Archivo diario: 2 septiembre, 2010

Gitanos, europeos sin patria (03 09 10)

Gitanos, europeos sin patria

por Nelson Gustavo Specchia

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La polémica decisión del presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, de expulsar a los gitanos del suelo francés, ha actualizado el debate sobre el tratamiento político que reciben las minorías étnicas, y también la discusión sobre la real capacidad del proceso de integración europeo para asimilar a los diferentes, aquellos que cuestionan la perspectiva occidental, cristiana, liberal y moderna que Europa ha homogeneizado como su motus vivendi.

Los “romaníes” (nombre con que se conoce a las gentes gitanas en Europa; ellos se designan a sí mismos como “rom”, “manuches” o “sintis”) no son el único caso que pone a prueba los límites inclusivos de la Unión Europea (UE). Las permanentes idas y vueltas con la candidatura de Turquía a la Unión es otro de estos casos testigos, y no es casual que vuelva a ser Sarkozy –junto a la canciller alemana Ángela Merkel- el campeón de los opositores al ingreso turco: repiten que son muchos, son musulmanes, son dudosamente democráticos, más asiáticos que occidentales, más antiguos que modernos. Otras posibles candidaturas a la UE son receptoras de prejuicios similares: Croacia, la Antigua República Yugoeslava de Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Moldavia, Ucrania.

¿Y A TÍ QUIÉN TE QUIERE, GITANA?

Pero los romaníes tienen, además, algunas características que los dejan fuera de aquel concepto de Europa como el conjunto de principios basados en la filosofía griega, la religión de Israel y el derecho romano, según la definía Paul Valéry. Porque los gitanos nunca han reconocido más patria que la propia tribu. Ese ancestral carácter nómade, y los vientos de la historia, los terminaron agrupando hoy mayoritariamente entre Rumania, Bulgaria y la República Checa. El anciano parentesco con otras tribus europeas (como los gitanos españoles de Andalucía, o los italianos y franceses) se debilitó mucho durante el siglo XX; los campos de concentración nazis no alojaron sólo deportados judíos, sino también de otras minorías, y miles de gitanos terminaron con sus huesos en los hornos de exterminio.

Nicolás Sarkozy preside un gobierno conservador, en cuya cosmovisión la deportación de cientos de romaníes y de destrucción de sus poblaciones con el argumento de asociarlos al delito y a la criminalidad, encuentra sentido aunque genere rechazos. Pero Sarkozy es un animal político con olfato muy fino, y si se atreve a seguir adelante a pesar del rechazo que su decisión provoca en todo el arco político, en las organizaciones civiles, en su propio gabinete y hasta en el papa de Roma, es porque su olfato le dice que cuenta con el apoyo de importantes bases populares (y electorales).

No nos engañemos: a los gitanos, a sus carpas y caravanas de casillas rodantes, a sus catervas interminables de críos por todas partes, a su vida rumbosa y poco considerada con las normas y las convenciones sociales, se los quiere poco. Desde la políticamente correcta visión burguesa, los gitanos incomodan como vecinos, no se molestan en integrarse a la sociedad a la que llegan, se comunican en un dialecto ancestral de raíz indostánica incomprensible para el común de los mortales, y les caben todos los tópicos con que la tradición los ha revestido: vagos, ladrones, sucios, desorganizados, mendigos y haraganes. Y Sarkozy lo sabe, y lo aprovecha.

EUROPEOS DE SEGUNDA

Al llevar una vida trashumante, es difícil censar a los romaníes (sumado a que en varios Estados-Miembros de la UE está prohibido realizar censos étnicos), pero se estima una población cercana a los diez millones, que se ha movido en olas de migración por el continente durante siglos, agrupándose tras las últimas olas en el borde oriental. Hoy se estaría viviendo un nuevo desplazamiento hacia los países centrales de Europa –Francia, Alemania, Italia- motivado por cuestiones socioeconómicas.

La diferencia con el pasado es que ahora deberían poder hacerlo legalmente, ya que el “espacio Schengen”, vigente desde 1995, establece un único ámbito europeo sin fronteras interiores, dentro del cual cualquier ciudadano de un Estado-Miembro tiene libre movilidad y permanencia. Rumania y Bulgaria, los últimos socios ingresados al club en la ampliación de 2007, aún no disfrutan completamente del acceso al “espacio Schengen”, pero apenas estos países ultimen las formalidades, sus ciudadanos podrán moverse libremente por Europa, migrar y establecerse. Inclusive sus gitanos.

Pero no lo tendrán tan fácil: aún dentro de una legislación tolerante y liberal hay resquicios por donde se aferran las viejas diferencias. Los romaníes se han enfrentado históricamente a una exclusión más aguda que la de cualquier otro colectivo minoritario, especialmente cuando tratan de acceder a esas seguridades que el “Estado de Bienestar” europeo intentó proteger para la totalidad de la población: el empleo, la educación, la sanidad, los servicios sociales.

Por esos resquicios y frente a la inminente entrada en vigor del “espacio Schengen” para los nuevos socios orientales, Francia ha declarado unilateralmente una moratoria hasta 2012 (que seguramente ampliará luego hasta 2014). En virtud de ella, el gobierno francés no les reconoce temporalmente a los rumanos y búlgaros los mismos derechos que al resto de los europeos, y –consecuentemente- si los encuentra en su territorio y sin papeles de inmigración, puede expulsados legalmente.

Así, la expulsión de romaníes por parte del gobierno de Nicolás Sarkozy se ha convertido en una rutina: según las cifras oficiales, sólo durante 2009 expulsó de Francia a 10.000 gitanos. En estos días, desde París se han planeado vuelos con cerca de 700 romaníes expatriados hacia Bucarest, y el gobierno va desmantelando más de 300 poblados, obligando a sus habitantes –muchos ya nacidos en suelo francés- a abandonarlos.

LIOS CON EUROPA

A pesar de que Sarkozy sigue apelando a su fino olfato, algunas cosas van tomando color castaño oscuro. Desde instancias internacionales, el Comité contra la Discriminación de las Naciones Unidas envió la semana pasada a París un documento formal advirtiendo a Francia que de persistir en esta política incurriría en un caso de discriminación internacional. La Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia –organismo dependiente del Consejo de Europa- sumó su parte, y mostró su profunda preocupación por el trato que se está dando en Francia a la minoría romaní. Y hasta en el tradicional rezo del Ángelus, en la plaza de San Pedro de Roma, el papa Benedicto XVI cambio de idioma y en francés criticó –en el retorcido lenguaje eclesial- la dureza con que Sarkozy no acepta “las legítimas diversidades humanas” de las gentes de diferente procedencia.

El ministro de Exteriores rumano, Teodor Baconschi, manifestó la preocupación de su país ante las que no dudó en calificar como “reacciones xenófobas” de Francia, mientras la Comisión Europea (el órgano ejecutivo permanente de la UE) tuvo que salir a la palestra, y José Manuel Duráo Barroso, su presidente, reclamó a Nicolás Sarkozy que respete la libertad de circulación de los ciudadanos de la Unión.

Ante la presión externa, el propio gabinete de gobierno comenzó esta semana a mostrar fisuras. El canciller Bernard Kouchner –un político socialista integrado al gobierno de Sarkozy- hizo la punta, y a él su sumaron las críticas del propio primer ministro, Francois Fillon; del ministro de la Defensa, Hervé Morin; y de la secretaria de la Juventud, Fadela Amara. Y a los miembros del Poder Ejecutivo, además, se vienen ahora a agregar los jueces de provincia, que han comenzado a emitir fallos contra la política de expulsiones sistemáticas que mantiene el presidente.

La cuestión, en última instancia, apunta al corazón y al sentido de ser de la Unión Europea. Si Sarkozy se sale con la suya e insiste en la deriva populista al seguir expulsando hombres y mujeres en razón de su origen étnico y de su singularidad cultural, habrá marcado un retroceso cualitativamente determinante en la imagen con la que esta Europa quiere presentarse ante la sociedad internacional.

La capacidad de Europa para ocupar un lugar de predominio en un mundo multipolar no pasará ya jamás por la fuerza de sus ejércitos (que no cuentan, ya que de su seguridad se encarga la OTAN), sino por el éxito duradero de la coexistencia entre crecimiento económico y plena vigencia de los derechos políticos y sociales para toda la población. Incluida la población gitana, por supuesto.

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nelson.specchia@gmail.com

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