Assange y WikiLeaks, ¿héroes o villanos? (10 12 10)

Assange y WikiLeaks, ¿héroes o villanos?

por Nelson Gustavo Specchia

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El discurso de WikiLeaks hasta hace un par de semanas afirmaba que el principal objetivo de su existencia era contribuir a la transparencia, utilizando para ello las formidables posibilidades que Internet ofrece –cada día con mayores prestaciones y herramientas- en la nueva sociedad global interconectada. Con esta filosofía, expresada por boca de Julian Assange, un matemático australiano de 39 años militante de los movimientos anti globalización, la ONG comenzó a distribuir información que había llegado procedente de “gargantas profundas” del propio aparato industrial-militar de la potencia hegemónica, los Estados Unidos de América.

Los norteamericanos, desde que en 1989 cayera el Muro de Berlín y el proceso de desintegración soviéticos los dejara solos, vencedores de la guerra fría, comenzaron un proceso inédito de reproducción de agencias dedicadas a la gestión de información clasificada. El ataque de 2001 disparó ese proceso hasta extremos insólitos, creando y subdividiendo oficinas civiles y militares de información.

LOS PAPELES DE LAS GUERRAS

En julio de este año, The Washington Post, tras una exhaustiva investigación de más de dos años, publicó que la multiplicación de los servicios de seguridad ha terminado escapando al control oficial. La conclusión del diario fue lapidaria: “nadie sabe bien cuántos son, para qué sirven, cuánto cuestan ni qué hacen”. La guerra contra el terrorismo, declarada por el presidente republicano George W. Bush, es la lábil justificación de este aumento cancerígeno de agentes secretos, que le va costando a los contribuyentes 1,15 billones de dólares, convirtiéndose en la intervención norteamericana más cara de su historia, sólo superada por los costos de la segunda Guerra Mundial.

El anarco crecimiento de dependencias secretas ha venido a sumarse y solaparse con la tradicional Agencia Nacional de Inteligencia (CIA), sin que se sepa siquiera de quién dependen. Según el reporte de The Washington Post, de cada 400 ciudadanos estadounidenses, uno es un agente secreto. Esta población de espías desarrolla su actividad de inteligencia –es un decir- en 1.271 oficinas oficiales, a las que se suman otras 1.931 oficinas privadas con las cuales las primeras interactúan, comparten información y se pasan secretos. Esta maquinaria superpoblada y semi anárquica necesariamente ha de albergar de todo, también personal de formación dudosa, gente psicológicamente inestable, o un variopinto etcétera, de donde habrían salido las “gargantas profundas” que comenzaron a filtrar información clasificada a la ONG de Julian Assange.

Sólo en el año 2010 WikiLeaks publicó unos 400.000 documentos secretos sobre la guerra en Irán, y más de 76.000 sobre la invasión aliada comandada por el ejército norteamericano en Afganistán. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ya afirmó entonces que la publicación de esa información constituía un ataque contra los Estados Unidos, diversas violaciones a los marcos legales, y que las instituciones policiales se dedicarían a buscar a los responsables de las filtraciones. Cosa difícil si se asume que, además del caos organizativo que acabamos de reseñar, tales reparticiones se caracterizan por el secreto. Y lo peor, además, estaba por caer.

Con los papeles de la guerra (que habían sido tratados con respeto, evitando anuncios espectaculares y cruzando y contrastando datos) divulgados por Internet, la ONG ganó mucho prestigio social, y se convirtió en una referencia para las nuevas generaciones de “cybermilitantes”. Entonces Assange anunció el gran golpe: revelaría los cables confidenciales de la diplomacia estadounidense, en un volumen nunca visto antes. Unos documentos que, en conjunto, ofrecen una panorámica de la visión que tiene la gestión de la primera potencia de sus colegas del resto del mundo.

APUNTAR MÁS Y MÁS ALTO

Con los 250.000 cables de comunicaciones entre la Secretaría de Estado y sus delegaciones diplomáticas, comenzó un proceso mediático y político que lleva quince días y cuyos efectos finales siguen siendo inciertos. En todo caso, y a diferencia de la actitud y el discurso que la ONG había mantenido hasta ahora, su editor principal subió la apuesta, y la subió fuerte. Si hasta ahora WikiLeaks era una herramienta para conseguir mayor transparencia en los flujos de información, Julian Assange revela que su verdadero objetivo es aumentar la justicia global. Nada menos.

Desde la clandestinidad, donde estaba oculto como un viejo jefe guerrillero a la antigua usanza, Assange concedió una entrevista a la revista Time, allí afirmó: “No es nuestro objetivo lograr una sociedad más transparente, sino una sociedad más justa.” El cambio es sutil, pero al mismo tiempo constituye un salto enorme. El australiano dejó de ser un Robin Wood de la transparencia informativa, que confrontaba a un enemigo difuso, para pasar a ser un actor concreto de las relaciones internacionales, poniéndose en la vereda de en frente de los grandes poderes constituidos.

Inesperadamente, con el cambio de mira del jefe de la ONG, aparecieron sendas denuncias contra su persona, por presuntos delitos de índole privada. Dos mujeres lo acusan de haberlas agredido en su honor y en su seguridad. La denuncia no es por violación, en sentido estricto, ya que las relaciones sexuales objeto de la disputa fueron consentidas, sino que avanzaron aun cuando la denunciante solicitó que se detuviera. Assange negó todos los cargos, pero se entregó voluntariamente a la justicia inglesa. Luego de escuchar su descargo, el juez británico, en una decisión claramente desproporcionada, no le concedió una libertad bajo fianza, sino que lo mantuvo retenido en presión. Suecia, de donde provienen las denuncias, reclama su traslado. Suecia y los Estados Unidos mantienen un amplio convenio de extradición. Tal como lo reafirmó Hillary Clinton, Assange puede ser reclamado por Estados Unidos para ser juzgado allá por alta traición.

SE MUEVEN LOS CYBERMILITANTES

Uno de los temas conocidos a través de la filtración de los cables se centra, precisamente, en las diversas maneras de presionar a los jueces que tienen los diplomáticos bajo órdenes de Washington. La impropia presión de los embajadores –e inclusive de la anterior secretaria de Estado, Condoleezza Rice- sobre las máximas instancias judiciales españolas para defender intereses y empresas norteamericanas, por caso, dan buen ejemplo de ello. En este marco, la coincidencia entre las denuncian contra Assange, la decisión del juez británico de dejarlo encarcelado en la prisión de Wandsworth, la petición sueca, y la posible extradición final a los Estados Unidos, suena demasiado a un andamiaje montado por espías vengativos.

Al mismo tiempo, la presión del gobierno norteamericano sobre las empresas alojadoras de los sitios de internet, y las grandes firmas especializadas en transferencias económicas, comenzaron deliberadamente a ahogar a la ONG, con el declarado objetivo de silenciarla y asfixiarla económicamente.

Entonces reaccionó la sociedad civil, en esa nueva variante de los militantes del cyberespacio, desde los teclados individuales de las computadoras hogareñas. La red de microbloging Twitter fue el canal de convocatoria, y a través de ella una alianza de usuarios (“hackers”) de todo el mundo, agrupados en una instancia espontánea muy simbólicamente denominada Anónimo (“Anonymous”), contraatacaron con la fuerza de las multitudes, colapsando las operaciones electrónicas de empresas como Amazon, MasterCard, PayPal y Visa.

Amazon dio de baja la cuenta de la ONG y la retiró de sus servidores, con lo cual ya no fue posible consultar los cables diplomáticos filtrados. PayPal había dejado de aceptar remesas de dinero en concepto de donaciones para WikiLeaks, admitiendo que lo hacía por sugerencia del Departamento de Estado norteamericano; Visa y MasterCard la imitaron.

Los cybermilitantes de Anonymous primero rescataron la página de la ONG, generando docenas de sitios “espejos” de WikiLeaks como el que había desactivado Amazon. A los hackers individuales auto convocados se unieron inclusive algunas asociaciones inesperadas, como el Estado boliviano. El vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera (en ejercicio del Poder Ejecutivo por ausencia del presidente Evo Morales), anunció que el gobierno abría un sitio web temporal para facilitar el acceso a WikiLeaks, y burlar de esa manera el cerco informativo propiciado desde Washington.

Después de haber puesto a WikiLeaks nuevamente a disposición del cyberespacio, Anonymous comenzó con un ataque cibernético contra las grandes tarjetas de crédito, colapsando sus webs con solicitudes automatizadas en masa, hasta que los servidores dejaron de funcionar. Inclusive Anonymous amenazó a las redes sociales, las páginas de Facebook y Twitter, a quienes acusan de marginar toda la información relativa a WikiLeaks y a Assange.

Cualquiera sea el resultado final de la puja de poder abierta hace dos semanas, la presión política norteamericana y la respuesta –caótica pero efectiva- de los usuarios de una herramienta poderosa, abierta y descentralizada, vienen a introducir nuevas modalidades de actuación en el escenario internacional.

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nelson.specchia@gmail.com

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