Once de Septiembre

 

 

Once de Septiembre

    

Oscura lluvia, vendaval de luna.
Rostro furioso, en eterna querella
al santoral estático de la tierra.
Ministro fuerte en tierra fuerte,
mente ágil y pulso lúcido
en el comando de la campiña
y en La Moneda de la resistencia.
Hombre adusto de una América viva,
de una sangre urgente de justicia,
de vientres ansiosos de pan y leche
menguados ahora en cobre y en sal.
Testarerro de la libertad
aposentada en paz húmeda
que las brisas del mar grande empañan.

 

Tierra de trigo y trigo de pueblo:
emblema de sueños contados
por mil cien bocas famélicas
y por mil hijos de mil cien bocas;
bandera recta que la Unidad Popular
y tú, su abanderado, logró levantar.
Quién recibe un nombre
recibe también un destino,
pensaron los hombres
y las mujeres de Chile.
Salvador, qué humildad en galas
tu rostro cansino muestra.
Salvador: ni metal para la Minning
ni carne para las salas.
Salvador: el pez, para quien lo pesque;
el río, para el que lo navegue.
Salvador: que se parta el látigo
que hostiga al salitrero.
Salvador: que se rompa el grillete
que encadena a la madera.

 

Quién recibe un nombre
recibe también un destino,
decidieron los hombres
y las mujeres de Chile.
Salvador: ni tierras de nadie
ni nadie sin tierras.
Salvador: que la idea sea un albatros,
que la palabra sea gaviota.
Salvador: Chile para Chile,
Chile para los chilenos.
Salvador: mar con sol y combate,
cielo y arena de mudanza.
Salvador: La Moneda sin smoking
y Santiago sin galera.
Fuerza, camarada, le dijo Pablo el poeta.
Fuerza, compañero, se murmuraba
a voces en las poblaciones.
Fuerza, presidente, el murmullo
recorría del Estrecho hasta Atacama.

 

Que el nombre y el destino se quiebren,
fue la orden dada en un norte lejano,
que afloró en el sur como el ultraje de la infamia.
Merino, Mendoza Durán,
Ruíz Danyau, Leigh Guzmán,
Bonilla, Pinochet Ugarte,
Gallegos Alonso, Araya Ugalde,
y cien sables de cotillón más
que confundieron sus estrellas
y la grande, por las que flotan
en el paño de otra patria.

 

Te veo como un titán
suave de lentes gruesos,
te veo doliendo dieciocho
gritos sordos
en las rocas de fuego y de muerte
que los hawker hunter están dejando caer.
Te veo sintiendo las llamas en Los Cerrillos,
el repique letal en la Universidad.
Te veo presintiendo la tragedia del Estadio,
los cañones frente a la Casa,
la desigual lucha en la ciudad.
Te veo llorando en el sillón
donde tu pueblo te mandó sentar.
Te veo respondiendo a los sherman
con la pistola del Fidel.
Te estoy viendo, por fin, en la firme despedida:
Y tienen la fuerza, podrán avasallar,
pero no se detienen los procesos sociales
ni con el crimen ni con la fuerza.
Más temprano que tarde
se abrirán, de nuevo,
las grandes
Alamedas.

 

Y se avasalló.
Y el crimen fue genocidio.
Ahogaron en tu sangre la revolución,
pero el pueblo, Salvador,
no abandona tu nombre
ni su destino.
 
 

  

(11 – 09 – 1984)
 
 
 
 
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