El ejército sirio sigue un camino de aniquilación

Tercer día de bombardeos al puerto de Latakia. Progresivo aislamiento mundial

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Fuera ya de toda cordura, y quedándose más solo cada día, el régimen autocrático comandado por el presidente Bachar al Assad sigue adelante con la estrategia de reprimir a sangre y fuego cualquier manifestación opositora.

A pesar de la condena de los organismos multilaterales, la carta de la presidencia temporal del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con acuerdo de Rusia y de China, las sanciones aplicadas por el gobierno norteamericano y por la Unión Europa, e inclusive las advertencias de gobiernos islámicos –como Arabia Saudita-, el régimen de los Al Assad persiste en enviar a los tanques y a la infantería a disparar contra la población civil, que se encuentra cautiva del gobierno en su propio país.

A los ejércitos de tierra, esta semana el presidente sirio sumó la Armada de Guerra, que bombardeaba ayer, por tercer día consecutivo, a la ciudad de Latakia, el principal puerto del país.

La ciudad, que además de ser la puerta marítima para las exportaciones e importaciones sirias es un importante enclave de la comunidad sunnita, ha experimentado un creciente malestar opositor al gobierno, a tono con el estado de ánimo que vive Siria desde que llegaran las expresiones aperturistas y democratizantes de la “primavera árabe”, especialmente desde el Norte de África.

El gran barrio sunnita de Latakia, Al Raml, alberga también un multitudinario campo de refugiados palestinos, y vivía anoche una tensa expectativa ante la posibilidad de una entrada militar represiva de las tropas gubernamentales.

La cabeza del clan familiar de los Al Assad y jefe del Ejecutivo sirio, en su postura de negar la realidad, dijo desconocer cualquier actividad anormal en el puerto de Latakia.

Pero videos enviados por telefonía celular y por las redes de internet mostraban una ciudad sitiada y bombardeada por mar; mientras que testimonios de pobladores narraban que los soldados habían ingresado al campo de refugiados y utilizaban escudos humanos para disparar sobre los manifestantes.

En una actitud que ya inclusive hace preguntarse por su equilibrio mental, el presidente recibió ayer al embajador del Líbano, Adnar Mansur, y le aseguró que el país “está en paz”, y que los “episodios aislados” de detener a los “bandidos y salteadores de caminos” era una obligación de las autoridades y de la policía.

Arabia Saudita, por el contrario, junto con los también Estados musulmanes de Bahreim y Kwait, retiraron a sus embajadores de Siria, sumándose a la presión internacional para que el régimen acabe con la matanza de civiles. El rey Abdullah envió una protesta formal a Damasco, exigiendo “que se detenga el derramamiento de sangre” y “acciones sabias antes de que sea demasiado tarde.”

Bachar al Assad, cuya familia pertenece a una facción minoritaria de la confesión chiíta del Islam, ha hecho caso omiso de la protesta de la primera potencia regional, como antes con la ONU y las sanciones de estadounidenses y europeos.

Junto a los buques que bombardean Latakia, los tanques se dirigían ayer a la región de Homs, en el centro del país, después de haber hostigado con fuego de artillería a la población de Deir al Zor, en el borde oriental. El Observatorio Sirio de Derechos Humanos lleva contabilizadas 1.800 víctimas mortales en los cinco meses de los alzamientos; los desaparecidos suman más de 3.000 personas.

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