“Indignados” en el ombligo del mundo (07 10 11)

“Indignados” en el ombligo del mundo

por Nelson Gustavo Specchia

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El movimiento espontáneo de protesta que tomó forma a partir de una sentada en la madrileña Puerta del Sol, hace pocos meses, ha pasado por las diversas facetas de una rebelión sin forma ni estructura que, entre otras cosas, tampoco pretende tenerlas. O sea, en la denuncia sobre la corrupción general del sistema, opta por no convertirse en un partido político, ya que éstos serían parte del problema. Pero al tomar esa opción el movimiento se ata las manos, porque los partidos políticos son la vía institucionalizada para canalizar, en un sistema representativo, las demandas populares. Ese círculo, que encierra una mecánica contradictoria entre fines y métodos, fue dándole las diversas caras a los “indignados” de la Puerta del Sol: desde pequeñas concentraciones de estudiantes; a guitarreadas en las tardecitas y noches veraniegas de Madrid; al acompañamiento cada vez más plural de colectivos sociales; a la creatividad irónica y punzante de las consignas y de las pancartas; al contagio hacia otras ciudades españolas; a marchas nacionales “de formación cívica y ciudadana”; hasta que el movimiento saltó las fronteras del reino, y comenzaron a replicarse concentraciones y sentadas en Francia, Italia, Gran Bretaña y otros países.

El fenómeno, así, sumaba una nueva faceta: se internacionalizaba, sin institucionalizarse. Seguía siendo la expresión colectiva de un sentimiento de frustración, que los sociólogos y politólogos veían muy relacionado a la clase media, urbana e intelectual, de las ciudades europeas. O sea, una derivación de esa generación de profesionales jóvenes, a quienes el mercado de trabajo ha limitado al acceso a puestos con remuneración baja (los “mileuristas”); sin demasiadas perspectivas de ascenso laboral ni económico; y a quienes la reducción del Estado de Bienestar y las políticas neoliberales (tanto del liberalismo puro, como de los nominalmente socialdemócratas) les recortan derechos que disfrutaron sus padres, y les presentan un horizonte de mediano plazo aún más negro: edades jubilatorias más largas; mayor carga impositiva; pensiones achicadas; seguros de retiro inexistentes; cobertura sanitaria, farmacéutica y de cuidados de la vejez en retirada.

Así, tanto por su surgimiento geográfico, como por su constitución sociológica y de estratos económicos, y por la índole de sus reivindicaciones, el movimiento de los “indignados” se presentaba, hasta ahora, como un fenómeno eminentemente europeo. Inclusive otras expresiones de descontento, también espontáneas, como la violencia que estalló en la barriada londinense de Tottenham, con incendios y saqueos que por un par de días se replicaron en otras ciudades del cordón suburbial de la capital británica, en ningún momento se la relacionó con los “indignados”.

El estallido de Londres estuvo poblado de hijos de inmigrantes africanos, árabes y caribeños, que tienen una autopercepción de estar siendo expulsados del entorno en el que viven. Jóvenes que aspiran a ingresar al sistema, no que se plantean reformarlo. Pero, como digo, el análisis ubicaba a los “indignados” claramente en el entorno europeo. Hasta los últimos días de septiembre, cuando unas concentraciones y movilizaciones que parecen abrevar en el mismo discurso de aquellas algaradas juveniles de la Puerta del Sol, han comenzado a cortar los puentes de acceso a Nueva York y a sentarse en los escalones de mármol de los grandes templos financieros de Wall Street. Los “indignados” han llegado al ombligo del mundo.

OCUPAR LA CALLE DEL MURO

Los primeros días, tal como había ocurrido en Madrid, fueron apenas un par de decenas de jóvenes, a quienes los “azules” del NYPD (los duros agentes del departamento de policía de Nueva York) controlaban de cerca y miraban con una expresión de extrañeza: en la variopinta jungla humana que llena a diario las veredas del mayor distrito financiero del mundo, unos jóvenes protestando contra el capitalismo pueden ser incluso una llamada para el asombro. Pero al día siguiente fueron más, y al siguiente, más aún. Siguiendo de cerca la mecánica de la protesta madrileña, a ese grupo inicial se le fue sumando gente de una extracción más diversa y plural, algunos profesores universitarios, intelectuales respetados por la opinión pública, algunos columnistas de la prensa seria, y líderes gremiales. Con el aumento de las concentraciones, comenzaron las marchas, y el movimiento se puso un nombre: Occupy Wall Street. No habían llegado para pasar, sino para quedarse, parecían decir.

Con el crecimiento de la protesta, también comenzaron las detenciones. Una cosa es que los “azules” del NYPD permitan una concentración exótica de jóvenes bohemios, y otra que el centro neurálgico del poder económico sea cuestionado por movilizaciones con presencia gremial. En las marchas de finales de septiembre los arrestos eran de 10 o de 20 personas, que eran retenidas durante algunas horas en los precintos de la ciudad. Pero para sábado 1 de octubre, cuando una multitudinaria marcha de varios miles de neoyorquinos ocupó el puente de Brooklyn, que conecta al populoso barrio con la zona baja de Manhattan, la policía realizó más de 700 arrestos.

Pero, tal como ocurrió en Madrid cuando la Guardia Civil expulsó a los “indignados” de Sol, la protesta social alcanzó un nivel de difusión y alcance que no había tenido hasta entonces. El discurso de los movilizados, las pancartas protestando contra la inyección de dinero público para salvar a los grandes tiburones de la banca, mientras la debilidad de la economía golpea a la gente común y la tasa de desempleo no afloja del 10 por ciento, saltó entonces desde el ombligo neoyorquino y comenzó a prender, como yesca, en las grandes ciudades norteamericanas. Al día siguiente de las detenciones sobre el puente de Brooklyn se realizaban marchas en puntos tan distantes como Boston, Chicago, San Francisco, y Los Ángeles; hoy, jueves 6, mientras escribo estas líneas, hay marchas cruzando esas ciudades, otras en Seattle, en el extremo del noroeste estadounidense, y otras más en Nueva Orleans, en la costa sureña. Ya es un movimiento nacional.

LAS CANAS DE OBAMA

El presidente Barack Obama, cada día más delgado, la mirada más cansada y la cabeza llena de canas, admitió ayer en Washington que los “indignados” neoyorquinos “expresan la frustración que vive el pueblo”. Y el vicepresidente Joe Biden fue más allá, al sostener que hay muchos puntos en común entre los simpatizantes de Occupy Wall Street, y el sector de extrema derecha del Tea Party, que también comenzó como un movimiento espontáneo de protesta de sectores conservadores y de cristianos tradicionalistas, y que ha terminado por cooptar a la dirigencia opositora del Partido Republicano. Quizás Biden también está pensando en Madrid, donde se acusó a los “indignados” de terminar haciéndole el juego a la derecha del Partido Popular, ya a estas alturas el más que probable recambio de la socialdemocracia del PSOE de José Luís Rodríguez Zapatero en La Moncloa.

Pero la pregunta, en todo caso, es qué hará Obama con este nuevo jugador que ha venido a ocuparle la cancha, en una coyuntura tan quebradiza, con la campaña para las próximas presidenciales a punto de lanzarse, una crisis económica que lleva dos años y que no remite, un crecimiento paupérrimo del producto bruto, y una desocupación a las grandes mayorías.

Hasta ahora, la estrategia de Obama, para la decepción de muchos, ha sido intentar consensuar con los dirigentes menos extremistas entre los republicanos, aunque eso le costara avalar medidas tan polémicas, como todas las políticas de apoyo y salvataje a la gran banca de Wall Street. El surgimiento imprevisto y fuera de toda fórmula de los “indignados”, su rapidísimo crecimiento numérico y su extensión geográfica a todo el territorio de la nación, puede ofrecerle al presidente una plataforma alternativa. Y quizás por eso sus palabras en Washington han mostrado su simpatía con las protestas y con los movilizados. Como una tabla  de salvación, posiblemente el movimiento Occupy Wall Street viene a darle al presidente una nueva base para plantear, desde una perspectiva de izquierdas, su candidatura a la reelección.

La mala performance que Barack Obama manifiesta en todas las encuentras de opinión realizadas hasta ahora le auguran una campaña complicada e incierta; y la fortaleza con que la derecha del Tea Party está cimentando el lanzamiento opositor, le han terminado por cerrar los caminos de diálogo y de consenso con las republicanos en el Congreso. Cuando esas estrategias aparecían agotadas, llegan los “indignados”. ¿Utilizará el presidente esta nueva expresión popular para reinventar un nuevo programa de corte progresista? Si lo logra, los movilizados en las protestas norteamericanas habrán conseguido algo que sus pares europeos no llegaron a hacer: renovar al oficialismo progresista, y darle la alternativa de una nueva oportunidad.

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en Twitter: @nspecchia

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