Elogio del egoísmo (15 04 11)

Elogio del egoísmo

Por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, en Doha, la capital del emirato árabe de Qatar, los países que han emprendido acciones bélicas contra la dictadura libia de Muhammar el Khaddafi se reunieron, para analizar diversos aspectos de la agenda de la guerra y los rumbos a adoptar frente a una evidencia: el autócrata no abandonará por motu proprio el poder, antes bien, clavará sus garras de león de África (como le gusta que lo apoden) en el búnker de Trípoli, y desde allí resistirá todo lo que pueda.

Las acciones armadas, que con tanto brío lanzaran el presidente francés Nicolás Sarkozy, junto al premier británico David Cameron, apenas el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la utilización de “cualquier medio” para proteger a los civiles de los devastadores ataques de Khaddafi, se han revelado insuficientes para empujar al régimen a una retirada. Mucho menos a una claudicación.

Y los más preocupados por estas relativas tablas son los líderes de la insurgencia rebelde, que desde Bengasi insisten en que si no les dan armas, o al menos les dan dinero para pagar a los traficantes que abundan con ofertas por todos los rincones de los enclaves rebeldes, el empantanamiento de ambos frentes podría derivar en una larga guerra civil de desgaste. Una guerra civil que podría instituir la partición de hecho del país en dos mitades, y que empujaría contingentes enteros desde y hacia la Tripolitania y la Cirenaica.

Y en ese momento, mientras las delegaciones de casi veinte países europeos y musulmanes discutían la conveniencia o no de entregar armas y fondos a los rebeldes, apareció sobre la mesa de negociación el drama de la población civil libia en toda su crudeza. Un actor central de la crisis política y una víctima cautiva de las acciones militares que, hasta el momento, sólo ha sido citado marginalmente en las consideraciones de los principales protagonistas de la guerra.

El secretario general de las Naciones Unidas, Ban ki Moon, intentó poner una nota de cordura en la reunión de todos los enemigos de Khaddafi, el Grupo de Contacto creado en Londres el 29 de marzo pasado, y presidido conjuntamente por un actor occidental –Gran Bretaña- y uno árabe –Qatar-, para que no parezca demasiado una coalición imperialista del Primer Mundo contra un Estado subdesarrollado que, además, es musulmán y africano.

ENTRE FUEGOS

En la mesa de Doha, donde los embajadores discutían si los fondos a los rebeldes deberían provenir de donaciones voluntarias o habría que liberar los millones de dólares producto de la exportación del petróleo libio que hoy se encuentran congelados en virtud del embargo a Khaddafi, Ban ki Moon se atrevió a recordar que, si se hace una colecta mundial, más que a los beligerantes rebeldes debería atenderse a la población civil, que en algunos rincones del frente de batalla –como la ciudad de Misrata- se acerca ya a la situación desesperada de crisis humanitaria por los muertos en bombardeos de ambos frentes, desplazamientos, emigración, falta de alimentos, medicinas, e incluso agua (en un contexto de desierto).

Y el secretario de la ONU dio la cifra que maneja la organización multilateral y que debería haber movilizado las conciencias de varios, especialmente de delegados de aquellos países que se presentan como fuertes defensores de los derechos humanos: hasta un horizonte de 3,6 millones de hombres y mujeres, más de la mitad de la población total del país norafricano, necesitará asistencia humanitaria por haber perdido sus hogares, sus fuentes de trabajo, sus posesiones, o haber tenido que migrar de sus lugares de residencia.

Según las estadísticas de la oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), dijo Ban, 490.000 personas han debido abandonar Libia desde el 15 de febrero pasado, cuando estalló la crisis. Este casi medio millón de emigrantes externos se suma a las más de 330.000 personas que, en grupos familiares enteros, han sido desplazados internamente desde su lugar de residencia, y hoy sobreviven en condiciones cada vez más precarias en campos de refugiados en otra región diferente a la de origen.

Los rebeldes sostienen que a Bengasi ya han llegado más de 35.000 libios que escapan de las balas del régimen en el oeste del país. Las fronteras con Túnez y Egipto, que en un principio se cerraron por precaución o por simple miedo a una estampida demográfica, registran el paso de unas 2.700 personas cada día, que huyen de las bombas de Khaddafi, del “fuego amigo” de los misiles de la OTAN, o de los alocados y anárquicos disparos de los milicianos rebeldes.

EGOÍSMO IMPOTENTE

A la advertencia de Ban ki Moon, el delegado del gobierno italiano de Silvio Berlusconi respondió que la reunión de Doha había sido convocada para estudiar alternativas de cómo terminar con Khaddafi, y que eso tenía que ver con decidir si a los rebeldes se les daba dinero –o incluso armas-: Qué hacer con los civiles debería discutirse en otros ámbitos.

Los ámbitos a que se refería el delegado italiano son, según insiste Berlusconi desde Roma, los de la Unión Europea. Durante la reunión de ministros del Interior de los Estados-Miembros de la UE, en Luxemburgo el lunes 11 de abril, el premier italiano intentó que la organización continental se haga cargo de los africanos que, huyendo de la guerra y del hambre, llegan a sus costas –geográficamente tan próximas- todos los días.

Francia y Alemania le contestaron que eso no sería posible: todo extracomunitario que quiera moverse por el Espacio Schengen (el espacio sin fronteras interiores de los países europeos) debe demostrar que dispone de los recursos económicos suficientes, una vivienda, y sus papeles de inmigración en regla. Requisitos que, por supuesto, no pueden aportar los libios y tunecinos que –habiendo tenido la suerte de no morir en alta mar: el miércoles se hundió un bote miserable y más de 200 africanos se ahogaron- logren llegar en sus paupérrimas pateras y botes inflables a la isla siciliana de Lampedusa.

Antes de intentar tirarle el fardo a la UE en Luxemburgo, Silvio Berlusconi había intentado la más directa y brutal: repatriar directamente a todo emigrante africano ilegal que arribara a las costas italianas, sin analizar motivos ni atenuantes. Desde comienzos de año estos refugiados ya suman 25.000, y nadie tiene ningún plan para gestionar su destino.

Pero si un gobierno tan poco considerado con los más desfavorecidos, como el conservadurismo italiano de Berlusconi, no logra hilvanar una idea sobre qué hacer frente a un fenómeno de crisis humanitaria que le explota en su territorio, tampoco en los pasillos de la desarrollada e idealista Unión Europea hay muchas más ideas. Ni hablar de una política exterior armónica y estructurada para hacer frente a la avalancha de hombres y mujeres desesperados provenientes del África del Norte.

Después de unos primeros momentos de desconcierto cuando las revueltas árabes comenzaron en Túnez y Egipto, el liderazgo europeo se manifestó públicamente a favor de la renovación de las estructuras políticas que traían los alzamientos populares en los países árabes. Pero frente a una de las primeras consecuencias de esas revueltas, la llegada de refugiados huyendo de los conflictos y solicitando asilo y ayuda, Europa vuelve a cerrar sus puertas a cal y canto y sólo atina a aumentar las patrullas policiales en el Mediterráneo y a enviar algunos euros a los países africanos para que sus gobernantes vigilen mejor los puertos desde donde parten los botes con emigrantes.

Ante tanta negligencia, los únicos que ganan son aquellos nacionalistas que hacen del egoísmo una virtud. Como dijo el propio Berlusconi, en su intento por presionar a Bruselas: En definitiva, si la Unión Europea no logra armar un acuerdo concreto sobre inmigración, es mejor separarse de ella y que nos volvamos cada uno a nuestro país.

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en Twitter:   @nspecchia

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