Siria, temas de familia (13 05 11)

Siria, temas de familia

Por Nelson Gustavo Specchia

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Hace apenas un par de semanas, en este mismo espacio, nos preguntábamos si las llamas que desde comienzo de año vienen incendiando el mundo árabe, llegarían a alterar el cerrado orden impuesto sobre la República Árabe Siria (“¿Prenderá en Damasco la mecha siria?”, HDC 01/04/11). La sucesión de alzamientos, movilizaciones callejeras y protestas desde entonces, y las idas y vueltas ensayadas por el gobierno del presidente Bachar el Assad sobre las maneras de enfrentar estas demandas, han respondido de múltiples maneras –pero todas ellas afirmativas- a aquella pregunta que nos hacíamos a principios de abril.

Siguiendo un molde que ya es común a los regímenes autocráticos, que depositan en la fuerza de la represión popular la posibilidad más inmediata de continuidad en el poder, el gobierno de Damasco prometió reformas y aperturas, pero en realidad sacó a la calle a sus cuerpos policiales de la Guardia Republicana, y a los tanques del ejército. Ahogar a fuego abierto la movilización popular ha sido finalmente la línea adoptada por la clase política, y las ciudades –especialmente en el sur del país- han visto una y otra vez cómo las movilizaciones de civiles desarmados eran disueltas a tiros, ensangrentando las calles.

Pero para mantener en el tiempo una metodología represiva dura, se requiere que al frente de la máxima instancia decisoria no haya ningún temblor de pulso. Y Bachar el Assad, el médico oftalmólogo que llegó a presidir el gobierno de ese Estado multireligioso y complejo sin quererlo y por las vueltas y recovecos de la vida, parece no tener el suficiente temple para las decisiones que el cargo le está exigiendo en estos momentos.

EL CLUB DEL CLAN

Bachar no es su padre, ni tiene el firme pulso represivo de aquel; esa parece haber sido siempre la sospecha de su familia. El fundador de la dinastía, Hafez el Assad, se hizo con el poder en Siria apenas los últimos soldados franceses abandonaron el territorio de la vieja posesión colonial. Francia se terminó de retirar en 1944, y su ocaso en la punta oriental del Mediterráneo coincidió con el surgimiento fuerte del Partido del Renacimiento Árabe Socialista, más conocido en todo el arco de Medio Oriente como el Baas. Hafez entendió que el Baas podría ser la herramienta política para gobernar un país mayoritariamente de confesión sunnita, a pesar de pertenecer él a la minoría (menos del 10 por ciento de la población) chiíta; inclusive a una confesión muy pequeña dentro del propio chiísmo: los alauítas.

Hafez terminó de armar la ecuación cuando se hizo cargo del ministerio del Ejército. Sumó entonces la filosofía nacionalista-panarabista del Baas, la concentración del poder heredado de la potencia colonial francesa en la secta alauí, y las tropas militares: en 1970 encabezó un golpe de Estado, y estableció a su familia como titular dinástica del gobierno sirio. La herramienta de control diseñada por Hafez, sobre la mayoría sunnita o sobre cualquier otro conato de rebeldía popular, fue el tristemente célebre “estado de excepción” –que permitía las detenciones arbitrarias, los encarcelamientos sin juicio, e inclusive las ejecuciones sumarias-, y que su hijo y heredero Bachar acaba de disolver el 19 de abril, presionado por las movilizaciones populares que comenzaron con la inmolación del joven Hasan Ali Akleh, el 26 de enero de este año, en la localidad de Al Hasakah.

El patriarca nunca hubiera derogado el “estado de excepción”, que se mantenía vigente desde 1963, porque sabía que sin ese instrumento de control discrecional sobre la población, mantenerse en el poder se complicaría. Decimos que para aplicar la mecánica represiva sin contemplaciones se requiere de moral fría y mano firme, y Hafez lo demostró de manera palmaria en 1982, cuando los sunnitas, dirigidos por los Hermanos Musulmanes, comenzaron una serie de movilizaciones en Hama peticionando mayor participación en el gobierno: El presidente mandó a su hermano, Rifaad, al mando de la Guardia Republicana, y la represión acabó con 20.000 muertos desparramados por las calles de Hama. Por eso Hafez preparó a su hijo mayor, Basil, para sucederlo. Basil tenía la personalidad necesaria, junto a la confianza del resto del clan. Pero los recovecos de la vida se cruzaron, y el primogénito se mató en una curva tomada a demasiada velocidad. Y el oculista alto y de ojos celestes, que hace chistes malos con los que sólo él se ríe, tuvo que hacerse cargo del poder Ejecutivo en julio de 2000, tras la muerte de su padre.

CERCO FAMILIAR

Si el clan de los Assad y sus parientes alauítas sabían que Bachar no tenía la disposición de ánimo suficiente para enfrentar coyunturas problemáticas, más se alarmaron cuando el nuevo presidente comenzó a prometer cambios democratizadores y una tibia apertura hacia los partidos políticos opositores. A nivel regional, cierto reblandecimiento en el apoyo al Hezbollah libanés y a Hamás en Palestina, y la entente militar con Israel (que sigue ocupando los Altos del Golán), también sumaron preocupación a la clase gobernante. Por precaución, colocaron a ambos costados de Bachar a dos hombres fuertes: a su hermano menor, Mahir, cuyo carácter violento e inclusive cruel es de dominio público, al comando de la temible Guardia Republicana; y a su cuñado, Asef Shawqat (casado con Bushra el Assad, la hermana mayor del presidente) como jefe efectivo del Ejército y de los servicios secretos de inteligencia, la muhabarat. Pero hasta este año no había aflorado ninguna crisis política ni social suficientemente grande como para poner en riesgo la continuidad del clan Assad y de la aristocracia alauíta en el centro del poder sirio.

Sin embargo, las movilizaciones que comenzaron el 20 de marzo, cuando una multitud prendió fuego a la sede del partido Baas y a los tribunales en Deraa, no han hecho otra cosa que crecer en intensidad y en número desde entonces. Y el clan familiar parece haber decidido esta semana que la actitud dubitativa del pariente oculista no puede ser la causa de perder ni la más pequeña porción de poder dentro del Estado. Los movimientos internos que han comenzado a hacerse notorios en la cúpula están dirigidos a asegurar la continuidad de la mano dura contra los intentos populares de democratizar las estructuras representativas y transparentar la vida política.

Por primera vez desde el establecimiento de la dinastía, las revueltas populares han llevado a que la posibilidad de la caída del régimen sea una alternativa cierta. Para enfrentarla, el clan de los Assad está asumiendo poderes extraordinarios, aislando la figura de Bachar y convirtiendo la presidencia en un asunto familiar. La última vez que Bachar fue visto en público fue el pasado 30 de marzo, cuando pronunció el discurso frente al Parlamento en el que aseguró que aboliría el “estado de excepción”. Desde entonces ha desaparecido de la faz pública, mientras sus parientes más cercanos (el hermano Mahir, el cuñado Asef Shawqat, y el primo materno Rami Makhlouf) ocupan a diario los titulares de la prensa y encarnan la defensa del régimen.

Algunos tabloides británicos llegaron inclusive a afirmar esta semana que la esposa y los hijos del mandatario ya habrían huido de Damasco, y estarían en el Reino Unido, donde disponen de unas lujosas residencias, tanto en Londres como en la campiña. La noticia no pudo ser confirmada, dada la cerrazón periodística que se ha establecido en toda Siria, pero la versión viene a ratificar el cambio de ciclo en el complejo país: Los tiempos de tibias promesas de reforma de Bachar han terminado, y los “aulad al sultah”, los cachorros del poder, han decidido hacerle la guerra al alzamiento popular.

Las espadas están alzadas, y un nuevo frente de conflicto extendido golpea el mundo árabe.

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en Twitter:   @nspecchia

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[publicado en el diario Hoy Día Córdoba, viernes 13 de mayo, 2011]

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