondureño Porfirio Lobo, ya que Honduras se encuentra suspendida en sus derechos desde el golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya, (el buen clima de la cumbre se logró, precisamente, porque no se incluyó el tema de Honduras en el orden del día, sobre ésto no hay consenso, y nadie sabe bien cómo volver a incorporar al país centroamericano, cuando la mayoría no ha aceptado el golpe y el proceso eleccionario que le sucedió). La asistencia calificada de líderes le otorgó a la cumbre una alta legitimidad, y las dos grandes resoluciones –el respaldo a la Argentina en la cuestión Malvinas, y la creación de la nueva comunidad- fueron tomadas por unanimidad y aclamación.

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¿Qué hacer con la OEA?

Así, la “OEA sin los yanquis”, como pedía reiteradamente Fidel Castro, comenzará su andadura en Caracas, el año que viene. Si como ha anunciado el presidente mexicano Felipe Calderón, este organismo llega a ser el “mecanismo único” y la “voz homogénea” de la región en el concierto internacional, la vieja OEA, que acumula reproches a diestra y siniestra, pasaría a un segundo plano. Los republicanos, en el Congreso norteamericano, le piden a Obama que deje de aportar los dólares que permiten funcionar a la organización, porque ésta “ha fracasado” en el propósito de defender y consolidar la democracia en el continente. Y desde el sur también se la critica; Chávez, en su proverbial verborragia creativa, se dirige al secretario general de la OEA, el chileno José Miguel Insulza, con el apelativo de “insulso”, y son muchos los que opinan que el organismo no ha sido capaz de frenar una sola crisis política en la región. Si la iniciativa de Cancún prospera, y los caminos comunes de América latina se enderezan, la vieja OEA quizá quede limitada a un inocuo y mediocre foro de diálogo entre el sur y los Estados Unidos.

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nelson.specchia@gmail.com

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Ahmadinejad, el inestable (12 02 10)

Ahmadinejad, el inestable

por Nelson-Gustavo Specchia

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En su búsqueda de respaldos internacionales que lo defiendan del aislamiento al que quieren empujarlo, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad ha recalado en las costas sudamericanas. Invitado por su amigo (su “hermano”, como se califica a sí mismo) Hugo Chávez, estuvo en Venezuela y en los países del ALBA. Y dando una de las últimas sorpresas del año pasado, Ahmadinejad fue recibido por Lula da Silva en Brasilia, la misma semana que Hillary Clinton expresaba los reparos de la Administración estadounidense al curso del programa nuclear iraní.

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De sus nuevas relaciones en Sudamérica, Ahmadineyad parece haber asumido algo más que una vía de escape al encierro del aislamiento de Occidente. También puede que haya adquirido algunos modos, muy impactantes y mediáticos, de ejercer el poder. Chávez, en una conferencia de prensa llena de invitados y de cámaras de televisión, se dirigió al comandante en jefe del ejército, y como quien manda al cadete a por un vaso de agua le ordenó: “y ahora, general, me manda los tanques a la frontera con Colombia”. Tomando el ejemplo de su hermano sudamericano, esta semana el presidente iraní, en un acto político cuyas consecuencias internacionales no podía ignorar, mirando a Alí Akbar Salehi, jefe de la oficina nuclear de la República Islámica, le ordenó: “y ahora, doctor Salehi, me empieza a producir uranio enriquecido al 20 por ciento en nuestras centrifugadoras.” Menos la belleza, todo se pega.

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Frente a la estrategia de encierro de Europa y los Estados Unidos, los iraníes han decidido redoblar la apuesta. El largo tira y afloje con los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) sigue en un impasse: Irán sostiene que el enriquecimiento de uranio que actualmente desarrolla (entre el 3 y el 5 por ciento) está destinado a usos energéticos civiles, sólo admite que está construyendo nuevas centrales cuando éstas son detectadas por los servicios de inteligencia occidentales, y cuando se lanza a enriquecer el material radioactivo por sobre esos niveles lo justifica por razones de investigación y servicios (como la utilización de radioisótopos en aplicaciones médicas). Las Naciones Unidas van condenando en cinco resoluciones este proceso, y desde el OIEA se insiste en las dificultades y obstáculos que el régimen de Ahmadinejad pone permanentemente a sus inspectores, en lo turbio y gris de toda la información relativa a los verdaderos fines del plan atómico, y en que la tecnología necesaria para un enriquecimiento al 20 por ciento es la misma que para alcanzar el 80 ó 90 por ciento, cuando el uranio 235 se convierte en insumo de armas nucleares.

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Planteado en estos términos, la cuestión avanza rápidamente a estancarse en un diálogo entre sordos. Una espiral de tensión creciente que es alimentada, además, por otros condimentos. En primer lugar, con las necesidades energéticas del mundo desarrollado en una curva fuertemente alcista, cada día es más difícil seguir sosteniendo que sólo los seis Estados que componen el club atómico internacional (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) puedan seguir detentando el monopolio de los desarrollos nucleares. En segundo término, las varas con que estos países regulan la no proliferación atómica son de muy diversos largores: Argentina tuvo que disminuir sus investigaciones y aplicaciones en el campo nuclear hasta mínimos casi ridículos, pero a Pakistán no se le exigió lo mismo; la India ha crecido en conocimientos y productos exponencialmente, al mismo tiempo que por esas intenciones Corea del Norte ingresaba al “eje del mal”; a Irán se lo cerca y se lo acosa por el potencial peligro de que llegue a tener la bomba atómica, pero se permite que Israel disponga de un arsenal calculado en una doscientas ojivas nucleares. Frente a estos desequilibrios en la consideración de países amigos y no tan amigos, la reconsideración de un pacto global y en otros términos es cada vez más acuciante.

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Además de estos ítems de política internacional, también hay elementos internos que ayudan a tensar la cuerda en la sociedad iraní. Desde el muy oscuro triunfo en su reelección presidencial, y las protestas de la “revolución verde” que le siguió, Mahmud Ahmadinejad no se siente cómodo en el poder, y debe apelar casi cotidianamente a la Guardia Revolucionaria de los pasdarán y a la milicia paramilitar de los basiyís para reprimir las movilizaciones urbanas. Ayer, jueves 11 de febrero (22 de bahman del calendario iraní), se celebró el 31 aniversario del derrocamiento del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y el triunfo del movimiento encabezado por el ayatola Ruholla Khomeini que instauró la República Islámica de Irán, con un carácter teocrático y republicano al mismo tiempo.

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Los basiyís, con la obvia anuencia de la presidencia de la república, a la que responden, atacaron violentamente las embajadas de Francia y de Italia en Teherán el martes de esta semana. Los embajadores de la mayoría de los países europeos decidieron no asistir a los actos conmemorativos, y ante el desaire diplomático el gobierno iraní retiró las invitaciones. Para dejar afuera, además, a los numerosos colectivos críticos con el régimen, Ahmadinejad ha movilizado a fondo los recursos de propaganda, y los cordones de seguridad prácticamente sitian la capital. Ningún medio de prensa extranjero estuvo autorizado para cubrir los actos del aniversario, y el gobierno anunció la “suspensión permanente” del acceso de todos los iraníes a los servicios de correo electrónico de Google, el G-mail que tan importante papel –junto a las redes sociales en internet de Facebook y Twitter- jugó en la difusión internacional de la represión que siguió a las elecciones presidenciales de junio del año pasado. A pesar de todas estas medidas, en tan flagrante contradicción con los principios republicanos y democráticos que el régimen iraní asegura sostener, por la red se han filtrado imágenes de las movilizaciones opositoras, y de las reacciones de las fuerzas de seguridad, en un aniversario que ha tenido poco de festejo.

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Uno de los temas de fondo, en la lectura de la conducta de Mahmud Ahmadinejad, el inestable líder conservador del régimen de los ayatolas, es que lo que aquí se está jugando es el destino de la experiencia política puesta en marcha hace 31 años, y el rol que ese grande y antiquísimo país está llamado a jugar en los equilibrios y en las hegemonías regionales del Oriente próximo.

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El grupo de musulmanes religiosos, políticamente nacionalistas y socialmente conservadores que la figura de Ahmadinejad nuclea, reivindica para ese colectivo la auténtica herencia de la revolución islámica y la capacidad para liderar el rumbo político regional. Frente a ellos, el movimiento popular difuso y heterogéneo de la oposición acusa a este establishment de haber traicionado los ideales de libertad y justicia social por los que fue derrochado el Sha, y haber cooptado la revolución para sus propios intereses de grupo. Y desde la óptica externa, los Estados Unidos –con el acompañamiento de la Unión Europea- prefieren mantener la preponderancia regional de un Israel fuerte y pro occidental, a los movimientos de autonomía de Mahmud Ahmadinejad, siempre tan inestable y tan poco previsible.

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Estas son las cuatro aristas por las que seguirá girando la espiral del cercano oriente, en un escenario de paz controlada. De momento.

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nelson.specchia@gmail.com

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Honduras sin rumbo (03 12 09)

Honduras sin rumbo

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por Nelson-Gustavo Specchia

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“Bipolares”, 3 de diciembre de 2009

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Como era de esperarse, el Congreso de Honduras votó ayer en contra de la restitución en el poder del depuesto presidente Manuel Zelaya, fuera del poder tras el golpe de Estado del pasado 28 de junio, y que ya lleva 74 días cercado por el ejército en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa.

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Las delegaciones representantes de Zelaya y del gobierno golpista de Roberto Micheletti habían acordado en octubre, en Costa Rica, que sería el Congreso quien habría de decidir sobre el regreso de Zelaya a la presidencia hasta el 27 de enero, fecha en que teóricamente culminaría su mandato constitucional.

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Zelaya, viendo cómo venía la mano, dio por concluido el acuerdo de Costa Rica el 8 de noviembre, pero Micheletti se aferró a él, y tras las elecciones presidenciales del domingo pasado, en las que ganó Porfirio “Pepe” Lobo, el Congreso le daba el carpetazo final a la vuelta de Zelaya.

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Honduras, así, sigue estirando la cuerda, tanto al interior del país como a nivel internacional. Como se vio en la Cumbre Iberoamericana de Estoril, en Portugal, que acaba de concluir, los países latinoamericanos están polarizados, y las posiciones no tienen visos de acercarse. Todos esperaban una declaración de consenso en Portugal, pero los esfuerzos no dieron ningún fruto, y apenas se emitió una declaración en la que se condena el golpe de Estado y se vuelva apoyar la restitución del depuesto presidente constitucional, sin entrar a considerar el resultado de las elecciones, y el reconocimiento –o no- del nuevo gobierno surgido de ellas.

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Además de los Estados Unidos del presidente Obama, en América latina Colombia, Costa Rica, Panamá y Perú defienden la legitimidad de las elecciones, mientras que Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Ecuador, Guatemala, Nicaragua, Paraguay, Uruguay y Venezuela las consideran ilegítimas, porque vendrían a avalar una interrupción autoritaria de un proceso democrático. (Zelaya, por cierto, fue el único presidente ausente en la Cumbre Iberoamericana, por haber sido víctima de un golpe de Estado; fue representado por la canciller de su gobierno destituido, Patricia Rodas). Fuera de América latina, España –y la Unión Europea- hasta ahora no han reconocido el proceso eleccionario ni los candidatos triunfadores.

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Zelaya ha declarado nulas las elecciones, con el apoyo –además de Chávez y los líderes del ALBA- de Lula de Silva, y aquí viene el nuevo elemento de atención: la cuña entre la posición de Brasil y la de los Estados Unidos.

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La brecha entre Brasil y Estados Unidos no puede agrandarse más, y Honduras será el pato de la boda.

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Brasil no ha resuelto una postura definitiva sobre el tema de las bases colombianas para el uso del ejército norteamericano, y recibió con bombos y platillos la visita en Brasilia del presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, precisamente cuando crece las tensiones entre los norteamericanos y los iraníes porque estos últimos se niegan a poner bajo supervisión internacional (o sea, de Occidente) sus desarrollos nucleares. No puede, por eso, jugarse la relación con Obama por Honduras.

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La pequeña Honduras, sin rumbo en su errático destino, en las simpatías y rechazos que ha despertado pone en evidencia el desencuentro internacional de toda la región latinoamericana, un desorden que tuvo su máxima expresión en Portugal, donde ni haciendo equilibrios con las palabras pudo redactarse un comunicado conjunto.

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Honduras ha destapado el tablero real de la política internacional latinoamericana, pero el realismo político terminará jugándole en contra, porque, realizadas las elecciones y habiendo votado el Congreso la no restitución de Zelaya, tras la aceptación del gobierno norteamericano de esta manera de resolver la crisis, la oposición a Micheletti tiene los días contados, como también las posibilidades reales de recomposición de la administración de Zelaya.

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Más temprano que tarde, se acabará aceptando la situación, Honduras tendrá un nuevo gobierno conservador que perpetuará el statu quo, y la democracia latinoamericana habrá perdido una batalla. Cuán importante habrá sido esta batalla perdida para la salud política del futuro de la región, nadie puedo decirlo en estos momentos.

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nelson.specchia@gmail.com

Honduras en punto muerto (22 10 09)

HONDURAS EN PUNTO MUERTO

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por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping, jueves 22 de octubre de 2009

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Nelson G. Specchia - Zelaya - cartel

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Buen día, Daniel.

Hemos estado las últimas semanas recorriendo, desde esta tribuna de análisis internacional, distintas y distantes latitudes, donde la realidad mundial de repente saca a la superficie una punta de iceberg, una muestra –a veces violenta, a veces sorpresivamente feliz, siempre frágil y fugaz para los titulares de los diarios y de los periódicos del mundo-, una pequeña muestra, digo, de esas inmensas realidades enterradas que son las características culturales y sociales específicas de cada pueblo.

Y en este recorrido semanal de los jueves, no habíamos vuelto a poner los ojos en Honduras, en ese pequeño país hermano de centroamérica, de una importancia relativa tan marginal, tan asilada en el concierto internacional, y que se ha colocado en los últimos tiempos en el centro del candelero.

Recuerdo, hace algunos años, cuando estuve trabajando en Tegucigalpa, en Honduras, para unas misiones de consultoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, y en aquellos días uno de nuestros temas recurrentes, sobre los que volvíamos una y otra vez con los colegas, discurrían sobre las estrategias para colocar a Honduras, de alguna manera, en la atención de las agencias internacionales. Quién me iba a decir que algunos años más tarde los hondureños encontrarían la manera, lamentablemente tan costosa, de estar en el centro de las noticias.

Y ¿cómo analizar este momento, este impasse hondureño que, como coinciden tantos analistas, tendrá efectos que no se limitarán a quedar encerrados dentro de las fronteras del pequeño país centroamericano, sino que de una manera o de otra impactarán en la marcha democrática del resto de la región?

Ayer, 21 de octubre, se cumplió un mes de la sorpresiva vuelta de “Mel” Zelaya y de su atrincheramiento en la embajada brasileña en Tegucigalpa. Dentro de un mes más, por su parte, están previstas las elecciones que supuestamente vendrían a destrabar el conflicto político, pero que toda la comunidad internacional ya ha advertido que no reconocerá si no está el presidente democrático sentado en su sitial al momento de realizarse el acto electoral.

El gobierno de facto de Roberto Micheletti, sacudido del statu quo en que había decidido esperar las elecciones, ha perdido la iniciativa política. A pesar de ello y de estar cada día más aislado internacionalmente, ha aceptado las formas del diálogo con los representantes de Zelaya. Pero sólo las formas, porque en las maratónicas reuniones entre ambas partes, que comenzaron el 7 de octubre, el gobierno de facto no se ha movido un ápice. Micheletti juega al gato y al ratón, mientras gana tiempo: aceptó derogar el estado de sitio que decretó cuando Zelaya volvió y lo tomó por sorpresa, pero aún no lo ha hecho; afirmó que castigaría al responsable militar de haber sacado al presidente constitucional en pijama y a punta de fusiles, pero el general Romeo Vásquez sigue siendo el comandante del Ejército; afirma que sus negociadores tienen plenos poderes para pactar con los de Zelaya, pero los desautoriza al final de cada reunión. Micheletti parece decidido a resistir, en soledad, hasta el 29 de noviembre y la instalación de un nuevo gobierno.

En este juego donde se muestran unas cartas pero las intenciones y los objetivos reales permanecen bien cubiertos y alejados de la mesa de negociaciones, hay que analizar dos elementos de fondo: la posibilidad cierta de una guerra civil, y la legalidad incierta de unas elecciones presidenciales.

En el primer caso, es evidente que un fracaso rotundo de la mesa de diálogo entre ambas partes podría conducir, sin demasiadas dilaciones, a que el conflicto político se asuma como un enfrentamiento civil violento, en las calles, con consecuencias desgarradoras. Y hay que evitar un derramamiento de sangre. Así como el liderazgo latinoamericano está poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya y su reinstalación en el poder, debe hacerse hincapié en evitar la posibilidad de revertir el golpe de Estado mediante la movilización violenta de los partidarios del presidente depuesto. En un movimiento en ese sentido, y dada la práctica ocupación militar del país, las mayores bajas estarán del lado del pueblo desarmado.

Por eso declaraciones como las de Daniel Ortega y Hugo Chávez, reunidos en la cumbre del ALBA en Cochabamba el 17 de octubre pasado, no aportan ninguna tranquilidad. Ortega anunció que la resistencia hondureña está buscando armas y campos de entrenamiento en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y Chávez apoyó esta tesis: “que nadie se sorprenda –dijo- si surge un movimiento armado en Honduras.” Estas posturas deben ser descalificadas, por insensatas y alarmistas.

En segundo término, creo que hay que considerar más a fondo el tema de la legalidad política de las elecciones del mes que viene. La comunidad internacional se niega a reconocer de plano el resultado de estas elecciones, si el presidente Zelaya no ha sido repuesto en su cargo con anterioridad. Esta es la postura más lógica desde la legitimidad constitucional y democrática, pero puede que sea también el punto de negociación, si –abandonando las posturas maximalistas- todos estuvieran dispuestos a ceder algo.

En estos días, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda recordaba que en los últimos tiempos todos los conflictos políticos que han encontrado una vía de salida democrática lo han hecho desde procesos electorales organizados por un gobierno de facto. Por definición, dice Castañeda, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. Y cita a la España posfranquista de 1977, la Argentina de 1983, el Chile de 1988, o la larga lista de países ex comunistas de Europa del Este, donde las elecciones que llevarían a las transiciones democráticas se organizaron gobernando los regímenes autoritarios salientes. Y este podría ser ahora el caso de Honduras.

Sería deseable, creo, que la comunidad internacional, y muy especialmente los líderes latinoamericanos, se avinieran a negociar un llamado a elecciones organizadas por el gobierno de facto pero fiscalizadas por veedores de la ONU, luego de las cuales el presidente Manuel Zelaya debería recuperar el ejercicio del Poder Ejecutivo, y traspasar el poder a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que ponga paños fríos y reconduzca el proceso político. De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.

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