El verde otoño del presidente Lagos (15 06 07)

Publicado en La Voz del Interior (15 de junio, 2007)

http://www.lavoz.com.ar/07/06/15/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=81450

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Nelson G. Specchia y Ricardo Lagos (Córdoba, 2007)

Nelson G. Specchia y Ricardo Lagos (Córdoba, 2007)

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EL VERDE OTOÑO DEL

PRESIDENTE LAGOS

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por Nelson Gustavo Specchia

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Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba

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En el club de presidentes latinoamericanos retirados, la imagen del ex mandatario chileno Ricardo Lagos es una “rara avis”, una voz a contrapelo en ese coro un tanto patético de señores, algunos de los cuales se han visto obligados a salir huyendo apenas perdieron la inmunidad que les otorgaba el cargo. Y deambulan por el planeta con la maleta del exilio, durmiendo en camas prestadas por los que gozaron de sus favores como gobernantes; adoptando otras nacionalidades –la japonesa, por ejemplo- para rehuir a la justicia; desmayándose en pobres escenarios de provincia; o vegetando en el sopor de un anónimo olvido.

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Como cuando –desde el gobierno- fomentaban reelecciones para perpetuarse, en estas nuevas condiciones a muchos de los antiguos patriarcas en otoño la mirada de hambre los traiciona. No se resignan a que haya pasado su cuarto de hora de poder. Ansían volver a ocupar el centro de la escena política, contra todo pronóstico racional. Se arriesgan a sufrir embargo de sus bienes, a extradiciones, a cárcel, o a la humillación y al escarnio de las mayorías. Cualquier cosa con tal de intentar volver. En América latina es lamentablemente común ver convertida la función de servicio público, a la postre, en ambición pura, en vedetismo, en un egoísmo malsano.

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Afortunadamente para nosotros y para la salud del sistema político, no es la única manera en que un primer mandatario latinoamericano suele terminar sus días. También están aquellos que han logrado compaginar el paso por la Presidencia de nuestros países, con nuevas formas de canalizar la experiencia en la gestión de la cosa pública.

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Ahí está don Belisario Betancur, Presidente de Colombia en los años ochenta, premio Príncipe de Asturias, y reciente premio Menéndez Pelayo, por su trabajo permanente en defensa de la lengua y de la cultura latinoamericana. Ahí está el uruguayo Julio María Sanguinetti, que retomó su labor periodística cuando tuvo que volver al llano, y sus análisis de política internacional son leídos con respeto. Ahí está ese otro premio Príncipe de Asturias, Fernando Henrique Cardoso, dos veces presidente del Brasil, volviendo a su vida académica de profesor de sociología de la Sorbona y de Sao Paulo, sin que su prestigio de estadista le haga sombra. Y ahí está don Ricardo Lagos. Hay algunos –pero pocos- más.

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Lagos también ha vuelto al ruedo, aunque el suyo siempre fue el de la política, antes y ahora. Hoy recorre el mundo como delegado del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, para el cambio climático, intentando llevar adelante un diálogo intergubernamental que siente las bases de un nuevo acuerdo planetario sobre el calentamiento.

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Y así como hoy es la diplomacia ambiental, antes fueron los derechos humanos, las obras públicas, la educación. Diferentes aristas de un mismo ruedo, que viene caminando desde sus 20 años, cuando lo eligieron presidente del centro de estudiantes de la facultad de abogacía, aquel primer escalón de su larga escalera política. Yo lo conocí en 1988. Acababa de graduarme, y me había ido a vivir a Santiago, a cursar el postgrado y a estudiar de cerca los intentos de perpetuación de la dictadura del general Augusto Pinochet. Lagos había regresado a Chile desde ese exilio que lo llevó a Buenos Aires primero, y a los Estados Unidos después, impuesto tras el derrocamiento de Salvador Allende, y había asumido un claro liderazgo en las fuerzas que pugnaban por la recuperación de la democracia.

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Recuerdo su figura alta, delgada, verborrágica. El temple sereno y muy firme, una mirada que trasmitía seguridad. Y valentía. Mientras los carros hidrantes (los “guanacos”) de los carabineros nos barrían con el chorro en las manifestaciones de la Alameda, de Estación Central, de Baquedano, Lagos increpaba con fuerza y dureza al régimen militar, que había sobredimensionado la confianza en sí mismo, convocando a un plebiscito para que los chilenos decidieran en las urnas la continuidad –o no- de Pinochet en el gobierno. Con fuerza, dureza, y claridad, como esa noche en la televisión, cuando miró fijo a la cámara, levantó el índice, y le dijo directamente al dictador: “Usted, general Pinochet, lo que les promete a los chilenos son otros ocho años de tortura, de asesinato, de violación de los derechos humanos.”

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Lagos fue el abanderado del “No” en aquel plebiscito, con el que comenzó el final de la dictadura chilena. Llegadas las elecciones, dio un paso al costado en la candidatura presidencial, apoyando a Patricio Aylwin, de quien fue luego Ministro de Educación. Con Eduardo Frei, en la siguiente administración, ocupó la cartera de Obras Públicas, mientras su figura política no dejaba de crecer en el electorado chileno. En la tercera elección democrática tras la dictadura, accedió a la Presidencia de Chile en marzo de 2000.

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En los seis años que ocupó La Moneda, la casa de gobierno, Chile vio ratificado el rumbo de apertura comercial y de inserción en los competitivos escenarios globales: firmó tratados de libre comercio con los principales mercados de mundo (con los Estados Unidos de América, con la Unión Europea, y con China); generó una trama de protección social en vivienda, seguro de salud, y seguro de desempleo; elevó la escolaridad obligatoria; impulsó el resarcimiento de la memoria histórica nacional, a través de la reparación y la indemnización a las víctimas de la dictadura; y promovió la articulación del largo país con obras viales de gran envergadura.

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Cuando dejó la Presidencia, entregando el mando a la primera mujer elegida democráticamente en toda América latina, la aprobación popular de su gestión y de su persona superaba el 70%. Un hecho tan poco usual en la vida pública de nuestras latitudes, que lo posiciona –a un tiempo- como uno de los principales referentes políticos en toda la región, y como una figura habilitada para conducir nuevamente el ejecutivo trasandino en las próximas elecciones. No hay otoño –aún- para este patriarca.

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Los universitarios de Córdoba han decidido honrarlo en estos días, y las dos grandes Universidades de nuestra ciudad, la Nacional y la Católica, le entregarán sus Doctorados Honoris Causa. Un acto de justicia y una apuesta alta –quizá también una expresión de deseos- por el perfil de dirigentes que los ciudadanos de esta parte de mundo estamos necesitando.

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Ricardo Lagos y Nelson G. Specchia


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