¿Vuelve el PRI a México? (08 07 11)

¿Vuelve el PRI a México?

por Nelson Gustavo Specchia

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Las elecciones del domingo pasado, en tres estados de México, vinieron a corroborar una tendencia que se presenta sostenida en los últimos años: el paulatino –pero sólido- regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a las máximas instancias de gobierno. Un fenómeno político fascinante y complejo, que permite comprender muchas de las variables que cruzan el escenario del gigante país latino de Norteamérica, y que al mismo tiempo ofrece una perspectiva del futuro de mediano plazo mexicano. Porque si el PRI, que modeló la vida institucional desde la revolución, ha incorporado en esta década fuera del poder elementos modernizantes y democratizadores en sus estructuras internas y en sus líneas programáticas, su regreso al gobierno supondrá un avance cualitativo para la sociedad mexicana, que no tardará, también, en impactar en este nuevo tiempo de concierto y entendimiento regional latinoamericano. Si, por el contrario, el retorno de la vieja agrupación revolucionaria implica una vuelta al histórico clientelismo y a la identificación del partido con el Estado, que fue la deriva que sufrió el PRI tras setenta años en el uso exclusivo del poder, la democracia mexicana habrá dado varios pasos atrás, y esos pasos también impactarán –aunque de una manera negativa- en el contexto regional.

En las elecciones de este domingo el PRI arrasó, en lo que se presenta como un testeo del clima electoral nacional, aunque estuvieran reducidas a tres provincias: el estado de México (numéricamente el más importante del país); Coahuila y Nayarit, de menor relevancia. Pero en estos distritos ha vuelto a evidenciarse el sostenido crecimiento del viejo priísmo, que viene tomando forma al mismo tiempo –y casi con la misma velocidad- en que la imagen del actual presidente, Felipe Calderón, y del derechista Partido de Acción Nacional (PAN), caen estrepitosamente y sin perspectivas de detener esa caída en algún momento.

EL HIJO PRÓDIGO

Durante casi un siglo, el PRI fue la forma de la política desde California a Guatemala. Al final de las luchas y los enfrentamientos civiles de la Revolución Mexicana –una de las grandes revoluciones mundiales del siglo XX, junto a la bolchevique y a la china- los líderes guerrilleros zapatistas y los intelectuales afines a ellos decidieron consolidar una agrupación política que impusiera la paz, gestionara las estrategias de desarrollo, y asegurara la distribución de las riquezas de ese Estado naciente. Esa decisión, sin embargo, se encontró con unas condiciones de pauperización y atomización social, caciquismos locales y debilidades educativas que dificultarían el establecimiento de un sistema participativo y democrático formal en términos occidentales y modernos. Esa élite, por ello, fue creando una vía propia, por la que se aseguraban derechos sociales y económicos, aunque se resignaban derechos políticos. Una democracia social de partido único. Y el instrumento de esa idea fue el Partido Revolucionario Institucional, que como su propio nombre lo indicaba, era la utopía de afianzar de forma permanente (o sea, institucionalizar) un fenómeno político que por definición es momentáneo y fugaz (la emergencia revolucionaria).

En definitiva, tras lograr la paz social, en 1929 el PRI se hizo cargo del gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, y se mantuvo en el poder hasta el año 2000. En un período tan largo, y sin una oposición real, el ejercicio –pero también el goce- del poder fueron minando las estructuras y los programas originariamente socialistas, y por esas grietas comenzó a filtrarse la corrupción, como en cualquier modelo totalitario. La lucha política no se daba en las instancias públicas, sino al interior del propio partido: al estar identificado con el Estado, ganar las internas partidarias implicaba, necesariamente, asegurarse la conducción del país. Al no estar controladas por los resortes constitucionales, estas disputas por el poder fueron haciéndose cada vez más violentas, e inclusive llegaron al asesinato de candidatos a la presidencia, ya para entonces demasiado parecida a un trono monárquico.

Además, la combinación entre partido único, luchas intestinas y corrupción, fue creando una clase social propia, integrada por la élite priísta, los caciques gremiales insertos en la estructura del Estado, y los altos funcionarios, que –al no haber recambios de administraciones- permanecían en ejercicio durante toda la vida. Y la distribución de favores y prebendas, junto a ciertas debilidades en las políticas macroeconómicas de desarrollo regional, y al crecimiento del narcotráfico, fueron abriendo una brecha entre los “dos Méxicos”. Y la brecha terminó con el dominio hegemónico del PRI en el año 2000.

FRACASO DE LA DERECHA         

Esa dualidad al interior social de un país inmenso se puso en evidencia, precisamente, en las últimas elecciones presidenciales. México es uno de los países más grandes del mundo, un gigante de dos millones de kilómetros cuadrados y con más de 112 millones de habitantes. Y en esta ingente masa de votantes, desde que el PRI fue desbancado por el “charro” Vicente Fox, los principales candidatos a la presidencia apenas logran diferencias de unos doscientos mil votos entre ellos. Dos mitades prácticamente idénticas, pero también antagónicas.

La derecha católica del PAN logró terminar con la hegemonía que el PRI había detentado durante 70 años, pero después de esa hazaña, prácticamente no hubo nada más. Para recuperar un tanto la iniciativa política, y para revalidar una presidencia muy cuestionada en su origen (apenas medio punto de ventaja sobre el candidato de la izquierda del PRD, Andrés Manuel López Obrador, que denunció el fraude), cuando Felipe Calderón reemplazó a Vicente Fox, decidió aumentar su legitimidad declarando la guerra al narcotráfico.

Enfrentar a los carteles de la droga, que utilizan la frontera mexicana como la principal plataforma para introducir cocaína y marihuana en Estados Unidos, era una medida que, sin duda, el gobierno debía asumir en algún momento, ya que una parte del país comenzaba a estar bajo el arbitrio total del “narco”. Pero fue una decisión efectista y mal calculada. No se midieron los riesgos y la capacidad real del enemigo interno, y Calderón no sólo no ha podido ganar esa guerra que declaró temerariamente, sino que ha estado a punto de perderla en varias ocasiones. Cargando sobre las espaldas la responsabilidad de matanzas masivas (más de 40.000 muertos desde la declaración de guerra al “narco”) y la instalación de un sistema de terror que no reconoce límites, y que en su encerrona sólo atina a matar cada vez más, el gobierno de Calderón transita un desgaste tan acelerado que, como pudo verse en las elecciones estaduales de este domingo, puede llegar a desaparecer como opción en las elecciones presidenciales de 2012. De hecho, ni siquiera tiene aún un candidato visible.

No hay vacío de poder, en todo caso. Lo que los mexicanos parecen estar diciendo en las elecciones regionales, es que prefieren un gobierno fuerte y con experiencia de gestión, a la improvisación de la derecha católica que durante esta década sólo ha conseguido ensayar alternativas que, a la larga, terminaron siendo vías muertas.

Si en esta década que ha estado fuera del poder, el PRI ha hecho un aprendizaje interno y está dispuesto a introducir mecánicas democráticas reales en un sistema abierto de partidos múltiples, su experiencia de gestión y el claro ejercicio de la autoridad lo dejan inmejorablemente situado para volver al poder en 2012.

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[ publicado en el suplemento Magazine, del diario Hoy Día Córdoba, viernes 8 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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