IRAN, EL COLOR DE LOS TURBANTES

por Nelson Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

Ahmadineyad

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Ya se habla de “revolución verde” en Irán. Los reformistas han adoptado el color verde, y se identifican con pulseras de tela de este color, y las mujeres –sorpresivas protagonistas de estas movilizaciones populares- se cubran los cabellos con velos verdes. Pero, en el fondo del asunto, son otros los colores que explican el alzamiento generado tras las elecciones del viernes pasado en la República Islámica de Irán. En el fondo se trata del enfrentamiento entre el color negro del turbante del líder supremo, el ayatolá Alí Khamenei, y el turbante blanco del ayatolá Alí Akbar Hachemí Rafsanyaní.

Sólo los clérigos que puedan certificar su parentezco carnal con el Profeta Mahoma pueden cubrir sus cabezas con el turbante negro, los demás deben usar el blanco. Entre estos dos colores se encuentra hoy el pulso político que se libra en las calles de Teherán y, por lo que hemos podido llegar a saber a través de internet, de las redes sociales como Facebook o Tweeter (porque toda cobertura periodística internacional está expresamente prohibida por el gobierno), comienza a extenderse también al interior del gran país de Oriente.

Los polémicos resultados de las elecciones, que el gobierno insiste en otorgar la victoria al presidente ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad, han desatado la mayor ola de manifestaciones callejeras desde la Revolución Islámica de 1979, y los seguidores de Mir Hossein Moussavi, el candidato opositor, referente del ala reformista, volvieron a manifestarse ayer en las calles de Teherán por quinto día consecutivo, a pesar de que el régimen redobló la campaña represiva.

El origen del conflicto hay que buscarlo en la doble intencionalidad fundacional del Estado iraní: el ayatolá Ruholá Khomeini creó, con la revolución de 1979, una teocracia y una república democrática, y estos son términos, conceptos, e ideas políticas antitéticas. Khomeini marcó el camino hacia la teocracia al imponer la figura del “Jurisconsulto Islámico” como líder supremo, supuestamente fuera de la lucha política y del poder, pero que en la realidad es a quién reportan todo el gobierno, el ejército, y el clero. Al mismo tiempo, Khomeini se vio obligado a hacerle un lugar a una trama institucional al estilo occidental y republicano, con un presidente y un Parlamento electivos, aunque los candidatos a estos lugares hayan tenido que recibir, previamente, la aprobación del “Consejo de Guardianes”. Este Consejo se integra por 12 miembros: 6 clérigos elegidos por el líder supremo, y 6 juristas designados por el jefe de la Judicatura. Además de aprobar a los candidatos a diputados y a presidente, el Consejo de Guardianes debe aprobar las leyes generadas en el Parlamento. Y su filtro es muy fino: sólo 4 candidatos a presidente fueron admitidos, sobre 475 originarios.

Antes de morir, el ayatolá Khomeini dejó su lugar al actual líder supremo, el ayatolá Alí Khamenei, que tiene una concepción del sistema tan clara como la tenía el fundador: entre la voluntad popular expresada en las elecciones, y la voluntad divina –según es interpretada por los ayatolás-, siempre debe primar esta última.

Pero Irán no contiene a una sociedad atrasada y fuera de los estándares modernos. El anterior régimen monárquico del Sha, despótico y tiránico, también fue una fuente de occidentalización, crecimiento económico, y desarrollo de la sociedad civil, especialmente en las áreas urbanas. Entre estos elementos, la consideración de un rol diferente para las mujeres iraníes, al contrario de lo que sucede en la mayoría de las sociedades musulmanas, ha tenido un peso determinante. Estos elementos modernizadores en el seno de la sociedad tuvieron que ser incorporados por Khomeini a la Revolución Islámica, y son los que hoy traccionan la protesta y la rebeldía popular frente al intento conservador de incrementar el cierre de los canales de expresión y de participación, que es la actitud que expresa, de una manera cada vez más clara, el presidente Mahmud Ahmadineyad.

Ahmadineyad, un hombre humilde, de provincias, ha combinado un discurso populista, asistencialista, con un fundamentalismo religioso sin fisuras, y un nacionalismo militarista (y para-militarista, como el apoyo a las milicias de los “basiyís”) estructurado sobre la retórica anti norteamericana, anti judía, y pro nuclear.

Frente al creciente cerramiento de Ahmadineyad, frente a la profundización del fundamentalismo del sector que representa, los sectores reformistas (pero “reformistas” siempre dentro del sistema, no olvidar que sus líderes han pasado el cedazo del “Consejo de Guardianes”) sostienen la necesidad de apertura del país, inclusive para mantener su propio poder e influencia.

Estamos frente a una alternativa fuerte, en una de las regiones más neurálgicamente frágiles para la paz, la seguridad, y el orden internacional.

El primer escenario podría ser la profundización de las protestas, la radicalización de la “revolución verde”, que llevaría a una mayor apertura y transparencia en el régimen islámico. Hay antecedentes recientes, como el de Ucrania y su “revolución naranja”, cuando tras el fraude electoral en favor del candidato oficialista pro ruso Yanúkovich, en 2004, se desataron protestas en apoyo del candidato opositor Viktor Yushchenko. Las manifestaciones provocaron nuevas elecciones, en los que triunfó Yushchenko cómodamente. O la “revolución del cedro”, en Líbano en 2005, cuando el asesinato del ex primer ministro antisirio Rafik Hariri levantó una serie de protestas populares contra la presencia de tropas sirias, que terminaron retirándose del Líbano después de 18 años de presencia.

Un segundo escenario presentaría la consolidación de Ahmadineyad, y la casi segura deriva hacia la dictadura. En este caso, en la confrontación antitética entre teocracia y democracia, la Revolución Islámica se habría terminado decantando por la primera, y –habida cuenta del desarrollo atómico iraní- eso no sería precisamente una buena noticia para la comunidad internacional.

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Un momento crítico en la construcción europea

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Por Nelson-Gustavo Specchia

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Unión Europea

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El domingo de esta semana se han llevado a cabo elecciones en toda Europa, simultáneamente en los 27 países que hoy conforman la Unión Europea, para elegir, por voto directo, representantes al Parlamento Europeo.

La Eurocámara, en Estrasburgo, es la única institución comunitaria que representa a los ciudadanos, a los hombres y mujeres de a pie; las restantes instituciones armadas por la organización continental –como el Consejo o la Comisión Europea- representan a gobiernos. Y en estas elecciones, donde los ciudadanos han tenido la oportunidad de elegir a sus propios representantes, los partidos progresistas, a los que se supone más cerca del “proyecto” de construcción europea, han sufrido un descalabro, una muy amarga derrota, mientras los partidos de tendencia conservadora, de derechas, se han alzado con un cómodo y claro triunfo.

El tema de fondo es que, en su vertiente central, las agrupaciones de la derecha (reunidas mayoritariamente en el Partido Popular Europeo, y en los “tories” británicos), representan posiciones críticas y escépticas –cuando no abiertamente contrarias- hacia la marcha y el crecimiento de la integración europea. Por eso la amplia mayoría de escaños conseguidos por la derecha en el Parlamento de Estrasburgo (unos 320 asientos, de los 736 eurodiputados totales), hace prever un futuro pesimista para el propio proyecto político continental, que ha sido, hasta ahora, el modelo al que han aspirado prácticamente todos los intentos de integración regional, incluido los latinoamericanos.

Estas elecciones marcan una nueva etapa, que estará caracterizada, principalmente, por el alejamiento de los ciudadanos, por la desazón popular, por la desafección de quienes han sido los principales beneficiarios de los logros políticos, económicos, y sociales, del proyecto de la Unión Europea. Los sectores progresistas y más claramente “europeístas” han sido incapaces de generar un discurso que movilizara a los electorados en un contexto de crisis global, que mostrara al hombre común la potencialidad de la marcha del proceso de integración. En la opinión pública, Bruselas (donde se asientan las oficinas de la organización continental) es cada vez más sinónimo de burocracia, de aparatos políticos complejos y engorrosos, de maquinaria alejada de las necesidades y de las aspiraciones concretas del europeo medio.

El voto universal al Parlamento Europeo comienza en 1979, y desde entonces hasta mediados de la década de los años ‘90, los socialistas obtuvieron una victoria tras otra, logrando, además, movilizar a las ciudadanías: la participación se mantuvo siempre por encima del 55 por ciento. A fines de esa década se produce el quiebre en la tendencia: en 1999 el Partido Popular Europeo (PPE) se hace con la primera gran victoria, y la participación ciudadana comienza a bajar hacia niveles inferiores al 50 por ciento. Esta tendencia no ha hecho sino profundizarse en cada elección, y en la del pasado domingo llegó al nivel más bajo en la historia de la Eurocámara, con apenas el 42,94 por ciento del total de electores europeos que salieron de sus casas para ir a votar por Europa.

Con una caída tan fuerte en la participación, los socialistas tocaron también un piso histórico, sumando apenas el 21,9 por ciento. En cambio, el Partido Popular Europeo alcanzó un 35,7 por ciento de los sufragios, y con esta diferencia entre ambos aventaja con casi 100 diputados a los socialistas. El presidente francés, Sarkozy, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (a pesar de los escándalos que lo acompañan a diario), han sido los grandes triunfadores del domingo. Pero con ellos también ha triunfado el euroescepticismo, expresado en parlamentarios electos como voto-protesta.

Mi lectura es un tanto preocupante. En primer lugar, por la desafección ciudadana: tener un 60 por ciento de abstención en los únicos comicios de escala continental me parece un claro retroceso, o, al menos, la expresión de una indiferencia peligrosa.

Ya hay varios gobiernos abiertamente “euroescépticos”, que toman distancia del proceso de integración continental, como el presidente de la República Checa, Václav Klaus; o el seguro próximo primer ministro británico, David Cameron, que ha prometido convocar a un referendum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si a ellos se les suma la desatención y el desinterés de los propios ciudadanos, el resultado daría una combinación explosiva para la marcha del proceso de integración.

¿Estarían realmente dispuestos los líderes de la derecha conservadora a tirar por la borda más de medio siglo de exitosa construcción a escala continental? Luego de siglos y siglos de enfrentamientos, incluyendo, en años relativamente recientes, las dos más grandes conflagraciones bélicas de la historia de la humanidad, el proyecto de la Unión Europea ha logrado traer paz y crecimiento, protección social y desarrollo económico, en niveles nunca vistos. Y ese modelo de convivencia entre unidades políticas distintas e históricamente antagónicas, diferentes pueblos, culturas y lenguas, se ha exportado al mundo como un ejemplo a imitar. Ahora, el futuro de esa Europa unida depende de los sectores ideológicos que más la han criticado, y que nunca, en realidad, han creído realmente en ella.

En un tiempo muy escaso de referentes sólidos a nivel internacional, el nuevo escenario europeo viene a agregar una nota de desesperanza. Los chinos tienen la misma palabra para expresar la idea de “crisis” y la idea de “oportunidad”. Será interesante ver cómo frente a esta crisis, se aprovecha –o no- la oportunidad que ella plantea.

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Cuba a las puertas de la OEA

Por Nelson Gustavo Specchia

Ojo con Fidel - Nelson G. Specchia

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Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.

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El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.

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En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.

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Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.

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El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.

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O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.

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La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.

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Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”

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En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.

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La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?

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Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.

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Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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“Bipolares”- FM Shopping

21 de mayo de 2009

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INDIA, LA VUELTA DE LOS GHANDI

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Por Nelson Gustavo Specchia (*)

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La República de la India es todo un mundo en sí misma, un país a escala continental, y este país-continente pone a prueba una y otra vez las teorías de la democracia.

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Sus dimensiones son casi inabarcables, tanto en extensión como en cantidad de población, o en densidad. Se estima que los hindúes pueden llegar a ser unos 1.150 millones; esta población inmensa concurrió ordenada y pacíficamente a las urnas durante un mes entero, hasta esta semana. Y, contra todo pronóstico, le volvió a dar la victoria al viejo Partido del Congreso, el partido con que se fundó la República el 1 de agosto de 1947, tras la extinción del colonialismo inglés, hace ya un medio siglo largo.

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Después de las elecciones regionales, los analistas internacionales preveían un Parlamento muy atomizado, lo que sin duda iba a plantear serios problemas de gobernabilidad, en un país de alta importancia estratégica para la convulsa región de Oriente. Sin embargo, el Partido del Congreso, casi un feudo familiar de la dinastía Nehru-Gandhi, al frente de la Alianza Progresista Unida, quedó a escasos escaños de la mayoría absoluta, obteniendo unos 714 millones de votos de esa inmensa población.

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Ese caudal de votos le significará al Partido del Congreso 204 escaños, que ascenderás a 260 diputados al sumarse los correspondientes a los demás partidos de la coalición. El Parlamento hindú, la “Lok Sabha”, tiene 545 escaños, pero hay dos asientos que, constitucionalmente, se reservan para dos ciudadanos anglo-parlantes designados por el jefe del Estado, la presidenta Pratibha Patil.

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La oposición, encabezada por los sectores del integrismo hindú agrupados en el partido Baratiya Janata (BJP), ha quedado en una minoría de 118 diputados.

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El personaje indiscutido de estas elecciones, que es al mismo tiempo la estrella emergente en el escenario político hindú, y el símbolo del retorno de los Gandhi al centro del poder de este país-continente (que es, además, potencia atómica, y la tercera economía de Asia), es Rahul Gandhi, hijo del asesinado ex primer ministro Rajiv, y de la italiana Sonia Gandhi.

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Sonia es la presidenta del Partido del Congreso, pero por su condición de mujer, y de haber nacido en el extranjero, no asumió la primera magistratura del país en las elecciones de 2004, dejándole su lugar al actual primer ministro, Manmohan Singh. Rahul es nieto de la también asesinada primera ministra Indira Gandhi; hija, a su vez, de uno de los padres fundadores de la República, Jawaharlal Nehru. Los Nehru tomaron, en homenaje y como un símbolo de aprecio y gratitud, el apellido del padre espiritual del Estado, el Mahatma Gandhi, que no tuvo descendencia carnal propia.

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Hoy, Rahul, de apenas 38 años, encarna la posibilidad cierta de la continuidad del Partido del Congreso en el poder. Todo parece indicar que en un breve plazo Rahul se hará cargo del gobierno, ya que el actual primer ministro, Manmohan Singh, tiene una salud muy endeble, y 76 años.

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Con un discurso centrado en los principios sociales del Partido del Congreso, Rahul ha prometido ocuparse de los olvidados, de quienes todavía no se han beneficiado del espectacular crecimiento económico experimentado por India en la última década: escuelas, sanidad, y apoyo a la población rural (el campesinado asciende al 70 por ciento de los 1.150 millones de habitantes de la India).

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Aunque la imagen de modernidad de India no tiene mucho que ver con tener una dinastía prácticamente estable en el gobierno, la popularidad de Rahul no decae por este hecho. Habrá que ver si su capacidad administrativa y su “cintura política” frente a la corrupta clase dirigente hindú, se condicen con la popularidad que hoy lo acompaña.

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La victoria del Partido del Congreso de esta semana va a permitir que India disponga de mayores márgenes de gobernabilidad y estabilidad, algo que no es menor, dada la complejidad, las dimensiones, y el contexto internacional de la India. La casi mayoría absoluta en el Parlamento le permitirá a los Gandhi plantear una Administración sólida, sin aliados incómodos y rebeldes (como los que tuvieron que soportar en la presente legislatura), para llevar adelante su programa de crecimiento y trabajo, con que se han ganado a las ingentes y multitudinarias clases populares y rurales.

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Y la otra buena noticia es que, desde su fundación, y en la base de su filosofía política, el Partido del Congreso apuesta por el carácter laico de la República. Por eso, los grandes vencidos de estas elecciones han sido los discursos religiosos, cerradamente idiosincráticos, centrados en la diferenciación cultural, en el idioma, en las tradiciones de las castas, elementos todos que conforman ese magma nacionalista y “ultra” que tanta inestabilidad y violencia han traído a la India contemporánea, al igual que en otras latitudes, y que ha sido el principal responsable del asesinato de los líderes como metodología política usual.

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Desde la laicicidad de la primer democracia del planeta, también será posible esperar mejores resultados en su diálogo con el vecino –hermano y eterno enemigo- Paquistán, cada vez más peligrosamente cercado por el islamismo radical.

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* Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.

“Bipolares” – FM Shopping – jueves 14 de mayo de 2009
 
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Los talibanes cercan Paquistán

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La visita de Asif Alí Zardari a Barack Obama, que se inició el 6 de mayo, la semana pasada, en Washington, ha dado unas vueltas de tuerca a la lucha contra el terrorismo en la región del Oriente medio.

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Estados Unidos está presionando al presidente paquistaní para que actúe con mayor decisión ante el avance talibán, en especial desde que en abril, el mes pasado, estos sectores extremistas tomaran el distrito de Buner, que está a menos de cien kilómetros de Islamabad, la capital paquistaní.

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Esta manifestación del poderío talibán puso en aprietos al gobierno en las vísperas del viaje del presidente Zardari (el viudo de la asesinada líder Benazir Bhutto), ya que evidenció la extrema debilidad del gobierno, el primer gobierno civil en una década, que además se encuentra inmerso en graves problemas sociales, económicos y de seguridad, ya que prácticamente está “tutelado” por unas fuerzas armadas que no renuncian del todo al ejercicio del poder. Que aprovechan, además, que el gobierno de Zardari no llega a conectar con la sociedad paquistaní, lo que debilita en extremo la legitimidad, y los apoyos que el ejecutivo requiere para dar la batalla social y educativa que permita despegar al país y poner freno a la creciente radicalización.

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Además, la Administración Obama empuja al gobierno de Zardari para que la acción contra los talibanes tome un nuevo curso, más ejecutivo, ya que se sigue sosteniendo, en Occidente, que en las montañas del noroeste paquistaní, en el límite con Afganistán, se refugia la cúpula de Al Qaeda, y que desde este mismo lugar se alimentan las redes yihadistas internacionales.

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Y el interés principal aquí no es sólo de los Estados Unidos, sino también de los europeos, porque si Paquistán no logra contener el avance talibán, y cae en alguna especie de guerra civil o de anarquía, la violencia que irradie esa inestabilidad llegará a Europa antes aún que a los Estados Unidos. De hecho, la violencia relacionada de alguna manera con la situación paquistaní ya ha causado más muertos en Europa que en Norteamérica.

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Paquistán es un país muy complejo, de un tamaño geográfico similar a la Argentina, donde alberga prácticamente a 173 millones de habitantes. Esto lo convierte en el sexto país más poblado del planeta, y el segundo país del mundo con mayor población musulmana. Sus fuerzas armadas, tan poco dúctiles a someterse al poder civil, llegan al millón de efectivos, lo que hace de Paquistán en la séptima potencia militar del mundo. Y, además, esta potencia es nuclear.

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Esta potencia atómica, desde este mes, tiene, a menos de 100 kilómetros de su capital, a las tribus musulmanas radicales del talibán. Los talibanes avanzan sin freno, y están decididos a derrocar al débil y desconcertado gobierno de Zardari, y desde el poder, imponer un régimen religioso, regido por la “sharia” (la aplicación literal de la letra del corán en la sociedad civil, según la interpretación de la casta sacerdotal), tal como lo hicieran en Afganistán. La principal diferencia con aquella experiencia es que en este caso los talibán –que conciben la guerra santa contra el infiel a escala internacional- serían una potencia nuclear.

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Sólo recientemente y después de inmensas presiones de la Administración Obama, los militares paquistaníes decidieron abandonar su reticencia a enfrentarse a los talibanes. Pero no sabemos cuánta de esta decisión es real, y si efectivamente este gran ejército está capacitado para una guerra de guerrillas como la que plantea el talibán. La hipótesis de conflicto permanente de Paquistán ha sido la India –hermana, vecina, y eterna enemiga-, el ejército no está preparado para combatir en el medio de civiles insurrectos.

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Por eso esta ofensiva de esta semana está produciendo cientos de miles de civiles desplazados, ya se habla de 350 mil pobladores que huyen despavoridos de la zona de enfrentamiento, una masa que, además se sumará al conflictivo escenario político de la oposición a Zardari, de los partidos religiosos, y de los propios militares, que lo acusan de responsable del caos reinante.

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Las dos agendas más candentes de Obama en Oriente Medio, se funde, de esta manera: la resolución de la continuidad de la guerra en Afganistán estará ligada directamente a cómo la Administración norteamericana enfrente el avance talibán en Pakistán.

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Sábado 9 de mayo de 2009
La Voz del Interior
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=514770
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Un López para Euskadi

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La transición alcanzada en el País Vasco por el acuerdo entre los socialistas y el Partido Popular asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

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Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional. UCC

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PatxiLopez I

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El socialista Patxi López ya es lehendakari, el presidente del País Vasco, una de las comunidades autónomas históricas de España. Por primera vez en la historia democrática, en estas tres décadas que van desde el fin de la dictadura franquista y la transición a la democracia, un candidato no nacionalista llega al palacio de gobierno de Ajuria Enea.

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Patxi López logró aunar lo que parecía imposible: a los 25 votos de sus diputados del Partido Socialista de Euskadi (PSE), se les sumaron los 13 votos del conservador Partido Popular (PP), y uno del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) de la ex socialista Rosa Díez. Con esta alianza, López tuvo la mayoría de 39 votos para terminar con la hegemonía del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y desplazar a Juan José Ibarretxe del gobierno autonómico.

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El acuerdo entre los socialistas y el PP reparte carteras y competencias entre ambas agrupaciones, y se supone que permitirá asegurar la gobernabilidad del País Vasco para los próximos cuatro años de Legislatura, sin la participación de representantes del nacionalismo de derecha ni de la izquierda abertzale”.

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La primera consecuencia de este cambio de rumbo se hará sentir en el meollo de la política vasca: la agenda independentista, centro de gravitación del discurso, de la vida social, y de la violencia terrorista, perderá relevancia.

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Patxi López basará su gestión sobre dos ideas fuerza: el ofrecimiento de participación al PNV, sin ningún revanchismo, para lograr un gobierno sin exclusiones (en realidad, para que la exclusión de los sectores independentistas radicales sea aún más notoria); y la centralidad de la lucha contra ETA.

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La victoria sobre la organización terrorista, ha dicho el nuevo presidente autonómico, requiere de un rearme moral de toda la sociedad vasca, donde la violencia como arma política se deslegitime en todos los campos y en todos los órdenes, desde los jóvenes incendiarios de la kale borroka (los disturbios callejeros en las manifestaciones), hasta la mirada indulgente de los nacionalistas democráticos.

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Y para que este propósito sea más evidente, López tomó posesión en la Casa de Guernica, no juró sobre la Biblia sino sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica, el histórico documento rubricado en 1979 por las fuerzas democráticas, para reafirmar la unidad de todos los vascos.

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La llegada de Patxi López pone fin al monopolio de un cargo altamente simbólico, además de sus funciones ejecutivas, que el PNV no soltó desde su creación como fuerza política, en los albores de la guerra civil española, en 1936, por el líder nacionalista Sabino Arana. Por eso esta transición asume toda la carga de un nuevo tiempo fundacional.

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El hecho inédito de las dos grandes fuerzas antagonistas nacionales pactando un acuerdo de gobierno para alcanzar la mayoría parlamentaria en Euskadi parece demostrar que el discurso identitario, que ha repetido hasta el hartazgo el PNV (y que ha concitado para sí el apoyo de la izquierda afín a ETA), genera rechazo en cada vez más amplios sectores del electorado vasco, tanto de centroizquierda como de centroderecha. Y en este rechazo no es menor la visión del ciudadano medio, no necesariamente imbuido de la lucha ideológica, pero que tiene que vivir su cotidianidad bajo la permanente amenaza de las bombas, el secuestro, la extorsión y el asesinato.

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La organización terrorista ETA y el entorno político afín a sus tesis han llevado a que en las tierras vascongadas se perciban dos colectivos sociales separados y antagónicos: quienes quieren, desde su idiosincrasia particular, seguir siendo parte del Estado español (el filósofo Fernando Savater es uno de sus voceros principales) y aquellos cuyo sentimiento de pertenencia a las tierras ancestrales y las aspiraciones de autogobierno los llevarían a plantear posturas soberanistas y antiespañolas (la expresión política legal sería el Partido Nacionalista Vasco, y fuera de la legalidad constitucional, el extremismo radical de la ETA).

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Sin embargo, según una investigación de la Universidad del País Vasco de fines del año pasado, seis de cada diez ciudadanos ve compatible su doble identidad vasca y española; la lengua euskera se defiende, pero se realzan las virtudes del bilingüismo.

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La sociedad vasca se ha modernizado y transformado en 30 años, y el nacionalismo de cualquier signo parece no haberse percatado de la profundidad de estas leves variaciones en la cultura política de su electorado.

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En estos sutiles pero profundos cambios hay que encontrar las razones de la elección de Patxi López como presidente del País Vasco. Así como en ellos, también, se asientan las posibilidades de un nuevo pacto social en el norte de España, que entierre definitivamente la violencia terrorista como herramienta de lucha política.

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Columna “Bipolares”, FM Shopping, jueves 30 de abril de 2009.

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CORREA, UN QUIEBRE EN LA CULTURA

POLÍTICA ECUATORIANA

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rafael-correa-referendumEn Ecuador, el domingo de esta semana, ha comenzado un nuevo tiempo político. Impensable y sin antecedentes, ni remotos.

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El presidente Rafael Correa ha ganado la Presidencia, en primera vuelta, y con más del 50 por ciento del total de los sufragios, en unos comicios donde ningún observador internacional ha objetado ni un detalle, cosa que tampoco ha hecho de manera relevante la propia oposición interna. Comicios limpios, que vienen a transformar, quizás, una historia política reciente que no puede presumir, ni mucho menos, de limpieza y de orden.

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No sólo ningún presidente ecuatoriano ha conseguido un segundo mandato consecutivo con una victoria aplastante en la primera vuelta, sino que lo verdaderamente rutinario ha sido que los Jefe del Estado no alcancen a completar el primer mandato, sus tres antecesores en el cargo fueron expulsados del palacio presidencial por revueltas populares, y los siete presidentes que se han sucedido en los últimos diez años no alcanzaron a cumplir un mandato constitucional completo, desde que el Congreso destituyera al presidente Abdalá Bucarám, en 1997, por incapacidad mental; (ya antes que el Congreso, la picaresca popular había apodado al presidente Bucaram como “El Loco).

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Desde ahí, de esa historia, que ha empujado al país a una extrema precariedad política y a una inestabilidad económica crónica (que ha llevado, por ejemplo, a que Ecuador no tenga moneda, que es, en la modernidad, una de las expresiones de la soberanía política de un Estado: desde 1999 la moneda de curso legal es el dólar estadounidense, lo que hace que las posibilidades de maniobrar una política monetaria interna sean nulas). Desde esta historia, digo, a la victoria popular de Correa, hay mucho trecho. Y esta victoria puede realmente constituir una rodilla, un quiebre en la cultura política, y fundar un nuevo tiempo, donde la estabilidad exista como horizonte político del país por donde pasa la línea que divide al mundo.

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Correa se reivindica a sí mismo como un líder izquierdista, y –en una línea retórica cercana a Chávez- le gusta titular de “Revolución Ciudadana” este movimiento cívico que encabeza. Y los ecuatorianos, tanto los diez millones que viven en el país, como los casi tres millones que viven en España, Estados Unidos, Italia, y en otros países de América latina (la Argentina entre ellos), parecen convencidos de su propuesta de desarrollo social, con muy alto gasto público, como alternativa de crecimiento.

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El panorama que se abre frente a Correa está despejado. Gobernará hasta el 2013, y tendrá la oportunidad de una única reelección por otros cuatro años. Su victoria ha sido incontestable, y la diferencia con su rival más cercano, el ex presidente y ex golpista Lucio Gutiérrez ha sido superior a los 20 puntos porcentuales. Con esto, Correa podría incluso arañar la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que lo habilitaría para poner en marca en forma inmediata las reformas de las casi 70 leyes nuevas y reformadas, que serían necesarias para que la nueva Constitución empezara a funcionar. La Constitución ha sido la otra gran victoria de Correa, que presagiaba esta: la nueva Carta Magna, extensísima, centralista, minuciosa y fuertemente presidencialista, es su herramienta para terminar con la “vieja política”, con las redes del patronazgo ancestral que se suceden en Ecuador desde la Colonia. La Constitución modela un Estado fuerte, incluso autoritario en algunos aspectos, y fue aprobada el 28 de septiembre del año pasado con el apoyo de las tres cuartas partes del total de la población ecuatoriana.

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Correa ha tenido éxito, dos años y medio después de su llegada al poder, la pobreza en Ecuador, uno de los Estados estructuralmente más pobres de toda América latina, ha disminuido progresivamente; ha reestructurado la deuda externa –ha dicho que sólo pagará la deuda legítima, pero no la ilegítima-; ha multiplicado la asistencia social; y ha logrado fragmentar a la oposición. Afirma que le gustaría afianzar un “eje” entre Caracas, Quito, y La Paz. Pero más allá de las palabras, se nota en sus medidas y en los medios que diseña para aplicarlas, que el populismo de su gobierno no está tan cerca de las metodologías del comandante Hugo Chávez, o de Evo Morales. Quizá el antiamericanismo, a nivel de discurso, sea uno de los pocos elementos comunes que pueden mencionarse. Correa tiene una sólida formación intelectual, es un economista brillante (formado en la vieja Universidad que los jesuitas tienen en Bérgica, Lovaina), y sus críticas al neoliberalismo son más técnicas que ideológicas. Políticamente, en definitiva, es un pragmático que no duda de rectificar cuantas veces sea menester hacerlo. En ciencia política decimos que es un “realista”, en toda la acepción del término.

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La única nota discordante, la única mota de polvo en esta limpia victoria, viene de afuera. Ecuador ha logrado crecer moderadamente, y achicar los niveles de la pobreza extrema que han sido estructurales a su distribución económica, merced a dos elementos principales: la exportación de petróleo, y las remesas de dineros enviados al país por los casi tres millones de emigrantes diseminados por el mundo.

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Pero los precios del petróleo no dejan de caer, casi en picada, y las remesas de los inmigrantes, a tono con la crisis internacional, disminuyen mes a mes. Habrá que ver, entonces, si esta inmensa popularidad del presidente ecuatoriano se mantiene en épocas de vacas flacas, o el si el proyecto de “Revolución Ciudadana”, esa que se para en cinco patas: institucional; social; ética; económica; y latinoamericana, puede seguir cosechando tantas adhesiones cuando haya que recortar –porque habrá que hacerlo, sin alternativas- el gasto público.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba.


La Voz del Interior http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=511509
Lunes 27 de abril de 2009

Un nuevo tiempo para las Américas

En Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta.

Poe Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional. UCC

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Barack Obama, asumiendo su rol de líder mundial, se ha lanzado a una agitada agenda internacional. El primer paso, obligado, fue Europa: en una semana estuvo –casi– en todos lados: en el G-20, en el Consejo de la Unión Europea, en el aniversario de la Otan, en la frontera franco-alemana y hasta en Estambul, donde el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el premier turco Recep Erdogán impulsan la Alianza de las Civilizaciones, para acercar el mundo árabe y musulmán a occidente.

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Y ahora le tocó a América. En Puerto España, la pequeña ciudad capital de Trinidad y Tobago, en las Antillas menores del Caribe, los jefes de Estado del continente tuvieron su primer vis-a-vis con el líder demócrata, y se sacaron la primera foto de familia, con la carismática sonrisa del presidente norteamericano en la segunda fila.

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Obama, sabiendo que la “cuestión cubana” le iba a agriar este primer encuentro, llegó con un gesto de condescendencia: esa misma semana firmó la flexibilización de condiciones de viaje desde y hacia Cuba, y de las remesas en dólares a la isla. Hasta Fidel Castro, desde su columna ético-ideológica en el diario Granma, ha tenido que hacer un guiño de satisfacción, aunque agregando a renglón seguido que sin el fin del bloqueo, lo demás es puro humo. Pero hasta Fidel sabe que el camino iniciado aquí conduce, precisamente, al fin del bloqueo.

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El punto más sustantivo de la Cumbre consistió en presentar una propuesta de nuevo pacto de asociación hemisférica. Barack Obama necesita dar un gesto fuerte también en América, aunque ésta no constituya una prioridad estratégica para los Estados Unidos. Y busca una nueva actitud en las relaciones diplomáticas, para dejar claro que el unilateralismo de George W. Bush ya es historia pasada.

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La Cumbre ha sido el primer encuentro de los 34 jefes de gobierno de América latina, el Caribe, Canadá y Estados Unidos, desde la polémica reunión que tuvo lugar en 2005 en Mar del Plata, donde Bush sufrió el acoso verbal de sus colegas, bajo la mirada inocente de su anfitrión, el entonces presidente Néstor Kirchner.

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Obama quiere repuntar esa sensación, volver a darles un espacio destacado a las cumbres, que se han desarrollado bastante irregularmente desde que Bill Clinton convocara a la primera, en Miami. Ha nombrado a un experto, el embajador Jeffrey Davidow, para administrar la diplomacia relacionada con las cumbres en la región. Davidow es un académico (viene de presidir el Instituto de las Américas, de la Universidad de California, en San Diego), y es un diplomático jubilado con amplia experiencia en la región.

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Junto a Cuba, la crisis económica mundial ha sido la estrella de la agenda. Los líderes latinoamericanos quieren que el presidente de los Estados Unidos use su influencia para ampliar los recursos y la flexibilidad de las entidades financieras multilaterales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial); y Obama tendrá que compaginar estas peticiones con la estrategia impulsada desde Londres por el G-20.

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Los otros puntos álgidos han sido las posiciones en torno a las mafias de la droga –que están dando una guerra cada vez más abierta en la región–, la inmigración y el comercio internacional. Este último porque, más allá del peso estratégico, los países de América latina compran 20 por ciento de todas las exportaciones de Estados Unidos y representan otro 20 por ciento en sus importaciones. Las ventas norteamericanas al sur del Río Bravo son cuatro veces superiores que las dirigidas a China. Y Estados Unidos obtiene actualmente 25 por ciento de su energía de proveedores latinoamericanos y caribeños.

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Y con 34 países y 600 millones de personas, América latina representa un sector dinámico y en crecimiento, con recursos naturales únicos. Un mercado para nada despreciable. Pero, para ese mercado, Obama no puede seguir ofreciendo la alternativa del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca). Aquí hay que dibujar una nueva estrategia. En la Cumbre estuvo en las palabras de casi todos los líderes, y Obama acusó el mensaje.

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A nivel de relacionamiento global, y a pesar de que la crisis ha ofrecido un nuevo escenario para el diálogo multilateral, en lo político seguirá siendo difícil el trato con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua (además de Cuba). Pero la actitud de Obama en esta reunión ha sido abierta, y tengo la seguridad de que en el corto plazo habrá novedades importantes. La actitud, por lo pronto, ya ha cambiado: ha sido cordial, gentil y distendida. La antítesis del clima de Mar del Plata, hace cuatro años.

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Por ello, en la Cumbre, creo que ha imperado el realismo. Pudo ser simplemente una tribuna para criticarse unos a otros, o casi todos a los Estados Unidos, mirando hacia los electorados internos y hacia las cámaras. Hubo “show”, claro, con regalo de libros incluido, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar. Perder oportunidades como ésta puede no tener perdón de la historia. Y el “show” no agotó la reunión.

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Ya no hay lugar para recetas estatales y aisladas; de la crisis se saldrá con estrategias elaboradas en conjunto. Tengo la impresión de que en Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta. Ojalá. Es, precisamente, la que requiere este tiempo.

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© La Voz del Interior

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Publicado en HOY DÍA CÓRDOBA
Viernes, 24 de abril, 2009
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RACISMO, SIONISMO,

Y CONVIVENCIA INTERNACIONAL

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por Nelson Gustavo Specchia

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La comunidad internacional ha logrado reunirse, con los auspicios de la Organización de las Naciones Unidas, en una conferencia mundial abocada al tratamiento del racismo y de la xenofobia, el odio al otro, al diferente, que no deja de crecer como fenómeno social en todas las latitudes, cuando el mundo, la “casa común”, no deja de achicarse y acercarse, merced a las comunicaciones y a la globalización.

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La preparación de esta reunión es de larga data, la ONU viene intentando una postura concertada entre sus Estados miembros desde hace prácticamente una década, cuando las teorías de la confrontación bélica por motivos raciales y religiosos comenzaron a popularizarse. El caso más notorio fue el libro del politólogo norteamericano Samuel Huntington, “El choque de civilizaciones”, que postula que las fronteras del futuro estarán marcadas por las líneas que dividen a las grandes civilizaciones, y que, entre ellas, uno de los conflictos esperables es el que habría de enfrentar al occidente cristiano con el mundo árabe musulmán. A pesar de que estar teorías fueron fuertemente contestadas desde la propia academia, llegaron a socializarse, en versiones simplificadas, y arraigar en ciertos discursos políticos. También algunos indicadores de conflicto, especialmente en el medio oriente, en el vértice del enfrentamiento entre el Estado de Israel y el pueblo palestino, parecían abonar desde los hechos este tipo de reflexiones.

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La ONU, entonces, inició un primer acercamiento, con una reunión en Durban, Sudáfrica, en 2001, y un primer documento donde se intentaba establecer bases para proteger las diferencias, tanto como compromisos propios de la política interna de los países miembros (el caso de cualquier tipo de minoría al interior de los Estados), como de respeto en el trato intergubernamental, a nivel de sociedad mundial organizada.

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El documento de Durban significó, ciertamente, un avance. Pero los países árabes lograron introducir en el texto final una referencia al conflicto palestino, y se equiparó el sionismo como una práctica racista. Eso desató el “lobby” israelí, que censuró el documento de Durban y ha hecho todo lo posible por boicotear los posteriores intentos de la ONU. Por los resultados que estamos viendo de la reunión de esta semana en Ginebra, parece haber tenido éxito, ya que ningún calificativo, sino el de “fracaso”, puede describir los resultados de la presente reunión. Y ya al final de la primer década del siglo XXI, la sociedad internacional sigue mirando con ojos impotentes como el racismo y la intolerancia sigue creciendo en todos los rincones, sin que las organizaciones multilaterales se revelen capaces de hacerle frente.

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Es cierto que, además del “lobby” judío, que ha implicado básicamente a la postura de los Estados Unidos de América, de Alemania (y, con ella, la República Checa, que ejerce la presidencia pro-tempore de la Unión Europea), y a un conjunto de países muy afines al Estado de Israel (Australia, Italia, Canadá, Nueva Zelanda, Polonia y Holanda), al boicot de la conferencia ha contribuido sustancialmente el discurso del presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, que en un tono completamente confrontativo para una reunión de estas características, calificó de “racista” al Estado de Israel, con palabras y términos muy duros, lo que llevó a que los representantes de treinta países abandonaran inmediatamente la sala del plenario, en repudio a sus expresiones.

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Los borradores del documento de Ginebra circularon entre las Cancillerías durante los últimos meses, y se negoció con mucha pasión durante la semana pasada, tratando de establecer algunos puntos mínimos para que la Conferencia no quedara en aguas de borraja. Así, los países musulmanes fueron cedieron en sus exigencias, y la delegación palestina decidió finalmente eliminar la mención a la reciente guerra contra Gaza; permitiendo, además, que el texto incluye una referencia al Holocausto judío a manos de los nazis, la “shoa”.

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Pero finalmente el texto de Ginebra –muy lavado y aprobado entre gallos y medianoche- se limita a “reafirmar” el borrador redactado en Durban en 2001, y fue adoptado rápidamente, sin una sesión de debate público, con el temor de que si extendían el tiempo, ni siquiera sería posible consensuar este mínimo, ya que en este enrarecido clima seguramente habrá nuevas deserciones, lo que implicaría un fracaso aún más rotundo, si eso fuera posible. Aún así, Israel y sus aliados rechazaron el borrador final, porque mantiene la comparación entre sionismo y racismo.

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Una nueva oportunidad que se diluye, en un tema que no dejará de aumentar su peso cualitativo en una política internacional orientada a la paz.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

La Voz del Interior, Sábado 28 de marzo de 2009     

http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=502308

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La luna de miel tiene fecha de vencimiento

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Nicolás Maquiavelo recomendaba al Príncipe aprovechar al máximo los primeros 100 días de gobierno. Durante ese tiempo, decía Maquiavelo, todo será halagos, felicitaciones, vítores. Es el momento de la máxima confianza, de la renovación del sueño de la política, de la esperanza.

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Por eso Maquiavelo le recomendaba al Príncipe usar ese tiempo de gracia, esos primeros 100 días de luna de miel entre el gobernante y el pueblo, para tomar las decisiones fuertes y dolorosas que necesitaría a lo largo de su período de gobierno. Es posible, razonaba el florentino, que te perdonen en estos primeros 100 días, luego las críticas perderán indulgencia.
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¿Vivimos aún los 100 primeros días de la era Obama, o ese simbólico tiempo de gracia empezó a terminar, y los actos y proyectos del líder norteamericano comienzan a mirarse con ojos menos complacientes?
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Quizá algo de esto haya. Obama lanzó su cuarto plan de rescate financiero para empresas y bancos, y los grandes popes del análisis político y económico –incluidos dos premios Nobel– dicen que sus planes no son más que un refrito de los manotazos de los últimos días de Bush, y que no resolverán nada.
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Para colmo, desde los organismos multilaterales los diagnósticos de la crisis se hacen cada día más duros.

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Esta semana le tocó el turno nada menos que a una vocera del Banco Mundial, la nigeriana Ngozi Okonjo-Isweala, quien, frente a la tan esperada reunión del G-20, que comenzará el 2 de abril en Londres, advierte a los países ricos sobre una oleada de disturbios sociales y crisis políticas que podría desencadenarse en los países pobres del mundo si no se los ayuda.
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Según la señora Okonjo-Isweala, cientos de miles de trabajadores pierden sus empleos en los países en desarrollo y las redes de protección social no responden, por lo que es preciso aportar más recursos financieros al “fondo de vulnerabilidad” del Banco Mundial, habida cuenta de que la crisis podría causar 90 millones de muertes y elevar a casi mil millones las personas que pasan hambre en el mundo. Cuando este tipo de advertencias vienen de una directora gerente del Banco Mundial, encienden una alarma más que notoria.
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Redistribución. La postura de los organismos multilaterales, al parecer, es advertir a los países grandes que la estrategia no pasa –al menos exclusivamente– por poner dinero en efectivo en los paquetes de medidas fiscales y en planes dirigidos a la banca y a las grandes empresas, sino que debería haber una parte de esa masa de dinero orientada hacia la asistencia directa a los pobres, a ese enorme conjunto de países que no tienen un escaño en la mesa del G-20.
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El propio Barack Obama se dirigió esta semana a los líderes del G-20. De una manera bastante insólita para un presidente norteamericano, mediante una nota periodística publicada en el International Herald Tribune, urgió a los países más desarrollados a acordar una estrategia para reflotar la economía mundial.
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Su columna coincidió con las primeras reacciones del nuevo programa para salir de la crisis, que se asienta en la persuasión a inversores privados para que compren hasta un billón de dólares en “activos tóxicos”, esos bonos que, en gran medida, son los responsables del colapso financiero que vivimos.
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Pero los dulces 100 primeros días parecen terminar. Como respuesta al plan de rescate, el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz opinó que difícilmente funcione; que el “plan Geithner”, como lo llama, está lleno de defectos, y que tiene “incentivos perversos”. Esto último, porque el gobierno utiliza al contribuyente para asegurar el riesgo de pérdidas en el valor de esos activos, al tiempo que ofrece potenciales beneficios a inversores privados. O sea, otra vez el orden es: primero la banca y los empresarios, y en segundo término, la gente común.
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Incluso si el plan lograra limpiar las masivas “deudas tóxicas” de los bancos, eso no implicaría que las firmas estén dispuestas a conceder nuevos préstamos, mientras que una mayor carga impositiva para financiar estos planes del gobierno podría debilitar aún más a los consumidores estadounidenses, razona Stiglitz.
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El otro premio Nobel tan escuchado en estos días, Paul Krugman, se expresó en el mismo sentido: “No va a funcionar, es más que decepcionante”, fueron sus duras palabras. Se acabaron los primeros 100 días.
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El “plan Geithner” tiene riesgos. Si fracasa, como advierten las grandes voces del análisis económico, ¿estaría Obama dispuesto a nacionalizar las empresas y la banca?

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Profesor de Política Internacional Universidad Católica de Córdoba

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