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¿Hay riesgo de guerra nuclear en Medio Oriente? (11 11 11)

¿Hay riesgo de guerra nuclear en Medio Oriente?

por Nelson Gustavo Specchia

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La anécdota está en todos los diarios franceses: en la reciente cumbre del G-20 en Cannes, mientras esperaban el inicio de una conferencia conjunta, Nicolas Sarkozy conversaba con su colega Barack Obama sin saber que los micrófonos de los traductores ya se habían abierto. El objeto de la conversación privada entre los líderes era el premier israelí, Benjamín Netanyahu: “Estoy harto de él, no puedo ni verlo, es un mentiroso”, le dice Sarkozy; a lo que el americano contesta: “Si vos estas harto, imagínate yo, que debo tratar con él todos los días”. Los cambios de posición luego de haberse comprometido, los dobles raseros y la ambigüedad de sus promesas son, efectivamente, características que se mencionan hace tiempo del jefe del gobierno de Israel, y generalmente se han adjudicado a los equilibrios que debe hacer entre los sectores ortodoxos que integran su coalición, y las presiones –especialmente de su valedor, los Estados Unidos- para que atempere los impulsos de la derecha judía respecto del tema palestino y de los demás vecinos árabes. Pero, más allá de las censuras morales sobre la utilización de los dobles discursos en el juego político y del hastío y confusión que esas maniobras provocan entre sus pares, hay un conjunto de certezas en la postura del primer ministro israelí que no deja lugar a dudas. Entre éstas, su idea fija con Irán está en los primeros puestos. Desde que ocupara el Ejecutivo israelí por primera vez (entre 1996 y 1999), desde la conducción del Likud en la oposición luego, desde su cartera ministerial en el gabinete de Ariel Sharon, y desde su vuelta a la jefatura del gobierno en 2009, Bibi Netanyahu ha sostenido machaconamente que los planes nucleares de la República Islámica de Irán constituyen el principal riesgo externo del Estado de Israel, y que la única manera de conjurar ese peligro es atacando al régimen de los ayatollahs y destruyendo su camino hacia la bomba atómica.

Las acciones exteriores de la aviación judía contra supuestas plantas nucleares en la región registran antecedentes fuertes, como para no tomar a la ligera los planes de Netanyahu. En 1981, Israel bombardeó el reactor nuclear Osirak, diseñado por ingenieros franceses –quienes proveyeron también el uranio enriquecido que utilizaba- y construido en el centro nuclear Al Tuwaitha, cerca de Bagdad. Y el 6 de septiembre de 2007, Israel lanzó un ataque aéreo sobre Siria, para destruir lo que la inteligencia israelí consideró un reactor nuclear en construcción, que el régimen de los Al Assad habría estado construyendo con asistencia de Corea del Norte.

AMENAZAS NADA VELADAS

La retórica bélica constituye un dato cotidiano, tanto en Tel Aviv como en Teherán. Pero a esa manera ya regular de componer el discurso político, en las últimas semanas se han agregado algunos datos preocupantes, que hacen que aquellas veladas amenazas contra el vecino cobren corporeidad. Primero fue la denuncia de Washington, de que algunos sectores de los “halcones” del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad –la rama de los Al Quds de los Guardianes de la Revolución- estaban detrás de un confuso y novelesco complot para eliminar en los Estados Unidos al embajador saudita, Adel al Jubeir. Y menos de un mes después del supuesto complot, aparece el nuevo informe del Organismo de las Naciones Unidas para la Energía Atómica (OIEA), hecho público en Viena esta semana, donde se afirma que Irán está a las puertas de conseguir el arma nuclear, con un diseño propio, armado a partir de la compra de información y documentación a una red clandestina de material atómico. Según los técnicos del OIEA, las dimensiones militares del programa nuclear iraní ya son inocultables, desde el momento que, por ejemplo, incluye experimentos con explosivos especiales o el desarrollo de detonadores.

En este contexto, el discurso de Bibi Netanyahu a los altos mandos del Ejército israelí adquiere otra dimensión a la habitual retórica guerrera. En Tel Aviv, el diario Haaretz aseguró que Bibi ya cuenta con el apoyo a sus planes de ataque del cauteloso ministro de Defensa, Ehud Barak, además del siempre dispuesto a la guerra canciller Avigdor Lieberman. Entre los tres intentan convencer a los jefes del Ejército y de los servicios de inteligencia, quienes, según el mismo diario, de momento se opondrían. La reticencia del alto mando de las Fuerzas Armadas judías pasaría por la oposición de los Estados Unidos a apoyar una acción en ese sentido, y la advertencia pública de la OTAN, que ha manifestado que no tiene intención de intervenir en el conflicto.

Pero ninguna de esas posiciones puede considerarse definitiva, y entonces la pregunta que se ha instalado es si Israel –de quien se calcula posee unas 200 cabezas nucleares capaces de instalar en misiles de largo alcance- estaría dispuesto a lanzar un ataque en solitario a la República Islámica de Irán. Si esa pregunta se resuelve afirmativamente, como parece ser el caso, si las anunciadas represalias del régimen teocrático iraní instalarían un escenario de guerra nuclear en Medio Oriente. En ese extremo, de ninguna manera los Estados Unidos podrían permanecer al margen. ¿Estaría dispuesto Barack Obama a liderar una guerra atómica en el corazón del mundo árabe?

SEÑALES INSUFICIENTES

Sin embargo, y a pesar del escenario pesimista, yo considero que no hay elementos suficientes como para concluir que la coyuntura empujará a un nuevo conflicto armado a gran escala, al menos en el corto plazo. Esas señales que, a pesar de su presentación pública, dan espacio a la esperanza del mantenimiento de la paz, pasan por: (1) el peso de los informes multilaterales; (2) la relación de fuerzas entre las potencias; y (3) por la desestabilización global que una acción militar regional acarrearía.

En cuanto a los informes, aunque haya sido tan espectacular y mediático, el texto de la OIEA en realidad no aporta demasiados elementos nuevos, y vuelve a inscribirse en el largo tira y afloje que la agencia de la ONU tiene con Irán desde antes aún de la instalación del régimen de los ayatollahs, cuando el Shah de Persia, Mohammed Reza Pahlevi lanzó en los años ’70 un programa atómico para llegar a la bomba. La OIEA dice ahora, en el tan mentado informe, que Irán “tuvo” un programa de armas nucleares antes de 2003, lo que es obvio, y sólo agrega que “algunas actividades relevantes para la construcción de un dispositivo explosivo nuclear continuaron después de 2003, y alguna podría estar aún en marcha”. Una suposición demasiado vaga como para que constituya “casus belli”.

Respecto de las potencias, el tándem Nicolas Sarkozy-David Cameron ya ha salido a pedir una ampliación de las sanciones contra Irán por la vía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El mismo paso que dieron –también a dúo- en relación a Libia, hace apenas unos meses. Pero ahora no será tan lineal: Rusia ya ha advertido que los resultados del informe de la OIEA no aporta datos concluyentes, y China –con el entramado comercial creciente que mantiene con Teherán- es un voto negativo seguro. Ambos gigantes, se recordará, tienen derecho a veto en el Consejo de Seguridad, esa vía está cerrada por el momento.

Y en lo que hace a la desestabilización regional, un ataque como el que Bibi clama contra las instalaciones iraníes no se compararía con las incursiones realizadas contra Irak y Siria en el pasado. Irán está mucho más preparado que Saddam Hussein y que Bachar el Assad, aquí no alcanzará un ataque puntual de la aviación israelí, sino que se requerirá un plan de ataque vasto y prolongado –más de un mes, seguramente- con consecuencias imprevisibles e inmanejables (entre ellas, que Irán saldría legitimado para armarse con la bomba atómica, después de haber sido atacado en su suelo). Y no hay, me parece, posibilidades de que Barack Obama, con la economía estadounidense en recesión y la carrera hacia la reelección presidencial ya comenzada, se implique en una aventura de ese tamaño, cuando a duras penas está logrando cerrar el capítulo de Irak y Afganistán, las dos guerras más largas y más caras de la historia americana.

De momento, considero que no habrá guerra; lo que no quiere decir que la tensión –especialmente la verbal- vaya a disminuir. Pero Bibi, en definitiva, es un mentiroso.

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[ Columna “Periscopio” –  Diario Hoy Día Córdoba – viernes 11 de septiembre de 2011]
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La larga sombra de Lula (16 10 11)

La larga sombra de Lula

El libro “Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula” analiza la influencia del ex presidente como transformador de la realidad política y social de su país.

Por Nelson Gustavo Specchia

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Brasil ha logrado una posición relativa de incidencia internacional que no deja de sorprender en el análisis global. La apertura de la Asamblea General de las Naciones Unidas, por primera vez en la historia del máximo órga­no multilateral a cargo de una mujer, 
con el discurso de la presidenta Dil­ma Rousseff, viene a expresar esa posi­ción de preeminencia en el concierto mundial.

Ese nuevo estatus del gigante suda­mericano tiene una marca de fábrica: las transformaciones diseñadas por Luiz Inácio Lula da Silva.

La experiencia política de Lula, y su impronta personal en la transformación brasilera, constituyen un evento sui generis para la historia y los modos políticos de América latina. Desde la revolucionaria llegada al poder de un obrero metalúrgico apenas alfabetizado; pasando por la reconversión del movimiento gremial del Partido de los Trabajadores en oficialismo de masas; hasta las reformas estructurales que consiguieron sacar de la miseria a 28 millones de personas, ampliar la clase media con 36 millones de nuevos miembros, y extender el mercado de trabajo con la creación de más de 15 millones de nuevos puestos laborales, fueron elementos constitutivos de una metodología novedosa, arriesgada y tremendamente eficaz.

Presencia global. En simultáneo, esa acción desarrollista y distributiva en el ámbito interno, se acompañaba con una presencia cada vez más importante en el ámbito internacional.

El protagonismo del Bric (con Rusia, India y China); el Ibsa (con India y Sudáfrica); el relanzamiento del Mercosur a partir de una nueva relación con Néstor Kirchner, con quien también ideó la Unasur; la incidencia en el G-20; el nuevo marco de las relaciones Sur-Sur; o las intenciones mediadoras junto al turco Recep Tayyip Erdogan ante al contencioso nuclear iraní de Mahmud Ahmadinejad, mostraron las intenciones de Lula de colocar a Brasil entre quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de intervenir activamente en las nuevas concepciones del regionalismo abierto y del derecho internacional humanitario de nuestra generación.

Estas dimensiones, en un conjunto variado de temas, integran el libro Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después de Lula , que la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba (Educc) acaba de sacar a las librerías de la ciudad esta semana.

En los ensayos que integran el volumen, producto de las investigaciones del Observatorio de la Sociedad Internacional (Ovasi) que dirigimos en la facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, intentamos dar cuenta de los condicionantes que hubieron de modificarse para permitir la llegada de Lula a la cúspide del poder en Brasilia; de las maneras en que fue armando –y ensayando– una estrategia de cambio que mantuviera los consensos, provocaran auténticas modificaciones en la arquitectura social, pero no desequilibrara el juego institucional y representativo.

Árbitro regional. Asimismo, intentamos alguna proyección de esa experiencia tanto en el ámbito regional latinoamericano como 
en el propio futuro del líder brasileño. Porque la relevancia de Brasil no estará limitada, en América latina, al papel de locomotora económica del Mercosur, como muchos suponen.

Como quedó evidenciado en la reu­nión cumbre de Bariloche, convocada por Cristina Fernández para poner paños fríos a la cuestionada iniciativa colombiana de facilitar el uso exclusivo de sus bases militares a Estados Unidos; o en la intervención ante las regiones separatistas del Beni boliviano, Brasil asume progresivamente el rol de árbitro regional.

Un árbitro pacífico, claro. Pero no por ello Lula dejó de adquirir el mayor poder de armamento provisto a sus fuerzas militares desde la Segunda Guerra Mundial. Armas, helicópteros, aviones de última generación y hasta submarinos nucleares, porque una potencia política y económica está obligada a respaldar con capacidad disuasoria sus intenciones de liderazgo y de arbitraje regional.

Dedicamos también algunos capítulos de nuestro libro a la proyección de la persona del propio Lula, porque el ex presidente ha tenido demasiado cuidado al elegir la ubicación desde la que vive este nuevo período: ni en el primer plano, que obstaculizaría el normal desempeño del ejecutivo de “Dilminha”, su discípula y heredera; pero tampoco en el ostracismo.

Está ahí. Lula está ahí, rondando. No aparecen fotos suyas en las portadas de los diarios, pero es consultado tanto por los funcionarios superiores del gobierno como por los líderes del Partido de los Trabajadores.

A Dilma Rousseff no le tiembla el pulso para echar a “lulistas” importantes de su gobierno, como los ya ex ministros Antonio Palocci, por pre­sunto enriquecimiento ilícito; Alfredo Nascimento, por corrupción; y hasta al mismísimo Nelson Jobin, por contradecirla en público. Los tres, dirigentes del riñón de Lula.

Pero la independencia de criterio de la presidenta respecto de su mentor no parece ser un obstáculo para que la presencia de Lula siga allí, plenamente vigente, mostrando su capacidad y predisposición para volver al centro de la escena en cualquier momento.

No creo que falte mucho tiempo antes de que volvamos a escuchar análisis sobre una eventual nueva candidatura presidencial de Luiz Inácio da Silva, ese Midas que logró convertir en popularidad casi todo lo que tocaba.

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* Profesor Titular de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

El libro

Desde abajo. Construcciones y discusiones en Brasil después
de Lula.

Nelson Gustavo Specchia (Ed.), et. al.
278 páginas.
Editorial de la Universidad Católica de Córdoba – Educc
Córdoba
2011.

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¿Cómo parar el Estado Palestino? (29 09 11)

Las Naciones Unidas comienzan a tratar el pedido palestino

Rusia y China se suman a las críticas a Israel por entorpecer el proceso de paz

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Mientras la iniciativa del premier palestino Mahmmoud Abbas frente a las Naciones Unidas sigue cosechando adherentes, la ampliación de 1.100 viviendas para judíos en la zona árabe de Jerusalén Este anunciada esta semana por el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu está poniendo en aprietos a su principal valedor, el presidente Barack Obama.

Desde Washington, Obama hizo saber, a través de su portavoz, que se sentía “profundamente decepcionado” por la decisión de la administración conservadora de Netanyahu; mientras que la jefa de la diplomacia estadounidense, Hillary Clinton, tuveo ayer que improvisar un llamado a frenar la agresividad de los colonos israelíes, que podrían empeorar aún más el panorama, poniendo en evidencia que la vía apoyada por el Departamento de Estado no tiene demasiadas posibilidades de prosperar, debido a la inflexible postura de la derecha judía.

“Urgimos a evitar cualquier movimiento en las cercanías de Jerusalén que puedan considerase provocativos”, pidió Clinton en la víspera, dirigiéndose a ambas partes, aunque las excavadoras israelíes ya trabajan en el barrio de Gilo, en el corazón de la Jerusalén árabe.

Por su parte, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidos comenzó ayer, siguiendo los procedimientos internos del órgano multilateral, a considera la petición de presentada por Mahmmoud Abbas ante la Asamblea General.

A pesar de los varios intentos de los enviados norteamericanos para que depusiera de su solicitud, la presentación formal de la carta al secretario general, Ban ki Moon, obliga a las comisiones de la organización internacional a abocarse a su tratamiento.

El Comité de Nuevas Admisiones, que incluye a los 15 miembros del Consejo, celebrará hoy su primera sesión con el petitorio palestino en el orden del día.

El proceso de revisión de una candidatura para lograr el estatus de Estado miembro suele extenderse por unos 35 días, pero diversos analistas aseguraron que, en este caso y dada la determinante presión estadounidense, ese periodo puede alargarse casi indefinidamente.

Aún así, el éxito diplomático para los palestinos ya se ha dado, especialmente por la abrumadora mayoría de países del mundo que respaldaron la solicitud.

Así, el jefe de la delegación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) ante la ONU, Riyad Mansour, dijo ayer que los pasos formales están asegurados, y que si la decisión política de la potencia hegemónica presiona para que esos pasos no den resultados, deberá hacerse cargo también del costo político; “el proceso avanza paso a paso y esperamos que el Consejo de Seguridad cargue con su responsabilidad”, sostuvo Mansour.

Israel cada vez más solo

El claro respaldo norteamericano a Tel Aviv comienza a ser el único baluarte con que cuenta el Estado judío. Ayer, Rusia y China, dos potencias emergentes con una importancia determinante en la fijación de políticas globales (y ambos miembros permanentes del Consejo de Seguridad), criticaron abiertamente la expansión de asentamientos israelíes los territorios ocupados desde 1967.

El Departamento de Estado norteamericano no pudo dejar de expresar su “decepción” por la nueva medida, que afecta directamente la posibilidad de una reanudación de las conversaciones de paz entre ambas comunidades; y también la representante de la Unión Europea emitió un comunicado crítico.

“Es de especial preocupación que decisiones sobre un asunto tan delicado se tomen durante este período crucial”, sostuvo la Cancillería rusa, mientras sus homólogos chinos expresaron su “oposición” a la decisión de Israel.

Las condenas en los países árabes fueron homogéneas y contundentes.

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Bibi, el constructor (27 09 11)

La derecha israelí lanza la primera represalia a Abbas

Se aprueba la construcción de 1.100 viviendas en territorio de Jerusalén Este

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JERUSALÉN.- En una decisión que ha sido interpretada como la primera represalia lanzada por el gobierno conservador israelí por la osada maniobra de Mahmmoud Abbas, al iniciar ante las Naciones Unidas (ONU) el proceso de reconocimiento internacional al Estado Palestino, ayer la Administración de Bibi Natanyahu aprobó una nueva expansión colonial sobre territorios ocupados, en el sector oriental –árabe- de la ciudad vieja de Jerusalén.

El ministerio israelí de Planificación anunció la autorización de los planes de 1.100 nuevas viviendas para colonos judíos, en el barrio jerosolimitano de Gilo, una barriada ubicada en el sector oriental de la ciudad, considerada territorio ocupado, y la zona reivindicada por los palestinos como la capital de ese Estado cuyo reconocimiento comenzó a ser tratado el lunes en el Consejo de Seguridad.

Tanto el Departamento de Estado norteamericano, como la Unión Europea, deploraron la medida israelí que viene a echar por tierra las posibilidades de reapertura del proceso de paz, el argumento que esgrimió el presidente Barack Obama al anunciar que no apoyaría –e inclusive que utilizaría el poder de veto- el reconocimiento multilateral.

Por su parte, el líder de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmmoud Abbas, sigue cosechando adhesiones a su estrategia: ayer se conoció el significativo apoyo de Arabia Saudita –otro de los aliados de Washington en la región-, a la que se sumó también el Líbano.

Ante la decisión de seguir ampliando la construcción de viviendas en territorios ocupados, desde las oficinas de la ANP declararon que “evidencia el cinismo” del premier Benjamín Netanyahu, que sigue insistiendo en su “predisposición” para reabrir el diálogo, mientras su gobierno no hace sino tomar medidas ejecutivas para torpedearlo.

El lunes, Shimon Peres había declarado que Abbas era el mejor interlocutor posible que los judíos podían tener en este momento, y que confiaba en los buenos oficios del “cuarteto” (ONU, Unión Europea, EE.UU. y Rusia) para relanzar las negociaciones, con un horizonte de plan de paz realista para diciembre de 2012.

El avance sobre Jerusalén Este de ayer, sin embargo, convierte esas declaraciones en meras expresiones de deseos, y vuelve a poner de manifiesto que la única estratégica de la coalición de partidos de derecha que gobierna Israel es obstaculizar cualquier proceso de diálogo, e impedir por todos los medios la institucionalización política de la comunidad palestina, ya que ella convertiría a su ejército, de hecho, en potencia ocupante de un Estado, en  abierta violación al derecho internacional público.

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Sudán del Sur: un país, una esperanza (15 07 11)

Sudán del Sur: un país, una esperanza

por Nelson Gustavo Specchia

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En la mañana de ayer, la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur. El trámite, cargado de simbolismo, completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

Como no me canso de decir cada vez que tengo oportunidad, las secesiones de partes de unidades territoriales y el advenimiento de nuevos Estados fundados en diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas o de cualquier otro tipo de particularidad cultural, no son buenas noticias. Las pretensiones de formación de países cuyos límites coincidan con los del grupo dominante y excluyan a los demás, son rémoras de los viejos discursos nacionalistas que se fraguaron durante los siglos XVIII y XIX, al calor del nacimiento de los “estados-nación” sobre las ruinas de los proyectos imperiales. Discursos que terminaron eclosionando hacia mediados del siglo XX en la mayor locura genocida y totalitaria conocida por el hombre. El colapso europeo fue la consecuencia del nacionalismo llevado a su extremo, y no terminó con la derrota hitleriana, sino que, por el contrario, permeó toda la guerra fría, el maccarthismo estadounidense, e inclusive las dictaduras latinoamericanas que se extendieron hasta entrados los años ochenta. No son fenómenos de la historia distante, digo, sino un condicionamiento de nuestra contemporaneidad, contra el cual hay que estar muy alerta siempre, apoyando acciones que tiendan a fortalecer sociedades inclusivas e igualitarias, donde a los “otros” –la radical otredad de todos los diferentes- no se los expulse sino se los integre, y los Estados sean ámbitos de realización de los proyectos de vida buena de cada uno, en un entorno de diversidad y tolerancia.

LA PAZ COMO LÍMITE

Pero, teniendo lo recién anotado como parámetro general, se impone la pregunta de qué postura asumir frente a dos comunidades que fueron forzadas a vivir dentro de la misma circunscripción, y entre las cuales –por su historia y carácter- la coexistencia sólo se presenta como problema. Un problema que, cuando además se agrega la repartición desigual de materias primas y recursos energéticos, no tarda en derivar en violencia a gran escala. Y éste, pensamos, ha sido el caso de Sudán. Por eso aquellos principios generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además, de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metrópoli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades sociales distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referendum, para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el SI. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referendum (aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).

En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la organización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por aclamación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro, denominado República de Sudán del Sur.

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las declaraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifestación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el paréntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.

Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse, y desde una perspectiva minimalista y naïf, los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cruzadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza, con apenas $ 2 al día, en promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos.

Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.

Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.

 

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[ publicada en la columna “Periscopio”, suplemento Magazine del diario HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 15 de julio de 2011 ]

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