El ambiguo encanto de lo perdurable (06 03 11)

La monarquía, el encanto de lo perdurable

Por Nelson Gustavo Specchia

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La promocionada y recientemente galardonada película “El discurso del rey”, donde Colin Firth encarna al tartamudo Jorge VI de Inglaterra, entre sus múltiples lecturas permite una que empuja a reflexionar sobre algunos de los aspectos menos evidentes de la política contemporánea.

La historia, casi una obra de teatro donde Tom Hooper dirige el duelo actoral entre Firth y el brillante Geoffrey Rush, ofrece otra muestra más de la simpatía que todavía despierta en vastos sectores populares una forma de administrar y representar los asuntos políticos, que acumula en su prosapia tanta historia como la que acumula la política en sí misma. Porque la monarquía es, en efecto, la más antigua forma de conducción de grupos humanos que encontramos en la arqueología social. En las diversas formas que ha ido asumiendo en el transcurso de los siglos, sus vestigios pueden rastrearse hasta las primeras y más elementales disposiciones organizadas de las cosas públicas. Al punto que no han sido pocos los filósofos que, durante épocas enteras, llegaron a considerarla consustancial al género humano, de la misma manera que Aristóteles consideraba a la política integrante de la definición de hombre: “zoon politikon”.

Y esa simpatía de los auditorios hacia obras que se internan en los detalles cotidianos y prosaicos de personajes vinculados a la institución monárquica, viene a ratificar que la propia institución sigue gozando de una excelente reputación simbólica y buena salud social, a pesar de los cambios de tiempo histórico, de las revoluciones, de las filosofías sobre la igualdad humana, de los procesos de laicización, de la homogeneización de las clases, de la racionalidad moderna y de todos aquellos elementos que han ido acompañando el paso de la concepción del poder como emanado de una divinidad hacia una persona escogida por su diferencia, al poder como construcción colectiva delegada en representantes electos y con mandato acotado.

Un largo camino

Y la atracción y simpatía que despiertan las figuras de los reyes, aunque ya se asuma como algo normal que casi ninguno de ellos gobierne, es aún más llamativa en sociedades con nula tradición monárquica, como las americanas. Si bien en estas tierras también la figura del conductor individual dominando el vértice de la clase política (monarca viene de la palabra griega mónos = uno) fue un fenómeno vigente en la organización previa a la conquista europea, las historias nacionales, ese imaginario común construido desde las revoluciones de independencia en adelante, tuvo una impronta fuertemente republicana y antimonárquica (los enemigos eran los súbditos de un rey, los “realistas”). Inclusive algunos intentos marginales en esa línea, como la hipótesis de implementación de una dinastía indígena en el Río de la Plata; o la introducción forzada de un rey francés en México; y hasta la aventura de construir un reino euro-mapuche en la Patagonia, no pasaron de ser proyectos quiméricos, descartados de plano por las elites y los sectores populares, precisamente en base a aquella determinante impronta republicana de los orígenes revolucionarios del Estado.

Pero ni siquiera esa ausencia de tradición en la genética política americana ha logrado opacar la encarnación de la autoridad que se expresa en la figura de un rey o de una reina. Pensamos que esa carga de auto validación de los tronos reales tiene que ver, como apuntábamos más arriba, con la perseverancia, a través de las sucesivas capas históricas, de un modo de concebir el poder al interior de un grupo humano. Dejando de lado los períodos anteriores a la historia documentada, los más ancianos registros sobre un pueblo lo constituyen las biografías de sus reyes. En los albores de la civilización occidental, en las riberas del mar Mediterráneo, la conocida como “dinastía cero”, que precedió a la unificación del Alto y el Bajo Egipto por parte del faraón Menes, se remonta al siglo XXXII a. C. Haber sobrevivido a más de cinco mil años de historia le dan a la institución monárquica, y a los hombres y mujeres que la encarnan, un aura simbólica que no deja de ser fascinante.

En paralelo a las culturas mediterráneas, las listas reales sumerias, en el Oriente próximo, y el formidable y tan longevo sistema imperial chino en el borde del este, acumulaban una carga temporal similar. Pero al corazón de Europa, donde a la postre la institución monárquica hereditaria se iba a revelar más perdurable, llega –como las lenguas- con las migraciones védicas desde el subcontinente indio, que permearon a los pueblos celtas, griegos, germanos y latinos.

El trono y el altar

Siguió luego la desarticulación del imperio romano, y los largos mil años del Medioevo tutelado por la iglesia católica, que volvió a generar otra interpretación sobre el origen metafísico del poder del monarca: una lectura similar a la antigua, pero filtrada de elementos paganos. Y entonces, con el advenimiento de la modernidad comienzan las discusiones de fondo sobre la validez de un derecho divino que avalase una autoridad humana.

Y en este período, que coincide también con los inicios de un proceso de desacralización política y de secularización en diversos órdenes sociales, es interesante ver cómo la monarquía comienza a apelar a otras dimensiones de mediación para mantener su capital simbólico. En primer lugar, se intensifica la distancia que separa al gobernante del conjunto del pueblo (tronos más altos, utilización de plataformas sobre las que se ubica el rey en las audiencias, aumento de importancia de la Corte como resorte de amortiguación con el resto del grupo).

El siguiente elemento que entra en el escenario de perpetuación de la institución es la continuidad dinástica. Para acentuar la diferencia entre la familia real y el resto de los mortales, surgen las leyendas de la “sangre azul”. La aristocracia era tan desemejante, que por pertenecer a uno de estos clanes hasta otra sangre corría por sus venas. Más tarde, ya que la sangre era especial, se le fueron agregando atributos, como las capacidades taumatúrgicas de los soberanos: curar enfermedades por el simple contacto físico con su persona (el “toque real”), ungir las frentes con aceite para traspasar poder, legislar y administrar justicia sólo con la emisión de la palabra, perdonar (la “gracia”), distribuir propiedades (“merced”), o condenar. Y todo ello rodeado de un ceremonial y un boato encargado de remarcar –y perpetuar- las especiales diferencias a cada paso.

El historiador March Bloch, en su estudio Los reyes taumaturgos (2006), profundiza en esta hipótesis que comentamos, y encuentra que este supuesto poder sanador de los monarcas, que se extiende en el imaginario popular desde fines de la edad media hasta fechas tan recientes como 1750, sirvió eficientemente para mantener un nivel de legitimación de la institución monárquica como forma de gobierno, y su perpetuación en el tiempo, sobreviviendo a los cambios de humor social y a las filosofías políticas que la cuestionaban. El profesor Bloch afirma que la persistencia de la capacidad taumatúrgica –y con ella el trono mismo- obedece a la funcionalidad social de una figura igual a todos pero al mismo tiempo diferente de todos (“primus inter pares”), que desde su capacidad de sanación termina emitiendo una señal de tranquilidad y de confianza al conjunto del pueblo. A la función sanitaria (la creencia popular era que efectivamente tocar al rey sanaba) se agrega, concluye Bloch, la serenidad que depara la lectura colectiva de que el soberano –ese ser distinto y especial- está al servicio del grupo.

La tradición británica

Y este elemento, que fue tan bien aprovechado por el reyes taumaturgos, es el que más fuertemente persiste en el sistema político inglés. La sociedad británica es una cuna permanente de tradiciones. Cualquier costumbre medianamente repetitiva salta con facilidad a la categoría de tradición, y una vez allí se mantiene y es defendida como si fuera parte inherente y estructural del estilo de vida de las Islas, como llaman a su tierra (Europa, por cierto, es “el Continente”). Y cuanto más original, en el sentido de apartarse de las prácticas comunes y estandarizados, más defendible. Desde el sombrero bombín al paraguas como bastón, desde manejar por la izquierda a utilizar un sistema de pesas y medidas diferente al decimal, desde la libra esterlina al té de las cinco en punto: casi todos los usos ingleses están avalados por el peso de la tradición.

En este marco, la monarquía es la pieza angular del andamiaje tradicional. Todo lo que rodea al trono, y a la familia Windsor que lo ocupa, es central y crítico en el Reino Unido. Y esta apreciación es, inclusive, independiente de las posturas ideológicas que se asuman en forma personal: Inglaterra es uno de los pocos sitios donde se puede ser, al mismo tiempo, un militante socialista y un fiel monárquico, sin contradicciones ni cargos de conciencia.

La historia política mediata, tanto como la más reciente, son en la sociedad británica objeto de atención destacada por el común de los ciudadanos, y en ellas el protagonismo de figuras del entorno real es inexcusable. Henrique VIII y sus seis esposas; el rompimiento del rey con el papa de Roma; el reinado virginal de Isabel I y los tablados shakesperianos; los Estuardos convertidos en Hannover, y éstos convertidos en la casa real de Sajonia-Coburgo-Gotha; los más de 60 años de la reina Victoria en el trono, con el dominio de los mares, el colonialismo, y Jack el Destripador recorriendo las calles de Londes; Jorge V y la Gran Guerra; Eduardo VIII y la pérdida del trono por amor a la divorciada norteamericana Wallis Simpson; Jorge VI, su tartamudez y la segunda Guerra Mundial; Isabel II y sus hijos díscolos; la muerte de Lady Di en una calle de París; el antipático Carlos, príncipe de Gales, casado con su amante de siempre; la futura boda del príncipe Guillermo… Los “royal”, sus biografías, características y peripecias pautan el transcurso de la vida social inglesa. Y esa centralidad en el imaginario popular se refleja tanto en la literatura, como en la televisión y en el cine.

Puro teatro

“Lo tuyo es puro teatro / falsedad bien ensayada / esmerado simulacro”, reza el bolero que canta la Lupe en una película de Almodóvar. Y a ese rol ha marginado a la monarquía el avance de la modernidad occidental. El establecimiento de sistemas republicanos, desde la Revolución Francesa de 1789, marcó la tendencia política de la contemporaneidad moderna. Las casas reales con funciones de gobierno desaparecieron paulatinamente del escenario europeo, y hoy apenas subsisten algunos casos aislados en el mundo árabe (la dinastía alauíta de Mohamed VI en Marruecos, ó la casa de Saúd en la Península Arabiga). Los Estados europeos que no expulsaron (o guillotinaron) a sus reyes, los limitaron a funciones representativas, con estrechos márgenes de actuación marcados por Constituciones democráticas.

En el Reino Unido, donde la tradición parlamentaria se había desarrollado con mucha fuerza desde tiempo atrás, el rol político reservado al monarca es mínimo: la reina “encarga” al primer ministro que forme un Ejecutivo, abre formalmente las sesiones del Parlamento con un discurso escrito por el partido mayoritario, y nombra a los Lores que ha designado el gobierno con tres golpes de una larga espada sobre los hombros del beneficiario. Y poco más. Como enseña la teoría política británica, la reina no es la “parte eficiente” del gobierno, sino la “parte digna” del sistema. O sea, no es. Pero es.

Y es una figura central porque sus súbditos, independientemente de las ideas políticas que cultiven, parecen ver en su persona la continuidad de una institución que se mantiene idéntica a sí misma, en un entorno en el que todo cambia de manera incesante. Los tronos reales, en su ficcional realidad, quizás sean el último punto fijo, la última certeza política, cuando alrededor “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la definición de Marshall Berman.

En “El discurso del rey”, la película desde la que partimos para estas reflexiones, el monarca británico, Jorge V, ve venir nuevamente la guerra. En la Conferencia de Múnich, en 1938, Hitler se había salido con la suya, había ocupado los Sudetes, y la invasión de Europa era sólo cuestión de tiempo. La guerra volvería a cambiarlo todo, radicalmente, y el rey sabe que en ese contexto la estabilidad y la seguridad que simboliza el trono será un elemento crítico para atravesar la tormenta. Pero no se engaña: lo nuestro es puro teatro, le dice a su tartamudo hijo. No gobernamos, no intervenimos, nadie nos pregunta nuestra opinión. Somos actores, apenas. Y ni siquiera escribimos el guión que nos toca actuar. Pero esfuérzate por hablar bien y llevarles serenidad, porque todos, todos, estarán pendientes de la obra.

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en Twitter:  @nspecchia

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